lunes, 27 de febrero de 2012

Hoy mi razón de vivir son mis sueños.




Hoy mi razón de vivir son mis sueños
Mis ideales, tan sólo convivir
Fuego que recubre mis entrañas
Calor que enciende mi pasión interior
Aquellas intensas ansias por vivir al máximo
Disfrutar los matices de esta tierra
Visitar sus confines, acercarme a los horizontes
Fluir como los ríos de mi patria
Amar sin límites, enamorarme en cada momento
Sentir y pensar, ser tan sólo ser
¿Vivir? Qué es la vida, sólo sé…
Que la prefiero antes que la muerte
La muerte es eterna, la vida es tan sólo una
Acompáñame, vivámosla juntos, convivamos
Hoy y siempre, hoy por siempre
Rozando las arenas con nuestros párpados
Confundiendo nuestras lágrimas en la lluvia
Eternizando nuestros cuerpos, seamos felices
Hoy y siempre, hagamos esta tierra de nosotros.

sábado, 25 de febrero de 2012

Vivir es otro cuento.





La vida es un continúo de trabajos
¿Vivir por vivir? ¿Vivir o morir?
¿Qué es la muerte? Tan sólo el olvido
¿Qué es sentir? Tal vez estar vivo
Hoy existo porque siento
Ayer existí porque pensé
Eros, thanatos se conjugan
Hoy soy feliz, sin embargo, sufro
Al ser consciente de los abatimientos
De los choques que nos damos con la vida
Sus malas pasadas, sus malas jugadas
El dinero, la educación, el materialismo
Todo nos consume, en ello nos sumergimos
Amo el presente, en él soy consciente
Quiero, tan sólo quiero, vivir es otro cuento.

jueves, 23 de febrero de 2012

Lo femenino y sus figuraciones en la poesía de Rubén Darío: “Venus”, “De invierno”.


En primer lugar, antes de adentrarme en la poética de lo femenino y su figuración en la poesía dariana, a través de la revisión de poemas connotados de su obra, hablaré primeramente de su estilo, el que influye no sólo en la forma de captar la esencia de lo femenino, sino que de igual modo en la tradicionalidad, entre otros variados motivos, que estarán plenamente marcados por lo heteróclito de su lenguaje, símbolos y figuras, esa superposición de temas y motivos que iremos apreciando a continuación: “Sin salirnos de los confines estrictamente artísticos, esto es, sin trasvasarnos del todo a consideraciones ampliamente culturales (que son las más argüidas por quienes postulan una prolongada vigencia para esta época en sí), la expresión modernista puede contemplarse como la suma heteróclita de estilos a través de cuya interacción se manifiesta el espíritu vario, confuso y aun contradictorio de toda una época: la del fin de siglo (de este fin de siglo angustioso) […]”.[1]

            Por otra parte, cabe referir la trascendencia que cobra el canon neoclásico en su obra, pues revisará algunos mitos y personajes de este período, algunos pertenecientes a la mitología, como lo es, por ejemplo, la imagen de Venus, que iremos contemplando en sus poemas en más de una ocasión. En sí esta interrelación y vínculos con otras tradiciones, nos conlleva a pensar en la búsqueda de un origen común, de una especie de proto-literatura, que ya han ido esbozando los críticos: “El fin que Rubén Darío se propuso fue prácticamente el mismo a que tendieron los últimos neoclásicos y primeros románticos de la época de la independencia: la autonomía poética de la América española como parte del proceso general de libertad continental, lo que significaba establecer un orbe cultural propio que pudiera oponerse al español materno, con una implícita aceptación de la participación de esta nueva literatura en el conglomerado mayor de la civilización europea, que tenía sus raíces en el mundo grecolatino.”[2]
           

            Después de aquel exordio, hablaré específicamente de los poemas donde se aprecia una imagen de lo femenino de manera destacada, partiendo del soneto Venus de Rubén Darío, ante el cual se ha consignado lo siguiente, sobretodo en cuanto al simbolismo presente en la diosa del amor y la pasión: “Venus es símbolo de esperanza y representa la poesía ardiente, es ángel de la libertad, así como genio de la luz según Hugo.”[3] Continuando con el análisis del poema, referiré también lo manifestado por los críticos y las interpretaciones que ellos le han dado a cada una de sus configuraciones en el poema: “El poema Venus de Darío, en el segundo párrafo, describe a Venus con aspecto de mujer bella que espera a su amante. En cambio, en el primer terceto, el poeta confiesa su deseo de liberar su alma del cuerpo, para reencarnar en Venus, con el fin de besar sus labios de fuego y transformarse en materia sideral. En el segundo terceto, el poeta regresa al mundo real, pero Venus, desde el abismo, me miraba con triste mirar.”[4]
                                                           
