sábado, 5 de octubre de 2013

Condenados a la soledad.




Aquí yazgo, como un escriba intelectual de escritorio postmoderno. A veces me pregunto y cuestiono sobre la naturaleza de la soledad y de las ideas, escribo para no olvidar, pero ello me hace mantenerme en un estado de lucidez permanente y anhelante de nuevas experiencias, me privo del mundo y el mundo se priva de mí. ¿Le temo al caos mundanal de la sociedad cataclística? Vivo, estoy vivo, por ello escribo. Para dar cuenta de un sentir social permanente, de cuánto me apasiona la vida misma, ¿Me puedo enamorar? Es un verbo inconjugable para mí, cuando amo me entrego en absoluto y soy capaz de darlo todo, quizás por ello quiénes se han cruzado en mi vida, sienten que soy un buen amante. Las ideas fluyen por mi mente y por mi cuerpo, sufro la agonía de la soledad perpetua, lo que veo y observo me parece etéreo. A veces siento que ese estado de lucidez es un arma de doble filo, sin embargo, es mi mayor defensa ante los embates de la vida. Cada instante de mi vida he procurado estar en aquellos espacios donde pueda adquirir nuevas formas de entender la vida, ampliar mi propia visión de mundo. Pero cuando se comparte junto a otro, atraviesan esos momentos instantes irrepetibles, energías que se superponen y sin pensarlo dos veces, cedes por amor, eres capaz de dejarte a ti mismo de lado, por el bienestar de quién amas, ¿amor puro? Permítanme ponerlo en duda, atracciones fatales, de ésas que te hacen caer en tu propio intrincado juego del amor, experiencias que conservo en mi memoria como refráctiles caleidoscopías nocturnas evanescentes.

                A veces siento que la soledad será un estado transitorio, pero miro hacia atrás y si bien, jamás se está totalmente solo en un mundo donde existen billones de seres humanos, el drama existencial es ineludible, el individualismo que no nos permite postergarnos por el otro, si no suple nuestros propios intereses personales. La vil subsistencia se vuelve una canallada olímpica de desterritorializar la existencia de ese otro, que al igual que uno mismo, siente, percibe, sufre y se enamora. En el momento que dejemos de lado nuesto cinismo intelectual y exacerbamiento egotista y narcisista, quizás podamos mirar a nuestro lado y ver la humanidad del otro ser, cuyo rostro da cuenta de una historia personal de vivencias, que lo conducen al momento actual y que, posteriormente lo conllevarán a un futuro que está por escribirse.

                Pensar en otro, es salirse de sí mismo y compenetrarse con las experiencias particulares de vivir, pensar y soñar con quién convives, ¿Enamorarse? Es responder al encuentro íntimo de quién vive el momento como un éxtasis sublimante de placeres corporales, de carnalidades abrasadoras, interrogativas fluctuantes de miradas vacuas, internalizadas de agonías míseras de un cuerpo viviente, sensante y experimentante.

José Patricio Chamorro, 05/10/2013, Santiago de Chile, Ñuñoa.


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