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martes, 30 de septiembre de 2025

Cadáver exquisito

 

En un bosque bajo el claro de luna, alejada de toda civilización, se encontraba una casa escondida en lo más recóndito de su espesura. Jamás alma humana alguna se había atrevido a recorrer esas sinuosas profundidades. En esa inhóspita casa se encontraba un niño, mezcla de Dios y de la destrucción, una existencia nunca imaginada e inverosímil, algo que jamás debió existir. Un niño demonio hubiesen aclamado los incautos creyentes o un ángel caído en desgracia; quizás, simplemente un mortal sentenciado al yugo inclemente de nuestra raza. El día a día de esta vida sentenciada desde su primer latir era dificultoso, vivir en soledad y para intentar ver el próximo amanecer era su rutina.

 

Abandonado a su propio infortunio, sin que alguien se apiadase de él, ni de su cuerpo mutilado por las llagas de la cólera de los lugareños, aquel ser encontró en la huída hacia las entrañas de la tierra, su único escape ante la injusticia e inmoralidad humana.  Temiendo su naturaleza de destrucción y creación, se sumergió en el principio y fin de su alma, cargada de dolor, sufrimiento y rencor por la repulsión provocada por una humanidad despiadada, sin límites, sepultada en la corrupción de una sociedad que se erigía sobre las cenizas de un tiempo mejor. Dejó todo sin mirar a sus agresores, decidió vivir por su propia cuenta sin nadie a sus alrededores, esperando que sus magulladuras sanaran, pero a veces las cicatrices se resienten más que las mismas heridas.

 

¿Olvidar?, ¿recordar?, ¿ser o existir?, ¿acaso una existencia que nació para ser aborrecida merece ser recordada? Tal vez en su alma y mente pueda perdonar, pero nunca su cuerpo pudo olvidar. La memoria yace en cada fisura, que se incrusta como esquirlas en las partículas de la piel, músculos y que circula por un torrente de éxtasis.

 

Autores: Nicolás Cáceres – José Chamorro

30 – 09 - 2025

domingo, 21 de julio de 2024

Reescritura viaje Bolivia - Argentina – Paraguay.

 

El siguiente relato es una reescritura, a través de los intersticios de mi memoria, acerca de experiencias de viajes vividas en el verano del año 2020, a fines de enero. Si bien estuve viajando durante mes y medio entre 7 países; a saber, Chile, Perú, Ecuador, Bolivia, Argentina, Paraguay y Uruguay, por aire y tierra; este relato solo toma en consideración algunos de los recuerdos entre Bolivia – Argentina – Paraguay.

 

Comenzaré esta historia fragmentada que se remonta al caluroso verano del 2020, antes que la pandemia azotara a Latinoamérica. Después de un recorrido de un mes por Perú y Ecuador (Guayaquil); me dispuse a recorrer Bolivia, pasando por las empinadas calles de La Paz, donde pude conocer la ciudad de extremo a extremo gracias a los teleféricos y donde me encontré con coterráneos y a su vez, conocí a una chica boliviana, quién residía en España, pero que andaba visitando a su familia por esos días y que, afablemente me mostró los lugares más populares de la ciudad con su gastronomía y cultura. También visité Sucre, la ciudad blanca, que desde su portal clásico resultaba imponente, donde recorrí sus calles, festividades locales y me aventuré a salir con un guapo boliviano. En contraste, visité Potosí, donde se apreciaba el pasado minero y, pese a la explotación y colonización vivida (de lo que pude informarme en el circuito cultural por la Casa de la moneda) y, que, tras salir de sus muros a la calle, se encontraban en plena celebración del día de pago minero, sollocé de sentimientos encontrados por tanta felicidad y alegría, pese a la pobreza y sufrimiento vivido en tantas generaciones.

Luego, continúe mi viaje hasta llegar a Uyuni, donde exploré el hotel de sal, sus salares, ferrocarriles de antaño y tomé un tour con una familia que venía de otras zonas de Bolivia, donde recorrimos una amplia diversidad de bellos paisajes protegidos e incluso estuvimos en termas y géiseres. Sin embargo, aquello que probablemente hasta el último día retendré en mi retina, fue la experiencia del tour nocturno, donde me levanté a las 5 am, para poder apreciar la vía láctea y, posteriormente el amanecer reflejado en el salar de Uyuni. Finalmente, mi último destino boliviano fue Santa Cruz de la Sierra, donde nuevamente conocí a una coterránea chilena, también profesora de español, quién se había dispuesto a pasar sus vacaciones en Bolivia. Ella resultó ser muy sociable y se había hecho amiga de un chico nicaragüense con quién estuvimos compartiendo en un hostal por tres días y donde pudimos degustar la gastronomía local, conocer museos y zoológicos de la zona.

Sin embargo, era momento de continuar con mi travesía, así que ella me acompañó a comprar el boleto hacia Paraguay, que era mi próximo destino. No obstante, no estaban disponibles agencias de viaje directo hacia allá, lo que inesperadamente y por pecar de inocentes, me llevaron a comprar tickets en una agencia boliviana, que como después me enteraría, revendían los pasajes a precios más caros y con tramos más cortos en los que debía hacer transbordo, lo cual en sí era una estafa. Pese a ello con los tickets revendidos, vivencié una travesía no exenta de altibajos, pero sin duda, más emocionante en el paso fronterizo de Bolivia- Argentina, evitando el chaco paraguayo.

Una vez dentro del primer bus rumbo a la aventura; me aguardaban varias horas de noche viajando, donde según lo pronosticado llegaríamos de madrugada; aun así, todavía acontecerían situaciones inesperadas. Antes de llegar a nuestro destino, el bus paró de frentón, ya que nos habíamos topado con un paro nacional de camioneros, lo cual no solo a mí, sino que a todos, no nos quedó otra opción más que cruzar caminando un par de kilómetros hasta la ciudad más próxima, que era Villamontes. Una vez allí, ya de madrugada, gracias a unas chicas de buena voluntad en una bencinera, me dieron el contacto de un taxi a quiénes ellas mismas llamaron telefónicamente. De momento había sorteado los primeros obstáculos, pero como no tenía más sencillo para pagar, tuve que buscar un cajero automático en Villamontes y poder pagar el viaje al taxista, quién me llevó a una parada desde donde salían varios minibuses compartidos, que me llevarían hasta la aduana boliviana-argentina en el paso fronterizo Yacuiba- Mazza.

Allí me esperaba una mujer hacia el lado argentino, contratada por la agencia de viajes, para que me entregara el ticket para el siguiente transbordo, pero como si fuera poco, además de la fila eterna de la aduana; al parecer por ser chileno, me llamaron los policías de la aduana a una cabina, donde me interrogaron por los motivos de mi viaje, vieron cuánto efectivo llevaba, donde dado mis escasos recursos económicos en efectivo, tuve que explicarles que llevaba más dinero en mis tarjetas de crédito; ante lo cual en apariencia no hubo mayores problemas, pero aun así quisieron revisarme y, aunque guapos ambos, lo que resultaba atractivo, me pusieron en una incómoda situación, ya que uno de ellos me palpó de arriba abajo, deteniéndose en mis glúteos efusivamente, registrando para ver si llevaba droga u otros estupefacientes. Luego que esos policías de manos largas o agentes argentinos me dieron el vamos, pude continuar con mi travesía para encontrarme definitivamente en el lado porteño.

