sábado, 6 de agosto de 2011

La señá parlanchina y la barrendera.




Al salir de mi casa me dirigí sin ningún rumbo fijo, a la deriva, a recorrer las calles aledañas, disfrutando del despertar santiaguino, para lo cual y aprovecharlo en todo su esplendor, me alejé lo más que pude del centro capitalino, pues entre más cerca estás, los ensordecedores ruidos no te permiten ni si quiera pensar. Iba interiorizando todo aquello que mis ojos apreciaban y mis oídos escuchaban, desde los árboles de las plazas, el cantar de los pájaros, incluso hasta las conversaciones de los demás transeúntes, donde en más de una ocasión me causó cierta extrañeza, pues repetidamente escuchaba hablar del tiempo, después de meditarlo un poco, me pareció simplemente normal, sin embargo, concluía en cómo la gente no posee otro tema de conversación, no obstante, seguí adelante y justo antes de doblar la esquina, me percaté que había un almacén y, como no había desayunado, decidí aproximarme para comprar algo que saciara mi apetito, fue en ese momento cuando vislumbré una singular escena.

-Juana, mira cómo has dejado el piso, tendrás que trapearlo de nuevo.- Decía una señora aparentemente cincuentona, con aires de superioridad.

-Señá María, es que denantito no máh barrí y no es culpa mía que se haya ensuciado de nuevo.- Advertía la tal aludida Juana a su interlocutora. 

-Pero niña, para eso te pago, no para que saques la vuelta, o sino ya sabes, la puerta es bien ancha y a mí no me faltan empleados.- Pronunciaba de manera enérgica la llamada señora María, casi despotricando como la yeguaza que era, al menos así lo reflejaba su rostro.

-tá bien señá, ya iré a verlo.- la pobre mujer no pudo más que apocarse ante su empleadora, pues de cierto modo tenía razón, aunque Juana no tenía necesidad de ella como veremos más adelante, sino que más bien María era la que tendría que agradecérselo, pero así es la vida, a veces estamos firmemente seguros de algo, pero en otras circunstancias no nos damos cuenta de que formamos parte de uno de los embates de la vida.

            Luego de ver aquella escena, me decidí a entrar al local, pero ya no sólo para proveerme de víveres, sino que para atisbar más cercanamente y de primera fuente cómo era la realidad de los hechos, pues cuando uno se dedica a la escritura, desarrolla un grado de percepción tal, que logras ver más allá que muchos otros hombres y con la tal Juana me pareció al captar la esencia de sus ojos, que escondía o tramaba algo. No sabía qué era en ese momento, pero estaba dispuesto a averiguarlo.

-¿Qué desea joven?- Me preguntaba la –como ya había averiguado- señora María.

-Un café estaría bien y si es posible un trozo de ese pastel de naranja que se ve en la vitrina.- Lo dije todo tranquilamente, como quien va sólo a eso.

            Mientras estaba a la espera de mi pedido, noté que Juana estaba terminando de trapear el piso como anteriormente le habían ordenado que hiciese, pero posteriormente se dirigió al interior del local, hacia donde estaba la otra mujer, la informó sobre algo que había dicho un tal Antonio, a quien también le trabajaba y que al parecer tenía algún tipo de parentesco con la señora María y ésta sin darle mucha importancia a la mención del nombre, respondió:

-Por mí que se quede en su casa no más, no quiero visitas y menos las limosnas de un ingrato, que en mala hora fue mi hijo.- Dijo todo aquello con una ira inconmensurable, capaz de revivir muertos.

-Pero señá María cómo puede decir eso, es su hijo, por diosito santo.- La increpó Juana, con dejes conciliadores.

-Dejó de ser mi hijo cuando se mandó a cambiar con la hijaza ésa de los Baldebenito, me hubiese dado lo mismo si hubiese sido cualquier otra, pero por qué tenía que ser la hija de esa familia que dejó en la calle a mi difunto marido, ¡por qué!, la vida es tan injusta…- Terminó aquellas últimas frases con un suspiro de nostalgia.

-Señá María, los hijos no tienen la culpa, ellos se enamoraron, a veces el amor es más fuerte, los hijos no tienen por qué pagar por los actos de sus padres, perdónelo de una vez, ni si quiera se dignó a conocer a esa muchacha y nunca más ha querido volver a ver a su hijo, que la ama tanto y que siempre me manda recados para usted.- Señaló Juana con una tristeza que la invadió hasta el fondo del alma.

-Qué sabes tú niña, no te metas en lo que no es de tu incumbencia, ahora déjame sola, estás en la hora, tienes que ir a trabajarle a ese ingrato. Aunque sólo recuérdale una cosa, el aniversario de la muerte de su padre es en tres días más y que tiene todo el derecho del mundo a ir, que vaya, sin embargo, que no espere que le dirija la palabra.- Enunció cortantemente, como quien ya lo había dicho absolutamente todo y que creía tener la razón.

-Está bien señá, me voy pa allá, nos vemos mañana, cuídese mucho. Mañana ya será otro día.- Se despidió amablemente Juana.

