miércoles, 30 de noviembre de 2011

La incertidumbre de sus ojos.




Ella caminó y recorrió cientos de lugares antes de llegar a su lado, lo esperaba con ansias de enamorada, perdida en sus ensoñaciones, queriendo besarlo, acariciarlo, ser suya, pero sabía que no podía dar el primer paso, no porque fuera una mujer sumisa, sino que se debía a que no quería adelantarse a los sentimientos de él, pues sabía que había una atracción especial, un encanto que los vincularía de por vida, una unión indisoluble e inseparable, pero él aún estaba indeciso, su mirada lo revelaba todo, a veces cuando hablaban, él no era capaz de mirarla a los ojos, ella no entendía el por qué de aquella situación, pero con el paso del tiempo, comprendió que era la inseguridad de su enamorado, su incapacidad de ocultar lo que sentía, donde sólo bastaría ver sus ojos para que se entreviese la loca pasión y amor de una juventud a flor de piel, de fuego candente que ardía desde la profundidad de su corazón hecho llamas y que poseía una irrefrenable irreverencia que, sin embargo, no podía expresar a través de sus palabras.

Jamás olvidaría el primer día en que lo vio, su cuerpo, su postura y ademanes intelectuales, pero a la vez recios y, antitéticamente, cándidos, su rostro que develaba una juventud incipiente, sus mejillas palpitaban con un rubor rojo que le daban cierta vitalidad y sus ojos, que eran lo que más le impresionaba, ya que reflejaban una fuerza inconmensurable, con una voluntad férrea y decidida que se expresaba en sus acciones políticas, sus discusiones continúas e intensos debates, no obstante, no era así con el amor, ahí su corazón se acobardaba, se sumía en un ensimismamiento que lo tenía así segundos y minutos que se hacían una eternidad cuando Isabel inquiría qué le pasaba, qué sentía, qué pensaba, si le prestaba atención, si se había olvidado de ella, si la amaba, la odiaba, en fin, esos instantes la mantenían en una incertidumbre que no la dejaba dormir, que la desvelaba horas e incluso noches completas, dejándola intranquila al desconocer los sentimientos de Julián.

Después de aquella última vez que se habían visto, él no había contestado sus llamadas, no le había dejado ningún mensaje, lo único que sabía en ese momento Isabel era que Julián la amaba, pero que no se atrevería a dar el primer paso, sino que ella, como mujer, esta vez tendría que jugar un rol activo, por ende, el fracaso o triunfo dependían de ella y de cómo jugase sus cartas, tendría que hacer uso de sus encantos femeninos, engatusarlo si era necesario, hacer gala de sus atributos, ¿pero bastarían sólo éstos para lograr su propósito o requeriría más coraje y obstinación?

Finalmente se decidió, frecuentó los lugares donde él solía ir, lo vio a la distancia y quiso acercarse como la fuerza de sus latidos hacia él, sin embargo, se contuvo -por mucho que ello le costase- siguió sus pasos y andar, con sus ojos, su silueta y caminar grácil, casi levítico, pero aún estaba paralizada, petrificada y extenuada, sin poder moverse, quería hacerlo, pero no podía, su cuerpo se lo pedía a gritos y el de él también, no obstante, la cobardía ramera la estaba consumiendo, no sabía qué hacer para llegar a su lado, aunque sólo debía vencer el miedo –karma de la raza humana.-

Aun así, liberándose de una fuerza aplastadora, lo consiguió, sus pies empezaron a moverse primero lentamente, luego cobraron mayor vitalidad y ya era libre, pero lo fue más aún cuando lo alcanzó, rozó la espalda de Julián con sus tenues dedos, lo volteó y sin contenerse lo besó apasionadamente y él sin aliento, se dejó seducir por aquella mujer decidida que le cambiaría la vida.

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