miércoles, 30 de noviembre de 2011

Traiciones que matan.




Las traiciones matan lentamente, una a una
Puñaladas frías que se hunden clavando las entrañas
Dolores que profanan el cuerpo y lo saturan
Atrocidades desgarradoras que humillan la carne
Sórdidas melodías de una voz agonizante
Muerte interior y calvario de las palabras
Sufrientes desvanecimientos
Sometimientos opresivos
Pasividades destructoras
Olvidos y llantos que abren un valle de lágrimas.

Sopor y agotamiento, vano cansancio
Depresiones que depredan el cuerpo
Humanas lepras invasoras que te despedazan
Pedazos de sueños desparramados en el suelo
Vidas aniquiladas por el salvajismo
Piras que incendian los sentimientos
Y los golpean en tu tiempo, mi tiempo
Nuestro tiempo
Así será hoy y hasta el fin de los tiempos.

La incertidumbre de sus ojos.




Ella caminó y recorrió cientos de lugares antes de llegar a su lado, lo esperaba con ansias de enamorada, perdida en sus ensoñaciones, queriendo besarlo, acariciarlo, ser suya, pero sabía que no podía dar el primer paso, no porque fuera una mujer sumisa, sino que se debía a que no quería adelantarse a los sentimientos de él, pues sabía que había una atracción especial, un encanto que los vincularía de por vida, una unión indisoluble e inseparable, pero él aún estaba indeciso, su mirada lo revelaba todo, a veces cuando hablaban, él no era capaz de mirarla a los ojos, ella no entendía el por qué de aquella situación, pero con el paso del tiempo, comprendió que era la inseguridad de su enamorado, su incapacidad de ocultar lo que sentía, donde sólo bastaría ver sus ojos para que se entreviese la loca pasión y amor de una juventud a flor de piel, de fuego candente que ardía desde la profundidad de su corazón hecho llamas y que poseía una irrefrenable irreverencia que, sin embargo, no podía expresar a través de sus palabras.

Jamás olvidaría el primer día en que lo vio, su cuerpo, su postura y ademanes intelectuales, pero a la vez recios y, antitéticamente, cándidos, su rostro que develaba una juventud incipiente, sus mejillas palpitaban con un rubor rojo que le daban cierta vitalidad y sus ojos, que eran lo que más le impresionaba, ya que reflejaban una fuerza inconmensurable, con una voluntad férrea y decidida que se expresaba en sus acciones políticas, sus discusiones continúas e intensos debates, no obstante, no era así con el amor, ahí su corazón se acobardaba, se sumía en un ensimismamiento que lo tenía así segundos y minutos que se hacían una eternidad cuando Isabel inquiría qué le pasaba, qué sentía, qué pensaba, si le prestaba atención, si se había olvidado de ella, si la amaba, la odiaba, en fin, esos instantes la mantenían en una incertidumbre que no la dejaba dormir, que la desvelaba horas e incluso noches completas, dejándola intranquila al desconocer los sentimientos de Julián.

Después de aquella última vez que se habían visto, él no había contestado sus llamadas, no le había dejado ningún mensaje, lo único que sabía en ese momento Isabel era que Julián la amaba, pero que no se atrevería a dar el primer paso, sino que ella, como mujer, esta vez tendría que jugar un rol activo, por ende, el fracaso o triunfo dependían de ella y de cómo jugase sus cartas, tendría que hacer uso de sus encantos femeninos, engatusarlo si era necesario, hacer gala de sus atributos, ¿pero bastarían sólo éstos para lograr su propósito o requeriría más coraje y obstinación?

Finalmente se decidió, frecuentó los lugares donde él solía ir, lo vio a la distancia y quiso acercarse como la fuerza de sus latidos hacia él, sin embargo, se contuvo -por mucho que ello le costase- siguió sus pasos y andar, con sus ojos, su silueta y caminar grácil, casi levítico, pero aún estaba paralizada, petrificada y extenuada, sin poder moverse, quería hacerlo, pero no podía, su cuerpo se lo pedía a gritos y el de él también, no obstante, la cobardía ramera la estaba consumiendo, no sabía qué hacer para llegar a su lado, aunque sólo debía vencer el miedo –karma de la raza humana.-

Aun así, liberándose de una fuerza aplastadora, lo consiguió, sus pies empezaron a moverse primero lentamente, luego cobraron mayor vitalidad y ya era libre, pero lo fue más aún cuando lo alcanzó, rozó la espalda de Julián con sus tenues dedos, lo volteó y sin contenerse lo besó apasionadamente y él sin aliento, se dejó seducir por aquella mujer decidida que le cambiaría la vida.

domingo, 27 de noviembre de 2011

El siglo XXI es la muerte de la filosofía.




Tú que fuiste filósofo y pensaste sobre la belleza de la vida
Tú que amaste el conocimiento y que hoy te arrepientes
No te olvides de la memoria colectiva y el sinsentido de nuestro tiempo
Recuerda que aun en esta vida ajetreada y de librepensamiento
Tu sabiduría muere día a día
Y como el sol desfalleces en el crepúsculo
Y ansías renacer en una noche estrellada
Donde las almas humanas tengan tiempo, paciencia y sueños
No rutinas, exasperaciones y conformismos
¡OH! Condenado siglo del filósofo-poeta del pesimismo
Cuánto los lastimas, reniegas y discriminas
¡OH! Humana sociedad, ¿a qué aspiras?


Tus aspiraciones son sólo vanas mentiras
Que se desvanecen como las palabras en el aire
Que se engarzan a la poesía de la vida
Y se derrumban en la babilonia de tus días
¡OH filósofo! No dejes de pensar y amar
Enamórate y rencántate de tu patria, de tu tierra y humanidad
Sé libre y vuela alto, sé inconforme
Sé idealista y nada contra la corriente materialista.



viernes, 11 de noviembre de 2011

Una noche de aquéllas.



