lunes, 30 de mayo de 2011

Política sin fundamento.



Alcemos nuestras manos y votemos ¡OH compañeros!
Arengas vacías y sin sentimientos, adiós patriotismos
Patrias sin dueños, anarquistas sin ideales
Y feligreses añorando el Apocalipsis atormentante
Pasiones calladas y voces silenciadas
Minorías subordinadas ante mayorías que coartan
Opresores agazapados como montaraces leones
Devorando entrañas y domeñando la cerviz de los ciervos
Manos atadas, pensamientos encadenados y libertad ultrajada.

Politiquerías vendidas al sistema
Que están por el pueblo pero sin el pueblo
Facciones gobernantes codiciando el poder como un diamante
Burocracias tramitantes de filas interminables
Utópatas delirantes que consumen realidades
Sueños frustrados y absurdos sin sentido
Olvidémonos del tiempo, pues hasta él nos ha sido vendido.

jueves, 26 de mayo de 2011

Amor libre, amor encapuchado.




Amores que van, amores que vienen
Amores sin sentido y amores consentidos
Danzas de conquista y reconquista
En tiempos de guerra y tiempos de paz
Se ha dicho que el amor es como la guerra y
Como el arte de la guerra, hay un arte de amar.
El tiempo transcurre, la vida fluye
Sin embargo, las movilizaciones siguen y el paro nos seduce
Las causas son políticamente correctas,
Es decir, ideológicamente in… uds ya sabe.

Enarbolamos nuestra bandera de la sacro santa libertad
Y cuando creemos ser libres, es cuando más se nos reprime
Buscamos ansiosamente la desprejuiciada libertad de acción y expresión,
Mas se nos acecha como vándalos, godos y bárbaros
Siendo que somos más que simios amaestrados,
Pero no niego que existen autómatas robotizados
Que siguen órdenes dictatoriales y que esgrimen sus armas medievales.

Somos apasionados de la libertad, equidad y bienestar social,
Enemigos de la coartación, vanagloria y discriminación
Anhelamos realidades, en contra de las utopías de facciones gobernantes
Estamos con el pueblo y aún creemos en los sueños
Pues cuando los olvidemos, ¡ay! De aquellos tiempos.



domingo, 22 de mayo de 2011

Vivir sin libertad.



Encuentros casualmente determinados por el destino
Retratos en sepia y suspiros de amor
Perfiles griegos de rasgos masónicos
Zalamerías frívolas en un mundo enajenado de mentiras
Consumismo ferviente y hedonista para escapar de la rutina
Vidas que fluyen y autómatas sin vida
Corazones rotos y compras azarosas sin corazón
Altruismo delirante que satisface el narcisismo propio
Oprobios y opio para los cuerpos que gozan de tal resignación
Varias monotonías que no varían a polifonías
El canto de uno es el canto de todos
La homogeneidad devora las entrañas de la diversidad
Los homofóbicos carcomen a los homos
Y la libertad se pierde al no vivir, ni dejar vivir
Las sutilezas de palabras vanas no logran nada
Luchas encarnecidas por una naturaleza que se desvanece,
Silencios rotos en disturbios pacíficos que desembocan en vandalismos
Discursos utópicos de añejadas políticas
En una nación donde la vida se juega día a día
Trastocando la democracia en oligarquías
Anarquistas y nihilistas sólo buscan la libertad
Que todos segundo a segundo perdemos sin más en esta sociedad.

jueves, 19 de mayo de 2011

No olvides tu memoria.



