domingo, 3 de junio de 2012

El tiempo como tema central en El Jardín de senderos que se bifurcan y el Pozo de Onetti.



         En primera instancia, no se puede iniciar este estudio comparativo referido y sustentado en las obras de Borges y Onetti, El Jardín de senderos que se bifurcan y El Pozo respectivamente, sin dar cuenta de la problemática inicial que se encuentra en ambos, ante todo una visión fundada en la existencia y el tiempo, las que están inexorablemente interrelacionadas, procedo a citar cuál es la concepción que poseía Borges en relación al tiempo y cómo éste configura a su vez el espacio en su obra: “Vinculada con estas ideas, aparece, naturalmente, la concepción cíclica del tiempo, uno de los rasgos más característicos del pensamiento y la obra de este autor y también uno de sus pilares fundamentales”,[1]  Cabe considerar que el tiempo no lo concibe tal como lo planteaba Góngora, sino que lo aprecia más bien desde una perspectiva filosófica, por no decir, estrictamente metafísica, para ello Borges se basará en  un filósofo trascendental para la historia de la humanidad, me refiero particularmente a Berkeley: “[…] En estas páginas Borges cumple lo anunciado en el título. Siguiendo el esquema del idealismo de Berkeley, niega la realidad de la existencia del tiempo, considerado como una pura forma mental, sin objetividad fuera de la consciencia del sujeto. Asimismo, junto con la del tiempo, se refuta la idea del espacio: no existe el espacio absoluto, el espacio no tiene realidad fuera de la consciencia del sujeto que observa. Si ser es ser percibido, el tiempo y el espacio –que es una de las formas del tiempo, según Borges afirma en la “Penúltima versión de la realidad”, no puede existir más que la mente que los perciba”, es decir, no son más que puras ilusiones subjetivas”.[2]

            Es interesante, por otro lado, la idea que cobra y en sí misma posee Borges, en relación al fluir temporal, puesto que él no concibe el tiempo como un absoluto, sino que como un continuum de tiempos paralelos, como citaré a continuación, lo que se enmarca dentro de la concepción de literatura borgiana: “Para reflejar y aumentar esta idea de irrealidad, Borges utiliza un recurso, sobre todo en sus cuentos, que ha caracterizado su obra. Se trata de la negación del tiempo absoluto postulado por la física de Newton, del rechazo de una única serie de tiempo, proponiendo la existencia de series de tiempos paralelos. Como afirma el propio Borges en [El tiempo], esta idea nos daría un mundo más vasto, un mundo mucho más extraño que el actual. La idea de que no hay un tiempo.”[3]

            Por otra parte, los críticos han resaltado la obsesión que tenía Borges en relación al tiempo y, específicamente el tema de la infinitud asociada a éste, encuadrada igualmente en la noción de “eternidad”: “[…] Rechaza los conceptos de infinito y eternidad como un error: en vez de una liberación, la eternidad es una cárcel, porque no tiene salida. Por otro lado, la idea de infinito es una aberración, una categoría inhumana, propia de Dios, ante la que Borges sólo puede sentir espanto. Si el tiempo es una prisión que el autor trata de hacer estallar negándole realidad y presentando series paralelas de tiempos diversos; si reduce el fluir temporal al mínimo instante presente, la idea de eternidad es un error que tampoco está dispuesto a aceptar.”[4]

            En consideración a lo que se plantea en El Jardín de senderos que se bifurcan éste será visto de una determinada manera, tal es así que puede ser considerado como una parábola o una adivinanza, atravesada preliminarmente por el tema del tiempo, será así que en un pasaje textual se dará a conocer la visión de su antepasado, es decir, Ts Uipèn, quien poseía una forma particular de entender el tiempo, que citaré a continuación: “A diferencia de Newton y de Schopenhauer, su antepasado no creía en un tiempo uniforme, absoluto. […] Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades. No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos.”[5]

            Inclusive el fluir temporal se entronca y encarna en otros aspectos, tales como la muerte, es así que logra imbricarse con la vida misma de Borges, pues su obra en tanto es una exteriorización de él y su vida, es esta última fundamental para comprender su concepción acerca del tiempo mismo: “Topamos así con la desembocadura del río del tiempo. La muerte. Desprovista de su carácter aterrador, ésta adquiere un valor particular. Como señalamos al tratar el tema de la inmortalidad, Borges no quería pervivir eternamente, deseaba la muerte, pues, según sus propias palabras, no quería ser Borges por siempre.” Todo lo anterior conlleva a Borges a percibir el mundo en tanto materia, como una ilusión.

