miércoles, 22 de diciembre de 2010

El carácter dicotómico de Lady Macbeth.




En el presente trabajo, se pretende realizar un análisis comparativo entre las obras literarias Macbeth, cuya tragedia pertenece a Shakespeare y, Macbett, referente al teatro del absurdo de Ionesco, que es una parodia de la obra creada por el primer autor. Sin embargo, cabe destacar, que me centraré fundamentalmente en las características intrínsecas de las obras, más que en el contexto de producción, puesto que el presente, se aboca al establecimiento de una analogía entre el personaje “Lady Macbeth”/“Lady Macbett”, de quien referiré rasgos de índole psicológica, por ende también se hará alusión a sus pasiones y motivaciones, cuya incidencia en el desarrollo de las obras, es de suma relevancia, destacando ciertos atisbos de transgresión que se cometen en ella, en relación al orden natural de los hechos y, del mismo modo, las transgresiones de género que nos presenta este personaje.

En primer término, efectuaré un análisis de los parlamentos que Lady Macbeth, enuncia en la obra de Shakespeare, ya que de esta forma, iré elucubrando posibles interpretaciones, sobre esta mujer, contradictoria en relación a su género, cuyo carácter dicotómico posee rasgos femeninos y viriles; concepción que en una sociedad como la Isabelina, resultaba altamente controversial y, por consiguiente, nos permite establecer una interesante comprensión de su actuar.

En el mismo sentido, desde su primera intervención, comienza a darnos cuenta de su carácter, que sucede tras la posterior lectura de la carta enviada por su “amado” esposo Macbeth, quien le informa sobre las noticias de su nombramiento como thane de Cáwdor, cuyo vaticinio había sido anunciado por las hermanas fatídicas. –Eres Glamis, y Cáwdor, y serás cuanto te han prometido. Pero desconfío de tu naturaleza. Está demasiado cargada de la leche de la ternura humana para elegir el camino más corto. Te agradaría ser grande, pues no careces de ambición; pero te falta el instinto del mal que debe secundarla.[1] Aquí se apercibe sus recónditas intenciones, que comparte con su esposo, del cual desconfía de su valor para convertirse en Rey, por medio de sus propias acciones, es decir, a través del asesinato por sus propias manos, al Rey Duncan, ya que si bien Macbeth, pretende alcanzar el trono, sus intenciones, que están subyugadas a la ambición, hasta este momento, siguen siendo meras motivaciones, de las cuales aún no decide llevar a efecto el hecho que le permita ser el nuevo Rey de Escocia.

 Es por lo anterior, que Lady Macbeth continúa señalando lo siguiente: Lo que apeteces altamente, lo apeteces santamente. No quisieras hacer trampas en el juego; y, sin embargo, aceptarías una ganancia ilegítima. Quisieras, gran Glamis, poseer lo que te grita: “¡Así debes hacer para tenerme!”, y esto sientes más miedo de hacerlo que deseo de poderlo hacer. Ven aquí aprisa, que yo verteré mi coraje en tus oídos y barreré con el brío de mis palabras todos los obstáculos del círculo de oro con que parecen coronarte el destino y una ayuda sobrenatural.[2] Este fragmento, nos sugiere múltiples aspectos a analizar, siendo el primero de ellos la metáfora sobre la realización de trampas en el juego, donde si lo consideramos de este modo, se refiere al plano de la coronación como Rey, que vendría siendo una sucesión de artimañas, que son necesarias para poder triunfar en él, sobre todo si la “ganancia” o recompensa lo vale. No obstante,  se nos presenta a un Macbeth dubitativo, que está en la incertidumbre entre “el hacer” tal infracción y quebrantamiento del pacto de lealtad a su Rey y, al mismo tiempo, transgredir lo justo y correcto,  con “el deseo de poder hacerlo”, el cual es cuestionado con suma intensidad por Lady Macbeth, puesto que su esposo, sólo se atreve a anhelar cometer el delito y no perpetrarlo. De esta forma, ella manifiesta vehementemente (característica esencial de su carácter), que a través de sus palabras lo persuadirá y lo incentivará a la obtención del poder, incluso “vertiendo su coraje”, de lo cual se puede inferir, por un lado, que ella es quien tomará las riendas de la situación, que en efecto, en un principio será así, pero que a lo largo de la tragedia, se irá equiparando con el valor que adquiere  Macbeth, una vez que supera sus miedos.

