martes, 23 de agosto de 2011

Análisis 2º capítulo: “El sonido y la furia”, William Faulkner.


En el presente informe, debido a su extensión, abordaré fundamentalmente la temática del tiempo, sin desconocer la existencia de elementos como la muerte, la hermana Cady, entre otros, que se perciben tras una primera lectura del texto, los que van configurando el entramado del relato. Por otro lado, cabe referir el empleo de la técnica corriente de la conciencia, que utiliza Faulkner, la que genera una dificultad adicional a su comprensión, que combinada con imágenes poéticas, le otorgarán una belleza inusual a la narración. Sin embargo, pese a las dificultades que el texto nos revela, no por ello es menos interesante, sino más bien implicará una lectura más acuciosa y activa.

Antes de comenzar el análisis propiamente tal, es preciso señalar que este capítulo será narrado por Quentin, con fecha explícita el 2 de junio de 1910, lo que nos permitirá ubicarnos en un determinado contexto espacio-temporal, que a su vez será el punto de partida, para las diversas diacronías que presenta. Por otra parte, a través de la técnica ya mencionada, podremos conocer lo que piensa el personaje, que si bien presenta cierta estructura, al ser una verbalización de sus pensamientos, puede tornarse en cierto momento un tanto complejo de comprender de buenas a primeras. Respecto al personaje Quentin, nos anuncian que en el período actual del relato, se encuentra estudiando en la prestigiosa universidad de Harvard, cuya residencia está ubicada en las dependencias de ésta y, que por tanto, han transcurrido varios años desde la separación con su familia, siendo éstos los antecedentes esenciales que nos dan a conocer.

A continuación procederé al análisis del capítulo y, en una misma línea, me centraré en el elemento manifestado desde un primer momento en un modo simbólico, me refiero al tiempo, el que a su vez se convertirá en un motivo central in extenso en el segundo capítulo. En efecto, así comienza el relato: “Cuando la sombra del marco de la ventana se proyectó sobre las cortinas, eran entre las siete y las ocho en punto y entonces me volví a encontrar a compás, escuchando el reloj. Era el del Abuelo y cuando Padre me lo dio dijo, Quentin te entrego el mausoleo de toda esperanza y deseo; casi resulta intolerablemente apropiado que lo utilices para alcanzar el reducto absurdum de toda experiencia humana adaptándolo a tus necesidades del mismo modo que se adaptó a las suyas o a las de su padre. Te lo entrego no para que recuerdes el tiempo, sino para que de vez en cuando lo olvides durante un instante y no agotes tus fuerzas intentando someterlo. Porque nunca se gana una batalla dijo. Ni siquiera se libran. El campo de batalla solamente revela al hombre su propia estupidez y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos e imbéciles”.

En este extracto, se aperciben las diversas visiones de la temporalidad y su carácter, siendo una de ellas lo inexorable e inevitable del paso del tiempo, el que nos acompañará durante toda nuestra existencia, pero el que a su vez, nos recuerda lo efímero de la vida y, de hecho, la palabra mausoleo, evoca la muerte, aquella única certeza que tenemos, que frustra nuestra realizaciones y anhelos. No obstante, lo simbólico del reloj está dado también por lo absurdo en que puede convertirse la experiencia humana, deseando lograr en la vida todo cuanto queramos poseer, puesto que ni el tiempo, ni la vida, serán suficientes en el limitado carácter humano. Por otro lado, a Quentin el reloj le permite memorar recuerdos de antaño, aquellos felices tiempos, donde todo era distinto, sin preocupaciones y, por supuesto, con su Cady. Tornándose de este modo, un tiempo acompasado a sus emociones, que genera una armonía y estabilidad en su ser, que le permite reencontrarse con su pasado y aquel otro que fue en ese entonces.

Se nos presenta otra imagen que nos permite comprender aún más esta obsesión por el tiempo, que se manifiesta a continuación de la cita expuesta anteriormente: “Estaba apoyado sobre el estuche del cuello de la camisa y yo yacía escuchándolo. Es decir, oyéndolo. Supongo que nadie escucha deliberadamente un reloj de pulsera o de pared. No hay por qué. Se puede ignorar el sonido durante mucho tiempo, pero luego un tictac instantáneo puede recrear en la mente intacta el largo desfilar del tiempo que no se ha oído”. Aquí, se puede inferir nuevamente que el tiempo es un elemento constante que abstrae a Quentin de todo cuanto le sucede en derredor, centrándose solamente en su continuo tictac, el cual genera en él una reflexión sobre su pasado, que va a la par con aquella adquisición de consciencia o tal vez, en una posible hipótesis, el paso de la inconsciencia a la consciencia sobre el rumbo que ha tomado su propia vida.

En relación a lo precedente, conforme avanza la narración, aparece una vez más este factor que es capaz de restar a Quentin del mundo exterior generando en él reacciones físicas como sentir los músculos de su nuca y, psicológicas al producirse un bloqueo mental de la realidad: “Arriba en el sol, había un reloj, y yo pensaba en cómo, cuando no se quiere hacer algo, el cuerpo intenta embaucarte para que lo hagas, como sin darte cuenta. Sentía los músculos de la nuca, y luego oí el interrumpido tictac de mi reloj dentro del bolsillo y un momento después todos los demás sonidos habían desaparecido, quedando solamente el de mi reloj dentro del bolsillo”.

Después Quentin se dirigirá a una relojería donde el elemento tiempo, cobra aún más relevancia y, no bien salió de ella comienzan las contradicciones sobre el transcurrir de éste: “Y me dije a mí mismo que cogiera aquél. Porque Padre decía que los relojes asesinan el tiempo. Él dijo que el tiempo está muerto mientras es recontado por el tictac de las ruedecillas; sólo al detenerse el reloj vuelve el tiempo a la vida. Las manecillas estaban extendidas, ligeramente inclinadas haciendo un leve ángulo, como una gaviota suspendida en el viento. Aglutinando todo aquello que antes me hacía sentir lástima como anuncia agua la luna nueva, según los negros”. Este extracto confirma mi hipótesis sobre la consciencia que se adquiere de la vida cuando reducimos nuestra existencia a contabilizar el tiempo que está transcurriendo, ya que ésta se vería limitada y, por ende, nos veríamos enfrentados a una no existencia del tiempo, pero no entendido en un sentido material o concreto, sino como un ente cuyo valor es cualitativo, es decir, que en el momento en que no fijamos nuestra atención en el funcionamiento circular del reloj, que representa simbólicamente al tiempo, es ahí cuando realmente hemos encontrado el sentido de la vida, la que si bien es efímera,  al desligarnos de ese elemento constante que es el deterioro que provoca el tiempo y, entre ello la implacable muerte, se alcanza un mayor deleite con la vida, situación que particularmente en Quentin es contradictoria, ya que éste se encuentra en un estado anímico nostálgico con tendencia a la depresión y, por ello nos encontramos con este cuestionamiento del tiempo, que como he referido, se relaciona ampliamente con las ideas de la muerte, soledad y una pérdida paulatina de la creencia en que la vida sí posee una finalidad o sentido, lo que se confirmará como punto culmine con el suicidio de Quentin.

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