En mis primeros escarceos por estas
tierras, recorriendo sus calles y familiarizándome con su gente en un atardecer
pronto a ocultarse el sol; una viejita menuda, rechoncha y con vestimentas
añejadas de antaño, desgastadas por el paso del tiempo, dejando entrever su
condición social; iba con un carro repleto de cartones y objetos en desuso, a
cuesta. En ese momento cuando los vehículos pasaban por su lado, obviando su
existencia, me dispuse a ayudarla algunos metros hasta llegar a una planicie
que le permitiera continuar con su ascenso por el cerro sin mayor esfuerzo, que
cuando la ayudé hacía que su carro de supermercado se le fuese cuesta abajo.
Desde aquel entonces la he divisado en más de una oportunidad en distintas
calles de la ciudad, siempre con una sonrisa y una energía vital que, para sus
años marchitos en su rostro de arrugas infinitas, inspira compasión y tenacidad
por subsistir frente a los avatares de la vida.
Otra historia que me acecha
recurrentemente a la memoria desde que me mudé al sector donde vivo
actualmente; es la de un aparente señor de bigote entrado en años; que después
descubriría falso como su fingida esquizofrenia. Cada vez que transito camino a
calle Vicuña Mackenna, veo a este señor con una constancia como quien ha
forjado de aquella rutina su trabajo y sustento, aproximarse a los autos,
extender su mano y dar cuenta con aire fatigoso de que ha trabajado de sol a
sol barriendo la calle, aplicando con esmero un rastrillo sobre la tierra -que
guarda escondido en un barril- y del cual lo vuelve a extraer cada mañana para
simular su pantomima que a más de algún nuevo transeúnte ha hecho caer con
desacierto en su fingida labor de conspicuo y afanado obrero que deja sus
huellas. Sin embargo, esa tarde su bigote a medio descorrer, volteado perpendicularmente
lo delató. Desde aquel entonces, aquellas calles te dejan un tenue gusto a
comida sin sazón.
No obstante, los amaneceres de los
martes la ciudad amanece más aseada y alegre; tras el paso, risas, burlas y
piruetas del saltimbanquis de un grupo de trabajadores del aseo y ornato de la
ciudad; jóvenes ovallinos, que tal cual los tres chiflados, montan su
espectáculo matutino, apoderándose no solo de las calles a su paso; sino que
libres de los residuos de los hogares tras el fin de semana y con la sensación de que la vida es un instante
donde la actitud hace que incluso la labor más impensada pueda resultar en un
disfrute ante una vida donde a ratos ha resultado ingrata. Tras el temporal las
calles amanecerán más húmedas, límpidas y opacas, pero con ellas también se
difuminan sus historias. Escribo con la esperanza de que el sol volverá a
brillar mañana y la fortaleza de estos personajes de la calle, continuará
inspirando nuevos relatos y testimonios.
Ovalle, 16 de julio del 2026.
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