            Si bien hemos referido el aspecto temático-mítico del poema, donde cobraba preeminencia, sin lugar a dudas, Venus, ahora aludiré a sus características métrico-rítmicas, que son igual de relevantes: Darío es consciente, como en la ciencia esotérica, que la perfección sólo se alcanza con rigor. Con respecto al soneto “Venus”, no dejó ningún comentario, que tanto lo necesitaba, por ser el único poema pentadecasílabo, métricamente el más extenso y ejemplo único en la sonetística dariana. Está formado, según Tomás Navarro Tomás, por un heptasílabo trocaico y un decasílabo dactílico (Métrica española). La estructura es similar a la utilizada en la traducción de la Eneida de Sinibaldo de Mas, recogida en su libro El sistema musical de la lengua castellana (1852), libro que Darío conoció. El soneto “Venus” consta de dos serventesios y dos tercetos, que destacan por ser todos los versos pares acabados en agudo, mientras que los impares son todos esdrújulos.”[5]

            Consiguientemente, lo próximo a realizar es el análisis a través de marcas textuales presentes en el poema, en el cual se apreciará de manera más nítida la imagen venusiana y la significación de su presencia, es así que en los primeros versos la figura de Venus como representante de lo divino, de lo áureo, que consuela las penas del poeta con su belleza y resplandor, es por tanto, una representación del planeta Venus, que se convierte en un elemento ornamental del espacio que se describe:

“En la tranquila noche, mis nostalgias amargas sufría.
En busca de quietud bajé al fresco y callado jardín.
En el oscuro cielo Venus bella temblando lucía,
como incrustado en ébano un dorado y divino jazmín.”[6]

            En los próximos cuatro versos aparece en su completa magnificencia Venus, vista como una reina de oriente –esto se corresponde con la interconexión e interrelación de tradiciones que se van superponiendo- un retorno al exotismo:

“A mi alma enamorada, una reina oriental parecía,
que esperaba a su amante, bajo el techo de su camarín,
o que, llevada en hombros, la profunda Extensión recorría,
triunfante y luminosa, recostada sobre un palanquín.”[7]
            Finalmente, en los postreros cuatro versos del poema se observa la metamorfosis del poeta, donde escapa y renace de su crisálida, la que es símbolo del cuerpo, así su alma va más allá de ella, hasta cierto punto se transmuta, a su vez la utilización de la palabra “sideral” hace referencia a lo espacial, a la imagen de la Venus planetaria-astral, que hace que el vate tenga sensaciones extáticas, las que son bi-semánticas, pues pueden tener una connotación desde la perspectiva sexual y mística, pero incluso es más, hay una sublimación de la primera, que permite alcanzar la segunda a través de la vía extática:


"¡Oh reina rubia!—díjele—, mi alma quiere dejar su crisálida
y volar hacia ti, y tus labios de fuego besar;
y flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz pálida,
y en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar"
El aire de la noche refrescaba la atmósfera cálida.
Venus, desde el abismo, me miraba con triste mirar.”[8]

            Por otro lado, citaré lo que ha interpretado críticamente en relación a la temática del poema, Manuel Barriatúa:
TEMA

“El poema es expresión de la amargura del poeta, el cual interpela a Venus, planeta-estrella en quien personifica sus angustias amorosas. En una suerte de catasterismo inverso, la estrella se torna en amante a la que dirige sus ruegos. El primer cuarteto es casi un remanso que acompasa las nostalgias amargas del poeta: la tranquila noche[...], quietud[...], fresco y callado jardín, todo predispone el alma a esa nostalgia. El desazonado amador busca consuelo en un jardín, espacio típicamente modernista y allí alza sus ojos al oscuro cielo. El segundo cuarteto comienza con la posible causa de toda esa nostalgia amarga: su alma enamorada, alma que imagina a su amada como reina, en situaciones que fácilmente asociamos con la nobleza: en su regio camarín o llevada en hombros triunfante y luminosa, claro contraste con la oscuridad y el silencio que rodeaba al poeta en el primer cuarteto. El cielo es ahora profunda Extensión, se ha sobrepasado esa doméstica tranquilidad del jardín inicial. El alma enamorada busca elevarse para ir al
encuentro de esa Venus reina y promisora.

