miércoles, 4 de enero de 2012

Ironía y didactismo en la obra Don Catrín de la Fachenda.


            Antes que todo, es menester señalar que la obra Don Catrín de la Fachenda, de Fernández de Lizardi, se enmarca en el contexto de la ilustración y es desarrollada a través del género literario novelesco, es así que nos encontraremos con ciertos rasgos tópicos de ésta, donde justamente primará el carácter didáctico-moralizante propio de la ilustración y su afán enciclopedista, donde se perseguía iluminar y educar al vulgo y una manera de llevarlo a cabo, eran precisamente los libros. Por otro lado, en lo que respecta a la Ironía, no hay que olvidar que en tanto figura perteneciente a la retórica y, por ende, vinculada a su concepción clásica, ésta es un juego lingüístico-semántico, donde se alteran los referentes, cuya finalidad es provocar humor y ese aspecto risible, que ya abordaba Aristóteles en su poética. De este modo, una primera aproximación a la obra de Lizardi e intento a su vez de desentrañamiento la podemos encontrar en la siguiente cita de María Eugenia Mudrovic: “(…) La más ardua de las batallas fue sin duda querer cambiar el destino de ese sector medio empobrecido al que pertenecía y al que creyó moral y socialmente asfixiado bajo el peso de los excesos, el derroche y el ocio.”

            Sin embargo, para ahondar y comprender de mejor manera incluso la intencionalidad del uso de la ironía y el didactismo, es que me abocaré al análisis de los dos primeros capítulos de la obra, permitiéndonos el primero de ellos captar la esencia de la ironía en Don Catrín; remitámonos entonces al título de este capítulo: “Vida y hechos del famoso Don Catrín de la Fachenda”[1]; es así que ya desde el título se nos presenta una especie de ironía alegórica, en tanto, ésta será abarcadora de toda la novela. Pues Catrín en la mayoría de las circunstancias –si es que no en todas- hace alusión a sus méritos y bondades, donde –según su propia opinión- era el más conocido y reputado de los Catrines, que como veremos y ello se entenderá de mejor modo posteriormente a través de su faceta de pícaro, era en realidad todo lo contrario, situación que será confirmada en cada una de sus peripecias y ardides.

            Por otro lado, el primer párrafo también resulta revelador y será el inicio de una extensa enumeración de cualidades que las más de las veces, resultan ser meras fachadas, quizá he ahí la cercanía con “Fachenda”: “sería yo el hombre más indolente y me haría acreedor a las execraciones del universo, si privara a mis compañeros y amigos de este precioso librito, en cuya composición me he alambicado los sesos, apurando mis no vulgares talentos, mi vasta erudición y mi estilo sublime y sentencioso.”[2] Claramente, lo que aquí expone, se contrapone al tópico de la Falsa modestia, puesto que no aminora sus talentos, sino que de manera contraria, los exhibe con deleite, cuya finalidad es destacar más aún sus cualidades, que como se ha dicho es una especie de falseamiento en el que nos hará caer, lo que se percibe, por ejemplo, de manera explícita en: “mis no vulgares talentos”, “mi vasta erudición” y “mi estilo sublime y sentencioso”.

            A su vez, en tanto interpretación, podríamos dilucidar que aquella búsqueda de honores se debe justa y precisamente a su carencia de ellos, por tanto, pretenderá demostrarlos una y otra vez, lo que se aprecia, en la consiguiente cita: “Sí, amigos catrines y compañeros míos: esta obra famosa correrá… Dije mal, volará en las alas de su fama por todas partes de la tierra habitada y aun de la inhabitada; se imprimirá en los idiomas español, inglés, francés, alemán, italiano, arábigo, tártaro […].”[3] Si pensamos también en la connotación de la personificación de la “fama”, ésta es casi una diosa griega, que nuevamente nos remite a ese ideal ilustrado-neoclásico, que tiene por características, el conocimiento de los textos de la antigüedad clásica grecorromana.

