domingo, 1 de diciembre de 2013

Reflexiones de la vida en una tarde de diciembre de otro año que se desvanece.



Se acerca el fin de un nuevo año o quizás, ya viejo, con más experiencias de vida en el cuerpo, más libros leídos y más energías consumidas y proyecciones, acciones hechas y ejecutadas, a veces intento comprender el mundo, pero éste siempre termina por desilusionarme más de la cuenta, sigo con la idea fija en mi mente, que éste en sí no está hecho para seres sensibles, que la naturaleza humana, tiende a la satisfacción de las necesidades personales, en un afán egotista, donde los esfuerzos personales y aquello en que empeñamos nuestras energías, de un instante a otro, pueden ser aniquilados. Mi vida hasta este día, ha tendido a dejar una huella escrituraria, dar testimonio a través de las palabras, he aprendido, pero tal vez, no comprendido, que quiénes se cruzan en nuestro camino, sólo buscan su propia subsistencia, nadie nos enseña a vivir, este arte se aprende en el camino, con fallos y victorias. He perdido la cuenta de los discursos efectuados, de los escritos pronunciados e impronunciados, el mundo se arma y desarma a diario, días tras día y noche tras noche.
El lugar en el cual habitamos, ya sea nuestro ambiente más cercano o el habitat mismo, que constituye el mundo, lo hacemos nostros, creando nuestro propio ambiente y espacio, según nuestra manera de ver y comprender el mundo, siendo la materialidad de los objetos no  más que una extensión de nosotros mismos, de nuestros propio deseos, que las más de las veces son frustrados e irrealizados, en fin, cada cual vive para sí mismo, es raro observar que hayan almas fraternas, dispuestas a ceder parte de su tiempo y esfuerzo a otro, para que éste sea feliz, inclusive la felicidad se compra. En lo personal, procuro todos los días despertar con una sonrisa y un gesto amable, una canción que conserve en el recuerdo de mi mente o alguna lectura sugerida o realizada a lo largo de mi vida. Hace un tiempo me propuse escribir casi a diario, como si aquella escritura fuese mi propio aliento vital y como si dejase la vida en ello, que al fin y al cabo, así, mi escritura, mi fluir de estados mentales y de consciencia están depositados en cada hoja que escrito y en cada escrito en que he depositado mis pensamientos y emociones. No me interesan los grandes beneficios materiales, prefiero quedarme con la riqueza espiritual y cultural, por el respeto por el otro, aquél que se ha cruzado en mi camino, que al igual que uno, está aprendiendo de la vida y haciendo su propio camino. Llevo cuatro años lejos del nido, de mi hogar, no obstante, he ido aprendiendo del mundo y cada día aprendo una nueva lección, a veces con desconfianza y otras con valor para continuar, ponerme en pie y seguir adelante, siempre lúcido, pues la vida está llena de sorpresar y es mejor encontrarse en la plenitud de nuestras facultades, que en los estertores de ellas, para disfrutarla como si fuese el último día de nuestra existencia.
En cada lugar que me encuentro, persona que conozco y ciudad que visito, procuro imbuirme de esas ideas y energías que los caracterizan, ya que cada cual es único e irremplazable, con sus propias inquietudes e interioridades, con sus propios miedos, traumas y alegrías. Sé que cada cual posee su propio historial de vida, que no hay una vida en absoluto que sea igual a otra, que somos el resultado de lo que hemos pensado, dicho y hecho, de las motivaciones que hemos tenido y de los seres que hemos conocido y que cada tipo humano es un eslabón a descifrar, algunos más tímidos, otros más ofuscados y rabiosos, intelectuales, en fin, diversos, pero que la apariencia que muestran/mos no es más que el reflejo de nuestro propio entorno, de lo que nos han dicho que seamos o lo que no debemos ser, del discurso impuesto por otro, del silenciamiento de nuestras propias palabras y el acabamiento de nuestras virtudes. Sin embargo, pese a todo, aún deseo seguir conociendo el mundo y que hasta el último día de mi existencia, mis sueños e ideales me hayan acompañado en cada respiro y en cada palabra pronunciada, que mis energías vitales no hayan sido en vano y que con mayor razón, el amor recibido, pueda ser compartido, porque no hay amor más puro que el de aquél ser que ama la vida y se inclina ante su majestuosa experiencia vivida.

En veintidos años es difícil creer que ya se conoce la vida, pero al menos se puede señalar que nuestras propias circunstsncias han conformado nuestro carácter y voluntad, que nos apasionamos por uno u otro detalle que se nos presente, que nos haga creer en nuestra propia individualidad, del amor, sólo sé que es mejor dejarse llevar y no planificar, vivir la intensidad del momento, puesto que nunca se vivirá de la misma manera, aunque estemos con la misma persona y aunque el tiempo pase y el silencio de una mirada nos refleje en el otro, causa unívoca de nuestro amor. De la vida, habrá que seguir recorriéndola, experimentándola y aprendiendo de otros y de nosotros mismos y de los sueños, más vale hacerlos diurnos y dejar que nuestra vida siga su curso, un pensamiento, una palabra, de la palabra, una acción y de la acción un sentimiento, hechos y verdades, arbitrios y circunstancialidades, lo que deseo para hoy, será la respuesta del mañana, en la vida, no hay marcha atrás, nuestro próximo paso, siempre es un paso hacia adelante y quiés por un instante han compartido nuestra vida, quizás se reencuentren con nosotros en las misteriosas huellas de las pisadas ya dadas, vivir y no subsistir, congelar los segundos de la vida, ése es mi lema de fin de año.

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