viernes, 14 de enero de 2011

Odette, primeras sensaciones.



Habían transcurrido años que se apercibían como décadas, desde aquel desconcertante y maravilloso día, donde Odette descubrió un talento innato, propio de su naturaleza apacible y alicaída, que sin lugar a dudas la predispusieron a desarrollar una sensibilidad aguzada, que comenzó siendo una mera captación de atmósferas. En efecto, la primera vez que se percató de aquella característica tan particular de su ser, fue en una noche de verano en la casa de sus abuelos. Ese día, ella estaba sentada en el balcón, apoyando levemente sus codos en la balaustrada, observando de soslayo la reunión familiar, pues prefería permanecer en su propio mundo, que de por sí era de suma intensidad, en vez de aferrarse a la cotidianidad terrenal. Fue en ese preciso instante cuando una mirada penetrante la envolvió y la abrasó como hoguera candente, sumiéndola en un estado que jamás había sentido, aquella tórrida sensación la rodeó hasta tal punto, provocándole un sopor que la hizo resbalar de costado, por fortuna pudo sostenerse cuidadosamente. Tras aquella extraña sensación y caída, tornó su cuerpo en la dirección contraria en que se encontraba y para su mayor extrañeza, no había nadie, sólo una sombra.

Sin embargo, si bien no podía ver nada más que los objetos que la rodeaban, aún sentía y presentía una mirada penetrante, fue en ese momento cuando fijó su visión en el punto inferior a un candelabro, que daba paso a una escalera que descendía hasta el primer piso. Odette la contempló durante unos segundos y le pareció que ésta comenzaba a danzar. -¿Una sombra danzante?, cuándo se ha visto algo así, debe ser mi imaginación.- Pronunció anonadada. No obstante, aquella sombra sí danzaba y gesticulaba, fue así como le señaló que la siguiese. Ella sin saber qué responder ante aquel gesto, no lo pensó dos veces y se aproximó raudamente a la zaga de aquella intrigante sombra. Primero recorrieron las escaleras, traspasaron pasillos y habitaciones, hasta que se encontraron en plena reunión familiar. Todos detuvieron lo que hacían, para atisbar a la beldad griega que se presentaba ante ellos.

Odette a sus diecisiete años era una joven espléndida, su belleza radicaba en un encanto connatural, pues físicamente se agazapaban en su rostro un cabello cobrizo que ante la luz de la luna, adquiría un matiz platino, una tez blanquecina y frágil como la seda, amalgamándose a sus labios de un rojo carmesí y ojos semejantes a perlas de aguamarina. Si bien los comensales no emitían palabra alguna, ella pudo captar en sus ojos no sólo sensaciones, sino que palabras. Una mirada dice más que mil palabras, pensó. Aunque ella sabía que estaba sucediendo algo más aquella noche, ya que parecía como si el tiempo se hubiese detenido especialmente para ella. Por otro lado, los invitados se movían parsimoniosamente, con movimientos sutiles de centésimas de segundos, mientras que ella podía deslizarse grácilmente, con mayor rapidez de la habitual. Aquello le permitió captar la atmósfera que generaba, podía analizar cada rostro y gesto a su antojo, comprender lo que iban a decir antes que éstos enunciaran palabra alguna y más aún, podía adelantarse a los hechos. Nunca se imaginó que aquella habilidad la salvaría en más de una oportunidad.

Pero aquel extraño suceso sólo se extendió unos minutos, que casi le provocan un desmayo. Se había excedido en el tiempo. Así sus ojos se cerraron y todo volvió a la normalidad, los invitados que comenzaban a mover sus brazos y palmas en movimientos que desembocaron en aplausos, pero Odette sabía que ella había ingresado a aquella escena hace varios minutos y que aquello no encajaba. Hizo como si nada hubiese pasado, pese a que se encontraba sumamente agotada por el esfuerzo que había llevado a cabo, pero saludó a cada uno de los presentes y luego regresó a su recámara. Allí descansó el tiempo que estimó necesario, mientras reflexionaba sobre lo sucedido y cómo había adquirido aquel extraño don, si es que puede llamarse así. Estando en plenas cavilaciones recordó el collar de su abuela, quien se lo regaló para su cumpleaños la semana anterior.

