lunes, 28 de septiembre de 2015

Relaciones orgásmicas.



Ellos perpetraron sus cuerpos, hicieron una rebelde unión de sus extenuados miembros, se poseyeron mutuamente, se acariciaron hasta el fragor de sus letanías la tersura de su piel como si se les fuese la vida en ello, entre sábanas sonrojadas de pudor. Las cadencias palpitaban como corazón en frenesí, la humedad de los besos recorría pacientemente los muslos aprisionados entre las piernas. Los pechos jadeaban como estorninos una lujuria inverosímil. La fluidez de un orgásmico suspiro dejaba entrever un virginal remanso de pasiones escondidas, de satisfacciones inconclusas como su propia historia. Ésta no es una convencional historia de amor, es sólo el comienzo del fin de un orgasmo amatorio. Ellos creían amarse, claro que el deseo sublimaba sus cuerpos y traspasa las porosidades de la piel, pero eran sólo compadecimientos infructuosos de despecho, ilusiones marchitas por el ocaso del tiempo, reverberaciones enigmáticas de un beso perdido en los labios tiernos de la inocencia.



Las historias de amor, cotidianas como el caudal de un río, son espurias como una rosa otoñal, efímera como una gota de rocío y blanquecina como la cal. Se sabían culpables por la negrura de la noche que acariciaba su humanidad de amantes noctámbulos. Él tomó suavemente sus manos y las llevó sobre su ardiente, enmarañado y fornido pecho. En la espesura de sus vellos febriles ella se consumió agónica, frágil y jovial. Cómo no sentirse así si él podía ser su padre, vigoroso, de abrupto mirar y sus abrazos atenazadores la hacían estremecer entre silencios y gemidos. Pero no lo era, si bien era veinte años mayor que ella, él era su amante, el que la acurrucaba y la volvía a la realidad cuando ella deseaba escapar de su rutinaria vida. Cada acto amatorio era distinto entre ellos, los hacía desquebrajarse en sonidos únicos y los hacía dueños de un lenguaje de recursos de amor que sólo ellos entendían. No hacían falta los nomeolvides, ni los te amo y te deseo, ya que ambos sabían que lo que ocurría entre sábanas, quedaba secretamente sellado por la complicidad que tantos encuentros fugaces y placenteros orgasmos les había complacido.

martes, 22 de septiembre de 2015

Erotismo entre sábanas blancas




Quien duerme con un poeta está destinado a la eternidad. Estar con alguien que escribe, que con sus manos crea y recrea mundos apetecibles, siempre es una experiencia revitalizante. Algunos tienden a ser más juveniles, risueños, sobretodo unos besadores únicos, que saben hacer suya cada parte de tu cuerpo, sus caricias son sensaciones para el alma, sus cuerpos entrechocando a vaivenes y cadencia profundas y penetrantes, grandes proporciones, intensas, sintiendo cada músculo y miembro como carne viva, el relajante masaje de despedida. El éxtasis mismo, continuar sin parar, sin detener los cuerpos, en la sonoridad natural de sus gemidos. Es en ese instante en que el cuerpo no puedo expresar en palabras las sensaciones, cuando los labios no hablan, sino que se preparan para el placer, cuando te compenetras con la pasión de los cuerpos, la carne, la voluptuosidad del momento, el fluir en letanías silenciosas, que guardan secretos y que encierra miradas, donde el erotismo lo dice todo, para saberse nada, en que las palabras sobran y los poros se dilatan y se abren de par en par como las piernas al encuentro casual de dos amantes prófugos de sus vidas y ardorosos de vida. Ir en esa búsqueda inesperada de frenesí y desolación por el complemento de esas caricias, por el tacto penetrante de dedos alargados y por los sabores percibidos en ese fuego abrasador de una intensa noche oscura.