            También se va perfilando el carácter de parodia que se irá desarrollando en la obra, donde hay una burla hacia la estética épica, ya que él señalará al igual como se establecía en ésta, que el contenido de su relato, será el más encomiable, que como hemos visto, es sólo aparente: “¿Y cómo no ha de ser así, cuando el objeto que me propongo es de los más interesantes, y los medios de los más sólidos y eficaces?”[4] Continuando con la misma cita, incluso hay un efecto moralizante el que se trasluce al referir su vida en tanto modelo “digno” de imitar, sin embargo, claramente esto se enmarca dentro de la ironía, ya que finalmente descubriremos que sus actos se simbolizan más bien en un personaje ruin, antes que en uno dignificable: “El objeto es aumentar el número de los catrines; y el medio, proponerles mi vida por modelo…”[5]

            En la medida que vamos incursionando y recorriendo la obra, nos salta cada vez más a la vista su “verdadero” modo de ser el que se opone sobremanera a lo que dice, por consiguiente, no debemos considerar literalmente sus palabras, sino como un mero alarde que ofusca su desvirtuosismo: “He aquí en dos palabras todo lo que el lector deseará saber acerca de los designios que he tenido para escribir mi vida; pero ¿qué vida? la de un caballero ilustre por su cuna, sapientísimo por sus letras, opulento por sus riquezas, ejemplar por su conducta, y héroe por todos sus cuatro costados.”[6]  Finalmente la ironía más notoria la percibimos hacia el final de este primer capítulo, donde incluso se auto-designa como el “héroe” de su siglo, lo que dista en demasía de ser así: “Pero como cada siglo suele producir un héroe, me tocó a mí ser el prodigio del siglo XVIII en que nací, como digo, de padres tan ilustres como de César, tan buenos y condescendientes como yo los hubiera apetecido aun antes de existir, y tan cabales catrines que en nada desmerezco su linaje.”[7]

            De todo lo hasta aquí reseñado, podemos concluir que con su retórica intentará embelesarnos hasta el final, no obstante, si desde un inicio vamos desentrañando sus patrañas y picardías, no nos logrará embaucar con sus palabras, que por lo demás, siempre estarán recubiertas por la rúbrica de la ironía, incluso su linaje y genealogía son sobrevalorados.

            Por otro lado, hacia el 2º capítulo y también en el 3º -pese a que por razones de espacio, no podrá ser desarrollado-, se irá desenmarañando el carácter didáctico del presente libro, el que, por ejemplo, se ve manifestado a través de la figura del tío cura, quien en sí representa un carácter en tanto personaje, de corte discursiva-moralizante: “Sus discursos eran concertados, y las palabras con que los profería eran dulces y a veces ásperas, como lo fueron siempre para mí; su traje siempre fue trazado por la modestia y humildad propia del carácter que tenía.”[8]

            Un claro ejemplo del talante moralizante, como bien decía, se capta en las palabras del tío cura, he aquí uno de sus discursos, donde reflexiona y reprende a Catrín, por no querer continuar con sus estudios: “Por cierto que has leído mucho y bueno para creerte un sabio consumado; pero sábete para tu confusión, que no pasas de un necio presumido que aumentarás con tus pedanterías el número de los sabios aparentes o eruditos a la violeta. ¿Qué es de que las ciencias son inútiles? ¿Qué me puedes decir acerca de esto que yo no sepa? Dirásme sí, que las ciencias son muy difíciles de adquirirse, aun después de un estudio dilatado; porque toda la vida del hombre, aunque pase de cien años, no basta a comprender un solo ramo de las ciencias en toda su extensión.”[9]

