domingo, 5 de septiembre de 2010

"Una tarde santiaguina".



Las arboledas se arrimaban a los transeúntes que circulaban por aquella plaza citadina rodeada de sonoros y retumbantes gritos de niños, parejas reconociendo los vestigios primaverales en las sutiles caricias del amor, flores mustias que caían desvanecidas dando paso a los retoños primorosos de rosas y laureles, que le brindaban un aire ameno y acogedor a aquel parque aislado de los estridentes bocinazos de microbuses, peatones corriendo alterados que conchasumadreaban al primer sujeto que se les cruzara en el camino, bastando sólo ver las calles repletas de personas airadas,  cuyo transitar monótono a sus jornadas de trabajo les demarcaba tenuemente sus rostros con un estrés incontenible para percatarse que estaban en Santiago.

Sin embargo, por insólito que parezca, ahí estaba ella, Alicia leía al compás claroarmónico de un enjambre danzante de abejas y una balada romántica entonada por aves canoras que entretejían sus nidos en las ramas rebosantes de verde bermellón de los árboles de aquella plaza tan peculiarmente hogareña para niños, jóvenes, ancianos, mujeres y hombres de todas las edades, que se reconciliaban con un ambiente natural que los remontaba a tradiciones ancestrales y los cautivaba en una belleza inusual. Leía como era su costumbre mientras bebía un capuchino o mocachino, según la temática del libro y estado anímico en que se encontrara, acompañándolos con fresas para las novelas románticas, con limón para sentir lo amargo de las tragedias y azúcar para endulzar la tarde leyendo cómicas e ingenuas historietas. Así era ella, libre como el viento, delicada como copa de cristal y alegre como no ha habido mujer igual.

-Lo siento, te amé, pero no podré amarte por siempre.-  Tras leer el último verso de aquel segundo capítulo de una novela romántica, decidió cerrarlo, no le agradaba el curso que tomaba la historia, así que decidió pasarse por la librería más cercana a comprar otro libro, cuya temática no fuese precisamente el desamor. Se puso en pie, miraba y contemplaba todo en su derredor, la alegría que irradiaban aquellas personas y a aquellos niños que pasaban por su lado, regalándoles una sonrisa que siempre le era correspondida. Apenas salió del parque, miró distraída a una pareja de jóvenes que mostraban a desparpajo su amor, en ello cruzó la calle, sin fijarse que por la esquina contraria venía un susuki último modelo a toda velocidad, que tan sólo en dos segundos le arrebató la vida. Murió sin saber cómo, cuándo y por qué, ahí quedó tendido su cuerpo con su sangre escarlata coloreando su vestido floreado.

De un momento para otro se vio envuelta en una plaza desolada, triste y agónica, habían niños llorando y pataleando contra sus madres, ancianos decrépitos pidiendo limosna, parejas discutiendo a voz en grito, reprochándose cada momento que habían vivido juntos y todo cuánto habían sufrido el uno junto al otro. El semblante de Alicia era el de una persona atónita, no sabía qué les había pasado a las personas que antes se encontraban en aquella plaza, sin duda alguna eran las mismas, pero sus actitudes eran absolutamente distintas. Ella antes de cruzar la calle decidió devolverse y acercarse nuevamente a aquellas personas y sonreírles como lo había hecho antes, primero se le cruzó un niño rabioso, ella intentó consolarlo, pero la madre la apartó de él dándole un tirón en sus brazo derecho, rasgando un borde de su vestido floreado, ella se hubiese irritado, pero no quiso pronunciar palabra alguna, sólo se apartó hacia donde estaban aquellos ancianos pidiendo sólo unas monedas y ella con mucho gusto quería darle algunas que llevaba, sacó su monedero, pero un ciclista que pasaba, se lo arrebató de un golpe, cayendo Alicia al suelo. Nadie hizo nada, aquel hombrezuelo siguió impávido en su bicicleta y nadie se dio cuenta de que habían asaltado a una mujer.

Ella se puso en pie, pensó mil veces el por qué de tales situaciones, por qué la gente estaba actuando de ese modo tan desenfrenado y alocado, pero en vez de enfurecerse, pensó en qué llevó a aquellas personas a actuar así, ingenuamente Alicia pensaba que aquel tipo que la había tumbado en el suelo tenía una apremiante necesidad y que aquel niño no tenía padre, por ello la madre actuaba de ese modo tan defensivo y prepotente. Tras reponerse de la caída, tomó su libro pero se percató que éste sólo tenía hojas en blanco, por más que buscaba no encontraba escrita ninguna palabra, aquello le llamó mucho la atención, no se explicaba cómo había sucedido, por mucho que supiese que había determinada tinta que sólo aparecía con el agua o por cambios bruscos de temperatura, así que decidió dirigirse a la librería del frente, tal cual había pensado hacerlo después de leer aquellas desoladoras líneas y cuando ya se alejaba del parque se topó con un carabinero que hacía de guardián de la seguridad, pero sólo lo había visto de espaldas, así que se aproximó a él, le tomó el hombro para relatarle que la habían asaltado y así darle la descripción del sujeto. En ese instante el carabinero se volteó y Alicia aterrada salió corriendo, era un hombre sin piel, su rostro era una calavera, allí no le cupieron dudas a Alicia, estaba muerta.

Corrió por calles y callejones, no sabía dónde ir, si estaba muerta se encontraría seguramente en el infierno, ya que sólo ello explicaría aquel modo tan absurdo de comportamiento de las personas que se había topado no sólo en la plaza, sino en aquellos atochamientos infinitos de vehículos que contaminaban hasta tal punto el ambiente que le costaba respirar, no obstante, siguió corriendo, chocaba una y otra vez con multitudes de personas que venían de compras, bolsas atiborradas de artículos innecesarios, en los opacos edificios atisbaba pantallas gigantes que transmitían anuncios publicitarios que incitaban a comprar y que quedaban arraigados en el inconsciente colectivo. Ella no quería más, prefería morir de nuevo si era necesario, sin embargo, se preguntaba si después de la muerte se podría volver a morir, así que decidió intentarlo.

No sabía qué muerte buscar y cómo hacerlo, jamás se lo había preguntado, así que hizo lo que le pareció más fácil, lanzarse a la autopista, pero ella no sabía que había dado vueltas en círculo y se encontraba en la misma plaza de donde se había alejado, cruzó a toda velocidad y un susuki plateado le arrebató un último suspiro. Alicia suspiraba, dormía tranquilamente cuando despertó, tenía un libro abierto en sus manos, aquella línea que leyó decía: -Lo siento, te amé, pero no podré amarte por siempre.-

2 comentarios:

  1. Está bueno el final y el sentido, pero me pierdo entre tanta palabra pomposa. Menos, es siempre más.

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  2. ja, ja! Gracias por tus apreciaciones Monse, serán siempre bien recibidas. ^^ Tienes razón respecto a lo pomposo, aunque en lo particular creo que forma parte de mi estilo de escritura. :p

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