Para algunos la noche es intensidad, es momento perdido o momentos para el descontrol, no obstante, para mí, es centrarme en lo más íntimo de mi ser y reencontrarme con mi otro yo, aquel que se desprende para escribir y ser libre a través de esa fluidez que es la escritura, estar y no estar, ser en ausencia, elevarse con cada palabra y con cada aliento que mana de mis dedos y la punta de mi lengua. Cuando me pregunto por qué escribo o para quién lo hago, como cualquier otra pregunta existencial en mi vida, simplemente concluyo que para encontrar esa otra parte de mi existencia más allá de lo cotidiano, más allá de mis propios límites. Genio y figura es crearse a sí mismo en los instantes de la hostilidad del mundo, es ser y no ser, es parecerse a sí mismo, sin reconocerse para ser otro y al mismo tiempo uno. Reconciliarse con las máscaras y destrozas los paradigmas, interpretar el pasado a merced de nuestro futuro. Instaurar un presente ausente de nostalgias y recuerdos en la memoria del olvido.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Agustín Squella: Deudas intelectuales, Colección vidas ajenas. Ediciones Universidad Diego Portales, 2013. 212 páginas.

Agustín Squella: Deudas intelectuales, Colección vidas ajenas. Ediciones Universidad Diego Portales, 2013. 212 páginas.                                                                              José Patricio Chamorro.           