Empiezan los tercetos con la interpelación directa a la amada, que es rubia, luminosa, de labios de fuego. El poeta espera de esos labios que le trasporten a los siderales éxtasis donde el amor no conoce interrupción. Pero el aire de la noche, en el penúltimo verso, enfría el éxtasis sideral. Y se cierra el poema con una Venus triste que mira desde ese firmamento, que de cielo inicial pasó a profunda Extensión y ahora se ha convertido en abismo. Y lo último que ve el poeta es el triste mirar de su amada distante e inalcanzable.
Su nostalgia amarga no tiene cura.”[9]

            Uno de los poemas que secunda al anterior y que procedo a analizar es el poema “de invierno”, recopilado en la obra Azul, donde aparece la representación femenina encarnada en Carolina, que al igual que la figura venusiana, esta vez aparece como una especie de estatuilla ornamental –claro que metafóricamente hablando- donde ella es otro adminículo más dentro del cuadro representado, así se nos configura en los primeros cuatro versos, también se la suele comparar con la flor de lis, símbolo de la belleza pura y a la vez símbolo de la Casa Real de Francia:

“En invernales horas, mirad a Carolina.
Medio apelotonada, descansa en el sillón,
envuelta con su abrigo de marta cibelina
y no lejos del fuego que brilla en el salón.

El fino angora blanco junto a ella se reclina,
rozando con su hocico la falda de Alençón,
no lejos de las jarras de porcelana china
que medio oculta un biombo de seda del Japón.

Con sus sutiles filtros la invade un dulce sueño;
entro, sin hacer ruido; dejo mi abrigo gris;
voy a besar su rostro, rosado y halagüeño

como una rosa roja que fuera flor de lis.
Abre los ojos, mírame con su mirar risueño,
y en tanto cae la nieve del cielo de París.”[10]

                       



[1] Introducción a la poesía Modernista Hispanoamericana. Pp. 19.
[2] Inauguración de una época poética. Pp. 5.
[4] Íbidem.
[5] Íbidem.
[7] Íbidem.
[8] Íbidem.
[9] Íbidem.

[10] Comentario de poemas de Rubén Darío. Rafael Roldán Sánchez.

Era el pretérito perfecto de la belleza.




Mi madre era casi hermosa, casi bella
Era el pretérito perfecto de la belleza
Era ella, tan sólo ella, no había nadie como ella
Sus manos que te cubrían las penas de amor
Su llanto tierno, dulce y sonoro
Como río de piedras que siguen su camino
Como azahar y rosas que rozan tus pies
Así era mi madre, bella como ninguna
Perfecta y trabajadora de alma única
Hoy la recuerdo, hoy la quiero
Ayer viví con ella, ayer la quise
Mañana no estará a mi lado
Pero mi amor hacia ella estará intacto.

Mi madre era casi hermosa, casi bella
Era el pretérito perfecto de la belleza
Era tan sólo era, palabras que se van
Palabras que vienen,
Hoy sobran para decir cuánto la quise.

domingo, 19 de febrero de 2012

Americanismo, cosmopolitismo y tradición en la poesía de Rubén Darío. Autonomía estética y cultural.




            En un primer momento, previo al análisis de la obra dariana, es preciso realizar una contextualización de ella, es así que para determinar nociones como las de “americanismo”, “cosmopolitismo” y “tradición”, más allá de efectuar una definición conceptual, primeramente hablaré de qué trata y si es que incluso podríamos esbozar una suerte de literatura hispanoamericana; desde esta perspectiva entonces se torna necesario cuestionarse la hipótesis de una teoría de la originalidad americana o si más bien somos una copia/mimesis/imitatio del canon estético-literario-europeo hegemónico, para ello me apoyaré de lo referido por los críticos: “El hecho es que la concepción de lo representativo ha estado ligada además, entre nosotros, a una teoría de la originalidad americana. No es esta teoría lo que hoy resulta falso, sino su formulación. En efecto, somos originales en la medida en que tal vez todo el mundo lo es: tenemos una experiencia concreta del mundo. Pero sería distinto suponer que la originalidad está ya dada en la realidad, por fascinante que ésta sea o haya sido para el europeo. Suponerlo así explica esa reiterada voluntad por mostrar la exuberancia de la naturaleza americana: enumerar todos sus dones y seguir alimentando los mitos de una posible tierra de gracia.”[1] Pues claramente, en conformidad con la visión europeizante y en contraposición con ella, seríamos originales, novedosos como se señala, lo que radica fundamentalmente en la concepción del mundo, la visión sobre la naturaleza, el misticismo de ella –lo que como se sabe ha dado lugar a una prolífica producción de obras que abordan su carácter fantástico y maravilloso- así se ha ido generando una cosmovisión hispanoamericana de lo exultante, fehérico, de la otredad en términos de Octavio Paz, que han ido configurando el ideario e inventario de esta orilla del mundo.