El nombre de la ciudad en el sitio argentino era Mazza o también conocido como San José de Pocitos en la provincia de Salta, pero como no tenía dinero en efectivo en moneda local y mi celular se estaba descargando, tuve que apearme a esperar el bus para el cual faltaban dos horas y aún no había desayunado. Aunque la situación resultaba precaria, la providencia todavía estaba de mi lado y fue allí fue que me encontré a un joven hijo con su madre que eran venezolanos recorriendo Latinoamérica con quiénes no solo entablé una conversación, sino que me compraron un desayuno sin esperar nada a cambio, apiadándose de mi situación  como extranjero en una ciudad desconocida en la cual no servían las tarjetas de crédito, al menos mientras esperaba el bus en la terminal.

Luego, cumplido el tiempo de espera estipulado, pude tomar el minibus de acercamiento, que me dejó en una parada en la zona más septentrional de la argentina en pleno descampado, donde había una bencinera en desuso y una garita de carabineros.  En aquella parada argentina tuve que esperar varias horas, dado que el bus que me llevaría a Asunción en Paraguay venía retrasado; ante la incómoda espera en plena carretera con un calor dantesco, donde transitó mucha gente en el transcurrir de las horas, aproveché de leer y releer Cumbres borrascosas de Emily Brontë. Al menos en ese lapso, me sentí acompañado por los policías de la garita de enfrente, aunque como todo era un sitio baldío, cuando tuve la necesidad de ir al baño, no tuve más opción que ir hacia aquella bencinera desolada, pero más allá de la trastera que era, aún los servicios funcionaban.

Finalmente llegó el bus que me llevó hacia Asunción, donde para compensar la estafa boliviana por los tickets, bebí todo el café que pude y que estaba a disposición. Luego de una larga noche, paramos en un local de comida en cuya ciudad desconozco y allí pude acceder a un cajero automático argentino y con ello poder comprar una milanesa, que fue mi sustento hasta llegar a Paraguay. Sumando y restando, esta travesía había resultado interesante (se me había olvidado mencionar, que en el primer bus de acercamiento entre aduanas me había ido sentado con otro migrante, cuya conversación fluyó entre sus viajes, recorridos y recomendaciones para cuando llegara a la capital paraguaya).

Un nuevo día comenzó y la suerte estaba de mi parte, brillando como el oro, pues un caballero le consultó una dirección a una chica paraguaya y, dado que no tenía idea en dónde estaba parado aún, me atreví a consultar por recomendaciones dónde hospedarme en la ciudad y ella, amablemente y con gran confianza me dijo que la aguarda en la terminal, ya que ella iría a buscar su auto. Confié en ella y, efectivamente me llevó en su auto a almorzar gratuitamente en su casa y durante la semana que pasé en Asunción, me llevó a conocer parques, tomar fotos turísticas, incluso cuando tuve alguna cita, ella me iba a buscar y a dejar al hotel céntrico donde me hospedé. Visitamos museos y en las noches salíamos a probar la gastronomía de la zona.

Continuará…

 

José Chamorro, 21 de julio del 2024.

jueves, 18 de enero de 2024

Primer amor.

 

Aquella tarde, Patricio miró de reojo por la ventana de su asiento del microbús en el cual viajaba por la zona sur de Santiago. Observó en silencio sus calles de infancia y recordó. Recordó como no lo hacía hace años.

Caía el anochecer de un día de enero del año 2004; aquella última semana del mes, entre los ires y venires de sus padres acomodando cajas embaladas en el camión de la mudanza, se detuvo en los objetos que aún se encontraban sin guardar sobre la estantería que permanecía incólume en su habitación de aquel entonces y que sus mejores amigos, uno a uno le habían obsequiado para que no los olvidara.

Con el tiempo, comprendería que los grandes amores son trágicos y que estaban irremediablemente condenados a subsistir en la memoria.

Sin embargo, por aquel tiempo en que conservaba sus pensamientos en el diario de vida regalado por su padre para su séptimo cumpleaños, aún quedaba mucho por develar y descubrir.

Aquel cuadernillo de tapa roja comprado en la feria de los domingos, hubo de sorprenderlo gratamente, más que los videojuegos a los que era asiduo o los talleres extraprogramáticos de fútbol y kung-fu en los que insistía su padre.

¡Vamos, hijo! No te desanimes, solo debes sacar las manos de los bolsillos y correr tras la pelota. – Lo alentaba su padre, quién aún guardaba esperanzas en aquel deporte, que consideraba más apropiado para un niño.

                                                                                                                                                             23 de julio de 1998.

Querido Kitty, me llamo José Patricio. Desde hoy serás mi confidente.

 

Aquel sería el primero de muchos cuadernos donde descubriría el placer de la escritura. Aún hoy guardaba ese agradecimiento en silencio hacia su padre, por brindarle la oportunidad más valiosa de su vida. Él jamás se imaginó que sería su mayor acto de amor hacia su hijo.

En el ejercicio de escribir sus experiencias, miedos, inseguridades, amores y desamores; semana a semana, año tras año de su vida, había quedado plasmado el temor a la vergüenza, a la ignominia social por amar a otro hombre, descubierta a sus diez años y que llevaba grabada a fuego en lo más profundo de su ser para que no saliera a la luz.

                                                                                                                                              5 de enero del 2010

 

Querido Kitty, llevo tiempo sin escribirte. Perdón por no haberte dedicado el tiempo suficiente estas últimas semanas. Este verano conocí a Marcelo, anoche vino a mi casa y nos quedamos hasta tarde, casi al amanecer. Fue una noche especial.

No obstante, aquel muchacho, tan solo dos años mayor que él, quién la noche anterior a la mudanza, le había regalado un barco de madera, cuyas velas izadas hacia la libertad aún mantenía bajo resguardo en su dormitorio, siete años después en aquel caluroso verano del 2011; aquel chico había sido su primer gran amor.

                                                                                                                             

No puedo resistirme a la tentación del deseo, a la apremiante necesidad de dejarlo todo. Bajaré de este autobús sin mirar atrás. -Pensó como si detrás de sí hubiese quedado todo lo que alguna vez había sido.

 

José Patricio Chamorro, Copiapó, 18 al 23 de enero del 2024.

Taller: Narrar el amor “Nuestro gran pendiente”.

jueves, 16 de noviembre de 2023

Ángel caído.

