lunes, 12 de octubre de 2009

Flor de otoño (Extracto)


Martes 25 de abril

Hoy me ha sucedido un hecho muy especial, tanto así que sólo evocarlo me hace sentir aquellas fragancias aterciopeladas de una chica que a su vez era todo un misterio. No lo digo sin fundamento, puesto que bastaba sólo contemplar su andar grácil y apacible para saber que era una chica poco común, quizás incluso un ángel caído del cielo y por qué no decirlo, una diosa en su esplendor eterno.



Han pasado tres años desde que la conocí, jamás olvidaré el nombre de aquella flor que inundó mi vida de esperanza, pero que el destino implacable se encargó de apartar, son innumerables los sentimientos que viví en su búsqueda, se tornan perennes los recuerdos del instante que la vislumbré. Fue en una época como ésta donde percibí los vestigios del amor, una felicidad inocente me embargó en aquel período, el que a su vez estuvo marcado por la ruptura, la que inevitablemente me llevó a la nostalgia; una desavenencia de la vida, que se produciría después de una incesante búsqueda, que me deparó a los infaustos brazos de la muerte.


Fue el frío atardecer de otoño el que condujo mi vida por sendas inusitadas. Fue aquel veinticinco de abril cuando escribí en mi diario de mano los sentimientos que provocó aquella inesperada mujer que apareció en mi vida y que cambió mi sentir, mi forma de pensar y más aún, mi modo de amar. Antes de conocerla nunca había experimentado tales sensaciones, no sabía que era capaz de entregar todo mi existir por alguien que sólo había visto una vez, pero que caló hasta la profundidad de mi alma con su mirada. Bastó contemplar sus ojos para saber que ella era el complemento perfecto para un corazón que se había preparado durante toda su vida para amar, un corazón desahuciado y condenado a amar irremediablemente hasta el último soplo intermitente de vida y que había sido acompañado por siempre de unos sentimientos tórridos, que eran capaces de arrasar y traspasar las barreras del mundo y la vida si era necesario, por el solo hecho de sentirse correspondido, aquél fue un amor que tuvo su encuentro en los reveses del destino y su quiebre en el hálito de un abismo. Fue una felicidad incorpórea, que sólo duró lo que la inocencia de un púber al despertar a la adolescencia, había creído en aquel entonces que el amor todo lo podía, que triunfaría ante cualquier obstáculo, pero nunca entreví la fatídica muerte y cómo ésta puede arrebatarte aun lo que más quieres.


Observo cada palabra escrita a la sazón de ese momento inmemorial, se me aglutinan una vez más en mi mente todas las sensaciones vivenciadas en un tiempo que me parece fuese el de ayer, se vaticinan pasajes de mi vida, se me presentan tan vívidos como se me han manifestado siempre desde que la conocí, siento cómo eran mis paseos de antaño, presiento la configuración de mis pasos, mi adosado andar que se dejaba conducir por la costumbre, advierto las calles continúas a la plaza de armas, en lo que era mi típica rutina de otoño, una estación muy triste, que su permanencia es capaz de amargar a cualquiera. Quizás para ciertas personas sea una estación ordinaria, que transcurre igual que los monótonos días de su vida, pero para mí no lo es, en efecto, el otoño es una época desoladora, donde la naturaleza tortuosa padece los estragos que el viento ocasiona, es un tiempo repleto de congoja donde los gorjeos de las aves se tornan consternados, donde el último pétalo de rosa se deshoja y con ella la esperanza del amor se esfuma.


