lunes, 1 de febrero de 2016

"Sin el foco de la cámara", Re-lectura a una reflexión que escribí hace 2 años.


Sin el foco de la cámara, como una experiencia única comenzó este día, en ese afán de registrar cada instante de mi vida, aquello en lo que mis ojos se centran, ya sea en un paisaje, en el ulular del viento en los árboles y sus ramajes verde oscuros, en los transeúntes, en los colores del día, en las puestas de sol, es por lo que siempre porto mi cámara amiga, aquella compañera de tantos e itinerantes viajes, las que sustituyo por temporadas, según sea mi última y más reciente adquisición, cuya precisión óptica intento que sea la más ideal. Sin embargo, hoy recorrí las calles de mi ciudad, aquella por la que he avanzado y caminado tantos atardeceres y he asimilado tantas historias, días de lluvia cuyas peripecias tuve con mis amigos de ese tiempo, día de frío invierno e insoportable calor, conservo cada risa, cada palabra y cada secreto como el mayor de los misterios, los lugares que he visitado, los sitios que he recorrido y a quiénes he saludado. Quién sabe las vueltas que da la vida, por ello siempre muestro mi más sinceras palabras y saludos a quién se cruce en mi camino. Pues bien, inicié mi caminar sin cámara en mano, pero pude apreciar con mayor atención aquello en que no me había enfocado, comprendí otras perspectivas de aquellas calles, de los edificios y parques aledaños, inclusive el día me pareció distinto, ya no estaba contemplando como acostumbro, sino que más bien ahí estaba, fluyendo con la vida, siendo partícipe del movimiento y energía vital, de ese no parar para completar ciclos y seguir ad infinitum hasta renovar energías, para comenzar otro nuevo día y otra nueva vida. Si bien, en el último tiempo he perseguido el ideal de no vivir en el pasado y disfrutar del presente, siempre se me vaticinan los recuerdos, se me superponen las imágenes de quiénes han compartido conmigo en el pasado y de quiénes están conmigo en el presente, jamás he creído en el azar, más aun para quiénes escribimos, sabemos que las conjunciones de las letras no son azarosas, todo posee una razón de ser que siempre me deslumbra, una escritura primordial, única e irrepetible, al fin de cuentas el sello personal de quién da cuenta de su propia experiencia de vida. Así como conservo las imágenes de los días idos y de mis pasos, facetas y el ser consciente de mi existencia, escribo por una razón, quizás la que dio el fundamento desde los orígenes de los tiempos a la escrituras, trascender, dejar memoria de sí y de aquel tiempo en que nos tocó vivir.
Como anécdota de vida y que tendré en cuenta para futuras salidas, de vez en cuando es bueno dejar la cámara de lado y disfrutar del día en su esencia, tal cual se nos presenta, no a través de un prisma que tergiverse la imagen, sino que deleitarnos en su estado natural, así como el mundo ha sido creado, con la experiencia protagónica de nuestra retina.
Chillán, 1/2/2014.

El caballero de la rama del árbol o el libro aún no escrito del joven Miguel.


Don Quijote, diestra espada en mano mirando fijo al horizonte buscaba a su Dulcinea, a paso firme y raudo sobre su corcel, tras él Sancho sobre su propio rumiante batallaba con lobos en el bosque, siguiendo a su hidalgo caballero andante paso a paso. –las ramas se mecían silenciosas de un lado a otro y la sombra del sol, reflejaba una triste figura, un maltrecho rocín y una silueta de obesa forma, seguida de ramas que acechaban sobre las demás.- Dulcinea llegó frente a su noble caballero, después de tanto buscar, a ratos se abrazaban, a ratos se separaban y Sancho volvía una y otra vez contra montaraces lobos de un bosque. –Las ramas oscilaban una y otra vez por el raudo viento.- De pronto el árbol se convirtió en molino y Miguel despertó, su mente divagaba sobre el libro que tenía en sus manos era un libro de caballería, al igual que los muchos que tenía de estirpe española sobre sus piernas y a sus costados. Se había consumido toda la tarde leyendo y aún somnoliento, salía de su última siesta. Abrió los ojos, miró fijamente el árbol que estaba sobre él y gritó, ¡Qué ingenioso hidalgo soy! Confundido estoy por esa mancha sobre el árbol que sobre mi cabeza me cubre del sol –aludiendo a la sombra oscura que le propinaba el árbol- de cuyo nombre prefiero no acordarme, ¡cuánto calor hay en esta cervantina ciudad! –Exclamó.- Mis desvaríos febriles, me han hecho encontrar al caballero de cuyo libro aún no se ha escrito.

Autor: José Chamorro, enero 2016.
Mi primer escrito del 2016, mi propia versión de cómo nació El Quijote.

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