 

Nunca había sufrido un dolor como el de aquel anochecer. Ni aun el batir de alas más recio podría sobrellevar el dolor que llevaba a cuestas sobre mi espalda, resquebrajada por el inusual viento de una tormenta de verano.

Nuestras alas son nuestra mayor muestra de individualidad, son el distintivo absoluto de que somos seres hechos para el infinito frente a la ansiada libertad humana que es saberse mortal. Los humanos creen que morir es una condena, sin embargo, no saben que es el mayor prodigio divino. Nosotros, los ángeles, seres imperfectos a los ojos de Dios, anhelamos ese fin y estaríamos dispuestos a ceder nuestra miserable eternidad por un segundo de vacío existencial de ese caos silencioso que es la última penumbra del misterio humano.

 

Copiapó, 16 de noviembre del 2023.

jueves, 26 de enero de 2023

Mosaicos de la memoria.

 "Cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él", Jean Paul Sartre.


Todos sin excepción alguna en la vida somos frutos de nuestras experiencias, certezas e incertidumbres. Sin embargo, son precisamente estas últimas las que nos movilizan, transforman y conducen al sustancial cambio que creíamos buscar sin encontrar, cuando la verdadera búsqueda, el camino inexplorado de la verdad, estuvo siempre en nosotros mismos, en el interior más recóndito de nuestro espíritu.


En la vida nada responde al mero azar, sino más bien siempre habrá una causa probable que enlazará los hilos del destino. El afán más valioso de tu existencia será descubrir las causalidades universales de tu propio transitar.


Aquella tarde en el "Hostalito", hostel situado en la zona céntrica de Cancún en el corazón de la Riviera Maya, se aproximó a nosotros como náufrago a la costa un joven de mirada sagaz, afable y con la radiante energía de un viajero empedernido. Davys era su nombre, de nacionalidad colombiana y radicado hace quince años en México, agradecido de la hospitalidad de su gente y la bondad de su pueblo. La conversación fluyó natural como amigos de toda una vida; las historias se sucedieron incesantemente. 


En el cénit del atardecer tropical sentados en el frontis del hostel, reclinados y arrellanados en unos improvisados sillones de entretejidos alambres, junto a mi amiga degustábamos jugos naturales del Caribe mexicano, entremezclados con un sandwich de huevo y cebolla a la chilena. Fue allí cuando Dayvis con cordialidad inusitada se nos sumó a la conversación, nos contó qué lo traía por Cancún, sus éxitos y derrotas, sus alegrías, penas y tristezas como parceros de siempre, conocidos de toda una vida. Conforme avanzaban las horas de la noche nos fuimos sumergiendo en sus intrincados laberintos de viajes, anécdotas, historias, amores y desamores; en fin, la vida misma.


Así nos contó de sus pasar de 18 meses en La isla de Holbox hacia el norte de donde nos encontrábamos aquel día. -"El viento sopla sin prisa, las  hojas de las ramas de los árboles se  mueven al vaivén de su destino..."- mientras él nos recitaba estas frases venidas a su memoria y escritas por su puño y letra, comenzó su relato de juergas, amores clandestinos al sabor tropical con pizca europea y sazón latino. Sin duda nuestro amigo se había perdido entre las fragancias de las sábanas de las mujeres europeas, altivas, entregadas, insaciables con un pragmatismo que ya desearían muchos hombres que solo buscan acción y sexo en una noche de pasión en la playa, que contrastaba con la sensualidad de las argentinas, chilenas y tantas compatriotas de Latinoamérica que para saciar su apetito requerían de que nuestro protagonista hiciera gala de su romanticismo de viejo cuño, invitándolas a cenar, a ver las estrellas reflejadas bajo la luz de la luna en el mar, un buen trago tras un recorrido por la isla, para caer rendidas en sus brazos en absoluta entrega.


"Llegar a la nada... después de vivirlo todo", así inició un postrer relato, cuya historia marcaría un hito en su vida. Fue en una de aquellas localidades ancestrales de ortodoxia tribal en las cercanías de Cusco, allá por el año 2005 a sus 19 años cuando entre olores, degustaciones, vivaces colores, Dayvis atravesaba de punta a cabo los mercaditos de esos altos terruños. Allí conoció a una joven vivaz, de piel morena y belleza arrolladora, cuya simpatía y carisma lo envolvieron, pero más fue ella quién jamás había puesto un pie fuera de sus tierras, quién embelesada, deseaba saber, conocer, qué otras posibilidades le deparaban la otredad de las fronteras. Sin ir más lejos, las horas se sucedieron en un santiamén y tras haber dialogado de viajes, experiencias y climas exóticos, aquella chica anonadada se perdió entre las callejuelas. Nuestro amigo una vez más se encontraba solo en su andar.


No obstante, inesperadamente a unos cuantos metros de distancia divisó a un grupo de hombres con cara de pocos amigos, quiénes para su sorpresa venían en su dirección. Al llegar frente a él, malhumorados, impacientes y a regañadientes lo increparon, insultaron y si no es por intervención pública, hubiesen hecho lo que ellos hubiesen considerado "hacer justicia por sus propias manos", en otras palabras, nuestro parce hubiese recibido la paliza de su vida. Así fue que sin explicación alguna a rajatabla lo apresaron un grupo de policías locales, sin dar mayor explicación de cuál era el motivo por el que lo llevaban detenido. Solo comprendió que la chica que había conocido instantes atrás y su familia estaban involucradas en el asunto, puesto que arguyeron que él se quería raptar a la joven y llevársela lejos con él. Pese a que intentó aclarar el malentendido, nada dio resultados con esos gañanes.


Así, cansado, confundido, ofuscado y sin entender ni madre de lo que estaba ocurriendo, se vio enfrascado en una celda oscura, tétrica y maloliente custodiada por esos haraganes que ostentaban el flamante título de policías. Quizás fue su simpatía, tal vez su argucia o los milagros cusqueños, pero obligado a pasar la noche enclaustrado con aquella ingrata compañía aguardientosa, destilante de tragos y licores, terminó sin saber cómo jugando dominó y cartas fuera de su celda junto a estos paisas. Hasta tal punto que les ofreció comprar y pagar pisco o el destilado que ellos prefirieran. La madrugada entre nebulosas resacas y nauseabundos vómitos, flatulencias y escupitajos terminó con Dayvis liberado, policías embriagados y un "Ya, vete. Ya amaneció".


Luego de escuchar las peripecias de nuestro amigo, las horas restantes de la madrugada discurrieron entre frases célebres de filósofos, la realidad latinoamericana y mexicana, así como nuestra visión sobre la educación en tanto pilar fundamental para generar pensamiento crítico y cambio social. No exenta de picardía también nuestras divagaciones se solaparon en la idiosincracia latina, sus dichos, dimes y diretes también del habla popular. Sin percatarnos la garuga ya anunciaba las tres de la madrugada del invierno del paraíso mexicano. El día siguiente sería otra historia.