Antes de aquel extraordinario encuentro que cambió mi vida, no creía en el amor, pese a ello me habían embargado durante cada milésima de mi existencia, profundos sentimientos que me motivaban a querer conocer aquello que ansiaba con mucha avidez, pero que aún no se había dado la ocasión de experimentarlo, por eso sentía que aquella mujer, representaba a todo el género femenino, era única, pero a la vez lo era todo. Ella venía a llenar la oquedad de mi corazón, incluso más, acrecentaba toda mi experiencia, que en concordancia con la de ella, constituía una unión indisoluble. Sin embargo, la vida te enseña a comprender que todo lo idílico posee un final y que el tiempo es efímero tal ocaso de estrella fugaz en la inmensidad del firmamento. Además, siempre había pensado que el amor, era una mera ilusión que sólo alcanzaban aquellos hombres y mujeres cándidos que no viven más que añorando su príncipe azul o la poetisa de sus sueños. Más aún aquella tarde de otoño no me motivaba nada fuera de mi rutina, que no consistía más que en mi transitar errante por las calles del centro de mi ciudad, situación que en cierto modo me reconfortaba, ya que aquella persistente soledad que me abruma, encontraba en el clímax de las tiendas comerciales, en el apogeo del patio de comidas, en el automatismo de las personas subiendo y descendiendo escaleras, un sentimiento hedonista quizás, sí creo que incluso podríamos denominar placer a aquel sentimiento provocado por el hecho de no sentirse solo ante personas que consumen encarnecidamente, pero que permanecen allí, en la compañía de tu soledad.


Estaba en plenas cavilaciones cuando atisbé en un recóndito banco del centro comercial, a una muchacha que me deslumbró. Su pelo de un negro azabache, ondulaba furtivamente sobre sus mejillas de un blanco traslúcido, quedé atónito; literalmente boquiabierto. Quedé absorto, mientras contemplaba cómo ella discaba vertiginosamente los dígitos de su celular, luego tras breves instantes se levantó presurosamente del sitio en que se encontraba y se dirigió en dirección a donde yo permanecía anonadado. Sin embargo, siguió su etéreo caminar en dirección a la salida. En un intento de reponerme alcancé a vislumbrar sus ojos, no obstante, aquella primera impresión de su danza celestial no se asemejaba en nada a la tristeza que emanaba de sus opalinas y los suspiros de un sollozo, cuya lágrima cayó al suelo como una gota en la hondonada del mar.


Al despertar de aquel ensueño en que permanecí un instante que me pareció toda una eternidad, me percaté que en el sitio en que se encontraba aquella espléndida mujer, había una especie de tarjeta. Me acerqué lo más raudamente posible que mi condición física me permitía, hasta que logré asir el borde y la puse en mis manos. Era una tarjeta que anunciaba el nombre de Gardenia Miraflores; ¡qué nombre más poético para una damisela como ella! Es increíble pensar cómo una flor de semejante talante podía andar por esos lugares, sin duda alguna, ella era mi flor de otoño y su fragancia hacía palpitar hasta la extenuación de los latidos mi corazón, que ahora sólo la rememoraba a ella.


Pero aquella tarjeta no sólo contenía el nombre arrebatador de mi flor de otoño, también aparecía un número telefónico y la notificación de lo que me pareció ser el nombre de una empresa, versaba “Gardenia y asociados”. Quería llamarla, decirle cuán hermosa era, cuán especial había sido para mí en aquella tarde solitaria de mi rutina, ansiaba dar el siguiente paso para un posible rencuentro, pero vacilé. Y no fue hasta el día siguiente, que me aventuré en una visita a su empresa. Fui tan cobarde, que ni si quiera me atreví a llamarla. ¡Qué mísero de mi parte! aún hoy me arrepiento por no haberlo hecho, quizás todo hubiese sido distinto.


La noche anterior a mi incursión por los territorios de Gardenia, sobrellevé una intensa agonía de espasmos y pensamientos febriles. Aquella noctámbula noche, me sumí en un estado insomne, del cual no me repuse hasta la manifestación boreal del alba que con sus centelleantes rayos de sol ocasionó en mi ser un letargo profundo, que me sumergió en un sopor sempiterno.


