viernes, 20 de enero de 2012

Ironía en la obra Don Catrín de la Fachenda, modos y relevancias de esta figura y función que le adjudica el escritor en el contexto neoclásico ilustrado e Independentista.



          
  Previo al análisis específico de Don Catrín de la Fachenda, daré una breve panorámica sobre la influencia del autor en la narrativa hispanoamericana y algunos rasgos esenciales de éste, pero en primer lugar citaré las penalidades de su vida y cómo la escritura fue el mayor de sus sustentos y que le permitió, sino vivir holgadamente, al menos subsistir ante esta adversa vida: “ … el autor es un  honrado, a quien la suerte (siempre cruel con los buenos) después de haberle quitado sus bieniecillos, lo ha reducido al doloroso estado de escribir para mal comer, prefiriendo hacerlo así, antes que buscar el pan en una banca de juego, amancillando su alma con la fullería y el delito vergonzoso.”[1] Sin embargo, aquello no le impedirá descollar en las letras, hasta tal punto que innovará en el ámbito de la novela hispanoamericana, entre ellas encontramos las que consignaré a continuación: “La figura que tiene el primer lugar en la historia de los orígenes de la novela hispanoamericana moderna es la del mexicano José Joaquín Fernández de Lizardi (1776- 1827). Su importancia no nace de ser solamente el primero, el más prolífico y quien asume con mayor dominio las formas de la novela moderna, sino de ser también el más representativo del período y de su generación, y el seguro iniciador de un desarrollo peculiar de la novela hispanoamericana.”[2] ¿Y cuáles son las peculiaridades del surgimiento de este nuevo tipo de novela? Una de ellas y que marcará patentemente el entramado y tejido del relato, se aprecia a través de la figura retórico-literaria de la ironía, la que nos irá saliendo al paso una y otra vez, es así que enmarcada dentro del género literario picaresco, el que seguirá de un modo fiel en gran medida, la novela de Don Catrín, la usará como recurso que contradice el discurso que nos pronuncia el protagonista, que será falseado, por la verdad de los hechos. Es así que Catrín al hablarnos de su nacimiento, lo enaltecerá y dará a conocer grandes cualidades, que las más de las veces no poseía: “Nací, para ejemplo y honra vuestra, en esta opulenta y populosa ciudad por los años de 1790 ó 91, de manera que cuando escribo mi vida tendré de treinta a treinta y un años, edad florida, y en la que no se debían esperar unos frutos de literatura y moralidad tan maduros como los vais a ver en el discurso de esta obrita. Pero como cada siglo suele producir un héroe, me tocó a mí ser el prodigio del siglo XVIII en que nací, como digo, de padres tan ilustres como de César, tan buenos y condescendientes como yo los hubiera apetecido aun antes de existir, y tan cabales catrines que en nada desmerezco su linaje.”[3]

            Como hemos visto, su nacimiento aparentemente no es ruin, sino que al contrario, más bien de origen noble, no obstante, claramente ésta es una de las ironías con que nos toparemos a lo largo de la narración: “La narración comienza por el nacimiento. Este comienzo ab ovo tiene, en la novela picaresca, la singularidad de darse en la forma de un “nacimiento confuso” o, acaso mejor, “nacimiento ruin” reconocible en todas las novelas picarescas, incluido el Catrín de Lizardi, pero no en El Periquillo.”[4] Por otro lado, este carácter pícaro y su período de formación, manifestado a través de la ironía, se establecerá como crítica al canon estético-literario de la Ilustración y neoclasicismo en torno a la problemática de la educación: “A la suma de picardías, engaños, cautelas, facecias o trapacería que se extienden entre los extremos de la vida del pícaro, el espíritu dieciochesco e iluminista de Lizardi, agrega un desarrollo considerable del período de formación del personaje, tanto en El Periquillo, como en el Catrín. La formación comprende la educación familiar, la instrucción escolar media y superior, la educación proporcionada por el medio social y los compañeros juveniles, hasta quedar “abandonado en el mundo” a la muerte de sus padres.”[5]