            Otra forma de entender la noción del americanismo y la originalidad de éste, es la apreciada por Borges, que desde su óptica es explicitada a través de la metáfora del individuo inmerso en un cristal, cuya experiencia perceptiva está dada por la visión, que básicamente aludía a la correspondencia significativa entre sujeto y objeto, una especie de interrelación y simbiosis, en sus palabras: “[…] La verdadera originalidad, así como la intensidad, no reside en lo nombrado sino en la manera de nombrarlo; no está en lo visto sino en la manera de verlo. Hay que mostrar a un individuo que se introduce en el cristal, era para el joven Borges la única posibilidad de la obra de arte. Ese cristal no separa dos zonas, la del sujeto y la del objeto, sino que finalmente las identifica. La única manera de aproximarse a la objetividad ¿no es reconociendo primero la subjetividad? Ésta es, creo, la perspectiva que hace impracticables las pretensiones de representatividad, de totalidad y, en el contexto latinoamericano, de originalidad telúrica.”[2]

            Tras la amplia y controvertida polémica sobre la originalidad americana, otro tema que se ha discutido, es lo concerniente a Rubén Darío como conformador o no de una sensibilidad americana, si es representativo o no de ésta, ante todo se condice con lo formulado por Rodó: “Darío es un gran poeta (un gran poeta exquisito), pero no era el poeta de América. Es decir, no era nuestro poeta representativo. Por entonces, Darío sólo había publicado dos libros dentro de la estética modernista (Azul y prosas profanas), pero, aunque hay cambios sensibles en su obra posterior y hasta cierta autocrítica de su estética inicial (La torre de marfil tentó mi anhelo), quizá suscitada por el mismo ensayo de Rodó, es dable pensar que nunca alcanzó el nivel de lo que éste consideraba como característica del poeta americano […]”.[3]

            Del mismo modo, Gabriela Mistral se pronuncia sobre Darío, en cuanto a una crítica a su lejanía de lo americano en un primer momento: “En una nota de su libro Tala (1938), Gabriela Mistral seguía rigiéndose por esa perspectiva. Si nuestro Rubén –escribe-, después de la Marcha triunfal, que es griega o romana, y del canto a Roosevelt, que es ya americano, hubiera querido dejar los Paríses y los Madriles y venir a perderse en la naturaleza americana por unos largos años- era el caso de perderse a las buenas-, ya no tendríamos estos temas en la cantera”.[4]

            Es relevante e interesante a su vez consignar lo manifestado por César Vallejo en cuanto a lo dicho por Rodó respecto a Darío, sobretodo, para afianzar el cosmopolitismo presente en la obra Rubén dariana, ya que hasta cierto punto se la estaba negando, ante lo que Vallejo se opondrá fuertemente, puesto que según él era innegable la autenticidad americana al leer la poesía de Darío, veámoslo en sus términos: “Rodó dijo de Rubén Darío que no era el poeta de América, sin duda porque Darío no prefirió como Chocano y otros, el tema, los materiales artísticos y el propósito deliberadamente americano en su poesía.  Rodó olvidaba que para ser poeta de América, le bastaba a Darío la sensibilidad americana, cuya autenticidad, a través del cosmopolitismo y universalidad de su obra, es evidente y nadie puede poner en duda… La indigenización es acto de sensibilidad indígena y no de voluntad indigenista […]”.[5]

            Por otra parte, me valdré de algunas de las interrogantes presentes en el artículo, que me darán el pie de inicio para proceder a darles una cierta contestación, vinculándolas con la poética de Darío: “[…] Su pasión por las formas y la perfección ¿no era acaso una manera de dar coherencia a esa sensibilidad, más o menos vaga y difusa; ¿conferirle una disciplina y una vocación constructiva? Lo que parece exótico en su obra ¿no era, en su momento, una búsqueda de universalidad y una aspiración de ser en el mundo? En otras palabras, la obra de Darío ¿no encarna finalmente ese movimiento del espíritu hispanoamericano que oscila entre el desarraigo y el arraigo, la evasión y el retorno?”.[6]

