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Mostrando entradas de marzo, 2011

La vida en Santiago es un circo romano.

La vida en Santiago es un circo romano, fue lo primero que pensé tras mi incursión hoy en la tarde por los recovecos de aquella ciudad. En efecto, es un mundo o sub mundo, con agregado e inclusión de prefijos para quien sea entendido en el tema, o más aún como se dice actualmente, es una ciudad “tercer mundista”. Sobre todo aquella última frase se logra entender a cabalidad si la persona que lee el presente texto, ha permanecido al menos un día en este festín hecatómbico o, por qué no decirlo, que ha vivido su propia Odisea, al más puro y prístino estilo de Joyce. Así es mis estimados lectores, sin embargo, hay que desmenuzar y comprender cómo se vivencia este circo romano, paradójicamente, “moderno”. Basta aproximarse a una esquina tomar “la micro”, vocablo propio de nuestra sub cultura urbana, que nos deja entrever que desconocemos los cultismos latinos y que nunca conoceremos y apreciaremos nuestra lengua en sus maravillosos matices, pues causa una verdadera conmoción y aberración …

Los estertores de la muerte.

I
Tú insípida mujer de huesos postrada Arrebatas la juventud de los cuerpos Exterminas la razón por completo Caminas pisando las pisaderas del umbral De las penumbras alumbradas desacostumbradas de luz Quemándote en mares de desdicha Abriendo tus fauces para devorar la vida Único consuelo para quien ha sufrido bridas de amores desabridas.
II
Bebámonos un coñac a desparpajo Libemos y confundamos nuestros sentidos Para perecer finalmente en las manos de tu abismo Aborreciéndote como fantasma sepulcral En las villanas horas de tu angustiante tempestad Comportándote fríamente en tu trono de soberana verdad Mientras te entregamos el rosal de nuestra sonrosada mocedad.
III
Nacemos para morir dice el tempus fuguit Sin embargo, existo porque muero naciendo en la fugacidad del tiempo Cual corazón desahuciado resucita entre llamas negras ardientes de rencor En búsqueda del sentir de los sentidos de una vida sin sentido Enajenada de amores efímeros.

Una delicia de obsidiana.

I

Nos enamoramos con prejuicios de obsidiana Tal cual rosa carmesí cedimos a la pasión, Mas cien años de perdón no nos exculparán Del pecado cometido ni Satán nos librará, Pero gozamos del lujuriante pecado capital.
II
Deleitémonos con nuestros amantes cuerpos, Que me saben a melodía de arrabal y a clarosones de jazz Con un toque de almíbar nuestro lecho ha de quedar Y fragancias aterciopeladas afloradas de la mar Han de seducir con sutiles aromas a quien el amor ha de olvidar.
III
Deseo tus palabras, tus sentidos y esencia sin igual Ámame con delirios de cristal y sonetos percutidos Con vibraciones que nos extenúan en cadenciosos besos Que resuenan y resuellan en la tímida intimes del sexo.

Cenizas de pasión.

I
Dolidas están las entrañas de mi corazón Mis ojos se agazapan ante la vana muerte y esperanzas de amor Ilusiones perdidas en un cementerio de lágrimas Desfallecen desterradas cual expatriado sin perdón Hubiésemos sido felices, sin embargo, Una muralla traslúcida y marmórea nos separó.
II
Te miro a los ojos y siento el frío penetrante de una gélida mirada Que me dice que aborreces mis palabras Y así me hundo en un valle de lágrimas Sufriendo y padeciendo estragos cuando mi compañía rechazas Pero me pregunto, ¿será tan cruel la agonía? Pues ésta quema como flama destemplada y calcinante Hasta derretir cada centésima de mi ser E incinerar la piadosa existencia de lo que fue y pudo ser.
III
Épicos sones medievales acompañan mi desolación Mas quisiera no vivir de recuerdos, sino de vívidos momentos No obstante, nuestras memorias se desvanecen tenuemente Cual etéreo gozo primaveral de la primera juventud Suspiramos juntos y hoy conspiramos en un desamor Que culminó en una trágica desilusión.
IV
La tragicómica…

Poesía noctámbula.

Hoy la noche se me presenta cautivadora, tentadora Una musa cuyas sinuosas curvas me llama Exhala deseo y me fulmina con el hálito de su mirada Que proclama a gritos furtivos que la posea Que la haga mía y que la haga suspirar como el amante al que nunca podrá olvidar Aquél que la poseyó, que conquistó su alma Y Deliró con ella hasta la extenuación en su lecho de ámbar Cuyo efluvio emana fragancias aterciopeladas.
-o-
Sí, ésta es la noche perfecta, Una noche apasionada, atiborrada de amor y un frenesí que no se le iguala Es la noche propicia para una reflexión Que despliega calma, tempestad Y Que se impacienta anhelante a la espera de mi estocada Un impulso impetuoso Que no cesará hasta que pernocte en el placer poético de una caricia Que le arrebate hasta el más escurridizo de los besos Y Quede postrada en un rincón de mi cama.

Encrucijados cruces de crucifixiones.

Sutilezas retóricas, cementerio de ensueño Cortacianas palabras balanza Y Sombras enigmáticas Cultismos añejos Y Añejados cultivos Huerta de la sabiduría Y Savia nutricia Hidromiel de los dioses Y Orgiásticas bebidas Tabaco y pipa con sabor acaramelado Y Argentina hierba mate matutina Vicio inmortal de la vida que culmina Y Renace en salubres resinas de dicha Que desembocan en salud y gloria vespertina.

Un adiós que no se olvida.

I
El palpitar de las hojas otoñales nos cautiva

Cayendo con cautelosa parsimonia se mueven y agitan

Al son de nuestras pisadas se alejan etéreamente

Tal nuestras emociones se han encontrado

Volando grácilmente como águilas furtivas

Así tú te vas como el viento, mientras tu llegada espero

En el corazón reservo una voluntad férrea como hierro

Sin embargo, desespero al saber que no volverás a decirme te quiero.
II
Los minutos transcurridos se tornan horas

Las horas, días, los días, años

Y los años en la juventud perdida y desvanecida

Como clepsidra nuestro tiempo se esfuma gota a gota

Agonizando ante la muerte del día
Resucitando de las cenizas ante un plenilunio de desdicha

Evocando recuerdos de una vida que no nos pertenecía

Que ha perecido en una siniestra y escuálida perfidia.
III
Cuando dos corazones sufren la muerte de un adiós

Nace uno como el fénix propagando sus ardientes llamas de calor

Al nacer aquel corazón, rejuvenece a aquellos que han perdido su voz

Y así corazones seniles …