Faltando sólo un cuarto de hora para las diez de la noche, pensaba mil veces las 1001 cosas que quería hacer, dónde, con qué y cómo debía ir; lo primero fue ponerme la ropa para esa noche especial, una mezcla entre sensualidad y seriedad, una camisa descotada con dos botones abiertos, unos jeans ajustados y una boina plomiza que resaltara el –atrévete a dar un paso más, pero con cuidado- estaba listo, sólo debía comprar el regalo, que no podía dejar de darle un toque de emotividad, pero sin el típico sentimentalismo barato, agregándole un deje de intelectualismo, por ello obviamente el regalo perfecto era un libro, por consiguiente, me dirigí a la librería más cercana de donde vivía actualmente. La librería Antártica era un lugar que había visitado cientos de veces, siempre encontraba un libro nuevo, una edición empastada que me cautivara, que llamara mi atención, pero aquella noche no fue sólo eso. Entré, miré de reojo a mi alrededor, igualmente me acerqué a las estanterías, revisé unos cuantos títulos, hasta que me decidí a preguntarle a un tipo con cara de intelectual que no estaba nada de mal -con tono sexy- qué tenía para ofrecerme, me quedó mirando desconcertado y yo repliqué; ¿qué libro me ofreces?, ahí se sonrojó un poco y me dijo, disculpa estaba pensando en otra cosa. Yo le respondí que no se preocupara, solía pasar, de ahí me llevó a revisar libros de autores nacionales e internacionales, siendo los primeros desconocidos –por lo menos para mí- así que empezó inquiriendo por las temáticas que me gustaban, le dije que más bien era para regalárselo a una mujer y que ella era más bien feminista y le gustaba lanzarse a la vida, algo así como vivir en un continúo carpe diem, que era apasionada y vibraba con las novelas románticas. Bastó sólo esa descripción y –según él- el libro perfecto era el que me acababa de pasar y que ahora tenía en mis manos. Ni si quiera miré la reseña, ya que nos quedamos conversando distendidamente sobre libros, pasábamos rápidamente de uno a otro, intercambiando opiniones, críticas y sinsabores –mientras tanto me había apoyado cómodamente en el mesón-, así transcurrió media hora, cuando miré mi reloj y le dije que debía irme, que iba atrasado, pero que volvería a pasar por ahí durante la semana, él quedó  prendado, se despidió de una manera muy efusiva, decía que esperaba volver a verme luego y que mi nombre no se le olvidaría por nada del mundo. Salí de la librería, bajé por las escaleras del centro comercial, tomé la primera micro que pasó y me dirigía a mi destino –el cumpleaños de mi amiga.-

            Me bajé en una estación de la línea 1 de Santiago, a esas horas la gente circulaba como almas en pena –observé a una pareja, luego a otra- ambas estaban acurrucadas besándose como si el Apocalipsis llegase hoy, -seguí caminando- un poco más allá vi a un par de tipos vestidos completamente de negro, desde sus zapatos que se asemejaban a la noche hasta sus chaquetas largas y oscuras como una caverna, que me dieron la impresión de ser góticos, me quedé plantado en una esquina de la estación siguiendo sus acciones y ahí cuando pasaron a mi lado, sentí un olor que no me sorprendió, ya que sabía que generalmente a estas horas muchos se iban de carrete, así que la marihuana que habían consumido y estaban por consumir, era algo infaltable en aquellos grupos. Finalmente los vi alejándose y saliendo apresuradamente del metro y subiéndose a un auto que brillaba con la claridad de la luna.  Por otra parte, yo me quedé meditabundo unos instantes pensando en que más temprano que tarde tenía que escribir una historia con estos hechos, después me fui caminando silenciosa y tranquilamente por las calles santiaguinas, dejando atrás pubs, restaurantes, ebrios y personas que iban y venían de un carrete a otro, hasta que fui a dar al departamento de mi amiga.

            Una vez hube llegado al departamento, me acerqué a consejería y pregunté por ella, pero no fue necesario llamarla ni esperar, ya que me vino a recibir con una calidez de aquéllas que sólo sientes después de no ver a un amigo durante mucho tiempo. Después de un abrazo que duró minutos, pero que se desvaneció como segundos, le hablé del libro que le traía y le conté un poco cómo había llegado a él y -como era de esperar-, se río toda la noche con mi anécdota.

jueves, 3 de noviembre de 2011

La noche en que Halloween resucitó.




Ella pensaba en la inmortalidad del cangrejo mientras dormía, pero la tierra húmeda, el olor a lirios y el rocío de la lluvia en aquella noche de luna llena le hicieron recordar su muerte y sus primeros amores con los que yacía ahora sepultada bajo tierra en víspera de que aquél 31 de octubre alguien removiese sus flores y que al fin descansase en paz.; al fin y al cabo los fantasmas no existen, al igual que Dios, mientras no los vea, no creeré en ellos –dijo el escéptico sepulturero de turno – a la mañana siguiente leí el epígrafe de un diario local –“hombre de 40 años es encontrado cavando su propia tumba en la noche de Hall Owen” y supe que los cuentos de terror que me narraba mi  abuelo antes de dormir, habían dejado de ser ficción. Hoy aún en la mañana llegaban niños y adolescentes a la puerta de mi casa diciendo “dulce o travesura”, sus máscaras de calavera y calabazas artificiales habían cobrado vida. Volvía a creer en halloween.

Garcia marquez

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Distintivo: Participación activa en comunidad de Letras Kiltras.