            En efecto, podríamos pensar en la situación americana y su proceso de conformación, el que de sus inicios no estuvo claro, fue una amalgama, un continuum de intentos de construcción social, ante lo que Darío procuró darle un sentido, crear una identidad, he ahí la fundamentación de su escritura a nivel estético-formal. En lo que constituye el exotismo, éste es propio y prácticamente connatural a América y es en sí la búsqueda de aquel ideal de comprender este continente como un todo formante de la universalidad, como una parte que no puede estar escindida, un sentido de pertenencia e identidad propia, que suplementa las otroras identidades del orbe.  Desde otro ángulo, en concordancia, aunque más bien en disonancia con ella, Darío tendió a contravenir algunos de los principios de la estética tradicional: “no creyó en la importancia moral o humanística de los temas (la moral enseñanza), los asuntos graves […] Como los pintores pre e impresionistas, veía el poema sobre todo como un arreglo de sonidos, de ritmos y de imágenes. Tampoco creyó que la profundidad del arte estaba necesariamente ligada a una filosofía del dolor o a la grandeza histórica. Darío, sabemos, exaltó el placer: no sólo como tema sino igualmente como naturaleza misma del lenguaje; en su obra, las palabras recobran el gusto de ser palabras, formas constructivas, cuerpos relucientes.”[7]

            Si existe o no autonomía estética y cultural en Darío, se vuelve ante todo una labor nada simplista, ya que si bien nos plantea una estética propia, un sello personal, se inspirará en otros modelos y fuentes, de los que tomará rasgos fundamentales para ir edificando su poesía, es decir, el modernismo no surge sensu stricto de la nada, al contrario, se basa en otras vertientes, procedo a citar: “El origen de la novedad, esto es, del modernismo, fue su lectura de ciertos autores franceses, explica en Historia de mis libros (1909). Y precisando más añade: Encontré en los franceses que he citado una mina literaria por explotar: la aplicación de su manera de adjetivar, ciertos modos sintácticos, de su aristocracia verbal, al castellano; comprendí que no sólo el galicismo oportuno, sino ciertas particularidades de otros idiomas, son utilísimas y de una incomparable eficacia en un apropiado trasplante.”[8] El modernismo traído y reconformado por Darío, en palabras de él mismo, no es sólo un mero arte de escribir, una nueva poética, sino que cambiará y marcará para siempre e inexorablemente la historia literaria hispanoamericana: “Pero Darío sabía bien que no se trataba de una mera copia, ni siquiera de un buen trasplante; sus experimentos estilísticos fueron una verdadera renovación del español: lo liberaron de la rutina, del tono discursivo, y  aun del eterno clisé, decía del Siglo de Oro. ¿No se trataba simultáneamente de una liberación espiritual, de un acto de purificación colectiva? El clisé verbal es dañoso porque encierra el clisé mental, y, juntos perpetúan la anquilosis, la inmovilidad, escribe en el prólogo del canto errante (1907).”[9]

            Uno de los puntos más álgidos y destacables en la poesía de Darío radica en la ruptura con la tradición –ya señalada- la que cada vez irá dando a conocer, situándose críticamente ante ella, partiendo de esta manera su excurso: “Evocando el contexto en que se gestó el modernismo, dice: “No se tenía en toda América española como fin y objeto poético más que la celebración de las glorias criollas, los hechos de la Independencia y la naturaleza americana: un eterno canto a Junín, una inacabable oda a la agricultura de la zona tórrida, y décimas patrióticas. Su visión de la España de su tiempo no era menos implacable. Yo hacía todo el daño que me era posible –escribe- al dogmatismo hispano, al anquilosamiento académico, a la tradición hermosillesca, a lo pseudo-clásico, a lo pseudo-romántico, a lo pseudo-realista y naturalista. Crítica, en una palabra, a la poesía supuestamente representativa. Darío iba a situar el acto poético en una experiencia individual, no en las formas ya dadas de la tradición.”[10] Aquí se denota, sin lugar a dudas, un distanciamiento de la tradición, del canon, para replantearlo y situar su poesía como una especie nueva de ella.

