miércoles, 11 de enero de 2012

El mundo de una micro santiaguina.




Esa tarde iba de compras por las calles de Santiago camino al supermercado aledaño a la casa donde vivía, sin embargo, lo que pensé sería una mayor cercanía, se convirtió cada vez más en un recorrido eterno –fueron sólo quince minutos- no obstante, cada minuto lo sentí como una estocada que clavaba mis entrañas, quería irme de ahí, no soportaba los lugares cerrados, no era claustrofobia, sino que era el hecho de estar en una caja con motor que me hacía sentir aprisionado, en efecto, ésa era mi concepción aquel día sobre la micro santiaguina, me sentía incómodo, había gente de diferentes tipos, gustos e intereses, algunos conversaban, otros callaban, se producían atropellos, primaban los gritos, la histeria, las palabras mal pronunciadas de flaites que subían y bajaban por doquier, era un mundo caótico el de aquella micro y, para mi sorpresa me encontré con una amiga conocida, su conversación hizo más amena el viaje, me daba cuenta que nuestras palabras y temas a veces hacían que la gente mirase de reojo, claro –no era el contexto para hablar de filosofía- era extraño, pero me preguntaba, ¿por qué no se puede hablar de filosofía y de poesía en una micro? Al contrario, era partidario de llevar y transmitir no sólo la sabiduría, sino hacer de la discusión un pan de cada día, que las personas dedicasen al menos un momento, un segundo, un minuto de sus vidas a la reflexión, quizás ésta sería muy distinta si lo hiciesen, es increíble cómo cambia la vida con un minuto de meditación, sobretodo, con el ritmo ajetreado que se lleva en estas ciudades y sociedades del siglo XXI.

Mi amiga bajó de la micro, quedé solo, pero aún sentía las miradas de aquellas personas que iban en él, sí, así era, no obstante, no tenía miedo al hablar de poesía, al fin y al cabo, las actividades y lo que decimos es lo que va constituyendo nuestra esencia, nuestra personalidad, era feliz y deseaba seguir siéndolo, no iba a cambiar porque los demás fuesen distintos, era un amante de la individualidad, que es lo que nos hace diferentes, nos distingue y nos hace únicos. Había mucho que aprender de las personas y estaba dispuesto a ello, pero también había aprendido que no podemos aprender de todos, ya que no siempre están dispuestos a enseñarnos y a hacer nuestros maestros en la vida. Por otra parte, veía, observaba y sentía el cansancio de aquellas personas, las ganas profundas de querer llegar pronto a sus hogares, todos nos encontrábamos en la misma situación e incluso, en aquellas circunstancias me sorprendió la amabilidad de algunas personas que me señalaron y me indicaron el paradero más cercano para bajarme y sentí que en aquel lapsus se produjo una inter-comprensión, esa empatía por el otro, de la que carecemos cada día más, qué ganas de conversar con aquellas personas, qué ganas de ayudar y así al bajar me fui pensando en la realidad de nuestro país, ese Chile manoseado tantas veces, ¿de qué servían los cambios?, ¿de qué servían las reformas?, si no se pensaba en la gente, pensar en el sistema es sólo abstracción, la realidad es otra cosa, es un dolor profundo que ahoga el corazón, es la realidad chilena que se vive día a día.

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