Al amanecer del día entrante nos dispusimos a un desayuno abundante y variado al ritmo del jazz de los mejores temas de Chet Baker -I get along without you very well- y la filosofía heideggeriana, así su alma se conmovió a compartirnos sus añoranzas y sinsabores de juventud... -"El olvido es mi pasado, el presente es mi recuerdo, el futuro ya no existe, ¿Qué soy?,  ¿un susurro?, ¿un latido, un suspiro indefinido que reclama sin cesar los paisajes de vida que han vencido a mi tristeza?- con la declamación de estos versos que emergían de su alma, nos contó de la espléndida, Adriana, su maestra de vida.


Todo comenzó como a la vieja usanza de misivas y cartas, solo que a través de la mensajería vía correo electrónico que proveían en aquel entonces los adelantos del internet. Ella con una seguridad despampanante y una elocuencia descabellada a su tierna edad, lo indujo en la maestría de la educación literaria y filosófica donde conoció, por ejemplo, la escritura de Andrés Caicedo, autor caleño, cuyos relatos como Infección trastocaron a un sentir absurdo su mirada hacia la vida, así como la sed por el saber. Fue así como esa chica caleña, cuya correspondencia digital se mantuvo por años, sin que ella por pudor, lección de vida o consigna personal revelara jamás alguna imagen o semblanza suya de su rostro; "Un libro no solo se juzga por su forma, sino que sobretodo por su contenido".


Frisaba la década del 2000, entre tipeos, mensajes de prisa, pensamientos pausados, crisis de adolescencia, amores frustrados, fiestas y escarceos sentimentales cuando Dayvis a sus dieciséis tuvo la fortuna de conocer a quién sería uno de sus más admirables camaradas de letras y floreciente crecimiento intelectual, Camilo; amigo maestro, que compartió con él no solo la fruición por la  literatura y profundidad filosófica de Nietzsche, Schopenhauer, Camus y tantos otros, sino que también el idilio amoroso de Adriana. Un perfecto As de copas. -"El cantar del susurro de los pájaros retumba en ecos en el fondo de mi alma"-.


Años después, cuando nuestro joven aventurero en la nostalgia de los platónicos amores de juventud recordara su nombre y sus cartas digitales con un matrimonio e hija a cuestas en la flor de su vida y con una economía que le permitió darse un gusto, buscó entre los correos la dirección de aquella enigmática y brillante jovencita, que se había convertido en toda una mujer y brillante doctora, hasta que decidido viajó a Cali con un ramo de flores a su casa y un libro bajo el brazo. Allí se encontró con quién supuso era su padre, pero absorto y sin palabras, al ver que era de raza negra dio un paso en falso, más aún cuando tras él observó con detención la grácil silueta de la que sin duda sería Adriana. Trastabillando y mascullando rápidamente algunas palabras de cortesía se desprendió de los regalos, cuya premura deshojó algunos pétalos de rosas; "El anhelo se esfumó, la verdad solo es mentira.El verdugo se pronuncia, sofocando tus sentidos, es el fin de tu camino, ya no quedan esperanzas, es el fin de tu camino".

PD: Con cariño y estima para el parce, viajero de la vida, Dayvis. México, Cancún, 26 de enero 2023.

José Patricio Chamorro Jara.

sábado, 19 de febrero de 2022

La fugacidad en tránsito (historia de una refugiada).

En una fría tarde de invierno ella llegó al hostal. Risueña, jovial y de enérgica actitud. Una mujer con un mundo de sueños por cumplir con el ímpetu de quien a su corta edad ha vivido más de lo que puedo contar.

Aquella tarde en la región de Ontario en la ajetreada Toronto en Canadá, mientras sorbía el último rescoldo de mi café, ella con su singular voz me saludó en inglés, pero su acento la delataba. Tras este breve saludo y con la sorpresa de dos jóvenes que encuentran refugio en su lengua compartida en clara señal de una identidad común, ella me comentó que era colombiana y que se llamaba Darly, que había llegado primero a Montreal, que para mi imaginario mental solo sería una escala en su travesía de un Odiseo contemporáneo de quien ya no solo anhela el hogar, sino que busca cual Eneas, instaurar uno nuevo.
Con tan solo 19 años con la vista al frente y con la seguridad de quien sabe que todo sacrificio trae su recompensa ella llegó a Quebec, sin parpadear enfrentó a los oficiales de migración, quienes querían detenerla a su paso y deportarla por entrada ilegal. Después de intensas horas de tortuosos interrogatorios y casi sin probar bocado, un alma caritativa como un ángel enviado desde el cielo se apiadó de ella. Un señor que le recordaba a su abuelito y del cual solo guardaba sus memorias.

Sin sus papeles, sin visas y sin su pasaporte para volver a su país, ella se acogió como refugiada. Después de un largo proceso mientras esperaba su audiencia, el gobierno canadiense le asignó un abogado, asistencia social, médica y divisas para sobrevivir los días que fuesen necesarios. Sin embargo, no sería todo para nuestra protagonista, ella comenzó sintiendo fuertes dolores de cabeza tan intensos, que no le permitían continuar hasta tal punto que fue necesario ser sometida a una cirugía cerebral.
Viéndose entubada, postrada en una cama, en un país y una lengua que no era la suya, después de semanas que se tornaban meses, decidió continuar. Montreal en cuarentena por la pandemia de Covid 19 y ella con cuarentena obligatoria, no pudo conocer en detalle aquellas hermosas avenidas y arquitectura afrancesada como hubiese deseado. Mas tuvo que llegar a un refugio donde llegaban todo tipo de personas, donde los robos, el mal dormir y la preocupación constante por la propia seguridad eran pan de cada día. No obstante, sus días lograron ver nuevamente la luz. Agradecida del gobierno canadiense después de todo, quien pagaba sus clases regulares de inglés, logró hacerse entender y abrirse camino. Fue así que un día un joven árabe, quien llegó al refugio en ayuda de un camarada, la conoció y sin pensárselo dos veces, conminó también su ayuda a Darly.

Sin imaginarlo Darly se vio a sí misma viviendo junto a 7 hombres árabes, quienes lejos de aprovecharse de las circunstancias la protegían y cuidaban tal blanca nieves perdida en el bosque. En el tiempo que estuvo junto a ellos, no solo aprendió sus costumbres, palabras, a comer como ellos en comunión y percibir el entorno como ellos. Su percepción de la cultura árabe como un mundo misógino dió un vuelco de 180°. Ellos inclusive el tiempo que Darly estuvo allí cambiaron sus hábitos, sus vecinos, latinos al igual que ella le comentaron que desde que llegó, ya no se sentía olor a marihuana, inclusive pareciera que ellos se esmeraban por hacer de la estadía de nuestra protagonista un viaje de aprendizajes, anécdotas e historias, inclusive cuando aquellos hombres llegaban a la docena, nuevamente en una lengua y cultura que no era la suya, ella se comenzaba a sentir en casa. ¿Pero la agradable estancia, estaba haciendo olvidar sus propósitos, todo el esfuerzo hasta la fecha quedaría solo en esta escala de su aventura?, ¿cuáles serían sus próximos pasos?