En el extracto precedente,  podemos extrapolar otro rasgo de Lady Macbeth, que se desarrolla como motivo continúo en la obra, que es su transgresión, la cual se manifiesta de múltiples formas, por ejemplo, como característica particular a su carácter, vale decir, su “coraje”, “bríos”, que no concuerdan con la naturaleza femenina, sino que son más propias de los hombres. Situación que se clarifica aún más con el siguiente fragmento, pronunciado cuando es conocedora de la llegada de su esposo al castillo, acompañado del Rey Duncan y su séquito; ¡El cuervo mismo,  que anuncia con sus graznidos la entrada fatal de Duncan bajo mis almenas, enronquece! ¡Corred a mí, espíritus que servís a los pensamientos asesinos! ¡Despojadme aquí de mi sexo, y desde la coronilla a los pies, llenadme hasta los bordes de la más implacable crueldad! ¡Espesad mi sangre; cerrad en mí el acceso y paso a la piedad, para que ningunos escrupulosos ataques de naturaleza turben mi propósito feroz, ni se interpongan entre el deseo y el golpe! ¡Venid a mis senos maternales y cambiad mi leche en hiel, vosotros genios del crimen, de allí de donde ayudáis bajo invisibles sustancias a las maldades de la naturaleza! ¡Ven, horrenda noche, y envuélvete como una mortaja en la más espesa humareda del infierno! ¡Que mi agudo puñal no vea la herida que va a abrir, ni el cielo mire a través de la cobertura de la tinieblas, para gritar: “¡Basta, basta!”.[3] Como señalé, aquí se puede apreciar de una forma más gráfica las transgresiones de género que comete Lady Macbeth, hasta tal punto, de querer transformarse en “otra”, cuya metamorfosis ocurre, si bien no de manera física, su decisión y determinación, la conduce a un cambio psicológico, puesto que sus pensamientos se ven embargados de “pensamientos asesinos, crueles y feroces”, que de ninguna manera, pertenecen a la femineidad, pretendiendo, por el contrario, despojarse absolutamente de aquellos sentimientos mujeriles, como la “piedad” que pueden hacerla vacilar en sus impías acciones.

Pero la esencia del carácter de Lady Macbeth, no sólo se encuentra en las transgresiones, sino que también reside en sus artificios, como lo son el disimulo, las apariencias y, por ende, la adaptación a las circunstancias, donde puede revelar el lado amable y femenino de su carácter en el exterior, pero albergar acciones malintencionadas en las entrañas de su corazón. Lo cual le aconseja a Macbeth, para que así, sus planes culminen de un modo fructuoso y que logren su propósito. “Vuestro rostro, thane mío, es como un libro donde los hombres pueden leer extrañas cosas. Para engañar al mundo, pareced como el mundo. Llevad la bienvenida en vuestros ojos, en vuestra lengua, en vuestras manos; presentaos como una flor de inocencia; pero sed la serpiente que se esconde bajo esa flor. (…) No más que la mirada serena. La alteración de las facciones es siempre de temer. Lo restante dejadlo a mi cuidado”.[4] Es, por medio de esta treta que convencen y dejan satisfecho a Duncan, entregándose éste a la hospitalidad de sus aposentadores, sin mostrar atisbos de desconfianza, lo que denota el grado de eficacia en el empleo de estos recursos, de los que no sólo se sirvieron como medios para lograr un fin, que es el asesinato de Duncan, sino que, al mismo tiempo, será su salvación, pero que como veremos, será momentánea, ya que sentimientos de culpabilidad y el mismo trance que éstos evocan, inevitablemente los relatarán.

Por otro lado, llevará a cumplimiento lo que expresó en su primer monólogo, donde refería los métodos de los cuales haría uso, para incitar a Macbeth a consumar el asesinato, puesto que éste comenzaba nuevamente a dudar, porque no consideraba causa alguna, más que su propia ambición, para acabar con Duncan. Ante lo que Lady Macbeth le espeta: “¿Estaba ebria, entonces, la esperanza con que os ataviabais? ¿Se ha dormido después, y se despierta ahora para contemplar, tan verde y pálida, lo que supo mirar tan desembarazadamente? Desde este instante cuento por tal tu amor. ¿Tienes miedo de ser el mismo en ánimo y en obras que en deseos? ¿Quisieras poseer lo que estimas el ornamento de la vida, y vivir como un cobarde en tu propias estima, dejando el “No me atrevo” acompañar al “no quisiera”, como el pobre gato del cuento?[5] En este fragmento vuelve a hacer gala de sus artificios, que logran ser muy sutiles, los que constituyen parte de su carácter femenino, por ejemplo, el mecanismo de rechazo o juego de pasión, donde se vale del amor que siente Macbeth hacia ella, como motivación,  pero, al mismo tiempo, como dicotomía en su carácter,  emplea artificios de índole racional, atribuidas fundamentalmente a los hombres, es decir, el uso de preguntas retóricas, que manifiestan solapadamente su objetivo, además de apelar a recursos del lenguaje y agudeza en la alternancia de palabras, como es la transición de la frase “No me atrevo” al “No quisiera”.

