viernes, 4 de septiembre de 2015

Seminario de Literatura Chilena Contemporánea Unidad de Lírica Segundo Informe (2014}

El presente ensayo, de carácter teórico-crítico, no será del tipo impresionista, pues abordará en líneas generales, los lineamientos y programa que constituyen a la generación del 50, conocida también como Generación Literaria de 1957- Se suele hablar de discrepancias de un método, pues la disyuntiva del método generacional, fluctúa entre dos de ellos, Existen dos criterios y consecuentemente dos nombres, para aludir a este grupo de escritores nacidos entre 1920 y 1934. El primero y el más difundido, Generación del 50, fue propuesto por Enrique Lafourcade en 1954. El segundo, Generación de 1957, fue propuesto por Cedomil Goic, quien aplicó el Criterio Generacional Histórico de Ortega y Gasset y el Método de seriación a la literatura hispanoamericana. Por ello a cuál de las generaciones se adscriba, dependerá del criterio que se de desee utilizar, según el esquema generacional y crítico que se emplee, la cual se caracterizó por ya no interesarse en la literatura propia, sino en aquella que le abra nuevos límites, la literatura inglesa y sobretodo los influjos de los grandes poetas, les abrirán perspectivas más críticas e incursionarán en nuevas técnicas que le llevarán a superar su propia época y las crisis en las que como escritores estaban inmersos

La Generación literaria de 1950, hizo su entrada al escenario de las letras nacionales, con un escepticismo radical frente a la vida y a la literatura chilena anterior (buscando ante todo la superación del criollismo). Es precisamente esta ruptura con lo autóctono, el criollismo de la generación del 38, el color local y el interés por lo foráneo, por la literatura inglesa y rusa del momento lo que caracterizará a esta generación. “El narrador y ensayista Claudio Giaconi, propuso que la superación del criollismo era uno de los seis propósitos del programa de la Generación del 50, los cinco restantes eran: la apertura hacia los grandes problemas contemporáneos, esto es, mayor universalidad tanto en las concepciones como en las realizaciones; la superación de los métodos narrativos tradicionales, audacias en lo referente a técnicas y realizaciones y por último, la supresión de la anécdota.”[1] Es decir, es una búsqueda constante por lo novedoso, por la experimentación, realizaciones poéticas no conocidas en el país, por ello necesitarán de los referentes vanguardistas y contemporáneos. No menor resulta ser la constitución de un programa, no es una generación que busque el mero azar, sino que propone una sistematización en todos los ámbitos, en su escritura ensayística, poética, narrativa y dramatúrgica como en los cambios que buscan promover en la sociedad, el existencialismo dejará una profunda huella en estos escritores.

“Por esta razón fueron estigmatizados como escritores despreocupados frente a los problemas sociales. Una de las razones de este escepticismo fue el momento de cambios profundos en la sociedad, tanto a nivel nacional, como internacional, teniendo en cuenta, el escenario mundial de la época. Todo esto provocó que en los escritores de esta generación surgiera la idea de la realidad concebida como una máscara, y que se subjetivará absolutamente la noción de conciencia humana.”[2] La realidad como una máscara es una forma de ocultamiento, donde no se nos muestra realmente cómo están sucediéndose los hechos, ya sean históricos o subjetivos. No es menor que esta generación se sitúe en la época y período que abarcó la segunda guerra mundial (1939-45), la consciencia humana y la subjetividad será cuestionada y puesta en tensión, ya que frente a un escenario con esas características, después de un holocausto, será difícil creer en el curso social y en la humanidad cada vez más deshumanizada, en términos del propio Ortega.