José Patricio, Toronto, Canadá. 28 de enero del 2022.

jueves, 4 de febrero de 2021

Un sueño grabado en la retina.

 

Lo recuerdo como si hubiese sido ayer. Sus velas izadas al viento hacían olvidar nuestra historia dejada atrás. Su tamaño descomunal, sus mástiles y proa eran de una belleza indescriptible. Tenía tan solo siete años en aquel entonces, pero su imagen había quedado grabada en mi retina como un agradable sueño del que no se desea despertar. Esa noche me sentí navegando a través del mar junto a mi madre conduciéndonos nuestros destinos hacia tierras impensadas y con un futuro que nos aguardaba con los brazos abiertos, desplazándonos por el aire como gaviotas en búsqueda de la libertad.


José Patricio Chamorro, Chillán, 27 de enero 2021.

viernes, 14 de agosto de 2020

La maldición de la bella. Autor: José Chamorro. (Relato intertextual con la bella durmiente).

 

Hace muchos años en un país lejano, vivía una familia de reyes en la apacibilidad de su castillo. Todos en el reino adoraban a sus reyes caritativos y bondadosos. Más se alegraron cuando la noticia extendida por todos los confines, de que la primogénita y futura princesa llegaría al mundo en tan solo 9 meses. Todos en palacio desde aquel día planificaron festines y comenzaron a preparar sus mejores vestimentas para la ocasión tan ansiada y esperada; las invitaciones se esparcieron por doquier, por los más profundos rincones de la tierra. Cuando la invitación llegó a las 13 hadas, que resguardaban la paz universal, cada una de ellas pensó un don a otorgarle.

El gran día había llegado, Anastasia había nacido para continuar el legado de sus padres. En el ambiente se dejaba entrever un aura de misterio, misticismo y magia, dando la entrada a que cada una de las hadas se enfilara para otorgar desde sus más hondos deseos, los dones a su majestad la princesa.

Primero se acercó Esperanza, hada carismática que embelesaba a todos con su alegría y entusiasmo; su don fue la elocuencia. Luego, vino Encantadora, quién danzarina y ferviente le otorgó el don de la pasión. En tercer término se acercó Responsabilidad, quién con su aire parco y señero solo se limitó a decir: - Cumplirás con tus deberes de ama y señora de tu hogar solícitamente, sin perder jamás tu autonomía.

En cuarto lugar, se presentó Asertividad, quién pensativa y concienzuda señaló: - Serás una sabia consejera y quién te solicite tu opinión, sabrá encontrar en ti a una hábil y locuaz mujer. En quinta instancia apareció deslumbrante Respeto, que con su aire solemne y puro, inspiraba a sus hermanas hadas y en todo quién la observaba un hechizo de mágico encanto. - En esta ocasión, amada niña mía, te harás merecedora del don de la admiración. Todo aquél que contemple tu rostro, nunca dejará de admirarte, aun pasen mil años.

En sexto lugar se manifestó Generosidad, quién pródigamente le otorgó a Anastasia los ojos más bellos de la tierra, brillantes y calmos como el agua del mar, azulados como el océano y unos labios carmesíes, imposibles de olvidar. En una séptima aparición, hizo ingreso Aceptación, quién pronunció las siguientes palabras: - Te aceptarás tal cual eres y jamás verás lastimada tu autoestima; sin importar las circunstancias de tu vida, siempre te valorarás a ti misma. Luego de ello, se presentó como la octava hada, Gratitud; fácil de reconocer por las infinitas “gracias” y “con permiso”, que dejaba de entrever como una estela a su paso. Solo se atrevió a decir: - Disculpa bella princesa de nuestro reino, gracia divina y sol de la mañana, que la luz de la cordialidad ilumine tus tratos hacia todo aquél que cruce palabra contigo.

Una novena e inesperada presentación fue la de Precaución, que más que un don le dio un consejo al oído: - Recordarás mis palabras a lo largo de toda tu hermosa existencia; no te dejes engañar por las falsas adulaciones y la presunción de quiénes no admiren en ti tus virtudes interiores.-  La décima presentación fue concebida por Cuidado que solo vaticinó:  - salud y bienestar hasta donde alcance tu vida y tus sueños, Anastasia.

En décima primera entrada a la ceremonia, cuando las arpas ceremoniales llegaban a su clímax, se lució galana, Prudencia y con un tono de voz que apenas alcanzaron a percibir las otras hadas y menos aún los presentes; comentó: - Querida mía, no te enamorarás del primer hombre que admire tu belleza, ni de todos aquellos que solo vean en ti tus armoniosas facciones; solo amarás con la intensidad del alma, a aquél que al besarte encienda tu sentir y te ame por sobre todas las cosas, sin importar tu edad, belleza, sabiduría o inteligencia.

De pronto, al finalizar sus palabras Prudencia, un frío gélido recorrió la estancia de palacio y con un aire avasallador y gallardo, se aproximó Orgullosa. Cuidado, Precaución y Prudencia, que siempre estaban junto a la niña, la quisieron apartar, pero Orgullosa no lo permitió.

-          Osáis a imponeros ante mí, pusilánimes hermanas. Bien saben ustedes que en este mundo nadie puede ser mejor que nosotras. Sin embargo, ustedes han otorgado sus dones más preciados a Anastasia, olvidándose del equilibrio del mundo. No puedo permitir que existan mujeres como Anastasia, donde los hombres se arrodillen a sus pies, ¿qué pasaría con nuestro mundo, heredado durante siglos y milenios por nuestra madre primigenia. ¿Han olvidado acaso las primeras escrituras?;  en castigo por desobedecer las leyes de la naturaleza; impondré mi veredicto. – Concluyó con voz de Ultratumba, Orgullosa.

Un silencio sepulcral extinguió todo atisbo de sonido en el lugar y las hadas fueron cayendo una a una por los hechizos del hada más antigua y poderosa de los remotos tiempos. Finalmente tras de sí un campo de una malévola aura la rodeó y extendió sus brazos frente a la recién nacida y exclamó:

-          Obedecerás siempre a  los 10 mandamientos impuestos por las sagradas escrituras de nuestro reino hasta el fin de tus días, sin objeción que pueda salvarte de su sentencia. – Un sonido gutural salió de su pecho, atravesando su garganta.