Mucho se ha dicho sobre la memoria y quizás no habría más que decir, sin embargo, un tema no se agota en sí mismo, sino porque muere en el olvido, por ello de vez en cuando una reflexión le hace bien a nuestro espíritu. Reconozco que no soy un experto en esta temática, no obstante, procuraré otorgarle una mirada y perspectiva, si es que no renovada, al menos con tono reflexivo, a la que para algunos es causa de nefastas incongruencias en su vida y para otros, un deleite continuo. Pues bien, al pensar en aquella intangible y etérea esencia que nos corresponde intrínsecamente, nos trasladamos a un espacio a ratos enajenado, a ratos desencajante de nuestra vida, donde es probable que en más de una ocasión nos hayan surgido cuestionamientos como los siguientes: ¿por qué recordamos, qué memoramos y acaso no se puede señalar, por qué no podemos escoger lo que deseamos forme parte de nuestras evocaciones pasadas? En efecto, la memoria se nos escapa de las manos, se desvanece en el mar de la vida, de manera que no podemos controlarla y cuando pretendemos asirla, nos juega una mala pasada. Sin dejos de nostalgia, cuando anhelamos hacer vivo un recuerdo, éste nos dificulta su acceso y, contrariamente, en circunstancias inesperadas aparecen memorias de la nada.

¿Pero qué hacer entonces con la memoria? Simple y llanamente, hay que dejarla ser, ya que la libertad debe manifestarse en todo orden y ámbito de situaciones, por ende, no podemos coartar una capacidad que nos es tan inherente. Por otro lado, si buscamos definirla, tal vez estemos a años luz, sin embargo, prefiero analizarla desde diversos enfoques, para así desprender lo que subyace a ellos, que, lógicamente, debiese concordar con sus características esenciales. Siguiendo la línea de lo antedicho, cuando escuchamos la palabra memoria, fundamental y comúnmente, nuestra primera asociación está ligada a un estado mental particular, a un submódulo de nuestro sistema cognitivo, que nos permite ser y estar en el mundo, puesto que somos conscientes de él y, de este modo, existir. Haciendo una analogía con el cogito ergo sum carteseano, podríamos concluir: “recuerdo, por lo tanto, existo.” Esta sentencia, lejos de ser definitiva, es una forma de plantear la trascendencia de aquella capacidad que poseemos, que generalmente es menospreciada, en tanto que sin poseerla, no seríamos conscientes de nuestro historial de vida y, así viviríamos cada día como único, como si fuera nuestra primera y última vez en la vida.

Quizás para aquellos que gozan del carpe diem o el dulce far niente, dependiendo la visión latina o italianizante, lo precedente sería la gloria misma, pero para quienes independiente de si sus recuerdos son negativos, positivos, términos medios, entre una infinidad de posibilidades, dependiendo de la subjetividad del experimentante, lo recurrente sería que no lo disfrutaran, pues en más de una oportunidad al escuchar a alguien opinar sobre este tema, ha apuntado a lo que, personalmente, ya aludí, que está interrelacionado con la siguiente secuencia: “la inverosímil existencia de un yo en un aquí y un ahora, sin un yo cuyo antes fui en un allí.” Vale decir, simplificándolo sobre manera, se torna imposible existir sin la memoria. En fin, hay extensas bibliografías sobre estas problemáticas, pero por ahora preponderantemente haré referencia a otra acepción de este vocablo, la emparentada con lo que se suele entender como “memoria colectiva.”

¿Pero qué pretende reflejar esta perspectiva? A lo que apunta, es a un ser social, al ser humano en sí mismo, ya que éste desde remotos tiempos ha sido gregario y, por ello, esta memoria común, constitutiva de una comunidad humana, conforma los basamentos troncales para la autodefinición como sociedad, nación, país, etnia. Lo que nos conlleva a la difícil resolución de controversiales cuestiones que últimamente han estado en boga. ¿Existe o no una memoria colectiva y hasta qué punto nos define? Ésta queda como pregunta abierta, porque en este limitado espacio no podría dar claras luces de ella, pero al menos, quedémonos con la idea de que cada individuo que la compone es necesario, aunque tal vez si falta uno el sistema no se altera, sobre todo en sociedades tan amplias y dispersas, piénsese en las comunes sobrepoblaciones. Sin embargo, pienso en que aquello es una crueldad, pues cada uno posee su propia historia y visión de mundo particular, que dentro de lo posible es menester rescatar y no desechar, pero más vale que aquello lo resuelvan probablemente antropólogos o sociólogos.