“En términos generales, todos los autores que conformaron esta generación, fueron influenciados por la poesía y por la novela norteamericana (Walt Whitman entre los poetas, Ernest Hemingway y William Faulkner entre los novelistas) y por la novela clásica Rusa (Leon Tolstoy, Fedor Dostoievski). También evidenciaron como especial referente el psicoanálisis de Sigmund Freud, el determinismo científico y el existencialismo.”[3] Indagar en el mundo de la consciencia humana será central para comprender los procesos vividos, por ello el psicoanálisis, la cura a través de la palabra, será viso como la panacea que permitiría curar los males del siglo, una sociedad en crisis que pasan por los dramas subjetivos y colectivos. “El determinismo científico es un paradigma científico que considera que, a pesar de la complejidad del mundo y su impredictibilidad práctica, el mundo físico evoluciona en el tiempo según principios o reglas totalmente predeterminadas y el azar es sólo un efecto aparente.”[4] El determinismo que nos propone la ciencia se vuelve un paradigma del devenir social e histórico, las guerras mundiales no serán una causa del azar, sino del “progreso” científico desbordado, es la paradoja de la ciencia, pues cuando ésta cae en malas manos, como es el caso de la bomba atómica y armas químicas, en vez de convertirse en un beneficio para la humanidad, que es lo que pretendía Einstein cuando desarrolló sus teorías sobre el núcleo atómico, ésta se volvió un arma de destrucción masiva.

Un hito de fundamental importancia para el desarrollo de esta generación -compuesta por narradores, poetas, dramaturgos, ensayistas y críticos-, fueron los Encuentros de Escritores realizados por la Universidad de Concepción en 1958, ya que en ellos tuvieron tribuna algunos de sus integrantes más destacados, como por ejemplo: Enrique Lafourcade, José Manuel Vergara, Armando Cassígoli, Jorge Edwards y Claudio Giaconi, entre otros. También, propiciaron el debate sobre esta generación tantas veces cuestionada ya sea por su existencia efectiva dentro de la literatura nacional, o por su visión de mundo y aparente desinterés ante la realidad del país.

Los poetas integrantes de la Generación del 50, presentaron diferencias en su pensamiento político, religiosos y poético, sin embargo a juicio de Miguel Arteche, esto no influyó en su modo de reaccionar frente a la herencia de los grandes poetas nacionales como Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Humberto Díaz Casanueva y Rosamel del Valle. Tampoco influyó en la actitud que adoptaron ante su quehacer como poetas, ya que el énfasis no sólo estuvo centrado en la estructura del poema, sino también en la búsqueda de una conciencia que les permitiera el "control de la criatura poética" y de la carga emocional de sus elementos, con el fin de lograr poemas sólidamente trabajados y construidos y además cargados con una "densidad de pensamiento" estrechamente vinculada a la expresión.

Es la densidad del pensamiento y la reflexión donde se vuelca el carácter existencialista de estos poetas, es su quehacer, su ser en el mundo el que los volverá más comprometidos en todo sentido, como tales, como ideólogos, políticos, críticos. Por ello se cultivarán en los más variopintos géneros, como una forma de rebelión social y que les permitiera llegar a un mayor público. Forma y contenido de la criatura poética serán cultivados, aunque se centrarán predominantemente en la forma, construyendo sólidos poemas, que se sustenten a sí mismos.

El escritor en el cual centraré mi análisis, será Enrique Lafourcade, quién ha dedicado toda una vida a la literatura: "Un ejemplo de obstinación increíble", según él mismo confiesa. Hoy, con más de ochenta años de edad, exhibe una obra cuantiosa y reconocida en toda Latinoamérica: más de dieciséis libros en prosa, crónicas y cuentos. A ello hay que sumar sus innumerables artículos de opinión publicados en los suplementos dominicales de El Mercurio y varias antologías de cuentos.”[5]

Incursionó en la escritura desde muy joven, a los trece años de edad con poesías románticas y luego, a los dieciséis años, con cuentos. Antes quiso ser filósofo, músico y artista visual; incluso, estudió pintura en el Museo de Bellas Artes. Finalmente, se dio cuenta de que su verdadera vocación era la literatura.
En sus primeros años como escritor fue muy difícil para él vivir de su arte debido a que en aquel tiempo las editoriales no entregaban más que una suma simbólica a los autores por conceptos de derechos de autor. Entonces, para financiar su obra literaria, decidió trabajar como periodista y comenzó colaborando para el diario Las Últimas Noticias. Fue así como en 1950 publicó su primera novela: El libro de Kareen, que escribió inspirado en su hermana que murió tempranamente a causa de una extraña enfermedad.