            La cita sobre Rousseau, no permite entrever el carácter ilustrado del clérigo, que se condice con sus sermones, descollando continuamente el tema de la moral y la virtud: “¿Qué más dirías si supieras que a mediados del siglo pasado el filósofo de Ginebra, el gran Juan Santiago Rousseau, escribió un discurso probando en él que las ciencias se oponían a la practica de las virtudes, y engendraban en sus profesores una inclinación hacia los vicios, cuyo discurso premió la Academia de Dijón en Francia?”.[10] Otra cita que se condice con la precedente es la vinculada con Cicerón, que también se corresponde con el canon neoclásico-ilustrado, que refiere el tío: “Últimamente: el necio se llamará dichoso mientras sea rico; el sabio lo será realmente en medio de la desgracia si junta la ilustración y la virtud. Por esto dijo sabiamente Cicerón que todos los placeres de la vida ni son propios de todos los tiempos, ni de todas las edades y lugares; pero las letras son el alimento de la juventud, y la alegría de la vejez; ellas nos suministran brillantez en la prosperidad, y sirven de recurso y consuelo en la adversidad.”[11] Finalmente, en lo que concierne a esta arenga, estará en pro de rectificar la conducta de Catrín.


[1] Don Catrín de La Fachenda. Pp. 3, cap. 1.
[2] ´Íbidem.
[3]  Íbidem.
[4]  Íbidem.
[5] Íbidem.
[6] Íbidem.
[7] Íbidem.
[8] Íbidem. Pp. 12.
[9] Íbidem. Pp. 13.
[10] Íbidem. Pp. 14.
[11] Íbidem. Pp.

Simón Rodríguez y su contraposición al concepto de Ciudad Letrada a través de su texto: “Luces y virtudes sociales.”



            Desde un principio al leer a Simón Rodríguez, nos vamos percatando que hay una clara oposición a lo planteado por Rama, puesto que no piensa en un modo de educación sólo para las elites ilustradas que educarán a la masa bárbara, sino que está pensando en una educación general, una instrucción pública/popular, una especie de democratización de la cultura, a su vez habla sobre los medios para que aquella educación popular sea transmitida. De la misma guisa, establece una crítica a los gobiernos, ya que es partidario de que sólo un gobierno ilustrado, será capaz de generalizar la instrucción, cita a su vez a Rousseau –pensador y filósofo ilustrado- quien temía por la generalización de ésta, pues veía la difusión de conocimientos como armas, sin embargo, Rodríguez, piensa lo contrario, que hará a los hombres “virtuosos”, he ahí el título de su texto. A continuación citaré un extracto de su escrito, donde se explicita su pensamiento: “Sólo con la esperanza de conseguir que se piense en la Educación del pueblo, se puede abogar por la Instrucción General… y se debe abogar por ella; porque ha llegado el tiempo de enseñar las gentes a vivir, para que hagan bien lo que han de hacer mal, sin que se pueda remediar. Antes, se dejaban gobernar, porque creían que su única misión, en este mundo, era obedecer: ahora no lo creen, y no se les puede impedir que pretendan, ni (… lo que es peor…) que ayuden a pretender.”[1]

            Desde otra perspectiva, refiere el cambio social que se estaba produciendo, donde los que se mantendrán en el poder, ya no son los que tienen, sino los que saben más, lo que apunta y señala textualmente: “En todo estado de adelantamiento, hay unas gentes más adelantadas que otras: hoy no son pudientes los que TIENEN, sino los que SABEN más: éstos deben ocuparse de enseñar, o en proteger la enseñanza, para poder disponer de masas animadas, no de autómatas como antes.”[2] Cabe destacar que no sólo anhela una instrucción popular, sino que incluso nacional, que alcance para todo, sin distinción alguna, donde la figura del maestro y el discípulo cobran especial relevancia: “La instrucción debe ser nacional- no estar a la elección de los discípulos, ni a la de sus padres –no darse en desorden, de priesa, ni en abreviatura. Los maestros, no han de enseñar por apuesta, ni prometer maravillas… porque no son jugadores de manos –los discípulos no se han de distinguir por lo que pagan, ni por lo que sus padres valen- en fin, nada ha de haber en la enseñanza, que tenga visos de farsa: las funciones de un maestro y las de un charlatán, son tan opuestas, que no pueden compararse sin repugnancia.”[3]


[1] Las razones de la educación pública: IV Luces y virtudes sociales, Simón Rodríguez, Santiago, 2011. Introducción, pp. 51.
[2] Íbidem. Pp. 52.
[3] Íbidem Pp. 53.

