viernes, 10 de julio de 2009

"El viejo poeta"

Querida Amalia:


Amor de mis amores, cantar de mis cantares. ¿Te has olvidado de mí?, ¿Acaso el tiempo inexorable ha posado sus brazos en el manto de tus sueños? Amor que embriagas mi alma con tus besos, que suspiras jadeante ante el copular de nuestros cuerpos y dormitas en mi lecho como la musa que me arrebató el tiempo y que acalló la tempestad impetuosa que arrebolaba mi alma.


Diosa griega que desde tu trono desciendes noche tras noche en compañía de mi soledad, ¿Por qué ya tu manto celestial que cobijaba mi heredad, se ha marchitado estertóreo hasta culminar en un agreste pétalo de rosa en triste tremolar? , ¿Por qué me has dejado como niño desamparado, cuya cadencia amorosa me has de privar?


Amada mía te necesito, mi vida no posee sentido si no es junto a ti, las noches se tornan eternas cuando te alejas de mí. No rehuyas mis caricias, no apartes tu mirada, sólo quiero contemplar tu silueta, entregarme en absoluta entereza a nuestro amor, fruto de la pasión y vivaz como la lozana plenitud.


Tu poeta.


El reloj persistía en su afanado tictac, mas el oscilar de aquel péndulo parecía albergar en cauteloso tintinear, un secreto que en las penumbras a intervalos luminosas deseaba narrar las mil y una noches del arte de amar, sin duda acaecidas en la inmensidad de los recuerdos y en el abismo insostenible del tiempo que en aquella habitación perduraban indemnes, mas sin declinar a la omisión continúa de la memoria y el implacable mullir del aire que no tan sólo ocasiona deleznables estropicios en los muebles, sino que con ello relega en el olvido la historia del poeta que se entregó al inconmensurable arte de amar .


Aquel reloj anunciaba las cuatro menos quince de la madrugada, el poeta deposita su bolígrafo y repasa mentalmente su acabada carta. Luego tras breves instantes, concierta que pese a los años de experiencia en su labor como escritor y más aun, como poeta; ésta no logra expresar a cabalidad sus sentimientos, sin embargo, conviene en que los años no han hecho más que menguar su sutileza y ablandar su corazón, que no cree sea el mismo que con él gozó los placeres de la vida entregándose al éxtasis del frenesí que evoca el amor.


Nuestro poeta, el poeta del tiempo, del amor y los sueños, repite un gesto maquinal que es propio de la rutina en la cual durante su intermitente andar en esta vida aun no deja de cesar. No obstante, advierte con una mirada displicente la superficie taciturna de un espejo de caoba, cuya tersura es digna de imitar. No sabe qué es, pero siente el hálito de vida que emana de aquel espejo, lo invade el deseo de contemplarlo, de otear su resplandor. Tal vez es un fulgor de esperanza ante esta soledad que lo abruma, más aun se percibe infundido por los recuerdos que éste es capaz de despertar en él, recuerdos que habían permanecido adormecidos por décadas inmemoriales.


Se adosa en su andar sereno y silencioso que lo han caracterizado estos últimos años. Al vislumbrar las formas que delinea el espejo, todavía no concibe cómo un joven bohemio de transitar errante se ha convertido en aquel esperpento frágil y escuálido. Se le vaticinan recuerdos de su mocedad, donde jamás pensó llegar hasta tan avanzada edad y si lo hizo, anhelaba ser el viejo pícaro y perspicaz que montaría a cuanta muchacha quisiera aprender el arte de amar. Por ello no concibe a aquel adefesio rugoso, que demarca nítidas fisuras en la faz de su cara. Sin embargo, comprende que aquel viejo que lo observa ofuscado parece conocer todas sus artimañas, sabe de sus delirios, de sus sueños, de sus pesares y de la amada que se entregó a los infaustos brazos de la muerte que se manifestó inusitada. Ya no se siente solo.


En la soledad de su alcoba siente el cansancio, el pasar de los años, sus frágiles huesos no toleran ya el frío del invierno que como de costumbre le arrancan más de un achaque. Decide que ya es tarde y que pese a su estado insomne debe dormir, ¿más que puede hacer un viejo a su edad?, además las inclemencias del tiempo y sus dolencias ya no se lo permiten. Recién ahora comprende que ya no es el fornido y avisado hombre de su juventud.


Se recuesta en su tálamo y apaga su lámpara de alabastro tallado, la que sin lugar a dudas fue forjada en épocas mejores. Más sin oponer resistencia se entrega al maravilloso mundo de los sueños, lugar único donde puede continuar creyendo en la lozanía y el amor.

domingo, 5 de julio de 2009

"El Laberinto y la Tómbola giratoria".

Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Extracto de “Arte poético”, Jorge Luis Borges

.

El tiempo es una parte de la vida, es el pilar que la rige pero que no la domina, pero cabe preguntarse ¿Qué sería la vida sin el tiempo?, ¿Qué sería el tiempo sin los recuerdos?