Cuando al fin logré dormitar, tras la intensidad inverosímil de la que tal vez fue la más fascinante y delirante noche de mi vida, se me presentaron una serie de imágenes y situaciones que en un primer momento no tenían gran sentido. Iba por el centro de la ciudad, tal cual mi costumbre, pero algo peculiar estaba sucediendo, todo lo que me rodeaba parecía estar en sombras, era un ambiente tétrico y lúgubre, un mundo que permanecía en una penumbra absoluta. Por tal motivo, las personas que se presentaban en mi sueño, aparecían como sombras negras, de las cuales incluso yo adquiría una sutil monocromática plateada. En un intento de escabullirme de aquel lugar y de aquellos seres silenciosos, enigmáticos y aterradores, me dirigí en búsqueda de un sitio más ameno, no sabía qué era lo que precisamente buscaba, pero un ímpetu profundo, que emanaba de lo más hondo de mis entrañas, me hacía continuar.


Corrí lejos, avanzaba a pasos agigantados a un objetivo que me llamaba con una voz melodiosa, semejante al canto de las sirenas que conduce a los hombres aventureros a territorios inexplorados. Era un susurro agónico, desesperado, pero a la vez enternecedor; quien lo producía parecía necesitarme tanto como yo. A medida que me acercaba más, el sonido estertóreo que había escuchado desde un principio, se tornaba esperanzador y a intervalos armónicos que acrecentaban su intensidad. Seguía en mi acelerado andar, sin detenerme hasta que mis ojos se cautivaron en la belleza sublime de un paraje inhóspito, reverdecido por una naturaleza fantástica.


Se percibía una vegetación arbórea disímil, entre las que alcancé a destacar el penetrante aroma del boldo, la pureza blanquecina de la patagua, el nacimiento de los robles que se extendían a campo traviesa y deleitaban con su floresta. Me sorprendió el fulgor de la adesmia inquieta, la majestuosidad del canelo, que me trasladó a épocas ancestrales, cuya procedencia me infundió paz y tranquilidad. Encontré en aquel árbol un vínculo y comprensión de mi interioridad que parecía albergar una cadencia acompasada a mis sentimientos, aquel primor natural me remontaba a mis orígenes, me invitaba a refugiarme en sus raíces, cobijarme bajo sus cálidos ramajes, a beber e inundarme del néctar de la vida que me prodigaba su savia, ansiaba quedarme en la unión íntima con aquel lugar paradisíaco, de cuya espesura brotaban aves de tonalidades alucinantes, azul agua marina, rojo carmesí, verde esmeralda, amarillo crepúsculo, que alcanzaban matices tornasolados que se confundían con el diáfano fluir del arroyo que rodeaba serpenteando el vasto terreno en que me encontraba.


Me sentía reconfortado, sentimientos de regocijo y júbilo abrasaban mi corazón, que adquirió una dicha inefable al escuchar nuevamente la voz de la musa inspiradora y conductora de aquel maravilloso lugar. Pero al contrario de los sollozos y el trémulo llamado que me había encaminado hasta aquel esplendoroso bosque, esta vez, se percibían alborozadas risas joviales, que no hacían más que embellecer la lozana plenitud de una doncella, que pese a que sólo la había visto una vez, parecía como si la hubiese conocido desde siempre. Sin embargo, me pareció sumergirme en un estado que se me presentaba vivido anteriormente, estaba absorto y sin movilidad alguna, la deseaba, anhelaba poder comer de aquel fruto prohibido y probar aquellos labios de un rojo escarlata que me seducían de un modo apetecible.


Cuando logré alzar la voz para llamarla, ella se volteó y me miró triste, luego de aquel gesto que me perturbó, se fue en su caminar ligero, de andar grácil y sereno. Corrí tras ella, anduve hasta el límite de mis fuerzas, hasta caer como niño desamparado, de bruces al suelo. Pero algo captó mi atención, era una flor que refulgía en su magnificencia, me acerqué hasta que pude observarla con mayor detalle, no había duda, era una Gardenia, aquella flor de tan admirable albor, que desde sus inicios emergía con una blancura cristalina, que con el tiempo adquiría un matiz níveo que rebosaba hermosura y pretensiones de amor. Permanecí contemplando cada uno de sus rasgos, hasta que un ruido ensordecedor, provocó que todo cuanto me rodeaba, quedara envuelto en una neblina, para luego brillar con suma intensidad.


