viernes, 27 de junio de 2008

Volar efímero en el ocaso de la lozanía.




Aquella tarde de otoño se conocieron, sintieron en su corazón una experiencia que jamás habían vívido, que los cautivó en una atmósfera propia de ternura y comprensión, ya que no bastaban más que gestos para entenderse mutuamente, parecía que se hubiesen conocido desde toda una vida.

Pasaron incalculables instantes mirándose, detalle a detalle sus rasgos faciales, que eran perfectos para ambos, ella se veía reflejada en los ojos de él y Francisco en los de ella. Aquel momento marcaría sus vidas para siempre...

Marisella se acercó tímidamente hacia él; Francisco contenía su respiración, ambos estaban cada vez más cerca, Francisco la abraza y ella se ruboriza, pese a ello, se dejó abrazar. Él la acarició en la mejilla y ella lo miró con los ojos del alma, besándolo apasionadamente; fueron instantes inmemorables, de aquéllos que se viven una vez.

Marisella se apartó de él, Francisco la miró desconcertado. Ella se alejó vertiginosamente hacia la calle contigua; más aún sin pensarlo dos veces él la siguió, pero Marisella tomó el primer taxi que pasó, aun así Francisco corrió hasta los límites de la extenuación por alcanzarla, pero fue en vano, el cansancio lo hizo desistir, declinando de bruces al suelo como niño desamparado.

Ella estaba acongojada, triste, melancólica, sollozando como jamás mujer háyase visto en el mundo. Al descender del auto, se acercó a la puerta principal del claustro, donde la esperaban para ser consagrada al noble servicio eclesiástico, mas ella nunca pudo olvidarlo; aquel volar efímero en su lozana plenitud.


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