domingo, 29 de enero de 2012

Visión del Mundo como teatro en Sin Rumbo, Eugenio Cambaceres.



            En primera instancia, hablaré del contexto de producción en el que se enmarca su obra y al género al cual se adscribe, ya que nos abrirá una clara interpretación de Sin Rumbo, es así que cabe referir que ha sido posicionado en la generación del 80 de Argentina, perteneciente sin lugar a dudas a un grupo de intelectuales privilegiados de la época. Por otro lado, habrán diversos conflictos sociales que irán desencadenando determinados tópicos del libro: “Se trata, básicamente, del período de transformaciones llevado a cabo, como proyecto histórico, por una oligarquía liberal, que reorienta las bases económicas, sociales y políticas del país de acuerdo a las nuevas relaciones con los grandes centros de dominio europeos, y que convertirán a Argentina en un enclave privilegiado como productor de materias primas y de recursos agropecuarios.”[1]

            En cuanto al género naturalista que recubre la obra, habrán nítidos y patentes influjos europeos, específicamente del contexto francés, que indudablemente abordará temas sociales, los que sobretodo fueron publicados en revistas con un marcado carácter crítico, pero ¿cómo se presenta y repercute en las obras hispanoamericanas? “Lo que se destaca en estas obras es la recurrencia al naturalismo como un modelo formal que, avalado por el prestigio que tienen las formas culturales europeas, se pone al servicio de una caracterización de la realidad social del país desde perspectivas ideológicas distintas. Las obras se proponen como estudios sociales, pero la explicación de la legalidad del mundo sometido al análisis está orientada ideológicamente, dándole un sello nuevo, distintivo, a la perspectiva narrativa.”[2] Sin embargo, si bien las obras de Cambaceres, son marcadamente naturalistas, éstas estarán un tanto distanciadas del naturalismo de Zola.

            En lo que respecta a la visión del mundo como un teatro, hay un extracto del libro que hace referencia a él, marca textual que dejará en claro esta perspectiva: “Reñido a muerte con la sociedad cuyas puertas él mismo se había cerrado, con la sociedad de las mujeres llamadas decentes, decía, por rutina o porque sí, con una fé más que dudosa en la virtud, negando la posibilidad de la dicha en el hogar y mirando el matrimonio con horror, buscaba un refugio, un lleno al vacío de su amarga misantropía, en los halagos de la vida ligera del soltero, en los clubs, en el juego, en los teatros, en los amores fáciles de entretelones, en el comercio de ese mundo aparte, heteróclito, mezcla de escorias humanas, donde el oficio se incrusta en la costumbre y donde la farsa vivida no es otra cosa que una representación grosera de la farsa representada.”[3] Vale decir, establece una crítica social a la superficialidad de la época, a la evasión y escapismo que se suple con los goces fáciles y sinsentido.

            No obstante, el teatro no sólo se irá esbozando en tanto representación crítica de la sociedad Argentina de aquel período, sino que transcurrirá de manera transversal a lo largo del relato, apareciéndonos en variadas circunstancias, configurándose como espacio concreto y simbólico en la obra, donde los personajes se irán encontrando y haciendo de él una apropiación de su vida: “El teatro lleno, bañado por la luz cruda del gas, sobre un empedrado de cabezas levantaba su triple fila de palcos, como fajas de guirnaldas superpuestas, donde el rosado mate de la carne se fundía desvanecido entre las tintas claras de los vestidos de baile.”[4] También quiero recalcar el nombre del texto, pues aparece explícitamente el por qué de él, basado justamente en los cuestionamientos y dramas del protagonista; Andrés: “En su ardor, en su loco afán por apurar los goces terrenales, todos los secretos resortes de su ser se habían gastado como se gasta una máquina que tiene de continuo sus fuegos encendidos. Desalentado, rendido, postrado, andaba al azar, sin rumbo, en la noche negra y helada de su vida…”[5].