El estridente sonido que emitía la alarma del reloj de mi velador, indicaba las doce en punto, fue un intenso despertar, aún estaba entregado en cuerpo y alma a la belleza de aquel último sueño, hubiese preferido volver a sumergirme en aquel mundo que poseía un encanto único, pero todavía invadían mi mente las imágenes de una Gardenia, flor de magnífica tersura que me había cautivado. Luego tras breves instantes y en un intento de incorporarme a la realidad, me levanté de mi lecho, aún con modorra, pero con una perspectiva de la vida distinta, comenzaba a creer en las ilusiones que a veces nos presenta la vida, una ilusión que tenía por nombre amor, al cual mi corazón se entregaría hasta consumar las llamas incandescentes de la pasión, desatada por aquella espléndida mujer que tenía por nombre Gardenia, mi flor de otoño que me acompañaría por siempre hasta el final de la eternidad.










lunes, 5 de octubre de 2009

La Posmodernidad, un contraste con lo Moderno Y afín al Progreso Social.

En primer lugar, antes de adentrarnos en una visión crítica de la Posmodernidad, es preciso señalar que ésta se concibe en contraposición a lo que se conoce como época Moderna. Entendiéndose esta última como el gran proyecto humano cuyos orígenes históricos se remontan al siglo XVIII —el Siglo de las Luces—. Se caracteriza como una gran revolución ideológica en contra de los poderes teocráticos, que sustituye las creencias religiosas como método para explicar el mundo por el análisis y la razón. Se acompaña de un optimismo y una fe ilimitados en que el progreso científico e industrial traería abundancia de bienestar para las sociedades humanas. Se inician en esa época los grandes movimientos ideológicos de la M. cuyo común denominador era la construcción de Modelos sociales, políticos y económicos que hicieran posible la confluencia de lo bueno, lo bello y lo justo.[1]


En torno a lo señalado con prelación, cabe destacar que fue un período marcado por fuertes revoluciones, las que se sustentan fundamentalmente en bases ideológicas, destacando así los ideales ilustrados[2]. Conforme a éste es menester enfatizar que como todo movimiento intelectual histórico, tuvo sus repercusiones en los más diversos ámbitos del saber humano, siendo su principal manifestación la creación de L'Encyclopédie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers[3], la que pese a las críticas llevó a cabo su cometido, el que tenía por finalidad proveer a los lectores un compendio del conocimiento existente, abarcando de este modo una vasta heterogeneidad de aspectos y áreas, propugnando así las bases de una sociedad más racional y humana, capaz de juzgar a través del intelecto y el conocimiento la realidad existente.


En lo concerniente a los influjos que este movimiento tuvo, es posible encontrar su expresión estética en el Neoclasicismo, cuya denominación deriva del retorno a los clásicos, considerando a los escritores griegos y latinos como modelos a imitar; ése es el origen de la palabra Neoclasicismo; movimiento que privilegió la razón frente a los sentimientos. Presentando un marcado carácter crítico, didáctico y moralizador, cuya influencia alcanzó los modelos económicos, políticos y sociales imperantes. De la misma forma su representación musical se manifestó a través del Barroco, caracterizada por una gran riqueza instrumental, contrastes melódicos y rítmicos, siendo su máximo exponente Antonio Vivaldi (Sacerdote italiano, gran violinista y compositor de óperas). Conforme a lo anterior se atisban los conatos de la Iglesia Católica en su pretensión de captar adeptos al cristianismo por intermedio del deleite que la música causa en los sentidos, no obstante, los ideales ilustrados lograron una trascendencia que no tan sólo marcaría un hito en este siglo, sino que dejaría una huella indeleble en los tiempos venideros, ocasionando de esta manera dos revoluciones que estamparían con brasas fulgurantes la historia de la humanidad.


