viernes, 25 de abril de 2008

El desencuentro Español- Aonikenk.




















En las lejanas costas del fin del mundo, en aquel océano que algunos denominaron Pacífico, el que sin lugar a dudas es el único de tan maravillosos horizontes, yacía el pueblo de los Aonikenk. Aquellas bandas cazadoras recolectoras, nómades, de hombres osados y mujeres fervorosas, que recorrían las llanuras patagónicas y costas del estrecho de Magallanes en sus rudimentos cotidianos de subsistencia; cazando Guanacos o Ñandúes, para lo que empleaban técnicas de cercado, inherentes a aquel conglomerado y asemejable a estratagemas de esfinges de Egypto.

En plena captura uno de aquellos individuos divisó varios seres que poseían atuendos magistrales, distintos a cualquier otro que ellos hayan oteado con anterioridad, los que parecían forjados por dioses, pero lo que más les causó perplejidad, era que estos seres estaban constituidos por rasgos de humano y de bestia. No obstante, tras haber ocasionado tal anonadamiento, lo entes antropomorfos aprovecharon tal situación y se acercaron cada vez más a los Aonikenk. Estos últimos, sin saber qué hacer, se vieron embargados por sentimientos de temor e incertidumbre, pese a ello, estaban impasibles y preparados para cualquier eventualidad. Fue en ese preciso instante, cuando uno de los hombres tomó la decisión acertada de avisar a su poblado de lo que acontecía, divergiendo de sus pares.

Mientras aquel hombre se encaminaba a su aldea, los antropomorfos se acercaban cada vez más, hasta que finalmente arribaron a escasa distancia de los Aonikenk. Los seres que tenían forma de bestia, sacaron de sí grandes instrumentos, nunca antes atisbado por algún Aonikenk; con los que empezaron a beligerar contra aquellos nómadas, estos postreros se defendían con sus arcos, flechas y boleadoras, aun así no podían vencer a aquellos seres. En plena pugna, empezaron a llegar las mujeres, niños y ancianos, los que poco a poco, fueron formando un aglomeramiento en los alrededores. Conforme a lo que veían, los más ancianos interpretaban aquel suceso, como un escarmiento enviado por el dios Kooch. Por lo que estaban asustados en demasía, transidos y no entendían por qué Kooch los había castigado así, fue en ese momento cuando uno de estos seres cayó de bruces al suelo, disgregándose en dos, quedando una parte de él muy semejante a un humano, puesto que con los atuendos no lo parecía y otro como bestia. Fue así cuando descubrieron que no eran inmortales, lo que les dio fortaleza y brío a los Aonikenk, que con insuperable destreza y ahínco, no cesaron su ataque hasta que los enemigos cayeron derrotados. Finalmente tras caer abatidos varios de estos seres, los que aún quedaban con vida, decidieron huir y no volver jamás. Alejándose para siempre de aquellos territorios de inigualables parajes místicos.

Los Aonikenk creyeron que Arrok (dios de los mares), había intervenido para que esos humanos no volvieran a sus territorios, por ende, constantemente le rendían culto.


Una mirada diferente al medio ambiente.

Desde el siglo XIX, la humanidad ha transformado la composición química del agua y del aire en la Tierra, ha modificado la fisonomía del propio planeta y ha alterado tanto nuestras vidas como la de los seres de nuestro ecosistema.

¿Por qué en este periodo de tiempo, se han generado cambios tan generalizados en el entorno?

Quizás aquella pregunta y tantas otras como me las he formulado, nos lleven a comprender el por qué de la situación que vivimos en la contingencia.

Existe un cúmulo de razones. Pero sin lugar a dudas, uno de los factores más notables es la utilización de los combustibles fósiles, los cuales han suministrado gran cantidad de energía a una población mucho mayor que en cualquier época anterior.