            Sin ir más lejos, el motivo ya aludido continúa recubriendo la obra, hasta tal punto que en el mismísimo caso de Andrés, protagonista de esta historia, éste repercutirá en la vida del teatro, en su devenir posterior, puesto que se enredará en amoríos con la prima donna del teatro, quien se transformará en su amante, viviendo ambos largas noches de pasión y seducción, entre los actos, en lugares escogidos por Andrés e incluso en el teatro: “Y recordó la noche del debut, los detalles de la escena en el camarín de la cantora, las frases tiernas, las miradas, los dulces y expresivos apretones de manos cambiados en los silencios elocuentes del principio.”[6] Sin embargo, aquel panorama paradisíaco, cambiará abismantemente tras enterarse el esposo de ésta, pues literalmente causará un estropicio, como se verá en el siguiente pasaje: “[…] – ¡Infame!- vociferó Gorrini y furioso, hizo además de arrojarse sobre la cantora. Pero fuertemente Andrés lo había detenido ya del brazo: -salga- le dijo queriendo por lo menos evitar el escándalo en el teatro-, venga conmigo, nos explicaremos afuera. Y en la creencia de que el otro lo seguiría, por entre un grupo de artistas, de músicos y coristas que habían ido llegando y que atraídos por los gritos se juntaban, precipitadamente salió él mismo.”[7]

            La obra, como he mencionado desde un comienzo, estará embargada por rasgos patentemente naturalistas, sobre todo por un cierto determinismo social, que surge, por ejemplo en que Donata quedase embarazada, donde surge la disyuntiva de quedar como madre soltera o que Andrés se haga cargo de ella, que hasta cierto punto se va prefigurando aquel desenlace: “Pero el recuerdo de Donata encinta de él, la idea de que un hijo, un hijo suyo iba a ser el fruto de sus tratos con aquella desgraciada, penosamente entonces trabajaba su cabeza enferma, lo afectaba. ¡Engendro del azar, obra de un capricho fugaz, de un antojo brutal en una hora de extravío, por qué nacía, a qué venía trayendo en la frente la marca impura de su origen!”.[8] Incluso va más allá cuando se refiere la reflexión sobre los azares de la vida y los embates de ésta, donde dependiendo a qué eslabón de la escala social pertenezcas, así te tratarán, mas si posees riquezas, el trato mejorará diametralmente: “sobre todo, era hijo suyo, él lo impondría… El mundo, soberbio y cruel con los de abajo, era servil y ruin con los de arriba. Un hombre, una fortuna, oro, eso bastaba, eso abría de par en par todas las puertas, daba todo: honra, talento, probidad, reputación, fama, respeto, todo lo allanaba, todo lo brindaba, llevaba hasta la alcoba de la virgen.”[9]

            Retornando al origen de la frase “Sin rumbo” que da título a la obra, ésta va adquiriendo otra cariz, tras el dilema existencial, que abate nuevamente a Andrés, donde piensa que su vida no tiene sentido y que su hijo no se merece un padre de la jaez que él es: “! Era, acaso, en el desperdicio de las fuerzas vivas de su naturaleza, en su pasado, en ese pasado vergonzoso de desenfreno y despilfarro, que hacía estribar su estúpida altivez! ¡Qué rumbos había seguido, qué rastros había dejado, qué cosa había hecho en toda su vida, buena, digna, noble, útil, sensata siquiera… Y hablaba de su hijo, de formarlo y educarlo… ¡Infeliz! El hecho solo de tener por padre a un bellaco como era él, bastaba para hacer la desesperación y la desgracia de cualquiera.”[10]

            Finalmente el determinismo cobra su tinte sin duda alguna más fatal, cuya tragedia desembocó en la muerte de Donata, justo en el momento que Andrés pretendía reivindicar sus acciones y que, al momento de enterarse aconteció la siguiente reacción que caló profundamente en nuestro protagonista, abatiéndolo sobremanera: “[…] –Porque anda en la mala el pobre. La hija hizo una trastada; se la embarazaron, libró ahora días y ha muerto de sobreparto. Un golpe de maza asestado a traición, no habría hecho en Andrés el efecto de estas palabras. Estupefacto, fulo, inmóvil, toda corriente de vida pareció haberse agotado en su organismo.”[11]


[1] Eugenio Cambaceres y el Naturalismo en Argentina. Juan Epple. University of Oregon. Pp. 16.
[2] Íbidem. Pp. 24-25.
[3] Sin Rumbo, Eugenio Cambaceres. El Aleph, 2003. Pp. 49.
[4] Íbidem. Pp. 61.
[5] Íbidem. Pp. 76.
[6] Íbidem. Pp.76.
[7] Íbidem. Pp. 82.
[8] Íbidem. Pp. 95.
[9] Íbidem. Pp. 96.
[10] Íbidem.
[11] Íbidem. Pp. 120.

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