miércoles, 8 de junio de 2011

Una inusual tarde en Santiago.



Aquella tarde estaba más fresca de lo usual, el viento fluctuaba amigablemente por los recovecos de la sobrepoblada ciudad santiaguina, caían las hojas de los árboles en las plazas y la gente te sonreía a menudo, lo que en más de una ocasión me impresionó, pues al parecer no era un típico día de rutina, ya que las personas se dirigían con rostros risueños y sonrosados a sus trabajos. Las sardinas enlatadas se habían convertido en pececillos audaces nadando por el mar, la vida fluía siguiendo un curso convencional o, al menos así me parecía en aquel entonces. Sin embargo, en esos momentos un mínimo detalle captó mi atención, era una anciana que me miraba con dudosa intención, no sabría describir la situación, no obstante, me sentía observado, no era lo que se podría denominar un estado de paranoia, sino que efectivamente me observaba sobremanera y lo confirmé mirando de reojo, ya que luego que la anciana dejaba de posar sus ojuelos sobre mí, los situaba en dirección a cualquier persona o pareja que avivase sus sentidos y, posteriormente en un cuadernillo de mano, anotaba sus observaciones y así me percaté que no era el único escritor que viajaba en el tranvía, aunque aprendí que tal como aquellos que pertenecen a un mismo gremio, ideología o incluso condición sexual se detectan, así ambos supimos, quizás intuitivamente, que éramos seres sensibles en un mismo recorrido.

Después del inesperado episodio de aquel día, me bajé en la estación predeterminada y me aproximé rumbo a la salida, un tanto agobiado por lo que veía venir encima; sabía que tendría una larga y debatida jornada, ya que no me dirigía a cualquier lugar, sino a uno muy pintoresco donde tendría que tratar temas más columbrados de los que acostumbraba y prepararme como para la guerra, ya que desde hace mucho sabía que los exaltados debates eran la metáfora misma de la épica caballeresca. Llevaba el arma más poderosa a mi haber, un libro; además de ello llevaba un maletín repleto de cosas inservibles, unos cuantos bolígrafos, hojas para tomar notas y por si fuera poco, un termo portátil que me permitía sorber café en el momento que estimase conveniente. Al llegar a mi destino, un lugar glacial con carácter de frigorífico y, por consiguiente, un clima gélido que te calaba hasta el tuétano de los huesos, cavilé que después de todo, mi aparatoso maletín y los curiosos utensilios que en él llevaba, no eran tan inservibles, así que me apresté a coger mi termo y de lleno calentar el garguero con una taza de café.

Me encontraba situado en aquel recinto, sentado en segunda fila sorbiendo café parsimoniosamente, al compás de mis pensamientos que no tenían necesidad aún de acelerarse, sino más bien de dedicarse a la contemplación, labor que siempre amerita un esfuerzo adicional, pero que no va más allá de una aguda observación táctico visual. En ello me encontraba cuando alguien se apuntaló a mi lado con un gentil “hola, qué tal te va”, cuya resonante y a la vez abrasadora voz me pareció conocida, en efecto, era una gran amiga, motivada por la misma idealista razón que me había hecho desembocar en aquel lugar, donde cuya estadía no sería sin penas ni glorias. No bien nos saludamos, comenzamos a hablar de la vida, de la sociedad, la cultura y, de la infaltable política, transcurriendo los minutos a una velocidad que personalmente acoplaría a la de la luz, pues siempre que estaba junto a ella, nuestro tiempo se hacía efímero.

A la zaga de aquel encuentro preconcebido, sin embargo, no del todo predeterminado, pues nunca sabemos cómo acabarán las cosas en nuestra vida, comenzó la perorata a la usanza académica de los principales invitados a la ceremonia, la que a medida que transcurría dejaba entrever que sería más distendida de lo que esperaba y, a su vez más armonizada, pero no pude evitar una leve distracción ante las sutilísimas palabras que hasta mi oído llegaban y me percaté de una peculiar pareja que al parecer iniciaría un conflicto tantas veces encendido y tal como cenizas de un fuego previo enardecen ante el más nimio contacto, así estos dos tórtolos estaban hechos unas furias, por ello era obvio que las motivaciones y reacciones me interesarían más que una charla, así que me dispuse a contemplar cómo se desarrollaba aquel apasionante conflicto.

Ella, cuyos ojos resplandecían de furor y belleza, pues cuando más se alzaba, más bella se tornaba, tenía crispados los dedos, el cuerpo en movimiento continúo, en una especie de vals, que delataba una cadencia especial, dejando intuir que seguramente practicaba algún tipo de danza, ya que se movía gracilmente, incluso cuando se encolerizaba, mientras él la miraba atento, quizás con cierto embeleso, denotando que la amaba con una irresistible pasión y que, probablemente provocaba su enfado para luego conseguir la tan anhelada reconciliación, que tanto uds como yo, sabemos cómo son en estos casos. Así él sólo pronunciaba unas cuantas palabras que a ella la terminaban por irritar, respondiendo no sólo con su cadente voz, sino que también hacía uso de su corporeidad femenina, que me bastó lo justo y necesario para saber quién ganaría la batalla. Al inferir cuál sería el final, preferí volver a prestar atención a la charla, que versaba sobre la discreción y buena educación.

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