Las revoluciones a las que hago alusión son la Independencia de los estados Unidos y la Revolución Francesa, esta postrema mediada por ideas de líderes intelectuales, tales como Montesquieu, Rousseau y Voltaire. Todos ellos prominentes filósofos Ilustrados que pretendían esclarecer los dogmas de la Iglesia, el mundo y los sucesos acaecidos en él, a la luz de la razón. Esta revolución estuvo fundada a raíz de los graves problemas que se estaban viviendo en esta nación, cuya hegemonía absolutista estaba en decadencia por innumerables deudas económicas, por el dinero que demandaba mantener los privilegios y sobre todo por el estilo Dionisiaco de vida que llevaban.


En consecuencia a esta insurrección, se sintetizará y efectuará tangiblemente la ideología Ilustrada, a través de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, proclamada por la Asamblea, cuyas consignas “Igualdad, libertad y fraternidad”, constituirán los cimientos para la conformación de la sociedad Contemporánea.


Haciendo referencia a otro de los procesos acaecidos, que están intrínsecamente relacionados con el pensamiento posmoderno, se distinguen los rasgos de secularización, los que a lo largo del sigo XVIII estuvieron desmesuradamente latentes y que en conjugación con la Revolución Francesa alcanzaron su clímax. Situación que concatenará en las próximas décadas no tan sólo un creciente laicismo, siendo éste uno de los mayores cismas de la iglesia Católica, sino que se manifestará una progresiva ruptura con agentes políticos y sociales que regulan la vida pública.


Realizando un epítome, la Edad Moderna cuyo auge fue el siglo de las Luces. Fue una etapa de la humanidad que atravesó múltiples procesos y de índole disímil, comprendiendo niveles ideológicos, culturales, políticos y económicos. Sin embargo, el contexto social fue el mayor de sus causantes, ya que a partir de éste se configuran los otros factores. Vislumbrando así una Francia que se encontraba al borde de la banca rota, por culpa de un sistema tributario anticuado, agravado además en su aplicación por unos abusos inveterados, una práctica jurídica arbitraria por culpa de los privilegios de clase, una sucesión de gobiernos débiles e ineficaces, una corte derrochadora y una administración corrompida hasta sus cimientos[4].


Retomando el tema que nos compete, “La posmodernidad” o también entendida como época Contemporánea, va a forjarse en base a lo anteriormente señalado, vale decir, como se ha planteado desde el principio de este ensayo, se concebirá en antítesis a los preceptos Modernos. No obstante, lograr una posible definición de esta época, no es el fin último al que se quiere llegar, puesto que ante todo está marcada por un amplio pluralismo, siendo éste uno de sus rasgos más determinantes, ya que denota desde un primer momento una gran diversidad, tanto ideológica, política, cultural y más aun si se perciben las formas de expresión. Siendo este último punto, de suma importancia, ya que “el progreso”, trajo consigo la libertad de expresión.


Una de las consignas más claras de la Modernidad era la libertad, ésta tras innumerables revoluciones, guerras, conflictos ideológicos, hizo deparar una sociedad donde manifestar las opiniones fuera parte del día a día, en fin escuchar la palabra “libertad de expresión”, es algo que ya nos parece “normal”, incluso ha llegado a ser tan común, que hasta se ha vuelto trivial. Pero se nos olvida cuánto costó obtenerla, creemos que es un derecho innato, que nos ha pertenecido desde siempre, pero esto no es más que un comportamiento irracional y propio de seres desmemoriados, que pese a que la ilustración nos cedió un impulso impetuoso, cuyo afán didáctico se ha masificado, hemos caído en decadencia y más aun, esto se ha vuelto peor que antes, ya que más vale ser una persona sin conocimientos, que un ilustrado que no quiere ver la realidad que existe en derredor.


