domingo, 18 de diciembre de 2011

Sueños irreales de infancia.




Éste fue uno de los sueños que más me ha marcado en el transcurso de mi vida, aconteció en una noche como cualquier otra en mi casa de Santiago. En aquel entonces tenía 13 años y cursaba séptimo básico; aquella oportunidad me dormí como de costumbre, pero de un momento a otro desperté en plena penumbra, me encontraba en mi habitación, en la cual me había dormido, aún era de noche, todo me parecía normal, pero de pronto me traspasó un miedo irreconocible, no sabía por qué me sentía así, me intenté mover, pero no logré hacerlo, quise dar un grito a mis padres para que acudieran a mi dormitorio, pero tampoco lo logré, de repente mi vista se focalizó en el extremo de mi habitación, ahí había una cortina que simulaba una puerta, puesto que mis padres habían decidido expandir mi cuarto. Pero algo inopinado sucedió, algo movió aquella cortina, de pronto atisbé a un ser luminoso que traspasaba el umbral de la cortina, me entró un pánico inefable, no sabía qué hacer, intenté gritar nuevamente pero aún no podía lograrlo, sin tener otra alternativa comencé a rezar,  suplicándole a dios que esto fuera un mero sueño –sí, aún creía en Dios y si bien hasta el día de hoy lo sigo haciendo, no podría decir lo mismo de las religiones-, pero ya era tarde.aquel ente luminoso, no era sólo uno, sino que eran tres, todos ellos estaban alrededor de mi cama. Intenté desviar la mirada hacia el velador y logré divisar mi anteojo que estaba encima, lo que comprobaba que no era un sueño, además que veía algo borroso producto de la miopía y el astigmatismo.

De pronto se me ocurrió una idea, cerrar los ojos, ya que si era un sueño tendría que despertar. Pero antes de hacerlo me percaté que ese ser luminoso alzaba su mano y apartaba el cubrecama, lo único que quise en ese momento fue no estar ahí, que todo fuera una mala jugada de mi inconsciente. Al cerrar los ojos no desperté, seguía ahí, pero de pronto sentí un cosquilleo en mi espalda durante unos breves segundos y pude despertar. Me encontraba en mi habitación, todo era exactamente igual, la diferencia radicaba en que ahora sí podía moverme y gritar, no dudé ningún instante y fue lo primero que hice, llamé a mis padres y ellos recurrieron a mí. 

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