            En relación con la obra el Pozo de Juan Carlos Onetti, aquí de igual modo el tiempo es trascendental, pero ante todo adquiere una visión basada en la existencia del sujeto, como veremos consiguientemente, aquí radica aquella consciencia, es decir, el peso mismo del paso del tiempo, los cuarenta años del protagonista para ser exacto: “Seguí caminando, con pasos cortos, para que las zapatillas golpearan muchas veces en cada paseo. Debe haber sido entonces que recordé que mañana cumplo cuarenta años. Nunca me hubiera podido imaginar así los cuarenta años, solo y entre la mugre, encerrado en la pieza. Pero esto no me dejó melancólico. Nada más que una sensación de curiosidad por la vida y un poco de admiración por su habilidad para desconcertar siempre. Ni si quiera tengo tabaco.”[6] Sin duda alguna se puede apreciar en este pasaje una negación a la melancolía, estado psicológico y fisiológico, perteneciente a uno de los cuatro humores del cuerpo, aunque lo que cobra mayor preeminencia es la visión degradada de la existencia misma, vale decir, un existencialismo radical, donde el sujeto queda sumergido en un estado tal que ni si quiera tiene un tabaco, lo que concordando con el hecho mismo de vivir en la mugre es una imagen representativa de la más absoluta miseria, por consiguiente, el tiempo se matiza a tal punto que es símbolo de la soledad y la consciencia de ésta, el ser consciente del peso y paso del tiempo en el protagonista, es lo que desencadenará el resto de la trama en la presente obra, será un continúo pesar por lo que se ha convertido en la más honda desesperanza de su vida.

            El tiempo encarnado en el protagonista del relato, no sólo pesa hacia los cuarenta años de la vida de éste, sino que inclusive lo remonta a su primera infancia, haciendo una especie de análisis al respecto, luego lo prolonga hasta sus años universitarios, su juventud, es decir, es aquí cuando el tiempo en sí mismo se vuelve existencial, pues abarca toda la vida del sujeto, de esta guisa se nos presenta en la próxima cita: “Ahora se siente menos calor y puede ser que de noche refresque. Lo difícil es encontrar el punto de partida. Estoy resuelto a no poner nada de la Infancia. Como niño era un imbécil: sólo me acuerdo de mí años después, en la estancia o en el tiempo de la Universidad. Podría hablar de Gregorio, el ruso que apareció muerto en el arroyo, de María Rita y el verano en Colonia. Hay miles de cosas y podría llenar libros.”[7]

            La cita que anexaré a continuación versa sobre la memoria, que a su vez es una forma de dejar testimonio de lo vivido, para así no quedar relegado en el olvido, de este modo aquello entroncado con la visión del tiempo, es en sí mismo el registro de una existencia, que es retomada una y otra vez: “No tengo tabaco, no tengo tabaco. Esto que escribo son mis memorias. Porque un hombre debe escribir la historia de su vida al llegar a los cuarenta años, sobre todo si le sucedieron cosas interesantes. Lo leí no sé dónde.”[8] Luego nos refiere un acontecimiento de su propia vida, donde refiere a través de marcas espacio-temporales, las que funcionan como especies de deícticos lo que vivió en su temprana adolescencia: “Aquello pasó un 31 de diciembre, cuando vivía en Capurro. No sé si tenía 15 ó 16 años; sería fácil determinarlo pensando un poco, pero no vale la pena. La edad de Ana María la sé sin vacilaciones: 18 años. 18 años, porque murió unos meses después y sigue teniendo esa edad cuando abre por la noche la puerta de la cabaña y corre sin hacer ruido, a tirarse en la cama de hojas.”


[1] Borges, hacedor de ficciones. Una guía del laberinto. Pedro Ruiz Pérez. Pp. 4.
[2] Íbidem. Pp. 5.
[3] Íbidem. Pp. 5.
[4] Íbidem. Pp. 6.
[5] Ficciones, Jorge Luís Borges. Pp. 48.
[6] El Pozo. Juan Carlos Onetti. Pp. 2.
[7] Íbidem.
[8] Íbidem. Pp. 3.

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