                Deudas intelectuales se ciñe bajo la pluma de Agustín Squella como una obra que recorre por la vida de cuatro escritores y filósofos, el escritor Porteño Carlos León y los filósofos del derecho Hans Kelsen, Norberto Bobbio y Jorge Millas. ¿Pero qué es una deuda intelectual? Las deudas son aquello que se contrae con alguien, con una persona o con algo, generalmente una institución financiera, que en el caso de la biografía intelectual de un autor, guarda relación con las lecturas que ha hecho en determinados puntos de su vida y cómo éstas han influido de uno u otro modo, dando paso a la conformación de su propia obra. Es así que el autor nos ofrece adentrarnos en un universo intelectual, con personalidades propias, con historias de vida ligadas al saber jurídico, a la enseñanza académica y vidas que bordean los sobresaltos peripéticos. Agustín Squella, redacta el prólogo que nos abre un horizonte de expectativas al libro que nos convoca, en Viña del Mar, donde nos deja entrever su propia vida, sus lecturas personales e influencias que como señala, son del orden académico, jurídico y filosófico. A su vez nos da a conocer cuál era su itinerario, no sólo de lecturas, sino cómo iba completando su formación intelectual, a través de la lectura de novelas, escritura de cuentos y obras de teatro, veía asiduamente cine e inclusive había realizado un cortometraje, es decir, nos encontramos ante una intensa vida como intelectual, dedicado a varios conocimientos y saberes. De este modo nos relata sus primeros encuentros y escarceos con Hans Kelsen, con quién asiduamente se reunía en su casa de Berkeley, California, de quién será deudor de sus convicciones jurídicas.
                Luego, nos habla sobre su relación con Norberto Bobbio, otro de sus deudores intelectuales, con quién compartió ideas políticas. Inclusive, aquellos convirtieron de sus vidas en un triángulo de ideas intelectuales, en la que los tres se frecuentaban para debatir ideas. En cambio, su encuentro con Jorge Millas, fue mucho más tardío y con Carlos León, logró un pupitre en Filosofía del derecho, tras la jubilación de éste. Al fin de cuentas, cada uno de ellos un temperamento y una individualidad, que atraviesan los cuatro capítulos y descripciones de estas vidas, marcadas por un tinte personal, cuyas descripciones arrojadas por el propio autor, van confeccionando su propio carácter vital, en efecto, así Hans Kelsen, será el caminante cansado, Norberto Bobbio, el piamontés sedentario y Jorge Millas, el irremediablemente filósofo, mientras que Carlos León será el hombre de playa Ancha, donde ninguna de estas adjetivaciones será puesta al azar.
                Los cuatro señeros autores que afloran y emergen en la singularidad de este libro, empezando por Kelsen, resulta significativo su aporte a áreas como Teoría política, Derecho Constitucional y Derecho Internacional público. Si bien, la misma perspectiva del autor, nos da indicios de la personalidad y carácter del Teórico político, el libro “Ecos de Kelsen: Vida, obra y controversias, editado por Gonzalo A. Ramírez y publicado en 2012 por la Universidad del Externado de Colombia”, se vuelve una base crucial para desentrañar su propia biografía. Además de la publicación del libro, podemos añadir un dato anecdótico que nos dé cuenta de cómo era el susodicho personaje, vale decir, su actitud y forma de desenvolverse ante la vida, rasgos que se perfilan en su rostro y que nos advierten de un carácter ya convertido en hábito: Así aspectos como que era un hombre reflexivo, un pensador, un filósofo o un jurista, un hombre acostumbrado al pensamiento riguroso o un alemán, este último apelativo, probablemente debido a su rigurosidad en el carácter, que saltan a la luz. En lo que respecta a su biografía, indefectiblemente ligada a su vida como teórico del derecho, estuvo igualmente marcada, por desquebrajamientos personales, como lo fue la muerte de su mujer en 1973, que sin lugar a dudas demarcó una trágica línea desde aquel episodio emocionalmente cargado de su vida. Así, fue que tras este incidente, su prolífica vida intelectual, con cientos de manuscritos a su haber, tuvo un cese radical, declinando en un período de ausencia escritural, donde tras largos tres meses, en una agonía perpetua de escritura, a sus 92 años, abandonó el mundo terrenal.
                En el Itinerario biográfico de Hans Kelsen,  el caminante cansado, austriaco, nacido el 11 de octubre de 1881, sobresalen desde su tierna infancia y educación, sus vínculos con la literatura, que con el correr del tiempo, en especial durante su juventud, serán transportados a la filosofía. Si bien el libro del cual me hago cargo como crítico, nos habla de las influencias intelectuales, no podemos olvidar a aquellos que son maestros universales, cuna de la cultura y del saber occidental, que ya en la juventud de Kelsen estuvieron presentes, así autores como Schopenhauer y Kant, esclarecen sus inicios por la senda de la filosofía, que a su paso se encontraría frente a frente a la figura de Max Weber y el filósofo inglés del derecho, John Austin.
