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Lo que me ha enseñado la vida, errar en los pasos perdidos hasta nuestro último suspiro. (Noche del 29 nov 2013).




Soy una persona de palabras, creo que a lo largo de toda mi vida lo he sido, cuando escribo lo hago a la manera que me resulta, dejo fluir mis pensamientos, a veces más coherentes, otras más dispersos, a veces y en más de una ocasión lo he señalado, escribo para no olvidar, para recordar hasta el más mínimo detalle de mi existencia, a veces siento que la vida, si bien no me abandona, a los escritores, almas sensibles que claman profundamente su canto hacia lo sublime y hacia lo terreno, nos desola. Nos sume en la más absoluta soledad y me pregunto, ¿Qué es la compañía? ¿Es acaso las experiencias que compartimos junto a otros? La escritura es para los solitarios, que recorren errante los confines de la tierra, hoy y más de lo habitual y como no lo hacía en mucho tiempo, dado precisamente el guiarme por mis palabras y las palabras de otros, es que terminé perdido, sin llegar al destino que me había propuesto, no obstante, la memoria y la costumbre, siempre nos conducen al mismo lugar, al lugar de origen y residencia. Siento que la vida no son sólo palabras, quizás en su mayoría sí, también los actos mismos que nosotros mismos vamos realizando, también dan cuenta de ello, la vida misma. En el último tiempo me he desengañado del mundo, a ratos de la política, a ratos de la ideología, a ratos de la incomprensión y del amor. Para un poeta y quizás con mayor razón para un escritor de sueños e ideales, la derrota más potente radica en el enamorarse, ¿por qué lo pienso así? Porque el amor duele, duele saber que el otro es un alma libre, que como un ave en busca de refugio, buscará siempre quien satisfaga sus deseos de escucha e interioridad, todos buscamos compañía, pero para las almas libres, que van de rincón en rincón, de árbol en árbol y de sitio en sitio, no basta quedarse junto a uno, sino que te absorben tu vida y te dejan en la inmisericorde promesa de un beso incorrespondido. ¿Vale acaso entregarse, duele el amor, acaso más el olvido? Saber que estuviste con quien amaste y entregaste tus más puros sentimientos, pero que al más mínimo descuido, te clava una puñalada de doble filo… miro hacia atrás y qué veo, escritura, papeles marchitos de antaño, hojas traspasadas por la fría tinta, que fueron vividas junto a otros como un último suspiro.

                A veces quiénes vamos viviendo y con mayor razón en cada segundo de nuestra existencia, que jamás transcurre en vano, acumulamos objetos, experiencias, tangibles e intangibles, que dado la evanescencia de los instantes nunca se vuelven a repetir del mismo modo, entonces me pregunto, cuál es nuestro deseo más profundo. Vivir para otro, vivir para uno, vivir para acumular. No, se vive para experimentar, para vivenciar, cada segundo vivido, ya es pasado, el camino siempre es hacia adelante, el reloj biológico y cronológico, no da marcha atrás, desde nuestro primer respiro, hasta nuestro último suspiro. Cada paso dado, es un paso perdido, las huellas del ayer.
                La palabra es el mayor don del ser humano, pues le permiten la comunicación con otro, conocer su interioridad y pensamiento, compartir ideas y experiencias. A veces cuando camino por la calle y quizás se deba a la experiencia de la vida, lo que más hago es detenerme en la observación, pensar en el otro, aprender de sus experiencias. Uno sin más desarrolla un especial don, talento quizás, que es la telepatía, a veces, sin saber, ni aun teniendo la necesidad de hablarlo, al momento de ver que el otro realiza una acción, te das cuenta que aquella fue motivada por un pensamiento y que luego, se determina en un resultado, que no es más que suplir las propias necesidades, por ello el amor debemos entregárselo a quién realmente valga la pena, o sino, nuestra propia vida ha sido consumida. Podría escribir páginas eternas sobre el amor y mis propias experiencias, algunas agrias y otras dulces, de ellas, he perdido la cuenta de los poemas que he escrito y los versos que he dicho, me he enamorado, no lo sé, a veces dicen que en cada puerto, un amor, al fin de cuentas, lo que me mueve es la pasión misma de vivir.

                El café derramado en la fría taza de hace unos breves segundos consumida, yace estática en la monotonía de la escritura y en el saber descifrar los pensamientos de quién te has enamorado, pero que sabes que ya no te pertenece y que tal vez nunca lo ha sido, ese estado saudade, de saber que está con otr@ y no saber qué pasa en el interior del cuarto donde noches anteriores compartieron las experiencias de los instantes inmaculados de la inocencia, que ahora ha sido perturbada por el desenfreno de quién ha vivido su propia vida en el extremo mismo de su experiencia y que al día siguiente se levanta y qué recuerda, sólo memorias desvancecidas y promesas, la promesa de un te amo no dicho, de una risa amarga y la soledad de su propia compañía.

                En fin, hoy fue un día de recorrer kilómetros, quizás cuántos han sido, andar y desandar mis propios pasos, algunos ya perdidos, otros ya idos y quizás ya desvanecidos en esa mirada cómplice de quién se cruzó en tu camino por los breves instantes de la vida, por los breves segundos compartidos. Ésa es sin duda alguna, la experiencia del vivir mismo, en ese ser anónimo que a duras penas como ciudadano de a pie en una urbe edificada en la periferia de la miseria, se erige sobre los rostros de los sujetos marginados, idos y desconsolados de una tierra sin hogar y un mundo sin destino. Ser un ser de historias, contar y esucharlas, para luego narrarlas, transmitir a otros la propia vida, por insignificante que nos parezca ante los ojos de los demás, pues cada momento que hemos experienciado, al recordarlo lo revivimos en un ayer de palabras y nostalgias vacuas que pueden encenderse en el fuego de la vida, en el ardiente destino de un enamorado del silencio y de sus propios prejuicios.

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