            Después de aquel fin del diálogo, sopesé cada palabra que se habían intercambiado y, sin lugar a dudas aquella doña María, dejaba entrever un vano orgullo que le servía como coraza ante lo que en lo más profundo de su ser sentía, pues ella amaba en demasía a su hijo, pero la amargura externa que reflejaba, la estaba consumiendo por dentro, ya que anhelaba desde las entrañas de su corazón ver nuevamente a aquél a quien tanto amaba, a quien no había visto hacía más de un año y conocer por fin a su nuera, saber si estaban siendo felices. Sin embargo, el resentimiento por la muerte de su esposo, no la dejaba tranquila, la calma de años anteriores se difuminaba en el recuerdo, vivieron prósperamente, llegaron a ser una de las familias más acaudaladas del sector, lo que se tornó de la noche a la mañana en ruinas, tras un préstamo que nunca fue devuelto y que los dejó, literalmente, en la calle. A raíz de aquello su esposo se había enfermado gravemente del corazón, lo que derivó al cabo de unos meses en continuos ataques y paros cardíacos, donde el tercero fue el vencedor. Pero de aquellos detalles me enteraría hacia el final de esta fatídica y trágica historia, una vez que los ánimos se hubiesen sosegado.

            Por otro lado, una vez que se hubo retirado Juana, que coincidió con el término de mi compra, me decidí a seguir su trayectoria, pues mi indagación estaba recién comenzando, así que una vez ella salió a la calle, me asomé por la ventana y la seguí con la mirada y tras unos breves minutos, me aproximé raudamente a la vereda del frente y seguí su caminar, lo que me pareció sumamente rutinario, puesto que caminó varias cuadras en el transcurso de una media hora, hasta llegar a una casa acomodada, pero sin demasiada ostentación, observé su ingreso y decidí esperar en una plaza cercana, que me dejaba una panorámica perfecta para observar a quién entraba o salía.

            Al cabo de una hora observé a un hombre de unos treinta años aproximadamente, que se dirigía a la casa donde primeramente había entrado Juana y, para mi sorpresa, ésta lo recibió en la puerta, le dio un beso apasionado, que cautivaría a cualquiera que los viera juntos-mientras esto sucedía, me acerqué un poco más, sin ser visto, para escuchar atentamente la conversación- una vez que hube estado relativamente cerca, al menos para captar lo que dijesen, éstos se separaron y de a poco apercibí un sinfín de detalles que ante mi conocimiento parcial de los hechos, me desencajaban; en primera instancia, ella le dirigió unas palabras a aquel hombre, a quien llamaba Antonio, que como sabemos es el hijo de doña María, lo que me hizo claras luces y que una de dos, este hombre tenía una relación oculta con su empleada-Juana- o, en un caso improbable, esta mujer era su esposa y, por tanto, la nuera de doña María, aquella a la que nunca quiso conocer. Un segundo detalle que llamó mi atención, fue que Juana estaba vestida de una manera elegante si se piensa en que era simplemente una empleada en aquella casa y lo tercero, fue que Antonio la llamó por otro nombre:

-Angélica, ¡Qué bella estás! Qué afortunado soy de tenerte.- Decía de un modo halagüeño Antonio.

-Cómo no iba a estarlo amor, me gusta estar siempre bien arreglada para ti.- Respondió seductoramente Angélica o, tal vez Juana, mientras éste la volvía a besar. Al cabo de unos segundos, le hizo una pregunta rutinaria.

-Mi amor, cómo te fue en la casa de mi madre, ¿aún no da su brazo a torcer?- Lo hizo como quien preguntaba algo, cuya respuesta obvia, veía venir.

-Hice lo que pude, me recibió más amable que de costumbre en la casa, estuvimos tomando el té y al parecer ya se está haciendo de la idea de que somos pareja, por lo menos hoy se mostró un tanto menos esquiva y más abierta a que fueses a visitarla, a pesar que me dijo que podías ir al cementerio para el día del aniversario de tu padre, pero que no pensaba dirigirte la palabra.- Cuando relató lo ocurrido, claramente sólo me calzaba la mitad de lo que había dicho y, por otra parte, la mitad de lo que había visto en la casa de la tal señora María, aunque ya estaba encauzando los hechos y, hacia el final todo tendría una razón de ser.

-Está bien, mi amor, no te preocupes, sé que haz hecho hasta lo imposible por encantar a mi madre, pero aún me sorprende que se esté dando el tiempo de conocerte en mayor profundidad y una vez que acepte del todo nuestra relación, ya no habrá problemas, creo que cada día que pasa estamos más cerca de que acepte lo nuestro.- Antonio, sin lugar a dudas, era un eterno enamorado de su mujer, que estaba a la espera de la aprobación de su madre, quería ser aceptado por ella y confiaba a ciencia cierta en que aquello pasaría más temprano que tarde.