La vida es un torrente de sucesos, los que van adquiriendo tonalidades y matices distintos según la importancia que les otorguemos, aunque el paso del tiempo los va delineando hasta convertirlos en simples atisbos de un pasado lejano y que muchas veces añoramos. Con el pasar de la vida y de los años comenzamos a rememorar a aquellas personas que fueron fundamentales en nuestra vida, aquéllas que influyeron fuertemente en nosotros, que compartieron sus alegrías, sus tristezas, sus sueños, sus esperanzas, nuestros tinos y desaciertos. A medida que el tiempo avanza vamos comprendiendo nuestro peregrinar, vamos desentrañando nuestra vida, aprendemos a conocernos, aprendemos de nuestros errores y juramos no volverlos a cometer, aunque al final nos daremos cuenta que hemos vuelto a caer en su juego.


El juego de la vida es un laberinto en una tómbola giratoria, sí un laberinto misterioso que comienza con un sólo camino, pero que entre más avancemos se nos va tornando abrupto y escabroso. Éste se nos muestra ameno, acogedor y resplandeciente, cuyo paraje de pletóricos prodigios anhelamos conocer. Desde un principio creemos en los ideales que la naturaleza nos promete, queremos alcanzarlos a como de lugar, deseamos que sea la hoguera que nos abrasará fulgurosa hasta el final de nuestro andar. Confiamos en las leyes de este laberinto, mas sin oponer resistencia nos entregamos a los designios de aquel mundo que se nos es presentado.


Conforme a nuestro pasar, nos vamos encontrando con otras sendas y con ellas a otras personas, que al igual que nosotros van avanzando en su propia búsqueda y así nos percatamos que el ritmo que llevan no es siempre similar al de nosotros, algunas se nos adelantan a cadencias vertiginosas, otras van quedando atrás. No obstante, nos vamos quedando con aquellas cuyo transitar es de un compás que nos agrada y que creemos es igual al que llevamos. Pero tal como las hallamos, muchas veces las dejamos, puesto que cambiamos nuestro ritmo y destino.


El destino, quién sabe las vueltas que da el destino, más aun ¿existe el destino? Yo creo que sí, pero mi particular forma de comprenderlo es como una parte de este todo que es la vida. Sin ir más lejos, el destino no es como se entiende comúnmente, no es algo”predestinado”, ya que es un constructo, vale decir, nosotros forjamos y trazamos nuestro destino y según las alternativas que escojamos en esta vida, se irán abriendo las posibilidades de poder llegar a múltiples destinos, aunque cada vez se irán estrechando más, no obstante, no es una mera relación de causalidad, ya que si bien nuestra vida avanza, nada nos impide poder recordar todo lo ya antecedido y reencontrarnos con nuestro pasado, incluso encontrar a aquellas personas que formaban parte de él y reinsertarlas en nuestro camino. Es así que nosotros tenemos la capacidad de tomar las riendas de nuestras vidas y, por consiguiente, de nuestro destino.


El destino, como componente de la vida, tiene una íntima relación con el tiempo, pero sin que por ello se vea limitado por él. Aunque el tiempo avance inexorable y la vida se acorte implacable, el destino tomará el curso que nosotros según nuestras propias experiencias y conforme a nuestra autonomía seamos capaces de evocar. Y cuando creamos estar culminando aquel juego, éste nos sorprenderá con nuevos embates y giros, que no son más que las vueltas del destino y el girar de la tómbola de la vida.

sábado, 4 de julio de 2009

Cuestionamientos Existenciales.

¿Qué es la vida?, ¿para qué vivimos?, ¿por qué la muerte nos acecha?, ¿por qué es tan efímera la existencia? Alguno o quizás todos estos planteamientos más de alguna vez nos han hecho reflexionar e intentar dar alguna respuesta, ya sean unas más acertadas que otras, pero aún así, no hemos podido llegar a una contestación ante tales interrogantes que sea certera, y aunque lleguemos a alguna que sea muy probable, no tendremos la certeza de que así sea.

A lo largo de la historia de la humanidad muchos han sido los que han querido responder a estos cuestionamientos universales, desde eminentes filósofos, eruditos hasta personas tan comunes como tú y como yo. Si bien existen un sinnúmero de teorías, las que no dejan de ser más que eso, todas o al menos la gran mayoría de ellas han consensuado en que nuestra vida no es casualidad, ya sea desde una postura científica o aquella en la que se cree en un ser supremo forjador de nuestra vida y aunque se sea occidental u oriental, sin importar raza o etnia alguna, toda civilización humana en su cosmogonía ha intentado dar algún significado a la existencia, ese sentido que hace que el ser humano permanezca en una incesante búsqueda ante una verdad que va más allá de sus propios límites, la que muchas veces se nos torna inalcanzable.