            Desde otro ángulo, se apreciará una clara oposición entre las dos obras más connotadas de Lizardi, pues estaremos entre la estética de la picaresca y la anti-picaresca, siguiendo la forma tradicional de la primera, la obra de Don Catrín, inclusive –como se ha apuntado- empleando la ironía, particular de ésta. De esta manera, el texto de Lizardi, se encuadrará dentro del catolicismo ilustrado, con dejes claros de crítica social y educacional, como se verá consiguientemente: “La única forma posible –digresiones más digresiones menos, para Lizardi, era una novela que sirviese al ideario del catolicismo ilustrado, criticando una educación libresca, escolástica y verbalista, a favor de una educación económica por vía del aprendizaje de los oficios y las artes mecánicas. Ésta era concebida como un modo de resolver, práctica y utilitariamente, la propensión al ocio, natural a una sociedad tradicional extraviada en el culto de exterioridades que son las causas de la irracional perdición de la juventud y de los ciudadanos.”[6]

            Paradigmáticamente, la obra prácticamente a través de un uso alegórico de la ironía, será rodeada por ésta en varias circunstancias, que desde el principio y en cada capítulo, todo lo que dice Catrín son extravagancias y falsedades, de las cuales no debemos creer absolutamente nada, mas al contrario, aquí veremos la ironía en su máximo esplendor, pues él era un personaje más bien de índole picaresca que encomiástica-hagiográfica: “En el Catrín, como narrador, destaca especialmente la actitud que adopta ante la narración y ante el mundo narrado que no es otro que el mundo de su experiencia personal. Esta actitud se manifiesta ya en el exordio de la novela y está caracterizada predominantemente por el acento serio, pedante y cínico con que el narrador habla de cosas ridículas y por la forma alabanciosa o encomiástica con que se refiere a hechos dignos de repulsa y vituperio. Esta ambigüedad del lenguaje encuentra su polo contrario y objetivo en la actitud del practicante, quien en la Conclusión, que enmarca la vida del Catrín, junto con narrar su muerte establece el punto de vista del sentido común y de la moralidad cristiana. A esta actitud corresponden también los encabezamientos de capítulos y las notas al pie de página que implican o hacen clara e inequívocamente reparos morales al personaje. […]”[7]

            Cabe considerar, que dentro de las contraposiciones que tiene conforme a la estética neoclásica, se percibe aquel afán moralizante de esta última, que si bien está presente en la obra, a través de la imagen del clérigo, si nos situamos en el personaje del Catrín, veremos que éste más bien transgrede las normas morales, comportándose como un libertino y hedonista, que procura disfrutar la vida de una manera licenciosa: “[…] Ésta es ajena a toda moral; ve en la muerte un fenómeno natural que en nada diferencia a los hombres de las bestias y que ahorra el temor de una trasvida inexistente; impulsa al goce y a la ventaja sobre el necio o el desprevenido, con propósito puramente egoísta; concibe el trabajo como cosa vil; ama el ocio y la apariencia e imita a la clase noble en su prurito de grandeza.”[8] Esto último, aquella imitatio, es una clara crítica al comportamiento social de la época, aburguesado sobremanera, que él prefiere situarse desde una suerte de caricaturización hacia ésta.

            Siguiendo con lo anterior, con la aparición de Don Cándido, otearemos la última expresión de la ironía, que recorrió exhaustivamente la obra y que ahora cumple su finalidad circular y de cierre de la narración: “La narración del marco (Conclusión) no se dirige ya a los catrines, sino al lector corriente, ironiza el objeto de la historia contada y se refiere seriamente a los yerros e insensateces del Catrín y de aquellos que son como él. El practicante Don Cándido subraya las causas de su desarreglada conducta, de su libertinaje y de su empedernida condición y destaca el final lamentable como una consecuencia necesaria en la cual, como en un milagro inverso, se objetiva, en la muerte terrible y desesperada, la condición del pillo y libertino descreído.”[9] Es según lo citado la forma que adquirirá la ilustración cristiana en el Neoclasicismo hispanoamericano.

