lunes, 14 de febrero de 2011

Que las palabras no impongan los límites de nuestra felicidad.



Cuando se piensa en el término felicidad, de inmediato lo trasladamos a una entidad abstracta, un valor, que en sí mismo representa más de lo que podemos describir con las palabras. En efecto, en la mayoría de los casos, cuando se hace alusión a algo impalpable, se tornan instantáneamente en inefables sentimientos o emociones. Sin embargo, la felicidad no es sólo algo etéreo, pues bien, concuerdo en que se esfuma con facilidad y que realmente ésta es aprovechada en mayor medida después de un estado de abatimiento o congoja, tras un pesar que ha sido causado por una de las innumerables experiencias de la vida, pero discrepo patentemente en que ella es sólo una sustancia. Respecto a la sentencia anterior, habrían muchos hechos que avalan mi planteamiento, ya que se le pueden atribuir cualidades físicas u orgánicas, en tanto que al experimentar la felicidad, nuestro organismo cambia de estado, sobretodo a nivel fisiológico y químico, ya sea secretando endorfinas, entre otras sustancias, lo que si bien sucede a nivel interno, también lo demostramos exteriormente, como espejo de aquella emoción.

            Por otro lado, es un acontecimiento social, ya que generalmente, puesto que suelen haber siempre excepciones a la regla, cuando un hecho nos causa gozo o dicha, queremos comunicárselo a nuestros seres más queridos o incluso darlo a conocer al mundo, nos sentimos únicos en ese momento e intentamos transmitir e irradiar aquellas vibras positivas, interactuando como he mencionado, con quienes nos circundan y forjando lazos, hasta tal punto que aquello que comenzó siendo un suceso individual, se transforma en un acontecer colectivo. También cabe destacar, que pese a lo común de esta emoción y sus expresiones, cuya primera manifestación es, por ejemplo, la sonrisa, símbolo universal del estado de alegría, éste puede sufrir ciertas variaciones y en concreto, así es, ya que al ser una emoción, va adquiriendo matices, lo cual depende de cada sujeto, experiencia que lo haya desencadenado, factor social o grupal e innumeras circunstancias más, las que se proyectan en el lenguaje, en lo que se denomina campos semánticos o relaciones entre palabras y sus significados, dando lugar a gradaciones como las que señalaré a continuación: “alegría, contento, regocijo, júbilo, satisfacción, gozo, agrado, regodeo, algazara, deleite, placer, dicha, consuelo, contentamiento, bienestar, goce, complacencia, fruición, gustazo, simpatía, animación, alborozo, encanto, delectación”  y un millar de fascinantes palabras más.

            Con lo precedente pretendía darme un deleite lingüista e invitarlos a usar de mejor modo nuestra lengua, ya que poseemos un amplio repertorio de palabras y matices para expresarnos y, por ello, cuando queramos comunicar algo tan trascendente como lo es un sentimiento de felicidad u otro, literalmente, no nos quedemos cortos de palabras.

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