En relación con lo mencionado con anterioridad en la argumentación, he apuntado como característica esencial del carácter de Lady Macbeth, la vehemencia, que si la entendemos dentro de la hipótesis de su carácter dicotómico, pertenecería al dominio de lo femenino, pero llevado al extremo, cuyo arrebato emocional, la conduce a comportarse de un modo alterado, con inclinación a la irritación y la impetuosidad, lo que se ve reflejado a continuación; “¿Qué bestia, entonces, os impulsó a revelarme este proyecto? Cuando os atrevíais a hacerlo, entonces erais un hombre; y más que hombre seriáis si a más os atrevieseis. Ni ocasión ni lugar se presentaban; y, sin embargo, uno y otro queríais crear. Son ellos mismos los que se crean, y ahora ésta su oportunidad os abate. He dado de mamar, y sé lo grato que es amar al tierno ser que me lacta… Bien: pues en el instante en que sonriese ante mi rostro, le hubiera arrancado el pezón de mi pecho de entre sus encías sin hueso, y estrellándole el cráneo, de haberlo jurado, como vos lo jurasteis así”.[6] Nítidamente, se nos presenta una imagen en la cual, de la precedente incitación de un modo con predominio de la racionalidad, pasó a una persuasión predominantemente irracional, las que por separado no hubiesen tenido el mismo efecto sobre Macbeth, sino que empleadas de una forma certera, consiguen hacer mella ante la incertidumbre de éste, para que finalmente cometa el asesinato. Hasta que para culminar, realiza su último artificio, cuando Macbeth se encuentra convencido casi de modo absoluto, tras preguntarse qué pasaría si fracasaran, por lo que Lady Macbeth, responde:” ¡Nosotros fracasar! ... Apretad solamente los tornillos de vuestro valor hasta su punto firme, y no fracasaremos (…)[7].

Una vez, comenzaron a desencadenarse los hechos, después que Macbeth dio muerte a Duncan y, que tanto él, como Lady Macbeth fueron coronados reyes, al primero, principiaron a atormentarlo sentimientos de culpa y arrepentimiento, por lo que Lady Macbeth esbozó su táctica infalible de persuasión, pero esta vez, para tranquilizar a su amado, que estaba casi al borde del delirio. “¿Qué hay, mi señor? ¿Por qué permanecéis solo, acompañándoos de los más tristes pensamientos y acosado por esas ideas que debieron morir en verdad con los que las engendraron? Las cosas que no tienen remedio, deben quedarse sin consideración. Lo hecho, hecho está.”[8] En este fragmento, se nos revela, una vez más, su habilidad para adaptarse a las circunstancias y manejar las situaciones a diestra y siniestra.

Conforme se desarrolla la tragedia,  se siguen sucediendo hechos a consecuencia de los continuos crímenes que ambos cometieron, donde Lady Macbeth, pretenderá  salvar las eventualidades, conservando la calma y manteniendo las apariencias, pero los acontecimientos se habían desbordado hasta tal punto, que Macbeth comenzaba a tener alucinaciones, de las que ya no había vuelta atrás. Pese a que se la aprecia usando sus ardides femeninos, como el disimulo, aun así, las cosas han alcanzado proporciones épicas, que ya no podrá seguir encubriendo. Ejemplo de ello, es lo ocurrido en la cena con los nobles invitados: “¡Sentaos, dignos amigos! Mi señor está a menudo así, y lo ha estado desde su juventud. Os lo ruego, conservad vuestros sitios. El trance es momentáneo; un instante y estará bien de nuevo. Si reparáis mucho en él, le ofenderéis y aumentaréis su mal. Comed, y no le miréis.-“.[9] Palabras, que sólo apaciguan por un instante el festín, puesto que Macbeth, estaba enajenado por el pavor, encontrándose completamente fuera de sí, por tanto, Lady Macbeth, no tuvo más alternativa que despachar a los invitados; “Os suplico que no le habléis. Va de mal en peor. Toda pregunta le exaspera. Por consiguiente, de una vez, ¡buenas noches! No os preocupéis del orden de vuestra partida, sino salid a un tiempo”.[10]