 

-          Primer mandamiento: Amarás y respetarás al hombre por sobre todas las cosas; segundo mandamiento: Siempre respetarás el nombre de tu esposo; tercero: Alabarás al hombre con abundantes banquetes y comidas,  que no podrán ser dignos de reproche alguno. Cuarto mandamiento: Honrarás al hombre por sobre todas las circunstancias. Quinto mandamiento: Sin importar el trato que recibas, jamás podrás atentar contra la vida de un hombre, más que someterte a sus designios y deseos. Sexto mandamiento: Nunca podrás frecuentarte íntimamente con un hombre, que no sea tu esposo. Séptimo: Todo lo tuyo, será posesión del hombre y nunca te atreverás a tomar aquello que no te corresponde, ni a desear más poder que él, sin derecho a reclamo alguno. Octavo mandamiento: Jamás levantarás falsas calumnias que afecten la honra del hombre. Noveno: No desearás a otro hombre, ni aun en pensamientos. Décimo mandamiento: No codiciarás los bienes de tu esposo. Esta es la maldición que exijo para ti, te acompañará hasta tu muerte y afectará a toda tu descendencia femenina y a las mujeres de los reinos de la tierra, hasta el fin de los tiempos. - Tras pronunciar estas palabras, su energía vital se desvaneció, consumiéndose en cenizas.

                     Tras aquel espectáculo de horror, todo el reino que se encontraba en el recinto, quedó absorto y anonadado, sin emitir palabras alguna; Justicia, la décimo tercer hada con lágrimas en los ojos se arrodilló frente a Anastasia y pidió a sus hermanas que las acompañaran con su mágica energía; luego le dijo a Anastasia, contemplándola: - ¡Oh, querida niña!, qué destino más trágico te espera, no quisiera ver tu desolado e inmerecido final. Solo puedo otorgarte mi más preciado tesoro; desde hoy serás el lucero que alumbre mi camino. – Y tras estas tristes palabras, un aura de luz invadió todo el palacio; las 12 hermanas formaron un círculo alrededor de la niña y Justicia la tomó en sus brazos, diciendo:

-          ¡Querida Anastasia, nuestro poder no alcanza para deshacer la maldición, pero te liberaremos a través del sueño eterno! Te concedemos el sueño eterno, que solo se romperá tras un beso de verdadero amor. El amor es la única fuerza que puede romper esta injusta sentencia de Orgullosa. – Finalmente, Justicia cayó enceguecida por la luz y desde allí en adelante se ha proclamado por todos los confines de la tierra la leyenda que el día en que Anastasia se durmió, la Justicia es ciega.

Con el pasar de los años y tras morir los reyes, sin mayor descendencia, el pueblo fue olvidando la maldición de la princesa y el palacio se fue rodeando de musgo y rosas silvestres; sin embargo,  más de algún intrépido hombre, ansioso de conocer a aquella princesa de belleza legendaria buscaron de mil y una formas llegar al castillo, no obstante, nadie lo lograba, puesto que no tenían un corazón puro de amor.

Pero un día, tras dos mil años de aquella mítica maldición, en un mundo atiborrado de modernidad, edificios y decadencia, donde la corrupción estaba a la orden del día, un joven pintor se aproximó al bosque para buscar inspiración y, conforme atardecía, más se adentraba en el bosque, hasta que al llegar el ocaso, cayó tendido bajo la sombra de un hermoso rosal. Este lo embargó de un aroma dulce y encantador, conduciéndolo y abriéndole paso a las ruinas del antiguo y milenario castillo, como una especie de trance. Sin percatarse y sin ser dueño de sí, aquel joven ingresó a una estancia oculta del palacio, durmiéndose hasta el amanecer. Al día siguiente, desperezándose y abriendo sus ojos, contempló frente suyo a la más bella mujer que jamás haya visto, cuyos labios carmesíes y ojos azules, profundos y abiertos como el mar lo embelesaron. Él quiso despertarla, sin embargo, no lo lograba, por ello estuvo durante 3 días y 3 noches retratando a aquella princesa sobre una tela que encontró en uno de los cuartos del ruinoso castillo y tras ello, se produjo el hechizo, después de ver su perfecta y acabada obra,  el cuadro más bello jamás pintado, se sintió turbado y ansioso, con solemnidad se acercó a la musa de sus sueños y le robó un beso.

Todo lo que sucedió después ya es historia; Anastasia y Miguel ángel, aquel sensible pintor caminaron juntos, lado a lado, respetándose, escuchándose y amándose como apasionados enamorados , cuyas hijas e hijos trajeron al mundo una nueva forma de convivencia entre hombres y mujeres, olvidadas por tantos siglos en el mundo.

jueves, 18 de junio de 2020

Miradas.


La tarde caía en tenues colores azules y rosáceos como el otoño. Las horas y los días se iban sucediendo monótonos como hojas desprendidas de los árboles. La pandemia no hacía más que marcar el ritmo pausado de un tic tac escalofriante, sin embargo, la mirada siempre atenta detrás del visillo en el balcón dejaba entrever un furtivo deseo.

Habían pasado un par de semanas desde la llegada a aquel nuevo departamento, los cambios, el incorregible ajetreo de ires y venires para instalarse definitivamente había hecho que en más de una ocasión me tocara reclinarme en el balcón a descansar u organizar las cajas de la mudanza. Ocurrió en uno de esos días. Me encontraba como de costumbre dándole vida a los espacios para convertirlo en un verdadero hogar, cuando de casualidad me asomé a sentir la brisa fresca que corría aquella mañana. Me encontraba de espaldas a la torre de enfrente, pero sentí un calor intenso que recorría mi espalda y se posaba en mi silueta. En efecto, me volteé y nuestras miradas se cruzaron por primera vez y sin intercambiar un saludo, solo un gesto nos delató.

Han pasado algunos días desde aquel primer atisbo, lo único que sé de aquel hombre es su rutina al despertar, que con calma paciencia cuida sus plantas en el balcón y que de vez en cuando vuelve a mirar hacia mi ventana.


José Chamorro.
Copiapó, 18 junio 2020.

sábado, 13 de julio de 2019

Caricias de amor.

La costumbre de las horas, el pasar del tiempo infatigable se hace uno con el acto cotidiano de vivir. Hubo una época en la que ellos se amaron sin mediar razones, ni compromisos; solo sentimientos. Pero ese tiempo se había desvanecido como viento sobre las olas.

Él ahora acomodaba su almohada en una acción tantas veces repetidas, que su lado de la cama conservaba intacta su figura. Hubo una vez -aunque pareciese en extremo lejano para las circunstancias actuales- en que él también lo amó. Sin embargo, sabían de antemano que aquello duraría solo la apariencia de una frágil necesidad afectiva.

En efecto,  ¿Qué es el amor, sino una caricia bajo las sábanas? Aunque en ese entonces él desconocía a ciencia cierta que la visión que tenemos sobre nuestra propia existencia, más aun de nosotros mismos tampoco es ajena al peso marcial  del tiempo.  Se trata de cómo sobrellevamos una vida en ausencia de soledades y verdades autoimpuestas. Pero no siempre  fue así; hubo entonces un pensamiento más etéreo, cuya pregunta con cierto cariz de inocencia y un deje de nostalgia era otra, ¿Qué es el amor, sino una caricia al alma?