            En relación al americanismo de su obra, se suele aludir a que tendía a la evasión, hecho que se producía a través de los siguientes procedimientos y que hasta cierto punto lo justifican: “Sin embargo, la obra de Darío ha sido criticada a partir de criterios sociológicos: su exotismo, su exceso de mitología, su afrancesamiento eran una evasión de la realidad americana.”[11] Volviendo itinerantemente al cosmopolitismo presente en su obra, se trata la siguiente premisa: “Su cosmopolitismo puede ser visto como una mediación y todo lo que ella implica de fascinación condicionada; pero también y, sobretodo, puede ser visto desde otras perspectivas más válidas. […] Finalmente, el cosmopolitismo de los modernistas, y sobre todo de Darío, está en relación con una visión de mundo. […] Aun Darío asume su cosmopolitismo con cierto desenfado que es también afán de irritar y de escandalizar.”[12]


[1] Dentro Del Cristal. Pp.17.
[2] Íbidem. Pp. 18.
[3] Íbidem. Pp. 19.
[4] Íbidem.
[5] Íbidem. Pp. 20.
[6] Íbidem.
[7] Íbidem. Pp. 21.
[8] Íbidem.
[9] Íbidem. Pp. 22.
[10] Íbidem.
[11] Íbidem. Pp. 23.
[12] Íbidem.

viernes, 17 de febrero de 2012

Cuestionario de Proust sobre su personalidad/ anexo de mi personalidad.







Este cuestionario me lo envió una amiga que al igual que yo se dedica a la escritura permanentemente, ella como conoce mi fascinación y adoración por y hacia las letras me lo envió, por si me animaba a responderlo y efectivamente, así lo haré, contestaré una a una las consiguientes preguntas en lo posible desde el alma de mi personalidad; por lo demás citaré lo que señaló mi amiga al respecto: “Este es un cuestionario que encontré en un libro que alguna vez leí (Beso a ciegas de Alain de Bottom) y me llamó mucho la atención por las preguntas que hacía y porque estaba contestado por Marcel Proust. Lo busqué en internet para saber si de verdad existía y si eran reales estas respuestas de Proust, y sí. Resulta que es un cuestionario para descrifrar la personalidad de quien lo contesta, lleva el nombre del escritor porque él fue el primero en contestarlo (dice en la web). Encontré varios con las mismas preguntas pero redactadas diferentes o con preguntas menos, así que copiaré el que tengo en el libro que dije. Y le agregaré mis propias respuestas!! (y las de Proust también)”.

Pd: Mis respuestas, las anotaré en cursiva, añadiéndolas a las de Proust y de Monserrat.

El rasgo principal de mi personalidad:

Proust: La necesidad de que me quieran; para decirlo con mayor exactitud, más la necesidad de que me mimen que la de que admiren.

Monse: Creo que pensar mucho las cosas y soñar demasiado. Por eso me llegó mucho un cortometraje donde un ángel le dice a un hombre que acaba de morir y puede resucitar: -Deja de pensar, ¡Esto es la vida!

José Patricio: (Rasgos) La soledad, el análisis, la introspección –lo que me ha servido para escribir y leer con mayor tiempo- sin embargo, cuando me reúno con mis amigos es generalmente para conversar en mayor profundidad. Por otro lado, detesto y detestaré siempre la monotonía.

Las virtudes que busco en un hombre:

Proust: El encanto femenino.

Monse: Inteligencia y buen humor, pero sobretodo buen humor. No podría vivir con alguien que no me hiciera reír.

José Patricio: Paciencia, sabiduría, tiempo, entendimiento, análisis y que ame la lectura y las conversaciones profundas.

La virtud que prefiero en una mujer:

Proust: Las cualidades de un hombre, además de sinceridad en la amistad.

Monse: Que sean luchadoras y puedan ver más allá de sus narices.

José Patricio: Concuerdo con Proust; las cualidades de un hombre, agregándole la sensualidad venusiana y el mirar apasionado.

Lo que más aprecio en mis amigos:

Proust: Su ternura para conmigo, si son lo bastante agraciados para que yo considere valiosa esa ternura.

Monse: La lealtad, la confianza, el amor y el optimismo.

José Patricio: Su paciencia para comprender mis continúas teorías, su disposición y tiempo, pero sobretodo la dedicación y entrega de parte de sus vidas, para compartirlas conmigo.

Mi mayor defecto:

Proust: No saber, no ser capaz de desear con fuerza.