Conforme a lo anterior, considero preciso señalar que los próximos planteamientos a los que me referiré, son fruto de mis lecturas y autorreflexiones, no pretendo llegar a una verdad absoluta ni nada por el estilo, sólo dar a conocer mi postura actual frente a estas subrepticias formulaciones que son propias de aquel ser racional que es el ser humano. Sin embargo, no somos sólo entes racionales, puesto que poseemos sentidos, e incluso algunos que trascienden más allá de lo conocido y en conjunto, la razón y los sentidos nos ayudan a encontrar nuestra identidad, nos conducen a un auto conocimiento y conocimiento del mundo que nos rodea. Es así que en nuestro continúo peregrinar nos vamos encontrando con disímiles experiencias, las que adquieren matices distintos según nuestra propia forma de ser y manera de percibirlas, encontrando aquí un factor fundamental. La percepción no es una característica que poseemos sólo nosotros, ya que los animales también la poseen y ante todo en el caso de estos últimos, es una herramienta de suma importancia para su supervivencia. Aunque también lo fue en su momento para el ser humano, lo que nos lleva a remontarnos a nuestros antepasados de períodos más primitivos, donde aquella habilidad les hizo sobrevivir ante adversidades y peligros naturales, conduciéndolos de este modo a una evolución que trajo consigo una agudeza de los sentidos e incremento de la masa encefálica, entre muchos otros cambios que fueron posibilitando nuestro desarrollo como especie.

Pero así como hemos evolucionado, haciendo alusión a lo anterior, nuestros sentidos se han agudizado, por ello no es atípico que a diario leamos o encontremos casos de personas con experiencias sensoriales que antes parecían mágicas e inexplicables, casos con experiencias paranormales se han vuelto cotidianos. Pero no sólo en tales situaciones encontramos una agudeza de los sentidos y aquí quiero detenerme, puesto que haré una confidencia. Desde tiempo inmemoriales las personas han tenido un acercamiento al mundo enigmático de los sueños, prueba de ello la podemos encontrar en la literatura, basta con dedicarnos a hacer una lectura un tanto más minuciosa de libros pertenecientes a la literatura griega, romana u oriental. Rasgos de lo onírico se presentan en diversas culturas, por ejemplo, también podemos percibirlo en la cosmogonía egipcia a través de sus jeroglíficos, por nombrar alguna. Todas aquellas culturas han presentado características que son propias del maravilloso mundo de los sueños, pero que por siglos fue vedada y, por consiguiente, poco estudiada. No obstante, en el siglo XIX encontramos su reivindicación con Freud y su teoría del psicoanálisis, él retomó una gama de temas que hacen referencia a aquél escabroso y enmarañado mundo.

Los sueños poseen diversas características, pero todas ellas intrínsecamente relacionadas con la percepción, nosotros soñamos por variados motivos, pero un cúmulo de ellos está dado por una intensa actividad mental, preocupaciones, desarrollo del área sensible de nuestro cerebro, la que está muy ligada al lenguaje o simplemente porque nuestra psiquis persiste en su labor de reconstruir imágenes mentales como continuidad del estado de vigilia y eso es porque parte del material perceptivo de aquel estado, aún sigue procesándose y por eso muchas veces gracias a los sueños nos percatamos de situaciones que despiertos se nos hubiesen hecho imposibles descifrarlas, lo que nos puede llevar a resolver problemas de nuestra vida diaria, ya sean conflictos o alguna maleficencia por parte de alguien o dependiendo del uso que le demos, podremos crear algo relacionado con nuestra labor, por ejemplo y aquí hago la confidencia, yo tiendo a soñar muy a menudo, incluso he intentado explicarme la razón de ello, aunque aun en mi corta edad no la he podido hallar, pero seguiré en mi búsqueda. Pero como mencionaba, en lo particular, yo he escrito algunos de mis sueños e intento interpretarlos y me han servido bastante para auto comprenderme y darme cuenta de hechos que ni siquiera imaginaba y también quiero destacar que lo he empleado como material para ejercer mi apasionado amor por la escritura.

En gran medida, se otea en lo que he enunciado hasta el momento, nítidamente rasgos atribuidos a la percepción, pero como he planteado, también somos seres racionales y por ello podemos utilizar aquel contenido perceptivo de forma tal que podamos organizarlo y ordenarlo para crear realidades distintas o comprender la naturaleza humana. Y en ese afán por entender aquella naturaleza, llegamos a los cuestionamientos referidos desde un principio, que son sólo una parte del todo.

¿Qué es la vida?, ¿para qué vivimos?, ¿por qué la muerte nos acecha?, ¿por qué es tan efímera la existencia?

Como he dicho, aquellos son cuestionamientos muy amplios, a los que no pretendo darles una contestación ahora, pero sí sugerir que en su justa medida todos alguna vez debiésemos formularnos interrogantes como éstas, ya que la senda que escojamos, en su trayectoria nos iluminará con la luz de la sabiduría, pero no una sabiduría universal, sino una que nos conducirá a encontrarnos con la esencia de la felicidad y el propósito de nuestra vida.

Garcia marquez

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