            Al final de la tragedia de Shakespeare, no sólo Macbeth estaba padeciendo las consecuencias de sus actos, sino que Lady Macbeth, también comenzaba a manifestar síntomas de delirio,  que desde una perspectiva de la psicología contemporánea, sería un cuadro maniático compulsivo, donde a través de su estado insomne, Lady Macbeth, revelaba los sufrimientos de su corazón o para ser más preciso, de su inconsciente, donde habita aquello que renegamos o reprimimos. Lo que se denota mientras hablaba dormida; “Todavía hay aquí una mancha (…), ¡Fuera maldita mancha! ¡Fuera digo! Una, dos; bien, llegó, pues, el instante de ponerlo por obra. ¡El infierno es sombrío! ¡Qué vergüenza! ¿Un soldado y tener miedo? ¿Qué importa que llegue a saberse, cuando nadie puede pedir cuentas a nuestro poder? Pero ¿quién hubiera imaginado que había de tener aquel viejo tanta sangre? (…), ¡El thane de Fife tenía una esposa! ¿Dónde está ahora? ¡Cómo!  ¿No he de poder ver limpias estas manos? ¡No más dueño mío; no más de esto; todo lo echáis a perder con esos sobresaltos! (…), siempre aquí el olor de la sangre. Todos los perfumes de la Arabia no purificarán esta pequeña mano mía. ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!”.[11] Llegados a este punto, Lady Macbeth, no soportaba más los nefastos sentimientos que la embargaban, no era capaz de enfrentar las atrocidades que habían cometido, aquellos sucesivos asesinatos, cuya motivación había sido la ascensión al trono, por lo cual, el único medio que encontró para poder huir de esa pesadilla, fue la inexorable muerte.
            Ya se ha hecho alusión a la caracterización del personaje Lady Macbeth, creado por Shakespeare, sin embargo, Ionesco nos propone otra versión, donde nos presenta a las brujas como unas impostoras, que habían maquinado un plan que afectará enormemente el curso de los acontecimientos, donde nos encontramos con una Lady Duncan encarcelada por estas hechiceras, transfigurándose, al mismo tiempo, una de estas brujas, en la reina, mientras que la segunda, se transformó en su criada, de este modo, la primera bruja, adquirió tal belleza y temple cuando se convirtió en Lady Duncan, que engatusó con encantos femeninos a Macbeth, convenciéndolo que debía tomar el poder, tal como lo hizo Lady Macbeth, en la tragedia de Shakespeare, lo que se aprecia en el siguiente parlamento: LD (a Macbett, tendiéndole el puñal:) No depende sino de ti que sea yo tu esclava. ¿Lo deseas? He aquí el instrumento de tu ambición y nuestro ascenso. (Con voz de sirena:) Tómalo, si lo deseas, si me deseas. Pero actúa resueltamente. Ayúdate, que el infierno te ayudará. Contémplate y repara en cómo el deseo trepa en tu interior y cómo la ambición escondida se revela y te inflama. Con este puñal matarás a Duncan. Tomarás su lugar junto a mí. Yo seré tu amante. Tú serás mi soberano. Una mancha de sangre indeleble marcará esta hoja para que recuerdes tu triunfo y te dé valor para la realización de otras empresas aún más grandes que llevaremos a cabo juntos, compartiendo la gloria. (Lo pone de pie).”[12] Pese a las diferencias sustanciales en el desarrollo de las obras, en este parlamento se percibe, cómo Lady Macbeth/ Lady Macbett, presentan características similares en cuanto a los mecanismos persuasivos, pero en el caso de la versión de Ionesco,  llevará al extremo los encantos femeninos, la seducción y la pasión, vinculando, palabras embelesadoras, con el atrevimiento, hasta cierto punto dadivoso, de su cuerpo.




[1] Williams Shakespeare, The tragedy of Macbeth; trad. Esp. Acto primero, escena V,  página 45.
[2] Ídem.                                                                                 
[3] Williams Shakespeare, The tragedy of Macbeth; trad. Esp. Acto primero, escena V,  página 49.

[4] Ídem.
[5] Williams Shakespeare, The tragedy of Macbeth; trad. Esp. Acto primero, escena VII,  página 55.
[6] Ídem.
[7] Ídem.                                                                                 
[8] Williams Shakespeare, The tragedy of Macbeth; trad. Esp. Acto tercero, escena II,  página 97.
[9] Williams Shakespeare, The tragedy of Macbeth; trad. Esp. Acto tercero, escena IV, página 107.
[10] Ídem.
[11] Williams Shakespeare, The tragedy of Macbeth; trad. Esp. Acto quinto, escena I, página 159.
[12] Eugéne Ionesco,  Macbett; trad. Esp. Luis Vaisman.

