domingo, 25 de septiembre de 2011

Aplicación conceptual transgenérica y especificidades del género narrativo en el cuento El corazón verde.

En primer lugar, cabe mencionar que este trabajo se remite fundamentalmente al análisis textual y aplicado de los conceptos relativos al género narrativo, sin menospreciar ciertos atisbos que nos pueden ayudar a vislumbrar los aspectos transgenéricos, puesto que éstos también cobran validez en torno al análisis que realizaré en el cuento El corazón verde, de Felisberto Hernández. Respecto al ámbito transgenérico, me basaré en primera instancia en el modelo actancial adoptado por Greimas, de quien tomaré las categorías sujeto v/s objeto, poseyendo ambos en común el rasgo de “deseo”, en tanto el primero busca obtener este fin deseado (teleología) y el segundo es el paciente (perspectiva sintáctica) u objeto del deseo, que a su vez genera a partir de su obtención, posibles beneficios a posteriori, traduciéndose en un bien deseado.

Es así que el protagonista de la historia, cuya tipología de los narradores analizaré posteriormente, se convierte en sujeto que “desea” al anhelar el prendedor de su abuela, cuya característica es poseer la figura de un corazón y el color distintivo verde: “A mi abuela le hizo mucha gracia y en una de las veces que me fue a besar le vi el corazón verde, se lo pedí y ella no me lo dio.”[1] La cita que precede indica la frustración del acto de desear, al no concebir éste su realización material, que se hubiese concretado si su abuela se lo entregaba. Al unísono aquel prendedor se convierte en objeto del deseo, pues de él depende la realización anhelante del sujeto, representando en tanto bien deseado lo siguiente, para ello anexaré una marca textual: “¡Si es un viejo recuerdo de familia!”[2]. De aquí se desprende, pese a que cuando lo recibió, no tenía plena conciencia de ello, que aquel prendedor, era un legado familiar que le atraería la añoranza de antaño y remotos recuerdos de infancia cada vez que se detuviera a apreciarlo.

Respecto a las categorías de destinador y destinatario, me serviré de los criterios que estipula Souriau, en tanto destinador es aquel dispensador del bien, cuyo rol lo cumple a cabalidad la abuela del protagonista, al entregarle ésta el prendedor: “Aquella misma mañana mi abuela me regaló el corazón verde; y hace pocos años, nuevos hechos vinieron a juntarse a esos recuerdos.”[3] A partir de ello, se concluye que el destinatario u obtenedor virtual de aquel bien es el protagonista, ya que podrá rememorar a raíz de aquel objeto, los mejores años de su infancia, de por vida. Por otra parte, respecto al investimiento temático, también propugnado por Souriau, en el caso específico del sujeto que desea un bien, éste correspondería a la temática: “Curiosidad concreta”, curiosidad, pues en un principio sólo le llama la atención aquel objeto, como a todo niño, y concreto, ya que es un objeto material, palpable y no relativo a una entidad metafísica.

El próximo punto que tomaré como referente, corresponde también a la categoría mundo representado, centrándome de este modo, en los personajes y tipos: Sin lugar a dudas el personaje principal, quien nos narra en este caso la historia, es un agente de acción, puesto que de su proceder y vivencias podemos ir conociendo el entramado del relato. Por consiguiente, dentro de aquellos subtipos, aquél cumple el rol de “protagonista”: “La acción del protagonista puede provenir de un deseo, una necesidad o, por el contrario, un temor, por ejemplo, el deseo amoroso con sus componentes (admiración, celos, odio), la necesidad de afirmarse uno mismo […]”.[4] Como enuncié con anterioridad aquel “protagonista”, funciona como sujeto deseante, cuyo investimiento temático era la curiosidad concreta, enmarcándose, por ende, en la presente tipología.

Consignaré a continuación la forma de presentación de los personajes, donde se producen diversas situaciones: Por ejemplo, el protagonista se presentaría a sí mismo, conociendo su interioridad eminentemente a través de sus recuerdos y también de acuerdo a lo que pronuncia y dice: “Hoy he pasado, en esta pieza, horas felices. No importa que haya dejado la mesa llena de pinchazos. Lo único que siento es tener que cambiar el diario que la cubre; hace tiempo que está puesto y le he tomado simpatía; es de un color verdoso, las letras grandes de los títulos son de color naranja y tiene la fotografía de unos quintillizos.”[5] Fuera de ser aquellas descripciones, una mera enumeración de elementos, en éstas aparecen apreciaciones subjetivas, donde se refleja la interioridad del personaje al señalar: “Hoy he pasado, en esta pieza, horas felices”, “Lo único que siento es tener que cambiar el diario que la cubre” y, por último: “le he tomado simpatía”, las que se amalgaman y nos dan un conocimiento mayor sobre el sentir del sujeto.