El concepto de ciudad letrada en Ángel Rama.


En primer lugar, antes de adentrarnos a la noción de “Ciudad letrada”, debemos entender el contexto de producción y cómo se enmarca esta visión en tanto aporte a la configuración del ideario latinoamericano y como señala Hugo Achugar en el prólogo al ensayo de Rama, “La ciudad letrada asume esa perspectiva y, más aún, propone la lectura de nuestra América en tanto construcción histórica de su cultura. Y ése es otro modo de celebración: el del examen sin concesiones que muestra lo tortuoso y lo delirante, lo onírico y lo pesadillesco de nuestro pasado. Reflexión sobre la inteligencia urbana, sobre sus devaneos con el poder y sus oscilaciones sociales e ideológicas. La ciudad letrada es un ensayo. Un ensayo, es decir, un discurrir de una consciencia que indaga en el pasado para entender su presente, hasta que historia y búsqueda personal se funden.”[1] Lo que se plantea en la cita precedente es comprender y posicionarnos como sujetos latinoamericanos, conscientes de nuestra propia historia en tanto colectivo-social y, a su vez, como manifestación individual, pues se trata ante todo de definir las características del “ser latinoamericano”, nuestra identidad y a partir de ella, reconocer nuestros aportes y singularidades frente a la cultura universal. Sin embargo, su foco no es el ámbito rural, sino que la ciudad concreta-simbólica y articulada-ordenada por el poder de los signos, que están otorgados a través de la letra, tema nuclear y fundamental que abordará in extenso, a lo largo de todo su trabajo.

            Por otra parte, otra cita que es preciso consignar es la siguiente y que está interrelacionada con lo hasta aquí expuesto: “Pues no se trata de una historia urbanística social a lo Manuel Castells, ya que Rama parte de la ciudad-signo, para leer la cultura toda integrando para ello una semiología social que le permita comprender las marchas y contramarchas de la letra y sus ejecutores […]”.[2]  Aquella “semiología social” a la que se refiere el crítico, nos remite de inmediato a lo que planteaba Ferdinand de Saussure, vale decir, dilucidar la sociedad en tanto manifestación de un signo, cuyo significante sería la ciudad-concreta –ya mentada- y, por otro lado, cuyo significado serían sus relaciones de poder, jerarquías e ideologías que se desprenden a partir de la distribución y constitución de ésta.

            Sin más, no podemos soslayar el concepto de “ciudad ordenada” que está subsumido en el de “ciudad letrada”, pues la primera impone un orden, una estructura. Al fin de cuentas establece lo que entendemos comúnmente por “civilización”: “Las regirá una razón ordenadora que se revela en un orden social jerárquico transpuesto a un orden distributivo geométrico. No es la sociedad, sino su forma organizada, la que es transpuesta; y no a la ciudad, sino a su forma distributiva […]”.[3] La ciudad letrada alude –como hemos visto- al orden de los signos, que en la ciudad ordenada se apercibe como el paso de lo que fue una concepción de una sociedad metropolitana y peninsular, con sus jerarquías correspondientes a la trasplantación de una distribución distinta en América, prescrita por los planos urbanísticos y su estructura de damero, por ejemplo, que concebirá con un nuevo orden la noción de “ciudad”, que complementa lo apuntado por Rama. No obstante, si bien observamos el caso de planificación en cuadrículas de la ciudad, cabe destacar que ésta también posee sus connotaciones simbólicas: “De lo anterior se deduce que mucho más importante que la forma damero, que ha motivado amplia discusión, es el principio rector que tras ella funciona y asegura un régimen de trasmisiones: de lo alto a lo bajo, de España a América, de la cabeza del poder – a través de la estructura social que él impone- a la conformación física de la ciudad, para que la distribución del espacio urbano asegure y conserve la forma social.”[4]

