martes, 27 de noviembre de 2012

Historia peripatética.


          
           La vida no es tal sino se vive cada momento al máximo, cada instante bordeando un sentimiento adrenalínico, hoy fue uno de esos días para arrepentirse, sin embargo, la consciencia y lucidez que he puesto en cada uno de mis actos y pensamientos, me mantiene absolutamente despierto. Hoy he sido el ser que pisa la faz de esta ciudad durmiente, que más despierto ha estado, mientras otros dormían, yo vivía. Aprendí de las experiencias de la calle, que nunca pueden faltarle a un escritor, que siempre habrá una mano amiga para brindarte su calor, sin importar tu sexo, edad, profesión u oficio. Igualmente me intriga el comportamiento humano, la celosía y el ofuscamiento, pues nadie es propiedad de nadie y yo, precisamente no soy de nadie, soy un ser libre y errante, libre pensante y sensante.

            Nuevamente se me han presentado diosidades, pues cuando me vi envuelto en una situación límite sin tener dónde llegar y dónde ir, con muchas posibilidades de incomunicación, apareció aquella mano amiga de la cual escribo, una señora respetable y honorable con su puesto de café y sopaipillas, quien me sustentó esta mañana y al detenerme un instante en mis pensamientos, aparece frente a mí un cartel gigantográfico, que reseñaba: “Dios es más grande que tu problema”, por ello mi infalible sistema de creencias en las diosidades, me hizo reencontrarme con este ser para el cual no tengo respuestas, sino preguntas. Aquello me hizo llegar a determinadas conclusiones, pues nuevamente llegué ante una persona compatible con mi carácter, quien escuchó mi perorata académica y me acompañó hasta el final de mi viaje. Por último, si mi juventud no diera a basto, no hubiese podido correr y escapar, sin lugar a dudas de un eminente asalto, pero mis piernas triunfaron y aquí estoy, escribiendo sano y salvo, bajo un árbol.

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