jueves, 4 de junio de 2015

Una amistad entrañable


Una amistad entrañable, inmemorial, que trascendió el tiempo y el espacio en las más extrañas circunstancias. Unos creerán que esta historia es un mito, otros un invento de ésos que surgen tras alardes de imaginación o hechos inexplicables que escapan lo cotidiano y para un escéptico, detrás de este relato sí hay explicación. No obstante, se crea verídico o no, lo cierto es que sí ocurrió, pero de manera casi imperceptible para el protagonista, que hasta estos días se pregunta qué lo motivó a escribir semejante historia, sin pies ni cabeza.

Por aquellos tiempos, han circundado esta tierra muchas lluvias, torrentosos ríos y portentosos cambios y ciclos, Rafael acostumbraba como cada mañana al despertar a merodear sus tierras, como un faraón que hace suyo a cada paso que da sus territorios, así lo hacía, las más de las veces para cuidar a los que consideraba parte de su familia. Fue en una noche de tormenta y las aguas acrecentadas por los vientos y su caudal, cuando se vieron por primera vez. Rafael se encontraba a orillas del río Nilo contemplando la escena, mar arriba y mar abajo. Ahí se encontraba Samuel, intentando subsistir, salvaguardar su vida ante la crecida del río, que lo arrastraba cada vez con mayor intensidad, ambos cruzaron miradas, pero no podían comunicarse, sin embargo, aquello bastó para que Rafael reaccionara, ¿Pero qué podía hacer un felino en el mar? Pero ágilmente se aproximó a unos maderos que habían en la orilla, eran  restos de árboles envejecidos y uno a uno los fue arrojando al mar, así lo hizo con varios que encontró, subiéndose en los más resistentes, hasta que finalmente, sobrepasando uno por sobre otro, llegó cerca de Samuel y con sus garras y dientes lo tomó de sus ropas y lo ayudó a subir, así fue que arreciando la lluvia y las aguas más tranquilas, pudieron llegar a la orilla y pese a sus extenuadas fuerzas, ahí estaban ambos, a salvo.

Samuel antes de cerrar sus ojos, miraba a aquel felino que había hecho lo imposible por rescatarlo y propagar su vida, sin embargo, era demasiado tarde, estaba en el sopor de sus fuerzas y su cuerpo no logró resistir la intensidad del mar, cayendo en un sopor profundo, que lo dejó agónico. Veinte días transcurrieron desde aquel día y Rafael cuidó de Samuel como un fiel amigo, lo arropó con hojas de árboles secas, le llevaba agua en el interior de frutas, que poco a poco, fueron trayendo desde el más allá a Samuel, quién ahora estaba más cerca de los vivos, que de los muertos.  Ambos cobijados bajo los árboles pudieron sobrevivir, día tras noche, donde aquel felino buscó y cazó los más variados animales acuáticos de aquella marina fauna y se los llevó a su compañero, quién ya más repuesto, podía alimentarse, hasta que al cabo de un mes, ya se encontraba con fuerzas para levantarse de su sitio.


Aquel momento fue el inicio de una amistad de años, Samuel resultó ser uno de los propietarios mayores de aquellas tierras, que había sido buscado prolijamente en sus territorios, sin dar con él, hasta que un esclavo, había sido encomendado a buscarlo por el extremo más alejado del Nilo y ahí encontró a Samuel, repuesto y acompañado de un felino de proporciones similares a las de un león. Su historia, aquel relato prodigioso quedó estampado en los jeroglíficos de las pirámides de Egypto y así perdura hasta nuestros días. Del montaraz lince y su amo que vivió por largos setenta años y que juntos enterrados en uno de los sarcófagos más eminentes, habían trascendido la muerte.

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