Era un sábado nublado de abril, cuyo anochecer frío de otoño arreciaba la piel. En ese instante en que sus ojos se encontraron en el parque supieron que sus cuerpos no solo se deseaban, sino que estaban hechos el uno para el otro. Dos almas solitarias dispuestas a amarse y corresponderse sin exigencias, ni explicaciones. Eran dos errantes que se encontraron sin previo aviso, dispuestos a entregarse al amor.

lunes, 4 de febrero de 2019

Llueve sobre el Rimac.


Llueve sobre la ciudad del Rimac. Atardece como la sombra de un heraldo negro bajo la inclemencia de un nubarrón con sabor a otoño. Frágil me parece la silueta de ese paisaje ensordecedor que esconde historias bajo las puertas de sus templos. 

Me guiñan un ojo, me pierdo en las profundidades de calles y avenidas. Alguien pronuncia mi nombre a lo lejos. Libertad es el eco que llega junto a mi pecho,  lo escucho como si estuviese a mi diestra. Sin embargo,  sé que soy un hombre varado en la ciudad; más nada cambiará mi semblante de extranjero en tierra de otros hombres. Alguien pronuncia mi nombre en un murmullo, llueve sobre el Rimac, libertad. 

Lima, Perú,  "El gran Molino".
José Patricio Chamorro.
04/2/2019.

jueves, 13 de septiembre de 2018

El pantera.



Su rostro azabache se confundía con los contornos de la noche.  El pantera llegó a Copiapó con la negrura de su piel y su pasaporte de inmigración bajo el brazo. El sueño americano no fue para él,  sino un abrir y cerrar de ojos para caer en las fauces de la prisión,  cuyo último lanzaso de subsistencia lo precipitó a su condena. Ésa fue la primera de otras tantas veces en que sus ojos reflejaron en una lágrima de nostalgia, la añoranza de su tierra.
Historias migrantes.

José Patricio Chamorro Jara.
Copiapó,  13 septiembre 2018.

miércoles, 4 de julio de 2018

El payaso de la triste mirada.

Sonreían los niños al verlo actuar. Se asomaban muecas de alegría con sus espectáculos que hacían que el cansancio de la pesada jornada se esfumara. Los padres admiraban su labor, esa  capacidad inigualable de despertar en todos quiénes lo viesen y escuchasen, un profundo sentimiento de libertad. Sin embargo, él era prisionero de su propio cuadro. Félix era un payaso infeliz; nada de lo que hiciese en el día mitigaba su dolor. Han pasado cuatro años, pero el dolor sigue siendo el mismo desde aquel accidente que cambió su vida.

Dulce María era una de las más bellas bailarinas del circo Transhumantes, sus espectáculos deleitaban a personas de todas las edades e inspiraban a más de un loco enamorado. Esa noche ella, no obstante, traicionó su propio corazón.

Aquel día Félix se dirigía como de costumbre a la carpa del circo, junto a la que habitaba con su amada danzarina; quiso sorprenderla, así que pasó a la florería más próxima y compró un ramo de cárdenas rosas. Al llegar a su hogar, paralizado en pie a la entrada, se sintió agonizar un instante para volver a la vida. Dulce María estaba sobre el lecho que compartían cada noche, no aguardándolo como de costumbre, sino que a su lado se encontraba Peter, el mago, quién había llegado al circo hace unas semanas. Fue la escena más desoladora que presenció en su vida; su amada lo había traicionado como una estocada directo al corazón. Se alejó de la escena sin mediar palabra y cómo si aquello no hubiese sucedido. Nadie se percató de su presencia.

Aquella noche en el espectáculo triunfal, rutina ensayada por años; Dulce María debía hacer una acrobacia por los aires y caer en los brazos de Félix en una tarima de 15 metros de altura. No obstante, aquella noche Félix dudó, su corazón no resistió lo que sus ojos intentaron negar y sus manos, temblorosas, sudaron como nunca antes. Aquella vez, fue el inicio de la amarga sonrisa que lo acompañaría hasta el último día de su vida.

José Patricio Chamorro.
Copiapó, 4 Julio 2018.


Pd: Inspirado en una fotografía tomada por Vivian Meyer.

jueves, 22 de marzo de 2018

El sueño del aluvión o el día en que la tierra despertó.


El sueño del aluvión o el día en que la tierra despertó.

Aquella noche un fuerte movimiento sísmico y un viento inusual,  de varios cientos de kilómetros por hora, desencadenaba un aluvión. La tierra empezaba a desprenderse de los cerros y montes y rápidamente se aproximaba a la ciudad, dejando gran parte de ésta bajo tierra,  salvándose solo aquellos que se dirigieron a la parte más alta de los cerros. 

Desde mi ventana se veía cómo la tierra arrasaba con todo a su paso, trayendo consigo casas,  escombros,  incluso a las personas que bajo su vientre quedaron atrapadas. Nunca nadie vio un aluvión semejante. Los escasos sobrevivientes recordariamos ese día aciago como "El día que la tierra despertó".  Sin embargo, siempre supe que la madre natura solo buscaba restablecer el equilibrio,  aquél que la humanidad le usurpó. 

Desde ese día comencé a creer en los sueños premonitorios y cada vez que veía a mis congéneres hacer daño a nuestra madre tierra,  aquel sueño se me venía a la mente. A veces deseaba que hubiese sido verdad.

Copiapó, 22 marzo 2018
José Patricio Chamorro.

sábado, 3 de marzo de 2018

Nostalgia de hogar. (Recuperado: 4 marzo 2014).


La casa suele tener una actividad constante, un ajetreo de ir y venires, de hacer y deshacer. Mi casa es como una batahola itinerante, en la que ningún día es igual a otro; libros por doquier desordenados y desperdigados por las habitaciones, en el comedor y en los escritorios. A ratos se confunden los dormitorios con paisajes de ensueño, donde al ir a dormir te sumerges en un sopor de historias, lo real y lo maravilloso se confuden como dos mundos irreales, donde la felicidad radica en la música del estéreo que resuena atravesando las paredes con melodías de un vals acompasado que reúne a los comensales a la mesa y uno por uno se van sentado en sus puestos.

Los platos a la mesa y la cena ya está servida, las conversaciones palpitantes comienzan y dan inicio a la noche, donde en el ocaso del día se proyecta una luna plena, que forman un círculo de visiones reposando sobre la fría hierba. Los cimientos de la casa se remecen con las pisadas de quiénes las habitan, el eco de las voces se traduce en un ensordecedor murmullo de expectantes cambios de vida, fluir como un sibilante viento de otoño en el patio de los duraznos y manzanos de hogaño y antaño, para entusiasmarse con una nostalgia de tardes llanas.

 La casa de mis padres, 4/3/2014.

miércoles, 28 de febrero de 2018

El último suspiro de una vida.