                Una de las citas, que resulta clarificadora, es que la que describe en sus propias palabras, dando fin a la redacción de su autobiografía, donde se revela cómo se concebía a sí mismo, su forma de enfrentar y ver la vida, la de un cansado caminante: “Mientras redacto estos recuerdos, he llegado a los sesenta y seis años de edad. A través del amplio ventanal, junto a donde se encuentra mi escritorio, observo más allá de los jardines la Bahía de San Francisco y el Puente Golden Gate, tras el cual fulgura el océano pacífico. Aquí será probablemente el postrer sitio de reposo del cansado caminante.”[1]
                Su propia experiencia vital, resulta fundamental para comprender su pensamiento, el que es ante todo inspirador, para quiénes se adentran en el mundo de las ideas y ven en quiénes dedican su vida a ello, el reflejo fiel de ser felices en el quehacer cotidiano de su profesión: “Alguna vez preguntaron a Kelsen cuáles habían sido sus experiencias fundamentales como hombre y como profesor, y parte de su respuesta fue ésta: Una experiencia quisiera yo expresar; a saber, que en la vida, aun en una esencialmente desenvuelta entre hombres de ciencia, es importante, ante todo, el carácter moral del hombre; que el amor a la verdad, el autoconocimiento, la paciencia, la voluntad de no hacer mal a nadie y de controlar, tanto como sea posible, el natural afán de sobresalir, no son menos importantes que el saber objetivo, y que estas propiedades del carácter tienen influencia incluso en los resultados del trabajo científico.”[2]
                Norberto Bobbio, Turín 18 de octubre de 1909, recibe el apelativo de El piamontés sedentario, que como veremos más adelante se debe a la elección personal de su estilo de vida, dado a lo hogareño, al ser amo y señor de sus dominios en la tranquilidad de su hogar, que un trotamundos, en sus propios términos. La descripción de la vida de este hombre e intelectual, comienza con la fechación de su muerte, acaecida el 9 de enero de 2004. ¿Pero quién era este personaje?, ¿Qué podían decir quiénes lo conocieron?, ¿Cuál era su carácter y en qué se le fue la vida? Bobbio se caracterizó en definitiva por defender con fiereza y ahínco sus propios argumentos e ideas, con la ferocidad de quién ha dedicado su vida a ellas y que estaría dispuesto a entregar su vida por expiarlas: “Fiero a la hora de defender sus argumentos acerca de los múltiples temas jurídicos, políticos, morales y ciudadanos que analizó a lo largo de su vida. Y justo, es decir, exacto y arreglado a la razón, al momento de defender sus puntos de vista y de participar en los debates públicos, que nunca rehuyó.”[3]
                Uno de los adjetivos quizás más aplicables a la personalidad y carácter de Norberto es el de justo, lo que se manifiesta en cada acto desempeñado en su vida, pues su lucha personal era una lucha social, por el bienestar no de unos pocos, sino de todos, velar por la igualdad de condiciones. Hay un ensayo, escrito por este autor turinés, que no se puede soslayar, pues en él quedan plasmados sus valores y temperamento, el que lleva por nombre: “El elogio de la templanza”, donde se reivindica con una ética basada en la virtud, ¿pero cuál fue el propósito de su escritura? Quizás podamos desenmarañarla a través de la distinción diadíca entre mansedumbre y templanza, donde sostiene: “El hombre manso, sostuvo, es la persona calmada, tranquila, que no se enfada por pequeñeces, que vive y deja vivir. Cosa distinta, la templanza es una disposición de ánimo que sólo aparece – y resplandece- ante la presencia del otro.”[4] A raíz de esta distinción, nos adentramos en otro punto crucial en el pensamiento del autor, a saber su pensar analítico, el que se expresa en la definición por oposición, en conclusión, se opone a la arrogancia, a la prepotencia y a la perversidad, basándose la templanza en el respeto por las ideas y modos de vivir de los demás. Sin embargo, este pensador y lo deja expuesto en sus propios excursos, no se ve representado, ni imbuido por aquella virtud, que, no obstante, admira ver en otros, pues él tiende a ser una persona de carácter e ideas enérgicamente iracundas: “No, no la siento cercana a mí, y lo confieso francamente. Me gustaría poseer la naturaleza del hombre moderado, pero no es así. Soy demasiado a menudo presa de las furias (y digo furias y no furores heroicos) como para considerarme un hombre moderado.” [5]