Análisis isotópico de: “El sonido y la furia”, William Faulkner.


Primero que todo, en el presente trabajo se pretende abordar a través de un análisis isotópico la obra “El sonido y la furia” de William Faulkner, teniendo como temática central la relación e influencia que ejerce la madre en el ulterior desarrollo de la personalidad y comportamiento de sus hijos, lo que resulta fundamental en el contexto intraliterario de la novela. Es de este modo que considerando el empleo de marcas textuales determinaré posibles hipótesis y conclusiones que se manifiestan en los disímiles capítulos, ya sea desde la perspectiva de Benjamín, Quentin o Jason, quienes desde sus puntos de vista nos irán revelando el carácter quejumbroso y alicaído de su madre, que eminentemente la caracterizaba. No obstante, confirmaremos también ciertos modos propios de comportarse de las mujeres del sur, rasgos que se ven representados en ella, tales como la abocada preocupación de los menesteres del hogar y del qué dirán.

            En efecto, desde el primer capítulo narrado por Benjy se aperciben atisbos del carácter de la señora Caroline, quien a intervalos se tornaba sobre protectora, pero lo cual iba acompañado siempre de un sentimiento de culpa por la “maldición de su familia” como señalaba ella explícitamente, lo que se aprecia cuando los chicos estaban jugando en los alrededores de la casa y ella no deseba que Benjy saliera, puesto que hacía demasiado frío, lo cual es una situación normal aparentemente, sin embargo, estaba delineada por el gemir incesante de éste, ya que debido a su deficiencia era común en él no dominar sus emociones y, sobre todo sollozar por todo aquello que lo descompensase. Ante lo que después de la intervención del tío Mauri pudieron salir finalmente, pero previamente Caroline denotaba sus preocupaciones: “Es un castigo. A veces me pregunto si no será que...”[1]; esta imagen será recurrente a lo largo de toda la obra, ya que no sólo se quejará por lo sucedido con Benjy, sino que ésta será sólo una de las múltiples tragedias que acontecerán en la familia. Pero por otro lado, aquí se nos muestra lo endeble que resultaba su carácter, ya que es incapaz de presentarse firme ante sus hijos, existiendo siempre alguien que se anteponía a su poder de mando; como sucede en este caso, donde la desavenencia vendrá dada por su hermano Mauri, quien la contradecía delante de los niños. Pero más adelante será su esposo y en su período de senectud será su hijo Jason quien la dominará, siendo absolutamente dependiente de él.

            Posteriormente recrimina a Caddy, por su insolencia y continúas contradicciones, ya que ésta aún pretendía seguir jugando y salirse con la suya, pero no pretendía ir sola, sino que acompañada de los demás, entre ellos Benjy. Es aquí cuando arguye que si no lo dejan salir nuevamente, se pondrá a llorar, ante lo que madre le responde: “«Y por qué has tenido que decirlo delante de él». Dijo Madre. «Para qué has entrado. Para darme motivos que me hagan volver a preocuparme. Creo que deberías quedarte aquí dentro jugando con él».”[2]Si bien aquí se percibe una nueva alusión a la descompensación constante de Benjy, quien reacciona ante los estímulos del medio externo cuando lo afectan, además se hace ostensible el comportamiento hasta tal punto hipocondríaco de Caroline, puesto que se quejaba hasta por el más nimio de los detalles. Lo que incluso ella misma no niega como característica de su carácter: “Nadie puede imaginarse cómo temo las Navidades. No soy una mujer fuerte. Ojalá lo fuera por bien de Jason y de los niños.”[3] Justamente la frase final “ojalá lo fuera por el bien de Jason y de los niños”, es de suma trascendencia, ya que si no fuese por sus continuos achaques y, por el contrario, si se mostrara más optimista y a la vez demostrara más amor y cariño hacia sus hijos, la historia podría haber declinado en otro desenlace.  

            Sin embargo, toda la familia estaba al tanto de la fragilidad de Caroline y de su mínima resistencia ante los problemas y adversidades, por ello su hermano Mauri contesta: “«Tan sólo tienes que limitarte a hacer lo que puedas y no te agobies». Dijo el tío Maury. «Vamos, marcharos. Pero no os quedéis ahí fuera mucho tiempo. Se preocuparía vuestra madre».”[4]Pero recayendo aun en la majadería Caroline prosigue en sus preocupaciones: “«Es que vas a sacar al niño sin los chanclos». Dijo Madre. «Quieres que se ponga malo con la casa llena de gente».” Aunque por otro lado aquí se hace referencia a lo que había mencionado en un principio, lo característico que resultaba el preocuparse del qué dirán, de la opinión de la gente, del buen nombre de la familia, del estatus social y entre otras variadas situaciones, que perfilan a la gente del sur; también cabe señalar que el contexto interno de la obra en que suceden tales hechos era el día del velatorio de la abuela, por tanto, persistían determinadas razones de peso para preocuparse más que en otras circunstancias.