Aún recuerdo el dia que llegó a casa, allá por el año 2010, meses después del terremoto que asotó Chile. Animoso con sus primeros años a cuestas, Jack, tenía un porte de raza singular, cuyo pelaje negro azabache lo confundían con la noche.

Nos habiamos mudado recientemente a la nueva casa de Chillán y, sin duda alguna, dado que el terreno era más extenso y puesto que al otro lado del muro solo habían un potrero y humedales,  fue que consideramos que sería de gran ayuda contar con un perro para resguardar la casa. Así fue que Jack, de la noche a la mañana se convirtió en un integrante más de nuestro hogar.

Con el tiempo y el pasar de los años,  otras mascotas se sumaron a nuestro quehacer diario, gatos y perros, mientras Jack iba acumulando años. Sin embargo,  nadie se imaginó que 8 años después y con el equivalente a unos 70 años humanos, Jack abandonaría este mundo.

La última semana, previa a su defunción,  ya no comía o si lo hacía era escasamente. Escuchaba poco y sus fuerzas apenas le permitían ladrar cuando sentía ruidos. Se veía enfermo y con la mirada cansina. El día anterior a su partida lo vislumbré mirando por el ventanal hacia el interior de la casa, tenía la mirada triste y perdida, vaga como en una nebulosa.La muerte, al día siguiente acecharía.

Se cumplía un nuevo año en conmemoración de la tragedia del 27/f.  Los estertores de su último adiós se vieron envueltos en su incapacidad para andar, su respiración se agitaba y a ratos se desapercibia tenuemente. Esa tarde junto a mi hermano decidimos recostarlo bajo uno de los árboles frutales del jardín sobre una alfombra en la que pudiese pasar sus últimas horas con mayor comodidad. Mientras estábamos en eso, Toby,  el nuevo perrito que había llegado hace unas semanas jugaba y bailaba alrededor de él como animándolo a vivir. No obstante,  ya era tarde. Jack al escucharnos giró su cabeza hacia nosotros,  sosteniendo por última vez su mirada en un gesto de despedida y sin mayor aviso su corazón dejó de latir.

28 febrero 2018.
José Patricio Chamorro Jara.

Pd: En memoria de Jack, nuestro primer perro en la casa actual de Chillán.

miércoles, 7 de febrero de 2018

El bolígrafo.


Versión 1

Su risa embargaba la atmósfera de la habitación. Nada cambiaría lo que vieron sus ojos. Ella no tenía la culpa, sin duda la tuvieron ellos. Aún en su demencia ve con claridad la escena. Su hermana y su novio jamás debieron estar allí. Si no hubiese olvidado su bolígrafo en el velador. Nada de esto hubiese ocurrido.

Versión 2

Su risa embarga la habitación del hospital. Aún en su demencia recuerda con claridad la escena. Su hermana y su novio no debieron estar allí. Si no hubiese olvidado su bolígrafo en el velador; la muerte no sería su tortura.

sábado, 4 de noviembre de 2017

Hombre frente a la ciudad.


Siento una mirada a la distancia, unos ojos que me observan fijamente como inquiriendo que yo también sé su secreto. Ambos nos conocemos muy bien. Lleva varias semanas asomándose a los límites del edificio frente a los almacenes Corona, donde he sobrellevado mi aciaga existencia los últimos meses,  soportando las estridencias de la ciudad a diario, sin poder salir. Él desvía la mirada, al igual que las mujeres que hace unos momentos observaban mi vestido floreado de encajes. Ellas se van, buscan un lugar más a la moda. Lo miro de reojo. Lo veo de espaldas mirando a los cielos. Alza sus manos al aire y las deja caer. Él sabe que conozco su secreto. Quiénes no somos de este mundo nos reconocemos. Su hora está por llegar. Se desploma su cuerpo en el pavimento de la ciudad. Quince pisos no bastaron para mermar su tristeza. Mismo sentimiento que invade mi gesto artificial.

Taller Literario "Cuentos de bolsillo".
Biblioteca Municipal de Chillán.
2 noviembre 2017.

Deseos.


Esta tarde me he sentido deseada. Varios ojos se han posado en mí. Siento cómo observan cada detalle de mi silueta y cómo sus ojos miran con envidia mi talle cuasi natural. La ciudad pasa frenética frente al abismo que nos separa. Cuántas veces he soñado con atravesar el cristal, tocar mis propias prendas y vestir a la moda como  ellas, pero la fortuna es ciega. Ellas envidian mis encajes de alta costura, mi sombrero de plumas, mi cabello rizado o atrevido escote. Lo sé, porque las puedo oír. Pero lo que no saben es que en realidad soy yo quién las envidia a ellas; su grácil caminar, sus mejillas sonrosadas, sus labios color pasión y risueñas sonrisas, ¡Ay, si solo pudiese sonreír! Pero la mueca perfecta y el pulcro vestir hasta agotar stock son el destino de los maniquíes de escaparate.

Taller Literario,  "Cuentos de Bolsillo". Biblioteca Municipal de Chillán.
2 noviembre 2017.

jueves, 5 de octubre de 2017

Hilos invisibles.

“Recordé lo que tú decías. Que al pronunciar un nombre, unos hilos invisibles nos unen a la persona que nombramos”.

     Contigo a la distancia, Carla Guelfenbein. P. 159.

Me lo repetí tres veces, hasta grabarlo a fuego en la memoria. La primera vez tu nombre me pareció un antojadizo recuerdo de amores del pasado. Mi gran amor de adolescencia llevaba tu nombre. Habían pasado nueve años desde que no experimentaba el mismo sentimiento. La segunda vez fue cuando me esperabas en el terminal de la ciudad que años después nos cobijaría en nuestros romances de juventud. Aquella mañana caí en tus brazos para perderme en ellos y no volver. Ese día comprendí que ya nada sería igual, que nuestras vidas habían tomado un derrotero que entrecruzaría hasta el último de nuestros alientos los insondables caminos del destino. Lo nuestro estaba escrito y ambos sabíamos en la oscuridad de nuestro sentir más oculto, que nos amábamos a la distancia.

La tercera vez fue de improviso. Intempestivamente me sorprendió tu presencia ese día. Grata sorpresa me llevé cuando tus manos rozaron mis hombros y tu voz penetró mis oídos. Te estaba esperando, aguardaba tu estampa que me había cautivado desde la primera vez que te vi y aun sin saber que te volvería a ver me grabé tu nombre a fuego en la memoria.

Hoy, cincuenta años, dos meses y un día desde aquella primera vez, si la vida nos diera una nueva oportunidad, amaría nuestros instantes como aquella primera vez y me perdería en tus brazos para no volver. 

                 Siempre tuyo.

Esa noche el sueño embargó su lecho y la sabia muerte lo aguardaba como la silueta de su amor de juventud a la espera de su llegada.

Mi arte poética

Arte poética (José Chamorro)

Escribo desde el alma que aniquila la razón y no de sin razones del corazón deseadas. Escribo porque nací poeta en una generación ...