Finalmente, cabe destacar que es mucho lo que se puede hablar sobre esta problematización y, por consiguiente, reitero, todos somos los llamados a reflexionar sobre los hechos de la memoria, ya sea subjetiva, social o en cualquier otra acepción, puesto que es una entidad que nos pertenece, sienta las bases de nuestras raíces y, por tanto, debemos manifestar lo que creemos de ella, así que dejo como formulación culminante, ¿qué crees tú sobre la memoria?

miércoles, 11 de mayo de 2011

Las tres Marías.


 
Todos en algún momento de nuestras vidas hemos ido por una calle curiosa, de aquellas que en sus intersticios reservan espacios para los vendedores ambulantes, el ciego limosnero que, paradójicamente, no nos vende limones, sino que con su voz potente, grave y honda nos suplica casi evangélicamente por unas monedas, ante lo que a cambio nos ofrece enérgicas y retumbantes canciones, que motivan a que la gente que circunda por los alrededores se aproxime a oír en más de una ocasión, aquellos desarmonizados cantos, que alejan a los pájaros, pero que atraen a los niños y a aquel transeúnte que tenga una cuota adicional de tiempo y que no vaya a un trote incesante rumbo a su rutinario trabajo, tan típico de aquellos que viven pensando en el qué no haría si tuviese otro día a día.

Justamente uno de aquellos tipejos particulares, que a menudo piensan en el estrés que les genera un estilo de vivir tan poco dado al esparcimiento y al compartir con otros, salvo en aquellas circunstancias donde el intercambio común de palabras sólo se produce para pedir un café o pastel en la cafetería más cercana o el susurrante permiso de alguien que ha quedado atrapado en el metro o en la micro, sin poder descender de ella, escuchando un claustrofóbico “estimado pasajero comienza el cierre de puertas” y aquella anciana o aquel personajillo protagonista de nuestro relato, ha quedado encerrado en una atosigante lata de sardinas.

Nuestro personajillo tiene por nombre Pedro, no porque resguarde las puertas del cielo, ni porque haya negado tres veces a cristo, menos aún por las tres constelaciones del cielo que conforman la triada mariana, sino simple y llanamente porque sus padres gustaron de llamarle Pedro. Sin embargo, llámese coincidencia o azares de la vida, cuestión que nuestro personajillo no creía, sino más bien que él pensaba en el determinismo del destino dentro de sus cuestionamientos cotidianos y, por ello los tres acontecimientos sucesivos que contaré a continuación, le parecieron los más normales y usuales del mundo.

Pedro, al bajarse del metro y luego de transitar maquinalmente por el andén se detuvo un momento a observar la vitrina de anuncios, para ver si es que había algo que le interesara. Fue en ese preciso instante, que sintió levemente un roce en el bolsillo de su pantalón, lo cual le extraño en demasía, sin embargo, dada la invasión batahólica de personas que se dirigían rumbo a la salida, lo repensó y se convenció de que en sitios como ése era inevitable andar estrellándose con la gente. Con esos pensamientos y luego de observar detenidamente la cartelera de cine sobre películas que le llamaban la atención, miró rápidamente su muñera, dio un suspiro, contempló su alrededor, revisó sus bolsillos, donde breves segundos antes había sentido una imperceptible fricción y se apresuró a la zaga de un singular personajillo.

Corrió dentro de lo que sus fuerzas le permitían, lo más raudamente que pudo, manteniéndose a paso firme y agudizando su visión a un extremo similar de la que tendría un ave de rapiña frente a su presa, así fue que a veinte metros de distancia se encontraba, cuando la inolvidable y noble anciana que en aquel momento debió encontrarse en otro lugar se atravesó en su camino y ambos se parapetaron rumbo al subsuelo. No obstante, ella tuvo más suerte, si así se quiere, ya que delante de Magdalena, pues ése era su nombre, se encontraba una admirable y esbelta joven, cuyo simpático apelativo que por costumbre le ponían sus clientes, era el de Salomé. Efectivamente, al caer Pedro y Magdalena a la subterra o al infierno del metro, nuestra distinguidísima amiga sostuvo a la que podría haber sido su madre, sin que ésta sufriese el más mínimo rasguño. Pero Pedro, en medio de las ultrajantes risas y maliciosos comentarios, luego de su odiseica aventura a las profundidades del abismo, se puso dignamente en pie, aunque no se podría decir qué le causaba más pesar, su estado deplorable y sus articulaciones medio doloridas o la pérdida monetaria de la cual era consciente al no atisbar ya al singular hombrecillo.

