domingo, 31 de enero de 2010

El viaje


Ella prefería la vida natural, añoraba los verdes prados y su encanto mágico, el susurrar del viento, que como céfiro la envolvía en sus suaves brazos. Sin embargo, por largos años, quizás los más tristes y amargos de su vida, había sido privada de toda maravilla y prodigio divino.

            Cecilia moraba en los suburbios de una ciudad céntrica, que poco o nada tenía de llamativo, más bien sus enigmáticos muros de antaño y vastas calles, se le tornaban monótonos y aborrecedores, estaba hastiada de todo cuanto sus radiantes ojos observaban, incluso éstos habían adquirido una tonalidad opaca, que como los camaleones, se acompasaban al ambiente. Así no sólo sus prístinas opalinas estaban perdiendo su matiz tornasolado, sino que todo su cuerpo sufría metamorfosis continuas. Al principio eran sólo sus ojos, pero al cabo de unos meses su rostro sonrosado y perfumado como el azahar, se tornaba de un color acre y agrio, palideciendo ante la falta de los rayos de sol que tanto anhelaba.

            Sus padres recurrieron ante cuanto artilugio encontraban, no obstante, ninguno surtió efecto, la llevaron con los médicos más destacados de la ciudad, incluso éstos con su sapiencia, no encontraban razón lógica y causa aparente para tales síntomas; más aún, con el tiempo, ella comenzaba a empeorar. Primero sus brazos, luego sus piernas y finalmente su cuerpo empezaba a decaer, languideciendo en son del clima, puesto que en aquella ciudad, no se conocía otra estación, más que aquella desoladora y atormentante denominada invierno.

            Los días transcurrían y no había indicios de mejora, por el contrario, ésta empeoraba aún más, como si con tal estado de abatimiento no bastara, su último rescoldo de vida se desvanecía con cada minuto que pasaba, hasta que su cabellera negra como el azabache, cedió ante los suplicios de la enfermedad, decayendo lentamente, hasta perder toda luminosidad y conformar una sincronía con la blancura profunda y penetrante de la nieve invernal. Sus padres se lamentaban por tanto infortunio, no lograban entender por qué su hija estaba padeciendo tales males, se lo atribuyeron a un mal de ojo, que una anciana del pueblo más cercano les había anunciado, ésta la sometió a un sahumerio, pero tampoco tuvo el efecto esperado, sólo consiguió entristecer aún más a su madre, quien sin encontrar de dónde sacar más fuerzas para ayudar a su hija, quiso cumplir con su último deseo, ya que Cecilia había llegado hasta la agonía, en ella nada parecía pertenecer a este mundo, sino a uno más lejano.

            Así fue como decidió emprender un viaje junto a ella, éste sólo aspiraba a cumplir con los deseos más íntimos de su estertórea hija, quien deseaba entrañablemente contemplar la naturaleza en todo su esplendor, recorrer a campo traviesa senderos rodeados por magnífica floresta. Tal cual en sus sueños, así se dejó guiar por su madre, ella la condujo por caminos inusitados, donde aves de áureos plumajes sobrevolaban a su alrededor, anduvo parsimoniosamente por sendas atiborradas de abetos, laureles, gardenias, rosas, magnolias y todo cuanto pudiese imaginar, escuchó el tintineante sonido proveniente del arroyo y quedó embelesada con el manantial de vida que de éste manaba.

            Se sucedieron efímeras horas y cuando su madre se supeditaba a la resignación, dándolo todo por perdido, Cecilia sonrió. Fue una sonrisa fugaz, pero bastó para que su semblante adquiriera levemente el sonrosado habitual, al percatarse de ello, su madre a medida que la observaba, recuperaba las esperanzas; su esfuerzo no estaba siendo en vano. Así transcurrieron los días, parecía que Cecilia captaba el néctar de vida que prodigaban los árboles, ya que los cambios comenzaron a manifestarse en todo su cuerpo, su cabellera recuperó levemente el brillo, sus brazos y piernas, correspondieron a la brisa del valle, con sutiles movimientos, hasta que al cabo de una semana, Cecilia estaba revitalizada.

            Mas su caso no aconteció en vano, nadie se explicaba tan sorprendente recuperación, primero se enteraron los amigos más cercanos de la familia, luego los médicos y finalmente ya estaba en boca de todos, así fue que conocí a Cecilia y cuando la vi por vez primera, supe que había padecido de melancolía.


Pd: Dedicado a Cecilia y los gratos momentos que hemos compartido, por ser una persona muy comprensiva, sagaz lectora y por el sólo hecho de ser mi amiga.

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