Hago un llamado a que utilicemos aquello por lo que tanto han luchado nuestros predecesores, hagamos uso de nuestra libertad y expresemos aquello que nos causa inconformismo, manifestemos nuestras opiniones, seamos críticos, enjuiciemos nuestros propios actos y que así seamos capaces de fraguar una sociedad cada vez mejor, cuyo fin progresista, no tan sólo se convierta en un fin, sino que lleguemos a concretarlo.


Es así que no puedo dejar en el tapete un tema tan trascendental como el que se vive en Asia, puesto que hablar de libre expresión en Occidente, no es lo mismo que en Oriente. Y esto queda de manifiesto tan sólo al contemplar en nuestro diario vivir, gracias a los mass media (medios masivos de comunicación), realidades que viven distintas culturas, estilos de vida muy diferentes al que acostumbramos, ya que por ejemplo, algo tan típico como a lo que acostumbran los jóvenes, que es el chat, allá no se puede utilizar, ya que persiste una prohibición continúa a usar estos medios, incluso si uno quiere tener su propia página web, ya sea un blog o de cualquier índole, simplemente no podrá, ya que se les han impuesto trabas y penalizaciones por el sólo hecho de querer dar a conocer su opinión.


Situaciones como éstas en un mundo “progresista”, término que tanto está en boga, son inaceptables, no podemos decir que estamos avanzando, que hemos progresado, cuando en realidad se nos ultraja de este modo. Todos tenemos derecho a la libertad, ésta ha sido un derecho que nos hemos granjeado a través de la historia, mucha sangre fue derramada para conseguirla y no podemos permitir que ésta nos sea coartada por quienes nos gobiernan.


Otras de las problemáticas vigentes es el tema de la desigualdad, cuyo fundamento también se ubica en las consignas modernistas. La lucha por la igualdad es una realidad que tiene precedentes desde tiempos remotos y, por consiguiente, el ser humano ha tenido que enfrentarse a ellas continuamente. Es por ello que si pretendemos caracterizar esta época, no podemos “hacer vista gorda” a tales escenarios. De tal modo que si hablamos de desigualdad, ésta debe analizarse desde raíz y la raíz de toda sociedad se encuentra en la familia, siendo ésta el núcleo fundamental de la sociedad y precisamente, es desde el seno del hogar donde observamos las primeras muestras de desigualdad. Un ejemplo de ello, es el caso de las nanas, donde muchas veces deben ejercer de madres sustitutas y, en efecto, las mismas dueñas de casa consideran que cumplen un rol fundamental en la crianza de sus hijos, no obstante, persisten prácticas a las que estamos tan habituados, que las hacemos de modo casi inconsciente, es así que a la hora de la merienda a las nanas no se les permite sentarse con los patrones, siendo que es vista como una integrante más, pero es en situaciones como éstas donde se percibe jerarquización social, lo que no deja de ser importante en nuestra conformación como sociedad a la hora de hablar de desigualdad, ya que es el hogar nuestro primer educador y es aquí donde se irán construyendo nuestras concepciones sociales y sistema de valores.


Si bien, nociones de disparidad encontramos desde nuestras familias, éstas se hacen aun más visibles en el instante de compartir un mismo sistema social, es decir, al vivir en comunidad. En primera instancia, porque vivir en comunidad, hace alusión a un nivel social más elevado, el que querámoslo o no trae consigo una distinción, traduciéndose en labores, que pese al arduo trabajo son menospreciadas, mal pagadas y discriminadas consciente o inconscientemente, lo que nos crea una forma de percibir tales trabajos con displicencia y clasificarlos desde un primer momento como de menor categoría, viéndose de esta manera quienes los desarrollan, perjudicados salarial y socialmente.