Pero como he señalado, en sus recuerdos y en la estructuración de éstos, podemos entrever su psiquismo, en un cierto sentido pseudo psicoanalítico: “Todos estos recuerdos vivían en algún lugar de mi persona como en un pueblito perdido: él se bastaba a sí mismo y no tenía comunicación con el resto del mundo. Desde hacía muchos años allí no había nacido ninguno ni se había muerto nadie. Los fundadores habían sido recuerdos de la niñez. Después, a los muchos años, vinieron unos forasteros: eran recuerdos de la Argentina. Esta tarde tuve la sensación de haber ido a descansar a ese pueblito como si la miseria me hubiera dado unas vacaciones.”[6]

Finalmente en lo respectivo a la presentación de los personajes, aquellos que circundan al protagonista en sus recuerdos, son presentados por éste desde su óptica y memoria de ellos, por consiguiente, se corresponde a la categoría de Presentación del personaje mediante otro personaje. En la cita que incorporaré, más que aludir a un personaje en particular, describe lo que percibe de un grupo de personas, que luego analizaré: “La gente que subía la calle de mi casa llevaba el cuerpo echado hacia adelante y parecía que fuera buscando algo entre las piedras; y al bajar llevaban el cuerpo echado hacia atrás, parecían orgullosos y tropezaban con las piedras.”[7] Al ser un personaje, pese a su protagonismo, sólo puede describir desde su punto de vista limitado, es decir, simple y llanamente lo que ve, por lo tanto, sus primordiales alusiones son de índole física, gestual o kinestésica. En cambio, no puede afirmar el conocimiento interno de aquellas personas, por consiguiente, desconoce sus pensamientos y emociones, lo que no quita que establezca inferencias a partir de lo que observa: “parecían orgullosos”.

En la misma línea, sólo podemos hacernos una imagen difusa de la madre del protagonista, en tanto sólo conocemos lo que él señala: “Cuando salimos a la calle el sol hacía brillar mis zapatos de charol y a mí me daba pena tropezar con todas las piedras del camino; mi madre me llevaba de la mano y casi corriendo. Pero yo estaba contento y, cuando ella no contestaba a mis preguntas, me contestaba yo. De pronto ella me dijo:

-Cállate la boca; pareces el loco de siete cuernos.”[8] Con estos datos, podríamos perfilar hipótesis sobre la personalidad de la madre y/o su relación con su hijo, no obstante, sólo quedaríamos en conjeturas, que mucho pueden distar entre una y otra interpretación.

            El espacio, próximo tópico a cotejar, se comporta multidiametralmente en la mayoría de las obras, donde ésta no es la excepción, ya que sienta las bases para la realización de las acciones, siendo el punto de referencia de éstas. Así aparece la noción de viaje, no obstante, éste más allá de ser un desplazamiento físico, es de orden relativo a la memoria, a los recuerdos y en un estado de inmersión donde se sumerge el narrador, podemos ir progresando por los diversos lares que éste nos presenta: “Al principio, mientras yo le daba vuelta entre mis dedos, pensaba en cosas que no tenían que ver con él; pero de pronto él me empezó a traer a mi madre, después a un tranvía a caballos, una tapa de botellón, un tranvía eléctrico, mi abuela, una señora francesa que se ponía un gorro de papel y siempre estaba llena de plumitas sueltas; su hija, que se llamaba Ivonne y le daba un hipo tan fuerte como un grito, un muerto que había sido vendedor de gallinas, un barrio sospechoso de una ciudad de la Argentina y donde en un invierno yo dormía en el suelo y me tapaba con diarios, otro barrio aristocrático de otra ciudad donde yo dormía como un príncipe y me tapaba con muchas frazadas, y, por último, un ñandú1 y un mozo de café.”[9] Aquí se nos describen a grosso modo no sólo los lugares que recorrió y frecuentó en su vida, sino que también aparejadamente aparecen personajes que de una u otra forma influenciaron en ella, además de acontecimientos que marcan la hilaridad del relato posterior. Pero el punto neurálgico es cómo la señalización de un lugar y cómo la memoria lo reconfigura, dan origen a recuerdos de personas y sucesos.

            Respecto a las descripciones que hace de los espacios, escogeré nuevamente el pasaje inicial de la historia, claramente oteado desde otro enfoque, lo que ratifica que de un mismo párrafo pueden extraerse una amplia gama de análisis: “Hoy he pasado, en esta pieza, horas felices. No importa que haya dejado la mesa llena de pinchazos. Lo único que siento es tener que cambiar el diario que la cubre; hace tiempo que está puesto y le he tomado simpatía; es de un color verdoso, las letras grandes de los títulos son de color naranja y tiene la fotografía de unos quintillizos.”[10] De esta descripción se desglosa que para el narrador lo importante no es tanto darnos una imagen exhaustiva de lo que percibe, sino que lo esencial es su relación con aquellos elementos, cómo ellos le evocan un pasado que aún está presente en su vida.