                Volviendo al perfil de Bobbio, éste se vio caricaturizado y representado por un alumno en 1927, donde se percibe un trazado enérgico de su nariz, la contracción de su boca y su determinación. Acompañado de una serie de fotografías de su vida, hasta la edad de 87 años, donde se lo ve tan campante y enérgico como en su juventud, lo que da cuenta de un verdadero carácter. Finalmente, se puede determinar su descripción, como adscribí al principio, sobre este piamontés sedentario como un bogianen en sus propios términos, tal definición nos habla de aquellos que no se mueven, que permanecen siempre en su agujero, todo lo contrario de un trotamundos.
                Las deudas intelectuales son un círculo en el que cada pensador se sienta sobre hombros de gigantes, pues así como Agustín Squella, se posa sobre los hombros de Bobbio, éste lo hizo inspirado en Hobbes, en su Leviatán, quién contribuye a formar sus ideas políticas: “El individualismo, el contractualismo y la idea de paz a través de la constitución de un poder común.”[6] En su voluminosa obra, nos vemos enfrascados ante cuatro personalidades, en un mismo personaje, de cierto modo, Bobbio es una figura cuatripartita, de filósofo, filósofo del derecho, filósofo de la política e intelectual. ¿Cuál es el rol que juega este saber en la sociedad?: “En su opinión, el papel de los filósofos, es comprender el mundo, explicarlo y en el caso de la filosofía jurídica, comprender y explicar ese fenómeno de la vida en sociedad que llamamos derecho.”[7]
                El tercer pensador que nos convoca es Jorge Millas, cuyo apelativo es el de irremediablemente filósofo, 17 de enero 1917, adherente de una filosofía antimarxista, cuyas características de su personalidad, ya se comienzan a delinear desde su infancia, tímido, moreno y frágil, donde sus características de filósofo ya se veían venir, pues se hablaba de que era pedante, afectuoso e introvertido y, que paradójicamente, su contextura física, que era mínima, sobresaldría por sus aptitudes intelectuales. Siendo, por otro lado, su interés por la literatura y la poesía, ya incipiente por aquellos años. Una característica que resulta fundamental en su propia vida y formación y que no podemos menos que nombrar, es al grupo al cual perteneció, autodenominado: “El quinteto de la muerte”, este grupo fue integrado por Nicanor Parra, Luis Oyarzún, Carlos Pedraza, Hermann Niemeyer y Millas. Este grupo alcanzó su gestación y plenitud, en plena adolescencia de estos intelectuales, época convulsa para cualquier alma sensible, que se deja entrever en la propia descripción que hace Millas en cómo identificaba a este grupo, con personalidad propia, desde catalogarse como iconoclastas, celosos de su independencia personal, izquierdistas sin odio ni dogmatismos, mateos y abominaban la vulgaridad y la pedantería y, haciéndole honor al título del grupo, se creían, literalmente, la muerte. ¿Quién lo dirigía, quién era su gurú? Nada más y nada menos que Jorge Millas. Entre los libros que publicó en su juventud, encontramos: Homenaje poético a España y Los trabajos y los días. La educación en Millas, no deja de ser brillante, luego de sus estudios en la enseñanza media, prosiguió con derecho, historia y filosofía, donde en 1943 se graduaría de esta última. En 1945 obtuvo en Estados Unidos el grado de master of art en psicología. De lo que imbuye este autor es de sus altas ideas, de esa filosofía más pura, el amor al conocimiento que encumbra el espíritu, fiel reflejo de su personalidad, dada al individualismo y la independencia personal. Millas murió el 8 de novimbre de 1982, de un tumor cerebral y la historia dicta que murió filosofando y hablando de los juicios sintéticos aprioris kantianos.
                El cuarto y último que agregamos a nuestra lista, es nada más y nada menos que el escritor Porteño Carlos León, 1916, el hombre de playa Ancha, cuya relación con el autor pasó de ser un alumno y discípulo, a un amigo y, en relación a su obra, ésta era de corte periodístico y literario. El aspecto más visible de este intelectual, era en lo que tocaba a sus lecturas más asiduas del derecho, las que iban desde Aristóteles, Tomás de Aquino, Kant, Hegel, Kelsen, extendiéndose más en filosofía del derecho con Stammler, Radbruch y Del Vecchio. Su descripción, se reduce básicamente a identificarlo como un hombre alto y moreno, cuyo contraste entre una tez oscura y una mirada luminosa, lo convertían en un hombre singular, que escribía cuentos y novelas. León, innegablemente, era un hombre de frases que se te grababan a fuego lento en la memoria, llegándose a decir, que era capaz de decirte diez frases por hora. La invitación queda abierta a conocer más de estos cuatro autores, pero ante todo, del filósofo porteño, quien poseía una voz de cafés, más que de bares y al ser el ambiente el que define al ser, dejes de tranquilidad, apacibilidad y buen carácter se dejan entrever.