Pero esto es tan sólo una parte de la realidad, ya que toda relación interpersonal implica un compromiso con el otro, pero el problema surge cuando ese otro es distinto a mí, relación que muy a menudo adquiere un carácter peyorativo. Ejemplo de ello es, cuando una empresa requiere personal calificado para desempeñar una determinada labor, pero resulta que cuando se trata de contratar a alguien, no sólo se fijan en sus capacidades, sino que hacen de inmediato una distinción si esta persona proviene de un país distinto o de una etnia diferente y si éste, en el caso de nuestro país es peruano o boliviano, la discriminación es aún peor.


Una vez más recalco que si queremos progresar, hechos como éstos no se pueden dar, no podemos hablar, por ejemplo, que Chile es un país es vías de progreso si aún coexisten semejantes situaciones. Es tiempo de detenernos aunque sea un momento a replantearnos lo que queremos para el futuro, un futuro que debe ser más ameno, libre e igualitario.


Lamentablemente contextos como aquellos no sólo se avizoran como país, sino que a nivel mundial esto se masifica del tal modo que los casos de genocidio se han acrecentado en el último período. Para nadie es un misterio leer en el periódico o ver en el noticiero ataques contra inmigrantes y tampoco lo son las constantes manifestaciones de pueblos originarios, que sólo buscan hacer valer sus derechos y que se les trate con igualdad. Y es por esto, que es preciso destacar otras de las características propias de la posmodernidad, que en conjunto con las dos consignas anteriores, conforma la triada emancipadora. Me refiero a la fraternidad, valor que en la sociedad actual ha quedado relegado a un segundo plano, lo que posee múltiples explicaciones, pero sólo me ceñiré a las más destacadas.


Entre el cúmulo de teorías que lo explican, está aquélla que plantea el marcado relativismo de nuestro tiempo, que otea la verdad, los valores y al ser humano y, por tanto, sus relaciones de fraternidad como un ente fragmentario, que no concibe a la humanidad como un todo, sino como seres distintos, lo que inconmensurables veces se convierte en desuniones, rupturas de lazos, desapego y retorno al primitivismo discriminatorio. A las personas posmodernas les cuesta concebir el lado positivo del “ser diferente”, sólo ven lo negativo, de lo que se infiere la tendencia pesimista de la actual sociedad. Les es casi imposible entender la grandeza y la riqueza de la diversidad, el pertenecer a culturas distintas, el creer en una doctrina diferente, el tener una heterogeneidad de posturas frente a determinados temas.


Poseer pensamientos divergentes nos ayuda a crecer como personas, como individuos y en comunidad, nos permite comprender el mundo desde otra perspectiva. Aquí está la base del cambio, si queremos progresar como sociedad, primero debemos hacerlo nosotros mismos, modificar nuestra arraigada mentalidad individualista y de misantropía, para lograr un mundo donde la discriminación sea cosa del pasado, la libertad un bien preciado y la igualdad un bien social.



[1] http://www.itvillahermosa.edu.mx/programas/modelo/glosario.htm


[2] Ilustración: El ideal de la Ilustración fue la naturaleza a través de la razón. En realidad no es más que el espíritu del Renacimiento llevado hasta sus últimas consecuencias, en manifiesta oposición con lo sobrenatural y lo tradicional. El Ilustrado llegaba al amor al prójimo partiendo de la razón y no de la Revelación.

http://thales.cica.es/rd/Recursos/rd99/ed99-0314-01/ilustra.htm


[3]Fue una obra de muchos autores, bajo la guía de Diderot y D Alembert. Este último se retiró de la redacción en 1758. La Enciclopedia está compuesta por treinta y cinco volúmenes, publicados entre 1751 y 1780”.

Historia de las ideas Contemporáneas, (Mariano Fazio, 2001 -2005) extracto, página 84.


[4] De la Ilustración a la Restauración, (L. J. Rogier) extracto, capítulo 2: Secularización y Cisma, página 155.

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