            La siguiente pauta de análisis, se constriñe a la Teoría del Relato de Genette, de quien tomaré algunas terminologías: Categoría temporal y orden de los acontecimientos, cuya diferenciación entre el orden de la historia y el relato, da origen a anacronías presentes en el texto, las que referiré a través de marcas textuales: A partir del relato primero: “Hoy he pasado, en esta pieza, horas felices.”[11], cuya marca temporal lo sitúa en el presente narrativo, el narrador regresa mentalmente hacia el pasado: “Cuando la tarde estaba terminando y se apagaba un poco el gran calor, yo venía hacia mi pieza cansado de caminar. Había ido a pagar una cuota de un sobretodo comprado en invierno.”[12] Esta regresión temporal se denomina analepsis, la que posee un alcance en este caso particular de un espacio temporal breve, ya que sólo han transcurrido horas, que en comparación a la temporalidad del relato, sólo implica una digresión ínfima. De acuerdo a su amplitud también es muy breve, puesto que se manifiesta en sólo tres líneas. En otro sentido categorial, se corresponde con una analepsis interna u homodiegética, ya que aquella retrospección está de acuerdo a su amplitud, en el interior del relato primero.

            La próxima marca textual también se corresponde a una analepsis: “pensaba en mi pieza y recordé las cabecitas peladas de los quintillizos como si fueran las yemas de cinco dedos.”[13] Cabe considerar que el relato primero es una analepsis, por ello nos encontraríamos en el nivel de una meta analepsis, por otra parte su alcance temporal se infiere que es breve, pues no transcurrió mucho tiempo desde que estuvo en su cuarto, hasta cuando salió. Su amplitud al extender en dos líneas, también es breve.

            Otra analepsis a consignar, que se diferencia en algunos criterios de las ya citadas, es la subsiguiente: “En muchos años de mi niñez nosotros vivíamos en la falda del Cerro. La gente que subía la calle de mi casa llevaba el cuerpo echado hacia adelante y parecía que fuera buscando algo entre las piedras; y al bajar llevaban el cuerpo echado hacia atrás, parecían orgullosos y tropezaban con las piedras. De tarde mi tía me llevaba a unos morros que estaban cerca de la fortaleza. Desde allí se veían los barcos del dique, con muchos palos grandes y chicos con espinas de pescados. Cuando en la fortaleza tiraban el cañonazo de la entrada del sol, mi tía y yo empezábamos a bajar […].”[14] Ésta, constituye una analepsis que abarca una cantidad de años considerables, por tanto, su alcance es mayor que las anteriores. Por otra parte, queda de manifiesto que su amplitud es mucho más extensa, por el número de líneas, que incluso por razones de espacio preferí omitir.

            Para culminar, el punto concéntrico que prosigue en el análisis, es particular del género narrativo, entre los que consideraré: Focalización y voz. En este caso resulta sencillo circunscribir a cuál pertenece, ya que al ser un narrador protagonista, su focalización es interna, pero variable, puesto que en la medida que retrocede en sus recuerdos, nos da un panorama general de los personajes: “Esa tarde todas las mujeres de casa quisieron ponerme un gran cuello almidonado que iba prendido a la camisa con botones de metal; la única que pudo fue otra abuela -ésta no vivía en la dársena ni llevaba en el pecho el corazón verde-; ésta tenía los dedos rechonchos y calientes y al metérmelos en el pescuezo para prenderme el cuello me había pellizcado la piel; yo me ahogué dos o tres veces y me habían venido arcadas.”[15]

            La voz es el último aspecto que servirá de base para el análisis de la obra, encontrándonos frente a un narrador homodiegético, ya que éste participaba de lo narrado, específicamente comportándose como protagonista o por cuestiones de precisión terminológica, denominado autodiegético.

            En cuanto a los términos y conceptos propuestos por los teóricos, es menester precisar que se ha ido avanzando y profundizando a medida que transcurren los períodos históricos, de tal modo, que un modelo vigente en una determinada época, en la postrera queda obsoleto. No obstante, al aunar criterios de variados autores y visiones, se logra una visión mucho más acabada respecto a los análisis textuales, es así que en este caso se puede concluir que la teoría se pone al servicio de la crítica, valiéndose esta última de elementos teóricos tales como el sistema propulsado por Genette, cuyas categorías temporales, específicamente sobre las anacronías, permiten a quienes nos adentramos en el estudio de los textos y la literatura, una excelente herramienta guía, la cual calza y es perfectamente aplicable, tal como si se siguiese un manual de instrucciones, abriendo sentidos y caminos en el texto, concibiendo a éste como un tejido donde todos sus componentes se interrelacionan, pero que jamás estará esencialmente concluido, por ello un texto como Hamlett de William Skakespeare, puede ser releído generación tras generación, esbozando siempre nuevas posturas sobre un determinado tema, adaptándose, por su universalidad, a los cánones de uno u otro período de la historia de la humanidad.






[1] Hernández, Felisberto: “El corazón verde”, en Nadie encendía las lámparas.
[2] Íbidem.
[3] Íbidem.
[4] Bourneuf, R. y Ouellet, R.: Los personajes, en La novela, Barcelona, Ariel, 1971, pp.184.
[5] Hernández, Felisberto: “El corazón verde”, en Nadie encendía las lámparas.
[6] Íbidem.
[7] Íbidem.
[8] Íbidem.
[9] Íbidem.
[10] Íbidem.
[11] Íbidem.
[12] Íbidem.
[13] Íbidem.
[14] Íbidem.
[15] Íbidem.

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