lunes, 1 de mayo de 2023

“Cuento la comunidad”: Un mundo de etiquetas y segregación social.

 

Desde mi lectura e interpretación del cuento surgen varios detalles que llamaron mi atención, pero sobre todo aquellos que tienen que ver con los prejuicios y estereotipos o las tan mentadas “etiquetas sociales”. Lo anterior se observa, por ejemplo, cuando en el cuento las personas externas a la casa de los niños los apuntan y encasillan: “La gente se fijó en nosotros, nos señalaron y dijeron: Los cinco acaban de salir de esa casa”. Tal como se aprecia, como sociedad continuamente buscamos poner un orden a las cosas para que cobre sentido y normalizamos todo bajo nuestros propios parámetros, refiriéndonos las más de las veces a aquello que es diferente como raro o “anormal”.

Resulta interesante también analizar cómo la situación se da desde los excluidos (el grupo de los 5 niños en la casa), frente a un posible nuevo integrante, es decir, el número 6 y cómo ellos también lo excluyen, puesto que se percibían ahora a ellos 5 como un grupo unitario, pese a sus diferencias internas: “Si bien es cierto que nosotros cinco tampoco nos conocíamos con anterioridad y, si se quiere, tampoco ahora, lo que es posible y tolerado entre cinco, no es posible ni tolerado en relación con un sexto”.

Lo anterior no hace, sino revelar de cómo en nuestra sociedad vivimos rodeados de etiquetas, tanto las que nos imponen otros grupos sociales, como las que imponemos nosotros mismos y que, consciente o inconscientemente producimos segregación al no aceptar, incluir nuevas diferencias. Ante todo, parece una realidad paradojal, dado que todos como condición sine qua non, somos diferentes por naturaleza humana. Efectivamente, la presencia del negacionismo, la crítica, los insultos, la invisibilización, así como la minusvaloración del otro, potenciado por el grupo es una realidad social, pero que también se refleja a diario en las aulas, a través del bullying, generando aulas donde la marginación es una constante, donde se marcan las diferencias y no se incluye a aquel que no encaja dentro del grupo de amigos/as o que no se adapta a las normas impuestas por el grupo, como se observa en el cuento la comunidad: “¿Cómo se le podría enseñar todo al sexto? Largas explicaciones significarían ya casi un a acogida tácita en el grupo. Así, preferimos no aclarar nada y no le acogemos. Si quiere abrir el pico, lo echarnos a codazos, pero si insistimos en echarlo, regresa”.

En la misma línea, lo que plantea Anabel Moriña Díez en el artículo Vulnerables al silencio. Historias escolares de jóvenes con discapacidad; es sin lugar a duda parte del mismo engranaje de un sistema educativo perverso, no por las conductas que intenta imponer o cambiar, sino porque hasta el día de hoy aún continúa perpetuando la segregación, el bullying o la discriminación con aquellos que son tachados de diferentes por poseer una condición funcional física o mental diversa:

Como muestra la narración siguiente, al igual que ha ocurrido en las historias de otros jóvenes de esta investigación, en los centros en los que estuvieron escolarizados tuvo lugar un proceso de etiquetaje, de estigmatización. Estos procesos se hacían transparentes a través de diversas conductas (ya fuera por dónde estaban sentados en las aulas, por las salidas al aula de apoyo, porque se les denominaba recurriendo a etiquetas y clichés, etc.) que hacían que se identificaran las diferencias como un atributo de unos pocos (Moriña, 2010, p. 677).

Comentarios y respuestas a compañeros en el foro:

1.- Concuerdo con Paz respecto a que el modelo social que se ha posicionado hasta nuestros días debe continuar, sin embargo, hay que ir más allá y no caer en lo ideológico del modelo, pues el principal foco efectivamente son las personas con sus diversas funcionalidades, que deben ser capaces de vivir con autonomía, si bien no necesariamente física, sí como sujetos de derechos sociales con ideas propias, autonomía moral, ética o en sus vidas. Lo central a mi modo de entender este paradigma es cómo no solo integramos, sino que dejamos de excluir, porque es como sociedad donde aún nos ponemos vendas ante los ojos. No podemos invisibilizar o hacer que otros se hagan cargo; nosotros también somos parte constitutiva de la sociedad y, por lo tanto, lo que hagamos en lo cotidiano o desde la docencia universitaria en este caso puede sentar precedentes para disminuir esas brechas educativas.

No son pocos los estudiantes que a diario llegan a nuestras aulas con algún tipo de condición física o mental, no obstante, las más de las veces son los que más se empeñan en sacar adelante sus estudios y querer nivelarse, pero más que todo está en cómo entregamos herramientas para que alcancen un óptimo desarrollo sin poner aún más limitaciones.

2.- Me parece pertinente la reflexión, ya que lamentablemente en nuestra sociedad a fuerza de ley de uno u otro modo se busca llevar a la práctica una realidad necesaria como lo es la inclusión. Sin embargo, como han planteado los textos teóricos esto no implica que como sociedad realmente realicemos una introspección o análisis que salvaguarde los valores como el respecto a la diversidad, sino más bien lo que hace es que sin concientizar, solamente se transforma en mera imposición. Por este motivo soy un convencido que desde la vereda de la educación hay mucho que podemos aportar en crear consciencia, debates, pensamiento crítico llevado a la acción desde lo cotidiano. Hablar, defender la diversidad en los más variados ámbitos y replantearnos el ser y hacer de la universidad en particular, así como de la educación en general.

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