sábado, 6 de abril de 2013

La metáfora del “Puzzle”, una reconfección de reflexiones, acerca de la vida como un “Tablero de ajedrez” y del “Laberinto como una Tómbola Giratoria”.




Comenzar un proceso escritural siempre conlleva consigo una idea detrás, una trama a desarrollar, una especie de plan, cuyo hilo conductor es preciso seguir y quizás en este caso, para la idea que quiero concretar o encauzar, puede ser lo ideal, pues la vida y así lo he señalado en varias de las reflexiones que me han surgido en el último tiempo, es una serie de interconexiones, de causalidades que si miramos hacia atrás van constituyendo este entramado o entretejido puzzle, cada pieza lo va conformando, inclusive en otras ocasiones si bien no he empleado la metáfora del “Puzzle”, sí he referido la metáfora del “tablero de ajedrez” y del “laberinto como una tómbola giratoria”; en la actual metáfora a la cual recurro, cada persona que aparece en nuestra vida es una parte constituyente de este puzzle, que va siempre hacia el futuro, que a su vez trae consigo aparejadas experiencias previas del pasado, es decir, este puzzle parte en un punto “x” de nuestra vida, que puede ser su inicio y de a poco, en la medida que vamos viviendo, se va constituyendo, es así que surgen diversas posibilidades de irlo armando, pero sin importar por dónde sigamos nuestro camino, dentro de la infinitud de situaciones que se nos presenten, la meta, el objetivo último es llegar a su fin, es decir y aunque suene un tanto trágico señalarlo, al ser seres hechos para la muerte, tal cual señalaba Unamuno, el fin del puzzle concluye con la muerte.

            Sin embargo, pese a lo anterior, ésta no es la finalidad de la vida, al menos como la entiendo en lo personal, sino que tal cual un puzzle se constituye, al final veremos y apreciaremos una obra de arte, es decir, finalmente la gran metáfora del puzzle no es nada más y nada menos que visionar la vida como el arte mismo, un arte vivenciante, repleto de experiencias, amargas, agridulces, donde se han recorrido lugares, donde se ha compartido halos de vitalidad junto a otras personas, donde nosotros somos hacedores de nuestro propio recorrido y por qué no decirlo, destino; a través de nuestros pensamientos. No obstante, a veces el puzzle puede quedar inconcluso y quizás no se llegue al armado absoluto, pero lo importante es que todo el recorrido y piezas formantes de él, haya sido disfrutado, realizado en la medida de lo posible con más aciertos que fracasos y al menos si alguien años después ve nuestro “puzzle”, podrá apuntar, qué hemos vivido.

            Esta reflexión en sí misma posee un carácter meta-vivenciante y meta-discursivo, pues como todo pensamiento, no surge del azar, sino que en este caso particular, tras conocer algunas visiones que confirmaron algunas de mis últimas teorías, es decir, que nadie llega a nuestra vida al azar, sino que porque así tenía que ser, es por ello, que de cierto modo si nos hubiésemos demorado unos minutos más, pese al relativismo del tiempo, no se hubiese producido la misma experiencia y vivencia. Con ello me refiero a que el universo y la frecuencia universal y así lo develan diversas tradiciones de origen ante todo orientales; confabula de tal modo, que genera un encuentro entre dos o más personas con una o varias ideas, pensamientos comunes en un lugar y tiempo determinado, casi como una cronotopía literaria, que nunca más se volverá a repetir, pues si bien ambas personas pueden volver a verse minutos, horas, días, meses o años después, nunca serán los mismos tras esa experiencia y menos aún tras una serie de experiencias que han calado en su vida misma de manera significativa o no. 

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