Monse: No perder, vivir en el ayer, no dormir.

José Patricio: Querer saberlo todo, pensar continuamente en abstracto y teorías, a veces olvidando el sentir con el corazón.

Mi ocupación preferida:

Proust: Amar.

Monse: Concuerdo con él, hay que enamorarse cada vez que se puede.

José Patricio: Leer, escribir, estudiar y debatir ideas, pero se sintetiza en “pensar”.


Mi ideal de felicidad:

Proust: Temo que no sea lo bastante elevado. No me atrevo a expresarlo y tengo miedo de destrozarlo si lo expreso.

Monse: Me imagino pasto, pajaritos cantando, los amigos, la familia, el amor. Todos para mí.

José Patricio: Creo que la felicidad es un estado transitorio-ilusorio, efímero y absoluto, que al expresarlo en palabras como dice Proust lo degradamos y deformamos, pues la empiria es distinta a la abstracción.

Cuál sería mi mayor desgracia:

Proust: No haber conocido a mi madre o a mi abuela.

Monse: Morir sin haber cumplido mis sueños.

José Patricio: No pensar, no sentir, no vivir.

Quién me gustaría ser:

Proust: Yo mismo, tal como las personas que admiro quisieran que fuese.

Monse: Una versión mejorada de mí.

José Patricio: Yo mismo. Soy feliz con la vida que he escogido y  más aún, con la libertad que he tenido, espero vivir más años para prolongar aquel disfrutar y conocer que nunca terminará.

El país en el que me gustaría vivir:

Proust: Un lugar en el que haya ciertas cosas que deseo, y donde los sentimientos y la ternura siempre se compartieran.

Monse: Estoy bien acá. Me gustaría conocer muchos lugares y quedarme mucho tiempo en ellos, pero nunca dejaría de "vivir" en mi país. Si cortara las raíces, creo que me marchitaría.

José Patricio: Donde se me respete por quién soy, por cómo soy y por lo que hago.


Mi color preferido:

Proust: La belleza no reside en los colores, sino en la armonía que existe entre ellos.

Monse: Que buena respuesta la de Proust! A mí me gusta el magenta.

José Patricio: La belleza es efímera, los colores se corresponden con nuestra limitada captación y percepción de ellos, no obstante, me quedo con el escarlata y azul-marino-profundo.

La flor que más me gusta:

Proust: La flor del propio yo. Aparte de ésa, todas las demás.

Monse: Los pensamientos.

José Patricio: La rosa azul, por su magnificencia y pureza, por ser simplemente ella.


Mi ave preferida:

Proust: El gorrión.

Monse: El chincol ¿Hai visto a mi tío Agustín?

José Patricio: El halcón, por su volar libre y anhelante, por su búsqueda ideal.
Mis autores preferidos:

Proust: Hoy, Anatole France y Pierre Loti.

Monse: Mario Benedetti.

José Patricio: Hoy, Aristóteles, Huidobro, Rubén Darío.


Mis poetas preferidos:

Proust: Baudelaire y Alfred de Vigny.

Monse: Jorge Teillier.

José Patricio: Rubén Dario, Rimbaud,

Mis héroes preferidos de ficción:

Proust: Hamlet.

Monse: El principito.

José Patricio: Ivain –ideal del caballero medieval.-

Mis heroínas preferidas de ficción:

Proust: Bérénice [pero antes había tachado Fedra]

Monse: Alicia, Medea, Miss Marple y Midori.

José Patricio: Medea, Virginia Wolf.


Mis nombres preferidos:

Proust: Sólo los prefiero de uno en uno.

Monse: Alba, Alicia, Ámbar, Gustavo, Guillermo.

José Patricio: Los de etimología simbólica; Darío, Ángel y nombres de flores.


Cómo me gustaría morir:

Proust: Siendo mejor... y bien amado.

Monse: Rápido y sin dolor. La verdad es que no sé, pero me gustaría que no fuera en un sueño.

José Patricio: Habiendo sido feliz –por lo ilusorio que sea- habiendo amado y conocido lo que más a lo que mi vida alcance y aspire.

Mi estado actual anímico:

Proust: Aburrido de pensar en mí mismo para dar respuestas a todas estas preguntas.

Monse: Tengo sueño, son las 4.19. Iré a dormir.

José Patricio: Pensativo, reflexivo y predispuesto a seguir escribiendo y leyendo.

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