Ya hemos referido que en la vida de Pedro, por los azares del destino, se le han cruzado interesantes personajes, pero de este último, que de profesión era ladrón, graduado en la más pura y académica escuela, que es la calle, no hemos hecho ni el más ligero ápice de descripción. Pues bien, era un hombre alto, de complexión fornida, cuya melena negra le llegaba hasta sus hombros, generándole una apariencia casi mesiánica. Sé qué están cavilando, queridos lectores u oidores, ¿cómo un ladrón puede ser un Mesías?, pues créanme o no, lo era. Posterior a la victoriosa escapatoria que tuvo del metro, se alejó por una tumultuosa calle, cuando a sus oídos llegó una retumbante canción, que caló tan hondo en su interior que le hizo detenerse por una fracción de segundo y varió la dirección en la cual iba. Al encontrarse frente a aquel sujeto que tal como Lázaro, predicaba con su voz, sintió una gran conmoción y toda su vida se le vino a su mente en centésimas de segundo y sin pensárselo arrojó la billetera que tenía en sus manos sobre el tarro que estaba a un costado del ciego, pero se llevó el reloj y como si nada siguió su camino.

Por otro lado, Pedro, alicaído, consiguió salir de la estación de metro y cuando estaba irremediablemente resignado por la eminente pérdida que había tenido aquel día, oyó una voz que le inspiró, que de cierto modo le alegró, incluso más de lo que en ese entonces consideró. Cabizbajo se aproximó y de reojo miró al hombre que cantaba con gran entonación y se percató de su ceguera, lo cual le causó mucha pena, hasta tal punto, que él siendo de vocación médico quiso ayudarlo. Algunos creen en dios, otros creen en el destino, otros simplemente no creen en nada, pero en ese instante los ojos le brillaron de la impresión al observar la billetera que ya daba por desaparecida y sin dudarlo dijo: hombre, deja de cantar y acompáñame, hoy ambos andamos de suerte, te tengo que ayudar.

Finalmente nuestro ciego, que ya no lo es, se curó y aquel desilusionado y conformista médico que vivía una rutinaria vida en este caótico mundo, creyó en algo que se asemejaba a Dios y conoció a la que podría ser su más apasionado amor. Efectivamente, Betania, la hija del limosnero era de una belleza sin igual, que a primera vista lo cautivó. Pero aquella es otra historia, mas por hoy creamos en el destino.

viernes, 6 de mayo de 2011

Amores perdidos.



Música a la luz de las velas que se rebelan
Que te invocan a gritos flameante hoguera
Que enciendes con tu pasión corazones
Que no osan tocarte ni con el pétalo de una flor
Cometo trequeísmos a ratos forzados a ratos ambiguos
Sólo para decirte que te sigo amando y extrañando
Por ello sé que en el espejo aquel que es mi memoria no me abandonas
Mas tu cuerpo yace a leguas remotas de mi soledad
En un sin fin de cascabeles oscilantes de serpentina rosa
Perfumadora de fragancias aterciopeladas y áureas
Áureas son las dulces dianas que recubren tu rostro inmaculado
Sin mácula es tu poesía dadora de vida y tronante de risas.

Sí, nos reímos en pretéritos tiempos donde tus gorjeos parecían caricias
Donde tus caricias asemejaban besos y
Donde tus besos eran la expresión de tus sentidos y
Tus sentidos la verbigracia de un cuerpo exuberante de lirismos
Que me saben a nostálgicas melodías
En la ciudad que dijiste sería mía y tuya, la haría mía
Penetrando en sus nocturnas calles y consumando voy consumiendo
Lo que fueron amores perdidos que ahora se han esfumado con el tiempo.

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