Taller de Crítica Literaria – Facultad de Filosofía y Humanidades- Universidad de Chile.





[1] Deudas intelectuales, Colección vidas ajenas. Ediciones Universidad Diego Portales, 2013. 69 pp.                                                                     
[2] Ídem. Pp. 69-70.
[3] Ídem. Pp. 71.
[4] Ídem. Pp. 73.
[5] Ídem. Pp. 75.
[6] Ídem. Pp. 99.
[7] Ídem. Pp. 108.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Seminario de Literatura Chilena Contemporánea Unidad de Lírica Segundo Informe (2014}

El presente ensayo, de carácter teórico-crítico, no será del tipo impresionista, pues abordará en líneas generales, los lineamientos y programa que constituyen a la generación del 50, conocida también como Generación Literaria de 1957- Se suele hablar de discrepancias de un método, pues la disyuntiva del método generacional, fluctúa entre dos de ellos, Existen dos criterios y consecuentemente dos nombres, para aludir a este grupo de escritores nacidos entre 1920 y 1934. El primero y el más difundido, Generación del 50, fue propuesto por Enrique Lafourcade en 1954. El segundo, Generación de 1957, fue propuesto por Cedomil Goic, quien aplicó el Criterio Generacional Histórico de Ortega y Gasset y el Método de seriación a la literatura hispanoamericana. Por ello a cuál de las generaciones se adscriba, dependerá del criterio que se de desee utilizar, según el esquema generacional y crítico que se emplee, la cual se caracterizó por ya no interesarse en la literatura propia, sino en aquella que le abra nuevos límites, la literatura inglesa y sobretodo los influjos de los grandes poetas, les abrirán perspectivas más críticas e incursionarán en nuevas técnicas que le llevarán a superar su propia época y las crisis en las que como escritores estaban inmersos

La Generación literaria de 1950, hizo su entrada al escenario de las letras nacionales, con un escepticismo radical frente a la vida y a la literatura chilena anterior (buscando ante todo la superación del criollismo). Es precisamente esta ruptura con lo autóctono, el criollismo de la generación del 38, el color local y el interés por lo foráneo, por la literatura inglesa y rusa del momento lo que caracterizará a esta generación. “El narrador y ensayista Claudio Giaconi, propuso que la superación del criollismo era uno de los seis propósitos del programa de la Generación del 50, los cinco restantes eran: la apertura hacia los grandes problemas contemporáneos, esto es, mayor universalidad tanto en las concepciones como en las realizaciones; la superación de los métodos narrativos tradicionales, audacias en lo referente a técnicas y realizaciones y por último, la supresión de la anécdota.”[1] Es decir, es una búsqueda constante por lo novedoso, por la experimentación, realizaciones poéticas no conocidas en el país, por ello necesitarán de los referentes vanguardistas y contemporáneos. No menor resulta ser la constitución de un programa, no es una generación que busque el mero azar, sino que propone una sistematización en todos los ámbitos, en su escritura ensayística, poética, narrativa y dramatúrgica como en los cambios que buscan promover en la sociedad, el existencialismo dejará una profunda huella en estos escritores.

“Por esta razón fueron estigmatizados como escritores despreocupados frente a los problemas sociales. Una de las razones de este escepticismo fue el momento de cambios profundos en la sociedad, tanto a nivel nacional, como internacional, teniendo en cuenta, el escenario mundial de la época. Todo esto provocó que en los escritores de esta generación surgiera la idea de la realidad concebida como una máscara, y que se subjetivará absolutamente la noción de conciencia humana.”[2] La realidad como una máscara es una forma de ocultamiento, donde no se nos muestra realmente cómo están sucediéndose los hechos, ya sean históricos o subjetivos. No es menor que esta generación se sitúe en la época y período que abarcó la segunda guerra mundial (1939-45), la consciencia humana y la subjetividad será cuestionada y puesta en tensión, ya que frente a un escenario con esas características, después de un holocausto, será difícil creer en el curso social y en la humanidad cada vez más deshumanizada, en términos del propio Ortega.