            Además se aprecia -en lo propuesto por Rama-, el concepto de “orden”, el que adquiere un valor transversal, que se irá expresando de múltiples maneras: “[…] activamente desarrollada por las tres mayores estructuras institucionalizadas (la Iglesia, el Ejército, la Administración) y de obligado manejo en cualquiera de los sistemas clasificatorios (historia natural, arquitectura, geometría).”[5]

            Finalmente la gran oposición que nos ofrecerá el ensayo de Rama, será el de la dicotomía oralidad-escritura, centrándose ante todo en esta última, pues los dueños de la letra y, por consiguiente, de la escritura, serán los iluminados e ilustrados que deberán dirigir la sociedad epocal: “Esta palabra escrita viviría en América Latina como la única valedera, en oposición a la palabra hablada que pertenecía al reino de lo inseguro y lo precario. Más aún pudo pensarse que el habla procedía de la escritura en una percepción antisaussuriana.”[6]  Retomando lo central de la discusión, Rama señala textualmente que él entiende por “ciudad letrada” lo siguiente: “[…] porque su acción se cumplió en el prioritario orden de los signos y porque su implícita calidad sacerdotal, contribuyó a dotarlos de un aspecto sagrado, liberándolos de cualquier servidumbre con las circunstancias.”[7]

            En última instancia, hay que considerar quiénes eran los que conformaban esta ciudad letrada, es decir, aquéllos redentores que velarían por el perfecto orden y organización de ésta, los que como se ha dicho, poseían el “poder”: “Una pléyade de religiosos, administradores, educadores, profesionales, escritores y múltiples servidores intelectuales, todos esos que manejaban la pluma, estaban estrechamente asociados a las funciones del poder y componían lo que Georg Friederichi ha visto como un país modelo de funcionariado y de burocracia.”[8] A su vez, es interesante adscribir que dentro de las cualidades comunes que se le atribuían a este grupo, estaba ese afán poético-escriturario, que los caracterizaría, ese “hablar bien”, que tanto nos ha impuesto el canon de la retórica: “Más aún, debe anotarse que la función poética (o, al menos, versificadora) fue patrimonio común de todos los letrados, dado que el rasgo definitorio de todos ellos fue el ejercicio de la letra, dentro del cual cabía tanto una escritura de compra-venta como una oda religiosa o patriótica.”[9]

            De este modo, como último punto a acotar, resalta a la vista el carácter institucionalizado que tuvieron, cumpliendo determinados roles en la sociedad, por los cuales eran identificados: “Más significativo y cargado de consecuencias que el elevado número de integrantes de la ciudad letrada, que los recursos de que dispusieron, que la preeminencia pública que alcanzaron y que las funciones sociales que cumplieron, fue la capacidad que demostraron para institucionalizarse a partir de sus funciones específicas (dueños de la letra) procurando volverse un poder autónomo, dentro de las instituciones del poder a que pertenecieron: Audiencias, Capítulos, Seminarios, Colegios, Universidades.”[10]


[1] La ciudad letrada, Ángel Rama, Montevideo, Arca, 1998. Prólogo, pp. 10.
[2] Íbidem.
[3] Íbidem. La ciudad ordenada, pp. 19.
[4] Íbidem. Pp. 21.
[5] Íbidem. Pp. 19.
[6] Íbidem. Pp. 22.
[7] Íbidem. La ciudad letrada. Pp. 32.
[8] Íbidem.
[9] Íbidem. Pp. 35.
[10] Íbidem. 

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