            Otra forma de percibir la utilización y valencia del modelo clasicista, se logra en virtud del lenguaje del Catrín, que lo tomará como uso, pero que en realidad recubre una crítica a aquel modelo imperante, del que se burla e ironiza sardónicamente, como veremos consiguientemente, condiciéndose con lo hasta aquí expuesto: “La disposición de ánimo del Catrín comunica al lenguaje toda la afectación bufonesca, pedante y chocarrera que corresponde a su tipo. Cita de latines, tricolor repetido en gradaciones encomiásticas: [así lo veréis en el discurso de esta grande, sublime y verdadera historia], enumeraciones y variado número de conjuntos semejantes caracterizan el estilo clasicista del período.”[10] El ideal neoclásico también se vislumbra en aquella suerte de imitación de la que se digna los demás deben seguirla, lo que a nivel moral, se subvierte, ya que sucede todo lo contrario, nuevamente contrastándose con el modelo: “En el exordio que precede la narración, el Catrín propone su vida como modelo para los catrines y para quienes quieran llegar a serlo. Se propone a sí mismo como figura imitable. Propone su vida como vida imitable. Tal como se presenta, parece estar sujeta su vida –como narración, como vita- a la forma de la hagiografía. No hay vida imitable, vida que engendre la actividad espiritual de la imitación, como la vida del santo. […] Poco cuesta advertir que el Catrín no es justamente un imitable sino su contrario; que no es un santo, sino un antisanto, un réprobo, un ser en el cual encarna el delito y en quien la maldad es la virtud activa que se objetiva en el mundo cada vez que su culpa encuentra sanción social y, esencialmente, cada vez que su maldad adquiere sanción objetiva como escándalo, como culpa punible, como milagro invertido.”[11]

            Ante esto, se desprende que la mayor de las ironías del texto, es su propia vida, la que viene a cerrar finalmente la historia del libro y que fuimos desentrañando cada vez más en éste: “La ambigüedad del lenguaje, la incongruencia entre los medios directos (narración autobiográfica de la vida) e indirectos (Conclusión, etc.) de la narración, permiten reducir el significado de las palabras del Catrín a su signo contrario. La anti-hagiografía es la forma elemental que se actualiza en la Vida del Catrín, cuya figura es la del pícaro delincuente, un antisanto, que despierta la natural actividad espiritual del rechazo, que engendra una actitud de anti-imitatio.”[12]

            Esta obra, como he mencionado, suele enmarcarse en la estética neoclásica, esto debido a diversos motivos que han señalado los críticos literarios, como los que anexaré a posteriori: “Generalmente la crítica ha insistido en las intenciones educativas de los escritos periodísticos lizardianos y en el didactismo de una parte de su producción poética, características atribuidas también a Don Catrín, de ahí su inclusión dentro de los modelos de la novela neoclásica imbuida de principios pedagógicos.”[13] ¿Cómo afectan entonces estos mismos principios y preceptos en la configuración del imaginario de la época y su sentido crítico-social?: “En lo literario, el debate tiene lugar entre las instituciones académicas defensoras de la tradición clásica y neoclásica, frente al mundo literario que se venía gestando en las redacciones de los periódicos, las tertulias y charlas de los cafés más abiertas a los cambios que anunciaban el romanticismo. La base de este conflicto descansa, además, en el proyecto de fundación nacional hispanoamericano nacido como una idea de modernización de las nuevas sociedades soberanas surgidas de la Independencia, y adoptado como propio por el romanticismo hispanoamericano.”[14]