“En términos generales, todos los autores que conformaron esta generación, fueron influenciados por la poesía y por la novela norteamericana (Walt Whitman entre los poetas, Ernest Hemingway y William Faulkner entre los novelistas) y por la novela clásica Rusa (Leon Tolstoy, Fedor Dostoievski). También evidenciaron como especial referente el psicoanálisis de Sigmund Freud, el determinismo científico y el existencialismo.”[3] Indagar en el mundo de la consciencia humana será central para comprender los procesos vividos, por ello el psicoanálisis, la cura a través de la palabra, será viso como la panacea que permitiría curar los males del siglo, una sociedad en crisis que pasan por los dramas subjetivos y colectivos. “El determinismo científico es un paradigma científico que considera que, a pesar de la complejidad del mundo y su impredictibilidad práctica, el mundo físico evoluciona en el tiempo según principios o reglas totalmente predeterminadas y el azar es sólo un efecto aparente.”[4] El determinismo que nos propone la ciencia se vuelve un paradigma del devenir social e histórico, las guerras mundiales no serán una causa del azar, sino del “progreso” científico desbordado, es la paradoja de la ciencia, pues cuando ésta cae en malas manos, como es el caso de la bomba atómica y armas químicas, en vez de convertirse en un beneficio para la humanidad, que es lo que pretendía Einstein cuando desarrolló sus teorías sobre el núcleo atómico, ésta se volvió un arma de destrucción masiva.

Un hito de fundamental importancia para el desarrollo de esta generación -compuesta por narradores, poetas, dramaturgos, ensayistas y críticos-, fueron los Encuentros de Escritores realizados por la Universidad de Concepción en 1958, ya que en ellos tuvieron tribuna algunos de sus integrantes más destacados, como por ejemplo: Enrique Lafourcade, José Manuel Vergara, Armando Cassígoli, Jorge Edwards y Claudio Giaconi, entre otros. También, propiciaron el debate sobre esta generación tantas veces cuestionada ya sea por su existencia efectiva dentro de la literatura nacional, o por su visión de mundo y aparente desinterés ante la realidad del país.

Los poetas integrantes de la Generación del 50, presentaron diferencias en su pensamiento político, religiosos y poético, sin embargo a juicio de Miguel Arteche, esto no influyó en su modo de reaccionar frente a la herencia de los grandes poetas nacionales como Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Humberto Díaz Casanueva y Rosamel del Valle. Tampoco influyó en la actitud que adoptaron ante su quehacer como poetas, ya que el énfasis no sólo estuvo centrado en la estructura del poema, sino también en la búsqueda de una conciencia que les permitiera el "control de la criatura poética" y de la carga emocional de sus elementos, con el fin de lograr poemas sólidamente trabajados y construidos y además cargados con una "densidad de pensamiento" estrechamente vinculada a la expresión.

Es la densidad del pensamiento y la reflexión donde se vuelca el carácter existencialista de estos poetas, es su quehacer, su ser en el mundo el que los volverá más comprometidos en todo sentido, como tales, como ideólogos, políticos, críticos. Por ello se cultivarán en los más variopintos géneros, como una forma de rebelión social y que les permitiera llegar a un mayor público. Forma y contenido de la criatura poética serán cultivados, aunque se centrarán predominantemente en la forma, construyendo sólidos poemas, que se sustenten a sí mismos.

El escritor en el cual centraré mi análisis, será Enrique Lafourcade, quién ha dedicado toda una vida a la literatura: "Un ejemplo de obstinación increíble", según él mismo confiesa. Hoy, con más de ochenta años de edad, exhibe una obra cuantiosa y reconocida en toda Latinoamérica: más de dieciséis libros en prosa, crónicas y cuentos. A ello hay que sumar sus innumerables artículos de opinión publicados en los suplementos dominicales de El Mercurio y varias antologías de cuentos.”[5]

Incursionó en la escritura desde muy joven, a los trece años de edad con poesías románticas y luego, a los dieciséis años, con cuentos. Antes quiso ser filósofo, músico y artista visual; incluso, estudió pintura en el Museo de Bellas Artes. Finalmente, se dio cuenta de que su verdadera vocación era la literatura.
En sus primeros años como escritor fue muy difícil para él vivir de su arte debido a que en aquel tiempo las editoriales no entregaban más que una suma simbólica a los autores por conceptos de derechos de autor. Entonces, para financiar su obra literaria, decidió trabajar como periodista y comenzó colaborando para el diario Las Últimas Noticias. Fue así como en 1950 publicó su primera novela: El libro de Kareen, que escribió inspirado en su hermana que murió tempranamente a causa de una extraña enfermedad.