            Luego de aquella conversación ingresaron a su hogar, después de ello no los distinguí sino hasta unos tres días más, pues ya había recopilado suficiente información, pero aún me faltaba averiguar el meollo del asunto, ya que planeaba escribir lo que observaba y redactar una historia, que esperaba fuera del todo fiel a lo vivido, para ello tendría que estar dispuesto a llegar hasta el final, así que me dispuse a ir al aniversario de aquel hombre, esposo de doña María.

            Aquella tarde retorné a mi casa, la historia ya cobraba vida en mi mente, sólo necesitaba un papel y un bolígrafo para plasmarla, así que me apresuré lo más que pude y una vez hube estado en ella, me preparé un café y comencé la redacción: “Hoy fue un día muy singular en mi vida…”, aquel comienzo no me había gustado, así que lo taché. Volví a intentarlo nuevamente; “Al salir de mi casa me dirigí sin ningún rumbo fijo, a la deriva, a recorrer las calles aledañas, disfrutando del despertar santiaguino…”,-al menos lo que iba escribiendo me iba dejando conforme, así que me dispuse hasta el anochecer a continuar con mi proceso escritural. Esa noche dormí plácidamente y sin darme cuenta cómo, tal vez debido a la subjetividad que el tiempo adquiere en nosotros cuando deseamos que algo ocurra, ya se habían cumplido tres días desde aquellos extraños sucesos que había vivido y, como me lo había propuesto, me dirigí a donde estaba tomando lugar el aniversario, que era por lo demás en un cementerio donde sinceramente daban ganas de estar muerto. Al llegar a aquel cementerio, que más bien parecía un parque, me aproximé-también vestido de negro, al igual que la mayoría de los contertulios- a la familia, de un modo tan sigiloso que nadie se percató de mi presencia. Ahí estaba Antonio y también Angélica, estaban tomados del brazo, sólo los más cercanos a ellos se habían fijado en tal hecho, mientras que doña María se encontraba en primera fila.

            Al finalizar la ceremonia, los familiares e invitados se fueron dispersando, igualmente Antonio y Angélica, pero inesperadamente algo sucedió…

-¡Juana, qué haces tomada del brazo de mi hijo!, quién crees que eres.- Gritó furibunda doña María, mientras todos se dieron media vuelta a contemplar el espectáculo.

-¿Juana?, ¿por qué te ha llamado así amor?- Se preguntó extrañado Antonio.

-Antonio, lo siento… esto tenía que suceder tarde o temprano y tal vez es para mejor, aclararé todo de inmediato, necesito que vengas conmigo y vayamos donde tu madre…- Antonio, la siguió sin entender nada.

-¿Juana?, por qué no sueltas a mi hijo, qué pensará la gente.- Doña María miraba a su alrededor.

-Señora María, espero que se lo tome con calma, créame que todo lo que hice, fue por amor, se lo explicaré todo. Pues verá, su hijo y yo estamos perdidamente enamorados, nos conocimos hace unos dos años, pero usted nunca quiso aprobar nuestro matrimonio, ni si quiera se dignó a conocerme y bien, mi nombre no es Juana, sino Angélica Baldebenito y si me inventé un nombre y me hice pasar por una empleada, era para intentar todos los días convencerla de que perdonara a su hijo y así todos pudiésemos ser felices, él no sabía esta parte y espero que de igual manera, me perdone. Por otro lado, mis padres están sumamente arrepentidos del endeudamiento en que dejaron a su familia, pero ellos tampoco tenían cómo pagarlo y lamentan muchísimo la pérdida de su esposo, sin embargo, ellos no tienen la culpa, la vida le jugó una mala pasada… sólo espero que lo entiendan…- Después de pronunciar todo muy claramente, comenzó a llorar, se sentía desfallecer, la culpa la carcomía, sabía que no había obrado del todo bien, pero lo había hecho como medida desperada para que todo se arreglase.

-Angélica… jamás me lo hubiese imaginado amor… ¿por qué no me dijiste la verdad desde un principio?, me engañaste… sabes que te amo, que sin importar lo que hubieses hecho te perdonaría y te recibiría mil veces si es necesario, eres mi alma gemela… pero no era necesario que llegáramos hasta esto…- Antonio también se sentía desvanecer, pero su carácter romántico y enamorado, lo mantenía tranquilo.

-¡OH! No puede ser… cómo es posible, me cuesta comprender cómo fue que llegamos a esto, hijo te amo, me siento tan absurda y culpable, todo esto fue mi culpa, si yo no hubiese sido tan testaruda, quizás no hubiese impedido su felicidad, pero ahora me doy cuenta… ustedes siempre tuvieron que estar juntos y que mi empeño por alejarlos no sirvió de nada, perdónenme…- Doña María daba a conocer un arrepentimiento que nadie se hubiese esperado, los tres se abrazaron y lloraron juntos, los invitados habían quedado pasmados por tales hechos, pero al final terminaron aplaudiendo, pues ahora vendrían mejores tiempos.

            Lo que es yo, ya tenía suficiente con lo visto y vivido, así que me retiré solitario por el parque, con mi boina al viento, me arrimé a un árbol, saqué un bolígrafo y papel y terminé de escribir la historia.

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