            Desde otra perspectiva, fundamentaré, basándome en la argumentación de ciertos críticos, para apelar nuevamente a la presencia de la Ironía en Don Catrín y su afán didáctico, que es lo que señala Rocío Oviedo: “En el caso de Don Catrín, el propósito didáctico nos los ofrece a través de la ironía y del sentido paradójico. Paradoja e ironía cuyo efecto es el distanciamiento y que se expresa desde la aparente finalidad de la obra.”[15] Al mismo tiempo, desde una óptica literaria, encontraremos diversos niveles de la ironía y, por consiguiente, de elaboración de ésta, que van desde lo más simple a lo más complejo: “Pero en la novela existen otras dimensiones irónicas adicionales que podemos explorar. En Don Catrín coexisten dos niveles diferentes de ironía (Muecke), la ironía elemental, que aparece en los resultados de la conducta del personaje principal, especie de libertino, pícaro y marginal propio de la sociedad mexicana de la época porque el personaje de Don Catrín es realmente una víctima irónica entre lo que expresa como intención o deseo y lo que alcanza con sus acciones. También pertenecen a este nivel las notas al pie de página, incluidas por un narrador diferente a Don Catrín y que acotan en sentido opuesto las acciones y pensamientos del personaje principal. Igual función tiene el capítulo final de la novela, contradiscurso que desdobla la falsa imagen que don Catrín nos quiere ofrecer de sí mismo, mostrándolo en su imagen real.”[16] También aparece una ironía más elevada, que surge del análisis continúo entre los dos niveles señalados con prelación y que permite comprender, por ejemplo, la presencia del decálogo de Maquiavelo.

Otro punto fundamental es la ambigüedad y tensión contra las tradiciones previas a Don Catrín, en las que se basa, pero para contraponerse a ella y replantear el modelo literario: “Esta ambivalencia obedece a la apropiación y ruptura de la tradición literaria clásica, rescrita desde la perspectiva de los discursos filosóficos y literarios de la Ilustración, y de la narrativa picaresca y cervantina que el texto pone en evidencia. La ambigüedad es además consecuencia del espacio de tensión engendrado. La tensión que ostenta la escritura se manifiesta como normativa vacilante de ansiedad clasificatoria, determinada por formas discursivas no literarias, como el discurso de las ciencias naturales.”[17]

Finalmente una manifestación patente y evidente del uso de la ironía, se concibe para establecer una crítica social de la época de la colonia, presente, por ejemplo en la siguiente cita: “En su carácter de sociedad colonial, la mexicana también estaba sometida a las restricciones de la metrópoli. De ahí la visión del mundo de los catrines, las prostitutas, los ladrones, que el texto exhibe como galería de tipos marginales de la población mexicana y que nunca muestra como españoles. Frente a este intento de control aparece en el texto la ironía impersonal (Muecke) que funciona como crítica a la sociedad colonial.”[18] Y como se señala críticamente, hay una ironía que resalta aún más, que es la que se hace en contra de la nobleza, como veremos a continuación: “Más importante es la ironía por analogía que aparece en el capítulo XI, cuando critica a la nobleza en otro país (Cuba) para distanciar las consecuencias de la crítica en México. […] En este capítulo es donde la novela se aleja más de la sociedad mexicana. Primero sitúa a Don Catrín como noble y después lo ubica en un país extranjero. […] Al margen del margen, desclasado, encarcelado y desterrado […] Don Catrín no es sólo un pícaro como sus antecesores literarios españoles, es un personaje más complejo porque representa una marginalidad triple: social (lépero), nacional (colonizado) y literaria (imitación).”[19]


[1] José Joaquín Fernández de Lizardi, Luís Iñigo Madrigal.
[2] Historia de la novela hispanoamericana, Cedomil Goic, Valparaíso, Ediciones universitarias, 1972. Capítulo III; pág. 28.
[3] Don Catrín de la Fachenda. Cap. 1. Pp. 4.
[4] Historia de la novela hispanoamericana, Cedomil Goic, Valparaíso, Ediciones universitarias, 1972. Capítulo III; pág. 29.
[5] Íbidem.
[6] Íbidem. Pp. 31.
[7] Íbidem Pp. 32-33.
[8] Íbidem. Pp. 34.
[9] Íbidem.
[10] Íbidem.
[11] Íbidem. Pp. 36.
[12] Íbidem. Pp. 37.
[13] Don Catrín de la Fachenda: La ironía como expresión de una normativa vacilante, Raúl Marrero-Fente, Columbia University, 2003; pág. 108.
[14] Íbidem.
[15] Íbidem. Pp. 110.
[16] Íbidem.
[17] Íbidem. Pp. 112.
[18] Íbidem. Pp. 113.
[19] Íbidem. 

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