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Silencio absoluto, la armonía universal y la experiencia de vivir en ciudad.


Decisiones y determinaciones en la vida conllevan a actos a veces irreflexivos y espontáneos, a vivir la vida al límite y hacer lo que nunca habíamos pensado. En varias ocasiones en eso radica, en sentir, expresar, gritar, vibrar, esto último lo vivencié en los lugares más inesperados, de personas interesantes y extrañas. Todo siempre vuelve al status quo, al equilibrio y no existe nada que lo cambie; me han dicho no pocas veces que debo experimentar más, pensar menos y dejarme llevar, ser un poco insensato a ratos, dejar fluir la vida. Sin duda alguna en el último año he aprendido aquello que denominan experiencias de calle, que sin lugar a dudas te enseña ante todo a sobrevivir, pues la ciudad, el ajetreo diario, es una selva en sí misma con los más variados personajes, así fue que conocí a Almendra, Ornela y Alonso, dos de ellos unos verdaderos personajes; ese día me había visto enfrascado en mis ideas y arrebatos diarios de hacer lo que se me viene en gana, razón por la cual el karma me advirtió a través de un acto explícito que no debía desviarme de mi camino y propósitos.

¿Qué me pasó? En la selva citadina me quitaron mi celular, que en pleno siglo XXI, significa sin lugar a dudas, quedar total y absolutamente incomunicado, ya era de madrugada y necesitaba dónde llegar, así que me aproximé donde vivía una conocida mía, no obstante, llegué primero a un parque, donde preferí quedarme a observar, pues pensé; Soy escritor, -vivo de y entre libros-, sin embargo, debo vivir más y aprender a conocer a los otros, así fue que a boca de jarro les conté lo que me había sucedido, razón por la cual me brindaron una mano amiga, eran jóvenes de mi misma edad, habituados a ese sistema de vida, tomar, salir, experimentar placeres de toda índole, etc. Los observé, intercambiamos unas cuantas palabras y me di cuenta de las razones y motivaciones de por qué llegaron a eso, a veces son obvias, frustraciones, miedos, temor a la soledad, búsqueda de rápidos placeres, desenfreno. Así llegué donde estos personajillos que en un principio no me llamaron mucho la atención, sino hasta que interactuamos; me encontraron un ser adorable, inocente, hasta puro, se quedaron escuchando mi perorata de libros, que duró hasta las cinco de la madrugada, al parecer no se agobiaron, no me conocían, por supuesto.

Almendra se podía decir que era una joven muy audaz, intrépida incluso, iba acompañada de Ornela, su bicicleta, me la presentó como si fuese otra persona, claro, pensé –esta tipa está piteada-, pero en fin, todos estamos algo locos en este mundo o sino éste, no sería tal, es más caótico de lo que uno imagina. Así comencé a referirles lo que sabía y pensaba en relación a la “locura”, les hablé sobre la psiquiatría, la “normatividad”, pasábamos de un tema a otro, típico de mis conversaciones, pero ante todo las intervenciones de Alonso fueron las más inesperadas, éste terminó hablándome inclusive hasta de metafísica, razón por la cual me adentré en la filosofía, les cité a Nietzsche y su genealogía de la moral, Focault y sus dispositivos de poder, Schopenhauer, Heidegger, hasta llegamos inclusive al arte, pues hablamos del placer estético de la escena que vivíamos los tres solos bajo árboles en una plaza, sentados en una banca, escuchando el sonido de los pájaros, sintonizándonos con la naturaleza, el cosmos y sus vibraciones. Así les expliqué que creía en la visión oriental de que todo es un fluir vital, un plus de energías que trascienden y que inevitablemente nos conectaría, así nos quedamos, escuchándonos, sintiendo el placer de la calma, la tranquilidad y el calor humano, sonrisas y miradas iban y venían, la sensualidad del cuerpo se desbordaba, casi por instinto necesitábamos poseernos, pero la racionalidad nos ganó.


Alonso quedó prendado de Almendra, el primero poseía un aire hippie, hindú y hasta socrático, a pesar que le señalé que se asemejaba a Diógenes, el filósofo estoico, él sabía de todo un poco, nos comprendíamos mutuamente; me miraba y me decía, que el silencio debía ser absoluto para entrar en el universo espiritual, que el lenguaje, la verborrea, no lo eran todo en la vida, que el cuerpo también comunicaba, nos absorbimos, ambos esperábamos algo más, esa noche no sería breve, se alargó inesperadamente, horas que fluían, nosotros fluíamos consciente e inconscientemente; volví a Freud y el psicoanálisis, tema que les fascinó, las frustraciones sexuales, las pasiones carnales, la libido, el cómo había que liberarse. Por otro lado, no debía haberme sorprendido, ambos eran muy conocidos en el territorio de la calle, yo les apunté, que yo a nivel de las universidades, pero que creía en el empirismo, en la experimentación, pese a que tendía más a las abstracciones a lo conceptual, que no quería que me pasara como a Borges, ser tan sólo un devorador de bibliotecas.

La experiencia se podría señalar que adquirió un cariz dharmático, ya que ambos eran muy buenas personas, me aconsejaron, escucharon y así se tornó en un equilibrio vital, estaba de vuelta en mi camino. No obstante, si no me hubiese sucedido lo de un comienzo, jamás nos hubiéramos conocido, de lo cual no me arrepiento, así fue que les relaté sobre las causalidades, que no nos conocimos por azar, sino que por el destino, estábamos vibrando en la misma frecuencia, una frecuencia vibratoria universal, todos éramos uno y uno lo éramos todos, así transcurrió el tiempo hasta que nos separamos, no sé si los volveré a ver, pero fue sin duda alguna un momento mágico, de conexión espiritual, armónica y sensitiva, les dije que su historia no sería olvidada y ellos lo saben, inclusive podría ser digna de un cortometraje, los tres éramos muy soñadores, ellos en sus bicicletas y yo en mi peregrinar, pensábamos, anhelábamos, esperábamos, no sabíamos qué, tan sólo había que hacer fluir la vida, continuar, que no nos desvaneciéramos en el olvido, sino que en el recuerdo, en nuestros nombres y momentos, en el tránsito terrenal y espiritual, en ese silencio absoluto, en esa armonía universal en medio de la experiencia de vivir en ciudad.


                                                                                  José Patricio Chamorro.

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