            Sólo unos instantes después la madre se despide de los niños, encontrando otro tópico recurrente de su carácter, que es la constante mención de la muerte, la que más adelante se traduce en una enfermedad interminable y en una muerte sobre anunciada, que nunca llega: “[…] «Un día faltaré yo y tú tendrás que pensar por él». Empuje dijo Versh. «Ven a dar un beso a tu madre, Benjamin».”[5] Luego aparece la imagen del birlocho, en el cual iban Caroline y Benjy a dejar flores al cementerio, lo que se corresponde con los hechos sucesivos, ya que en aquel momento padre y Quentin estaban muertos. Pero con el tiempo las inquietudes de la madre no se apaciguaron, sino que iban en aumento y en aquel incidente incluso teme que les pase algo en el trayecto, ya que no confía en T.P., tanto como en Roskus, lo que se acentúa todavía más con Benjamín gimoteando: “«Sé que algo va a pasar». Dijo Madre. «Ya está bien, Benjamin». «Déle una flor». Dijo Dilsey, «que eso es lo que quiere». Metió la mano. «No, no». Dijo Madre. «Que desharás el ramo». «Sujételas». Dijo Dilsey. «Que le voy a sacar una». Me dio una flor y su mano se fue. «Vamos ya, antes de que Quentin los vea y también quiera ir». Dijo Dilsey.”[6]

Por otra parte, se observa que Caroline no conocía tanto a sus hijos como Dilsey, lo que se explica a raíz de que es esta última, quien logra calmar a Benjy, mientras que la madre no sabía qué hacer para controlarlo más que reprenderlo. Lo precedente constata una vez más las torpezas del actuar de Caroline, que tendrán serias repercusiones en el desarrollo de sus hijos, de hecho el mismo Benjy si hubiese crecido en un contexto en el que se le brindaban grandes muestras de amor y comprensión, quizás se hubiese adaptado mejor a la sociedad, al menos oprimiendo sus reacciones instintivas como el llanto instantáneo. No obstante, es preciso no desconocer que al menos Caroline hacía lo posible por manifestarle amor, lo que no se concreta eso sí, en comprensión de las necesidades de su hijo.

A medida que se avanza en el transcurso del relato, la madre no cesa en preocupaciones, las que en su mayoría son injustificadas, las que contribuyen a argumentar sobre lo hipocondríaco de su carácter: “«Nos vas a hacer volcar». Dijo Madre. «Qué quiere que haga si no». Dijo T.P. «Me da miedo que intentes dar la vuelta». Dijo Madre. «Andando Queenie», dijo T.P. Seguimos. «Yo sé que acabará pasándole algo a Quentin por culpa de Dilsey mientras estemos fuera». Dijo Madre. «Tenemos que darnos prisa en volver».”[7]Finalmente anexaré como cita de este primer capítulo, aquélla en la que señala una vez más su muerte próxima, la que como he indicado no sucede jamás, de hecho se podría concluir que estaba destinada a ver declinar su linaje, siendo ella unas de las últimas sobrevivientes; “«Es un castigo de Dios». Dijo Madre. «Pero yo también me iré pronto» […] «Yo no importo. Intento no preocuparos ni a ti ni a Dilsey. Pronto me habré ido, y entonces tú».”[8]

En el segundo capítulo, cuyo narrador es Quentin, el hijo mayor de los Compson quien narra su perspectiva de los hechos a partir de un espacio temporal situado el dos de junio de 1910, momento en que cursaba sus estudios superiores en la universidad de Harvard,  a través de flash back, nos va revelando antecedentes de su pasado, en el cual si bien no menciona continuamente a su madre, hay ciertos episodios y alusiones que nos pueden dar claras luces de su relación con ella, incluso que no aparezca en su relato sino en contadas ocasiones, da cuenta de la reducida proximidad que existía entre ambos.