Con este primer libro, Lafourcade ingresó al medio intelectual santiaguino y formó parte de la Generación Literaria de 1950. Compartió, con los jóvenes escritores de esa generación, veladas y charlas y una misma forma de ver el mundo: "Queríamos explorar el mundo porque pensábamos que la vida estaba más allá de las rutinas familiares y domésticas. Bohemios de pan con queso y tacitas de té en el Il Bosco, pasábamos el día metidos en la Biblioteca Nacional y charlando en el Parque Forestal. Un grupo de jóvenes que soñó con ser artistas".

Lafourcade cultivará la prosa poética, sus poemas no siguen una estructura métrica estrófica, sino que se distribuyen de una forma prósica, pues habrá una apelación al lector y una situación de enunciación imitando la de los cuentos de hadas, con la frase “había una vez” o en inglés “one upon a time”, es un poema de carácter lírico-amoroso, que nos habla del amor entre un Búho y una Búha, como se apreciará aquel tópico ya estaba presente en la literatura medieval provenzal, la que sin duda alguna, funciona como fuente. El poema escogido, pertenece a un conjunto de poemas de carácter religioso, que nos habla de Dios y de las figuras simbólicas del búho –poeta religioso- y el ruiseñor, símbolo de conocimiento omnisciente, de sabiduría y del poeta, respectivamente.

Un movimiento apostólico nacido en el seno de la Iglesia y destinado a ser el alma del mundo. ¿De un mundo lleno de Dios? Cristo lleva impreso en su corazón el alma de María. Schoenstatt es familia. Alianza de ésta con Dios. Es mirra, nacida en las cenizas de las pólvoras de la condición humana.

Franceses, provenzales, ingleses, escucharon hablar y cantar al búho y al ruiseñor. Y el modo como recitaban poemas peleando por el esplendor de sus cantos. El búho, ese susurrante poeta religioso. El ruiseñor, el que canta al amor en los aires libres, perfumados, entre selvas de jardines antiguos. El sabio es el búho. El poeta es el ruiseñor que ríe entre las flores.

Hoy son muy escasos los admiradores de estos cantantes. A la vez, cantantes y sonantes. Que parecen haberse extinguido, pródigos en risas y armoniosas carcajadas.


“Ella y él

En rigor y en verdad, este texto debería titularse "los amantes", y comenzar con: "había una vez una búha que estaba muy sola y gustaba de vivir en su casa fantasma, abundosa en múltiples e inciertos corredores bajo la tierra de las colinas sagradas en las que florecían los ibiscos, las azucenas, las calas, los nomeolvides, los jazmines, y el ilan-ilan. Amén de ciertas y orgullosas rosas".

¿Perfumes, floraciones, en esos aires de esas suaves cumbres solemnes y en sus púlpitos perfumados por tantos ceremoniales? Allí, frente a ellos, el todo e inmenso mar envuelto en una gigantesca playa como una mano abierta de muchos dedos, de finas arenas con multiplicaciones de vientos sobre las nubes púrpuras.

Al caer el sol jugaban en las alturas ciertas garzas gigantescas, níveas. Y resignadas golondrinas grises. Todo allí era inocente, nadie ordenaba el florecimiento ni los silencios preparados para envolver tantos y casi inaudibles suspiros.

Hasta que llegó volando desde el sur el búho gris y vio la pajarería que danzaba en lo hondo de las nubes y vio los vientos regalando esplendores escarlatas.

Era mucho volar para este primer pájaro viajero que oyó la voz de alguien desde lo alto. La voz de las altísimas cumbres, la absoluta nacida en los dorados orientes. Allí donde le esperaba la princesa búha pajarito. Y los lirios amarillos, azules, blancos.”[6]




Garcia marquez

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Julio cortazar

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Yann Tiersen, Amelie.

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Distintivo: Participación activa en comunidad de Letras Kiltras.