miércoles, 2 de octubre de 2013

Testimonios de la vida de un escritor.


Ya es tarde, el día está culminando y me encuentro en la disyunción personal de mis pensamientos y sentimientos, en la precariedad de una vida que ama, anhela y desea. La felicidad es un estado que en primera instancia se me viene a la mente, siempre lo he considerado tan transitorio, quisiera vivir tanto, acumular tantas experiencias vitales como mi vida misma pudiese y, sin embargo, cada día que pasa me convenzo más que no sé qué es la vida, de qué está hecha, sus materiales, sus visiones. Al fin y al cabo, no serán jamás unívocas, pues cada persona guarda su relación personal y estrecha con la vida, procuro aprender de ellas, acerca de lo que han vivido, de qué pasado ha delineado sus rostros, cuánto han sufrido y cómo lo hacen día a día para subsistir. Yo lo hago a través de mi escritura, aunque más por arte que por oficio, no obstante, sí considero que puede haber una profesionalización de la escritura, pero ésta jamás sustituirá a la esencia del arte mismo, a escribir sin limitaciones de tiempo y espacio, que tanto nos imponen las circunstancias de la vida. -Hace frío, me abrigo, no someto mi escritura al procesamiento y flujo automático de mis pensamientos, hoy estoy aquí, mañana no lo sé, pero al escribir me siento más vivo, un café, placer, lecturas, una buena música y compañía, son mi máxima felicidad.

                Cada día que pasa, veo y absorbo más experiencias, a veces siento que he vivido todo y otras que he vivido nada, cientos de personas atraviesan mi vida a diario, pero quizás se deba a la soledad de mi espíritu, que vaga en este mundo, que nació para amar y para pensar que sólo dedico mi vida y escritos a personas que me parecen significativas en mi propia vida. Me instruyo lo más que puedo, a veces quisiera estar en más lugares y aprender más aún de todo cuanto me depare el destino, la vida y mi propio entendimiento. Hoy sé que existo y si bien siempre he sido el mismo ser, he comprendido que jamás un amanecer es igual a otro, que las personas necesitamos ser amadas y comprendidas, que las ideas no surgen de la nada, que podemos direccionar nuestras vidas a través de una mente y manos maestras, que mientras tengamos el vigor de la juventud, la paciencia del pasar de los años y mantengamos nuestra esencia, firme y con la cabeza en alto, la vida jamás nos pasará por encima. Hoy estoy solo, me gusta esa sensación, me reconecto con mis propios sentires , paradojalmente, a un par de cuadras de donde vivo se está realizando un concierto masivo. Podría estar allí, ser uno más entre la multitud, sin embargo, mi propia voluntad y forma de ser y actuar, me dicta que no, que siga mis propios consejos, que pese a que pueden estar sujetos a errores e imprevistos, que permanezca en este estado burbujeante que es una soledad acompañada. Mientras me mantenga lúcido, tenga un buen libro al lado y como me suelen decir, mantenga el don inmaculado de la palabra, aunque me encuentre en cualquier lugar del mundo, jamás estaré solo.

                Hoy pienso y miro hacia atrás, es un ejercicio que hago más o menos a diario, pues he registrado los más mínimos detalles de mi vida, para recordar hasta los detalles más nimios de lo que he ido viviendo, pese a que aunque se pudiese desarrollar una aguda pluma y un don sublime en la descripción a través de las palabras, la realidad, la vida misma, es inabarcable.


Por otra parte pienso, que estar en esta sociedad donde nos señalan una y otra vez que debemos competir frente a los otros para ser alguien en la vida, donde me causa un incoformismo extremo, pues en lo personal, toda mi vida he sido el mismo ser, independiente de dónde y frente a quién me encuentre. Cada acción que realizamos, cada movimiento, cada acto y pensamiento definen nuestra propia existencia. Pues bien, haciéndole honor a aquella forma de entender la vida y convivencia social, es que uno termina poniéndole su sello personal, su marca, su nombre, a cada escrito, trabajo intelectual, artístico, invento, experiencias, imágenes, fotografías y cuanto centenar de vivencias y ocurrencias tengamos. Nuestro nombre y firma, si bien en parte fundamental nos definen y dan cuenta de lo que somos o lo que pretendemos ser, nos hace caer en un individualismo exacerbado, anulando a otro, que al igual que uno, lucha por subsistir, que teniendo o no condiciones similares de vida, herramientas o facultades, al igual que cada persona, intenta ser alguien en  la vida. No obstante, me vuelvo a hacer la misma pregunta, ¿Por qué es necesario ser validado por otro, para confirmar nuestra propia existencia?. ¿Por qué es necesario que el otro conozca nuestro nombre, a título de qué?, cuánto anonimato existió y pre-existió en diversas épocas literarias y escriturarias.

                En innumeras veces siento, acaso quizás no me equivoco, la escritura se transforma en una suerte de defensa personal frente al otro, que es distinto a mí, un soporte que nos individualiza, que pone límites pre-fijados, pues cada persona es impredecible y cada cual actúa de determinada manera frente a las circunstancias de su propia vida, espero no perder la esencia reflexiva y que mi mente guíe cada acto y recuerdo, escrbir para recordar, mantener el legado de la memoria, con esas palabras me quedo en este día, las etapas de vida de cada escritor son un enigma en sí mismo, quién sabe, si quizás en un par de años, me vean enfrascado en el desciframiento de mis propios pensamientos y escritos de juventud.

José Patricio Chamorro, 02/10/2013, Santiago de Chile, Ñuñoa.

                

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