En un mismo sentido, el párrafo que incluiré a continuación nos permitirá comprender el peso que recaía en Quentin al irse a estudiar a aquella universidad y más aún, el prestigio que generaba para el “renombre de la familia” que un hijo llegase tan lejos, lo que se ve entremezclado con los recuerdos de la boda que contraerá Caddy, que él no pudo evitar inexorablemente: “Harvard mi niño de Harvard Harvard Harvard Aquel chico con espinillas que ella había conocido en la fiesta campestre con cintas de colores. Remoloneando junto a la cerca intentando atraerla con sus silbidos como si fuese un cachorrito. […] Él estaba tumbado junto a la caja gritando podría aparecer en un automóvil con una flor en el ojal. Harvard. Quentin éste es Herbert. Mi niño de Harvard. Herbert será como un hermano mayor ya ha prometido a Jason un empleo en el banco […]
Campesinos pobre gente nunca han visto un automóvil toca el claxon Candace para que Ella no me miraba se aparten no me miraba a tu padre no le gustaría que fueras a atropellar a alguien desde luego tu padre va a tener que comprarse un automóvil casi siento que lo hayas traído Herbert […] ya sé que no Herbert nos ha mimado demasiado Quentin te dije en la carta que va a llevarse a Jason al banco en cuanto termine el bachillerato Jason será un espléndido banquero es el único de mis hijos que tiene sentido práctico eso me lo tienes que agradecer a mí sale a mi familia los demás son todos Compsons Jason preparaba el engrudo.”[9]

            En la cita anterior se traslucen varios aspectos de la personalidad de Caroline, entre ellos el interés que despiertan en ella los objetos materiales, puesto que en gran parte de su vida ha estado acostumbrada al lujo y a vivir en comodidad, pero en lo concerniente a sus hijos, establece un nítida diferencia entre Candace, Quentin, Benjy y Jason, siendo este último su predilecto, de hecho es al único que considera directamente de su linaje y por ello a quien mima mucho más que a los otros, que como veremos en el tercer capítulo, se aprovechará de la confianza que le profesa su madre, llegando hasta el punto de embaucarla. Además ya se va perfilando la forma de ser de Jason, quien es tan interesado como la madre en los objetos de valor, siendo el dinero su principal anhelo, puesto que si se analiza en profundidad, se puede determinar que en esta ocasión sí hay que atribuirle a Caroline la postrera forma de ser de su hijo, ya que en vez de aplacar el interés de Jason por el valor del dinero, lo incentiva. En este sentido se puede deducir que en su ancianidad Caroline recibirá los frutos de su propia cosecha, metáfora que alude a que las penurias que tendrá que vivir son consecuencia de sus propios actos.

            No obstante, hay un racconto bastante extenso que abarca un amplio monólogo de Caroline, tras enterarse de que su hija Candace había deshonrado a la familia de un modo ignominioso, el que analizaré subsiguientemente:“Abandonar Harvard el sueño de tu madre por el que vendió el prado de Benjy qué habré hecho yo para tener hijos como éstos Benjamin ya fue suficiente castigo y ahora que ella no se preocupe de mí de su propia madre por ella he sufrido soñado y hecho planes y me he sacrificado […] menos Jason que no me ha dado un solo disgusto desde la primera vez que lo tuve en mis brazos entonces supe que sería mi alegría y mi salvación […] los pecados que haya cometido por haber dejado de lado mi orgullo y haberme casado con un hombre superior a mí no me quejo le he querido más que a ninguno de ellos […] qué has hecho qué pecados ha arrojado tu alta y poderosa familia sobre mí pero tú los justificarás siempre has encontrado excusa para con tu propia sangre solamente Jason lo hace mal porque él es más Bascomb que Compson […] tuve suerte de niña de ser solamente una Bascomb me enseñaron que no hay término medio que una mujer es una dama o no lo es pero nunca imaginé cuando la tuve en mis brazos que una hija mía iría […] es que vamos a quedarnos de brazos cruzados mientras que ella no sólo arrastra tu nombre por el fango sino que corrompe el aire que respiran tus hijos Jason tienes que dejar que me vaya no puedo soportarlo déjame a Jason y tú te quedas con los demás no son de mi carne y de mi sangre como él extraños nada mío y me dan miedo puedo llevarme a Jason e irnos a donde no nos conozcan me pondré de rodillas y rezaré por la absolución de mis pecados para que él pueda escapar de esta maldición intentaré olvidar que los demás alguna vez fueron.”[10]

            Respecto al monólogo precedente se pueden concluir diversos tópicos, los que iré desenmarañando y aclarando, el primero de ellos y del cual surgió este recuerdo, es que Quentin pretendía abandonar Harvard, lo que le hizo reflexionar sobre el pesar que le causaría a su madre, quien había puesto sus esperanzas en él, así este suceso lo conllevó a memorar las consecuencias del acto deshonroso de Caddy, que a él lo marcó profundamente, ante lo que su madre renegaba de todos sus hijos salvo de Jason, arguyendo que su familia poseía una maldición, puesto que se había casado con un hombre que pertenecía a un estatus mayor que el de ella, acarreando la enfermedad de Benjy, el comportamiento de Candace y todos sus pesares. También se denota nuevamente su predilección por Jason, a quien consideraba el único digno del linaje Bascomb y a quien debía proteger de la perversión del linaje Compson, por otra parte se percibe el perfil típico de las mujeres del sur, a quienes en su caso, según relata la criaban para ser una dama, contraponiéndolo con el vil actuar de Candace.   