Aquel misterioso collar albergaba recónditos secretos, representaba un legado y tradición inmemorial, de la cual Odette no era consciente aún, sin embargo, sentía una fuerza que manaba de él, cuya energía la ceñía en todo su rededor, como un aura prístina que la purificaba y la envolvía en pensamientos acogedores e inquietantes, los que se fundían y divergían de uno u otro modo, que para su desconcierto, la conducían a otra vida, distinta a la suya. Era como si viviese su propia vida, pero a su vez la de otros seres, un alma en varios cuerpos, transmutando en diversos viajes, que iría descubriendo en el peregrinar de las estaciones de la vida.

Las sensaciones que se le presentaban eran de lo más inverosímil, ¿cómo era posible vivir como otros y en otros, sin dejar de ser uno mismo?, preguntas como aquellas la invadían desde lo más profundo de sus entrañas, sin saber qué hacer o reaccionar, si debía apartarse de aquel mundo desconocido, pero intrigante o aproximarse hasta donde pudiera. Esa primera semana estuvo inmersa en sus propios pensamientos, aún permanecía en la casa de sus abuelos, aunque no había visto nuevamente a la sombra portadora y guía de aquel demiúrgico suceso. De esta guisa, se decidió finalmente y prefirió el camino difícil, no se amedrentaría por unos trucos enigmáticos o sobrenaturales, quería llegar al fondo del misterio, aunque se le fuera la vida en ello.

La semana transcurría sin nuevos embates, todo se encontraba aparentemente normal, pero Odette sabía que en aquel silencioso hogar había un hálito misterioso que debía ser revelado, por ello comenzaría incursionando en aquella gran casona y experimentando con aquel don que había adquirido. Primero se dirigió a los cuartos más cercanos, sin que nadie la observase, revisó armarios, veladores, cofres. En aquella habitación sólo encontró libros añejos, algunos adminículos de uso común y monedas de tiempos pasados, incluso algunas del siglo XV, estampillas que seguramente almacenaba su abuelo y cartas cuyo sello postal eran de la década del sesenta. Ahora no encontraba pertinente leerlas, aunque pensaba dedicarle un tiempo a sus lecturas más adelante, por ahora se encontraba en plena búsqueda de algo de lo que ni ella misma tenía absoluta certeza.

Tras indagar en aquel primer cuarto, pasó al siguiente, en él habían variados cuadros, los que abarcaban estilos tan dispares como gótico, neoclásico y romántico, los que sin lugar a dudas correspondían a los gustos de su abuela. Su instrucción y conocimiento rudimentario del arte, le permitía al menos distinguir a qué épocas pertenecían, se quedó contemplando un momento uno de ellos. Era una obra de arte conocida, del maestro romántico Caspar David Friedrich, donde se reflejaba un hombre frente a un acantilado, cuya vista era dirigida hacia el mar, el que estaba embravecido, batiéndose contracorriente, mientras aquel hombre miraba a la deriva, contemplando las encrucijadas del abismo y de la vida, con su cabellera al viento.

 Estaba abstraída contemplando los cuadros cuando por la proyección de la luz de una lámpara, atisba una sombra. -¿De nuevo una sombra, qué me querrá señalar ahora si es que es la misma?- se cuestionaba confusa Odette. Se tornó de espaldas a los cuadros y miró de reojo a aquella sombra, por la apariencia y figura que dejaba entrever le resultaba familiar, no sabía de quién o qué exactamente, pero prontamente lo averiguaría. Ambas se cruzaron y emprendieron un nuevo camino, la sombra la condujo hasta una habitación obscura, que se encontraba hacia el ala opuesta de la casa, era el dormitorio de su abuela.

Aquel cuarto parecía ser la razón de tan insólitos sucesos, por ende, el misterio al fin le sería revelado. Sin embargo, ella no se imaginaba que éste recién estaba comenzando y que aún lo más inusual y escabroso distaba mucho por venir. Se aproximó a la puerta, de un color ocre desgastado y giró la manivela. Sintió que una poderosa energía se apoderaba de su ser, debió aferrarse bien para no caerse. -¿Qué está sucediendo?, ¿Qué es esta energía que jamás había sentido?, es como si hubiese un astro solar que irradia energía- Pensaba para sí Odette. Finalmente entró a la habitación y en su interior, efectivamente estaba su abuela, quien pronunció las siguientes palabras. –Te estaba esperando doncella de la luna.-

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