martes, 22 de septiembre de 2015

Erotismo entre sábanas blancas




Quien duerme con un poeta está destinado a la eternidad. Estar con alguien que escribe, que con sus manos crea y recrea mundos apetecibles, siempre es una experiencia revitalizante. Algunos tienden a ser más juveniles, risueños, sobretodo unos besadores únicos, que saben hacer suya cada parte de tu cuerpo, sus caricias son sensaciones para el alma, sus cuerpos entrechocando a vaivenes y cadencia profundas y penetrantes, grandes proporciones, intensas, sintiendo cada músculo y miembro como carne viva, el relajante masaje de despedida. El éxtasis mismo, continuar sin parar, sin detener los cuerpos, en la sonoridad natural de sus gemidos. Es en ese instante en que el cuerpo no puedo expresar en palabras las sensaciones, cuando los labios no hablan, sino que se preparan para el placer, cuando te compenetras con la pasión de los cuerpos, la carne, la voluptuosidad del momento, el fluir en letanías silenciosas, que guardan secretos y que encierra miradas, donde el erotismo lo dice todo, para saberse nada, en que las palabras sobran y los poros se dilatan y se abren de par en par como las piernas al encuentro casual de dos amantes prófugos de sus vidas y ardorosos de vida. Ir en esa búsqueda inesperada de frenesí y desolación por el complemento de esas caricias, por el tacto penetrante de dedos alargados y por los sabores percibidos en ese fuego abrasador de una intensa noche oscura.


Para algunos la noche es intensidad, es momento perdido o momentos para el descontrol, no obstante, para mí, es centrarme en lo más íntimo de mi ser y reencontrarme con mi otro yo, aquel que se desprende para escribir y ser libre a través de esa fluidez que es la escritura, estar y no estar, ser en ausencia, elevarse con cada palabra y con cada aliento que mana de mis dedos y la punta de mi lengua. Cuando me pregunto por qué escribo o para quién lo hago, como cualquier otra pregunta existencial en mi vida, simplemente concluyo que para encontrar esa otra parte de mi existencia más allá de lo cotidiano, más allá de mis propios límites. Genio y figura es crearse a sí mismo en los instantes de la hostilidad del mundo, es ser y no ser, es parecerse a sí mismo, sin reconocerse para ser otro y al mismo tiempo uno. Reconciliarse con las máscaras y destrozas los paradigmas, interpretar el pasado a merced de nuestro futuro. Instaurar un presente ausente de nostalgias y recuerdos en la memoria del olvido.

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