            En el tercer capítulo, narrado por Jason con fecha explícita el seis de abril de 1928, conoceremos otra faceta de éste, su actuar y a la vez la relación con su madre Caroline, conformándonos así la visión de los hechos desde otra óptica. Aquí Caroline aparecerá con mayor frecuencia, puesto que sólo quedaban en casa ella, Jason, Benjy y su nieta Quentin, además de los esclavos y servidumbre negra; hasta tal punto aparece, que en un comienzo se nos revela una vez más una confirmación de su débil carácter, ya que no podría controlar a su nieta si no fuese por su hijo, hallándose en una situación de absoluta dependencia de él, sobre todo de índole económica: “«Pero que las autoridades de la escuela lleguen a pensar que yo no puedo controlarla, que no puedo...».”[11]A continuación se repite el patrón de lamentación, aludiendo a la maldición de su familia, por los hechos ya mencionados: “Entonces volvió a echarse a llorar, diciendo que su propia carne y su propia sangre se levantaban de la tumba para maldecirla.”[12]Y pese a todo, aún confía en su hijo Jason, que como ella apunta: “Eres el único que no me reprochas nada.”[13] Sin embargo, no se lo espeta en la cara, pero en sus pensamientos se nos muestra su resentimiento hacia su familia y sus propias limitaciones, producto de la falta de oportunidades, que en comparación a sus hermanos, él no tuvo.

            Tras avanzar en la narración, la madre privilegia el linaje a semejanza de los extractos de capítulos anteriores aun con el pasar de los años, considerando sólo a Jason digno de él: “Ya sé que estás esclavizado por nuestra culpa», dice. «Ya sabes que si por mí fuera, tendrías tu propio despacho y el horario adecuado para un Bascomb. Porque, a pesar de tu apellido, eres un Bascomb. Sé que si tu padre hubiera previsto...”.[14] Por otra parte hasta cierto punto en la próxima cita, se apreciará la frialdad con que Caroline asume la muerte de su hijo Quentin, renegándolo como si no fuese de su propia sangre: “«Eres mi única esperanza», dice. «Todas las noches doy gracias a Dios por tenerte a ti». «Mientras esperábamos a que empezasen ella dice Demos gracias a Dios porque me haya dejado a ti en lugar de a Quentin si tenía que llevárselo también a él. Gracias a Dios que no eres un Compson, porque lo único que ya me queda sois Maury y tú y yo digo. Por mí el tío Maury sobra.”[15]

            En suma, en los tres capítulos analizados se perciben diversos grados de relación con la madre, lo que enriquece la posibilidad de interpretación al fijar la atención en el conjunto de marcas textuales, puesto que de este modo se establecen vínculos significativos o sentidos de interpretación afines con los elementos del propio texto, ya sea de un modo simbólico o explícito. Concluyendo finalmente el presente en una visión panorámica sobre el personaje “Caroline” y su incidencia en la definición de la personalidad de sus hijos, quienes representan la decadencia y tragedia de la familia Compson. Cabe destacar como punto culmine, que a través de los procedimientos utilizados en el análisis de la obra, en mi experiencia personal, he adquirido una conciencia mayor sobre la minuciosidad que implica el estudio de una obra literaria, la que puede ser examinada desde variados aspectos, pero ante el cual me centré de un modo inmanente, comprendiéndola dentro de sus propios términos a través de los distintos caminos de interpretación que ofrecía la obra. 



[1] El ruido y la furia, William Faulkner, Madrid, Cátedra, 1998 (1ª. ed ingl. 1929), pp. 3.
[2] Ídem, pp. 4.
[3] Ídem, pp. 5.
[4] Ídem, pp. 5.
[5] Ídem, pp. 5.
[6] Ídem, pp. 5.
[7] Ídem, pp. 6.
[8] Ídem, pp. 6.
[9] Ídem, pp. 42.
[10] Ídem, pp. 46-47.
[11] Ídem, pp. 80.
[12] Ídem, pp. 81.
[13] Ídem, pp. 81.
[14] Ídem, pp. 81.
[15] Ídem, pp. 89.

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