jueves, 18 de marzo de 2010

La Odisea de Penélope.


          

           Aquella mañana, la aurora, de rosados dedos, resplandecía refulgente ante el comienzo del que sería el más recordado y anhelado de los días que vendrían, para la joven Penélope. Era una mujer, cuya belleza sólo era equiparable a la hermosísima Diana y cuyos encantos, se asemejaban a la seductora y sensual Venus, sin embargo, se encontraba sumida en una tristeza, de la cual por más que luchase incansablemente contra ella, siempre culminaba abatida por la resignación y el desconsuelo.

            Penélope, llevaba una vida, que no pocos deseaban alcanzar. Su encanto y belleza natural, atraían de sobremanera a todos quienes la vieran por vez primera. Su piel nívea, sutilmente marmórea, sus brillantes ojos, tal cual la diosa Minerva, su cabello uncido en un matiz azabache y sus labios de un rojo carmesí, arrancaban más de un suspiro al contemplar su andar altivo, cuya vitalidad y jovialidad, habían provocado muchos desamores y corazones rotos, que prontamente cupido, se dignaba a remediar.

            No obstante, pese a tener una belleza sin igual y talentos que por doquier, harían feliz a quien los poseyese, Penélope, se hundía en el hálito de congoja y desánimo, que en el último tiempo la embargaban, sin darle tregua. En aquel entonces, se había entregado en cuerpo y alma a su profesión, donde la monotonía de la rutina y el agobiante trabajo, le permitían huir de sus emociones más recónditas, aquéllas que ni ella misma conocía.

 Sus amigos y conocidos cercanos, la admiraban por su audacia e inteligencia, las cuales, la habían hecho triunfar en su empresa, donde se había convertido en una exitosa empresaria, cuyos méritos, nadie podía negar. No obstante, nadie conocía su sufrimiento, porque era ávida y aguda en el arte del disimulo, donde jamás su semblante dio muestras de aflicción, mas por el contrario, todos la creían feliz y dichosa con la vida que llevaba. Pero esa mañana, se encontraba sola en su apartamento, ubicado en pleno centro de aquella ciudad tumultuosa y agitada en la cual vivía, único espacio, donde podía ser quien era, frágil y delicada como una gota de lluvia en la inmensidad del mar.

Tras reponerse de los primeros rayos de sol, dio rienda suelta a sus emociones, se dejó conducir por éstas, sin saber el rumbo que tomarían, hasta que se vio envuelta en un manto de lágrimas y sollozos, que clamaban por amor. Ella sabía, que existía en alguna parte del mundo, alguien que la comprendiese y que estuviese dispuesto amarla de verdad, tenía la certeza, de que más allá de aquel ilusorio y materialista amor, que le ofrecían sus pretendientes, los cuales, sólo se dignaban a alhajarla con accesorios y joyas finamente ornamentados, pervivía alguien capaz de compenetrarse con su alma y sentimientos, capaz de sortear el velo que simbolizaba su belleza, desentrañando su sentir, hasta percibir su esencia. Al igual que todas las mañanas, languidecía en nostálgicos suspiros de amor. 

Pero aquel amanecer, sería diferente, no estaba dispuesta a seguir padeciendo los amagos que la constreñían día a día, necesitaba un cambio y estaba dispuesta, a cuanto fuese necesario para lograrlo. Se encaminó a paso ligero y abrió las cortinas de encaje de su dormitorio, mas no contentándose con ello, se asomó al balcón, cuya balaustrada dejaba entrever un panorama desolador, sólo se percibían edificios y donde mirase, se encontraba con más y más, de aquellos colores grises que rodeaban esa ciudad céntrica, que entremezclados con los estridentes sonidos de un álgido día, dejaban mucho que desear. Ya lo había decidido, desde aquel momento, todo sería distinto.