Con este primer libro, Lafourcade ingresó al medio intelectual santiaguino y formó parte de la Generación Literaria de 1950. Compartió, con los jóvenes escritores de esa generación, veladas y charlas y una misma forma de ver el mundo: "Queríamos explorar el mundo porque pensábamos que la vida estaba más allá de las rutinas familiares y domésticas. Bohemios de pan con queso y tacitas de té en el Il Bosco, pasábamos el día metidos en la Biblioteca Nacional y charlando en el Parque Forestal. Un grupo de jóvenes que soñó con ser artistas".

Lafourcade cultivará la prosa poética, sus poemas no siguen una estructura métrica estrófica, sino que se distribuyen de una forma prósica, pues habrá una apelación al lector y una situación de enunciación imitando la de los cuentos de hadas, con la frase “había una vez” o en inglés “one upon a time”, es un poema de carácter lírico-amoroso, que nos habla del amor entre un Búho y una Búha, como se apreciará aquel tópico ya estaba presente en la literatura medieval provenzal, la que sin duda alguna, funciona como fuente. El poema escogido, pertenece a un conjunto de poemas de carácter religioso, que nos habla de Dios y de las figuras simbólicas del búho –poeta religioso- y el ruiseñor, símbolo de conocimiento omnisciente, de sabiduría y del poeta, respectivamente.

Un movimiento apostólico nacido en el seno de la Iglesia y destinado a ser el alma del mundo. ¿De un mundo lleno de Dios? Cristo lleva impreso en su corazón el alma de María. Schoenstatt es familia. Alianza de ésta con Dios. Es mirra, nacida en las cenizas de las pólvoras de la condición humana.

Franceses, provenzales, ingleses, escucharon hablar y cantar al búho y al ruiseñor. Y el modo como recitaban poemas peleando por el esplendor de sus cantos. El búho, ese susurrante poeta religioso. El ruiseñor, el que canta al amor en los aires libres, perfumados, entre selvas de jardines antiguos. El sabio es el búho. El poeta es el ruiseñor que ríe entre las flores.

Hoy son muy escasos los admiradores de estos cantantes. A la vez, cantantes y sonantes. Que parecen haberse extinguido, pródigos en risas y armoniosas carcajadas.


“Ella y él

En rigor y en verdad, este texto debería titularse "los amantes", y comenzar con: "había una vez una búha que estaba muy sola y gustaba de vivir en su casa fantasma, abundosa en múltiples e inciertos corredores bajo la tierra de las colinas sagradas en las que florecían los ibiscos, las azucenas, las calas, los nomeolvides, los jazmines, y el ilan-ilan. Amén de ciertas y orgullosas rosas".

¿Perfumes, floraciones, en esos aires de esas suaves cumbres solemnes y en sus púlpitos perfumados por tantos ceremoniales? Allí, frente a ellos, el todo e inmenso mar envuelto en una gigantesca playa como una mano abierta de muchos dedos, de finas arenas con multiplicaciones de vientos sobre las nubes púrpuras.

Al caer el sol jugaban en las alturas ciertas garzas gigantescas, níveas. Y resignadas golondrinas grises. Todo allí era inocente, nadie ordenaba el florecimiento ni los silencios preparados para envolver tantos y casi inaudibles suspiros.

Hasta que llegó volando desde el sur el búho gris y vio la pajarería que danzaba en lo hondo de las nubes y vio los vientos regalando esplendores escarlatas.

Era mucho volar para este primer pájaro viajero que oyó la voz de alguien desde lo alto. La voz de las altísimas cumbres, la absoluta nacida en los dorados orientes. Allí donde le esperaba la princesa búha pajarito. Y los lirios amarillos, azules, blancos.”[6]




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