En el año 1990, la humanidad utilizaba un importe de energía 80 veces superior a la que se usaba en 1800. La mayor parte de dicha energía procedía de los combustibles, como el petróleo, el carbón y gas natural, los cuales han contribuido a contaminar en gran medida.

Pero existen otros factores como, por ejemplo, el vertiginoso ritmo de urbanización o la velocidad igualmente apresurada de la evolución tecnológica; éstas tendencias se relacionan entre sí, colaborando cada una de ellas al desarrollo de la otra y configurando todas recíprocamente el “progreso” de la sociedad humana en la edad contemporánea. Pesé a ello; ¿Hemos realmente avanzado o en realidad estamos en decadencia? Esto se puede apreciar en nuestro estilo de vida, el que ha replanteado las relaciones entre los seres humanos y el resto de los habitantes de la tierra.

Durante cientos de miles de años, nuestros predecesores han ido modificando, tanto deliberada como accidentalmente su entorno. Pero sólo en épocas recientes, con la utilización de los combustibles fósiles y energía nuclear la humanidad ha conseguido provocar cambios profundos en la atmósfera, el agua, el suelo, la vegetación, los animales e incluso a nosotros mismos.

Provistos de dichos combustibles, los humanos han alterado el ambiente natural de forma como nunca lo habían hecho en épocas preindustriales, provocando, por ejemplo, la devastación de hábitat de fauna y flora naturales a través de los vertidos de petróleo, así también la erosión acelerada del suelo, la cual se debe en gran parte al factor antrópico (Ser humano).

Otros efectos trascendentales que producen estos tipos de combustibles se deben a la emanación de dióxido de carbono, la cual ha aumentado en un 30% a nivel atmosférico desde el año 1750. Las consecuencias que esto ha traído y seguirán ocasionando es lo conocido como un aumento en el efecto invernadero, lo que está produciendo una dilatación en las temperaturas terrestres y además cambios significativos en todas las capas de nuestra biosfera, es decir, un calentamiento global, el cual, entre otros problemas, tendrá como consecuencia una fusión en los casquetes polares lo que a su vez provocaría la subida del nivel de los océanos y la inundación de las zonas costeras.

Quizás aquello parezca lejano, pero no es así, como señalé anteriormente, estas profundas alteraciones, se han producido tan sólo en un par de décadas y cada vez de forma más abrupta, por lo tanto, no tan sólo nuestras próximas generaciones perecerán, sino también nosotros y esto seguirá, al menos, que cambiemos nuestra ideología. Esto se puede observar claramente en Chile y a nivel mundial, puesto que, todavía seguimos padeciendo los estragos que produjo la onda de frío polar, la que también ha afectado a Argentina, no pudiendo olvidar así los trastornos que están causando los aumentos de las temperaturas en las otras naciones.

Analizando de manera más objetiva en nuestro país, producto de la onda ya mencionada, el uso de las estufas se ha incrementado considerablemente y, a la vez, el utilizarlas en la cotidianeidad, ha generado un aumento en los índices de polución medioambiental, sobre todo en Santiago, que ha alcanzado niveles críticos, lo que ha producido un declive en el sistema que se está empleando desde el año 2001, sin embargo, hasta el 2004 había sido favorable, es decir, se había disminuido la contaminación en gran cantidad. En cambio, actualmente empeoramos de tal modo la calidad del aire, que estamos al igual que al inicio del plan ambiental. Además, todavía nos falta mucho para lograr mejorar la calidad de vida, puesto que, en países desarrollados la basura se recicla en un 95%, mientras que en el nuestro sólo reciclamos un 3%. Es momento de cambiar nuestra mentalidad mediocre, ya que, está arraigada la típica frase “¿Por qué lo voy a hacer yo?", que lo haga otro mejor”. Esta expresión, no nos conduce a nada, puesto que , si todos dijeran lo mismo, el mundo sería un desastre; es por esto que los invito a reflexionar para que puedan hacer de nuestro planeta un lugar mejor; antes que sea demasiado tarde.

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