Al cruzar la ciudad, con un ímpetu propio, del mismísimo Aquiles, llegó a su oficina y sin pensárselo dos veces, llamó a dos de sus secretarias de mayor confianza y les encomendó hiciesen reservaciones en una embarcación particular, sin tiempo definido, pero que la llevase lejos de aquellos muros que la habían aprisionado durante los últimos años. Así fue, que sin asimilarlo aún, se encontró en una estancia agradable, que guiada por un capitán y sus ayudantes, la llevaría a recorrer las diáfanas aguas del atlántico.

Los primeros días, no hicieron más que deslumbrarle ante cada nuevo prodigio natural que observaba, no sólo la brisa marina y el sutil céfiro que se arremolinaba a su alrededor, le eran gratos, sino que cuanto nuevo animal, de la abundante fauna marina que apreciaba, la revitalizaba aún más. De este modo, transcurrieron los días, hasta que al décimo y tras creer haber visto las más alucinantes maravillas del mundo, la embarcación arribó por aquel día, en la ribera de un poblado, que hasta aquel entonces le era desconocido.

Se sentía muy alegre e irradiaba, al contemplarla, una paz conciliadora; en sintonía con aquel estado anímico, se dirigió a la plaza de aquel cálido y acogedor pueblo, que si de ella dependiese, hubiese permanecido en aquel lugar, durante el resto de su existencia. Una vez allí, se entregó al mágico encanto de los sueños, cual Morfeo se lo había deparado. Estaba plácidamente entregada a la dulzura que la envolvía, cuando una sutil sinfonía la cubrió con un aura de tranquilidad y templanza, que hicieron de su despertar, un feliz suceso. Mas llamó su atención el sitio del cual provenía aquella melodiosa música, cuando apercibió sólo a unos metros de ella, a un joven adonis, en todo semejante a un Dios.

Pues el nombre que hubo de ponerle su padre, era Ulises, cuya existencia había estado marcada por un peregrinar continuo, de pueblo en pueblo, deleitando al son de la cítara, a quienes quisiesen oír sus cantos y poemas. Así el joven Ulises, errabundo, sin patria definida, cantaba cual Aedo, cuya voz era codiciada por cuanto mortal lo había escuchado. Mas su vida y he ahí la explicación de su continuo ir y venir, estaba sentenciada por Apolo, quien lo perseguía continuamente, consumido por la envidia que su voz le causaba.

De este modo, quedó Penélope embelesada con la figura de aquel majestuoso hombre, cuya voz, había hecho mella en lo más profundo de su alma y al percatarse Ulises, que la bella mujer a la cual había dedicado su canto, había despertado, asió prudentemente su mano y la llevó sutilmente a su corazón. Aquella tarde, se desató la pasión de un gran amor, que uniría por los siglos venideros y traspasaría las fronteras del tiempo, a la pareja que su vida, en una odisea convirtió.

miércoles, 10 de marzo de 2010

La esencia de un libro.



Un libro, es un laberinto de ensueño, de magia y reencuentro
Es un encuentro con nuestro espíritu, con todo lo vivido
Es una compenetración con el entorno y con nosotros mismos
Es un canto al alma, un respiro ante esta vida enajenada.


Espejo sabio y fiel retrato de vida, cólmanos de esperanzas
Sumérgenos en tus sutiles páginas, envueltas en efluvios de alcanfor
Esencia de vida, que nos brindas siempre una mano amiga
Cúbrenos con tu manto de emociones y sabiduría
Rodeadnos de efusiones ancestrales, ¡OH! Savia natural y rocío de almíbar.


Cómo olvidar las sensaciones y vivencias que hemos compartido,
Esencias puras, francas, gozosas y bienaventuradas
Amor de mis amores, serás mi amante en las efímeras horas del mañana.






miércoles, 3 de marzo de 2010

Un llamado a la Humanización social.



Los accidentes en la vida suceden cuando uno menos se lo espera. Son hechos impredecibles, que en tan sólo segundos pueden cambiar tu vida, sin embargo, pese a sus consecuencias muchas veces desastrosas, generan a su vez otras que suscitan el lado positivo de la sociedad, es en momentos de incertidumbre como éste donde la humanidad se une para afrontar los embates naturales, donde se suceden sentimientos fraternales y de ayuda mutua, puesto que el ser humano como ser social posee una cualidad inherente, que es su sentido gregario; el cual surge en circunstancias inesperadas y traumáticas, como la que vivenciamos durante estos últimos días.

No obstante, no sólo sentimientos bondadosos se despiertan en nuestros corazones, ya que la histeria, la sugestión y el pánico colectivo, ocasiona hechos realmente censurables. No pocos son los que se aprovechan de la desgracia de quienes lo rodean y caen en bajezas inhumanas, delinquiendo y cometiendo estragos en la ciudadanía. Estos hechos vandálicos que en su justa medida irán siendo penalizados, dan cuenta de lo insensata e imprudente que pueden ser las personas en tales circunstancias, denotando de este modo una instancia aún peor, que va más allá del accidente natural, es fiel reflejo de un accidente social, el cual no mira estatus, rango etario y menos aún considera las desgracias vividas.

Por otra parte, una de las consecuencias a priori de un desastre de tal magnitud y naturaleza, es la conmoción, pues nadie puede quedar impávido al observar cómo los anhelos y esperanzas de un futuro más próspero, se hacen añicos en tan sólo unos instantes. Analizar y comprobar “cara a cara” las consecuencias del terremoto vivido, causa gran pesar, ver cómo familias buscan desesperadas a sus seres queridos, atisbar sus casas literalmente devastadas y que aun una reconstrucción les llevaría meses, es realmente indescriptible. El escenario de nuestras ciudades post terremoto, si bien ha tenido ámbitos positivos y negativos, no deja indiferente a nadie al recorrer las diversas calles de la ciudad, que tan sólo el día anterior refulgía en todo el esplendor de una ciudad céntrica.

Desde otra perspectiva es preciso considerar y destacar la labor de los medios informativos, ya que éstos se han mantenido constantes en la entrega de información y ayuda, para aquéllos que han padecido de sobremanera los estragos. En la misma línea, una frase anunciada en uno de ellos me llamó particularmente la atención, que en su cita textual, denominaron “vals de la muerte”, respecto a ella es menester señalar que nuestro país continuamente a lo largo de su historia republicana, ha venido luchando contra la naturaleza, reponiéndose una y otra vez de este vals continuo, de este ir y venir, que nos depara siempre un futuro incierto, pero del cual hemos salido fortalecidos. Es por ello que esta afrenta que nos ha tocado vivir en el año del bicentenario, no será la excepción.

Por lo anterior, ésta es una invitación a la reflexión, que en un primer momento es difícil de llevar a cabo, pero que una vez las actividades y el estilo de vida habitual retorne a la normalidad, será un trabajo necesario, ya que no podemos quedarnos de brazos cruzados y hacer como si nada, por el contrario, debemos reponernos de las adversidades, no sólo en el ámbito material, sino que sobre todo, deberá coexistir una disposición diferente, una mirada distinta de la vida, donde el materialismo que tanto ha caracterizado a las sociedades postmodernas se desarraigue de una vez por todas de nuestra mentalidad y que el pilar fundamental sea una mayor humanización y preocupación por el otro, aquel otro que siempre estuvo ahí, pero que nos era desconocido, puesto que un velo egocéntrico e individualista nos separaba. Ésta es la visión que debe cambiar y de manera sustancial.

Finalmente más allá de la reflexión propiamente tal, es un llamado a la solidaridad y el respeto, del que tanto se ha carecido estos últimos días, es una interpelación a la humanización social, que una vez más tras una crisis, surge altiva para hacernos un llamado de atención y que no olvidemos que nuestro pasar terrenal, es efímero, que no sólo depende de nosotros, pero que hacerlo más apacible y dichoso, sólo será producto de nuestras propias acciones y vivencias personales que enriquezcan nuestro espíritu y nos engrandezcan como seres humanos.

Garcia marquez

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Distintivo: Participación activa en comunidad de Letras Kiltras.