miércoles, 9 de agosto de 2017

Reencantos de juventud, ad portas de 26 años de vida.


¿Qué es el tiempo y su paso por esta vida sino estelas del errante caminar? La vida no son los años a cuestas, ni los pasos andados y desandados cronométricamente como reloj de arena, sino la certeza de haber vivido, de haber elegido caminos, desviado el rumbo, equívocos prematuros, aciertos a destiempo, imágenes de experiencias junto a las huellas de otras almas, aquellas que sin duda llamamos amigos. Para quién hace de la escritura su oficio, escribir unas líneas es un laberinto de vicisitudes, así como la vida que en sus múltiples encrucijadas acorta nuestro andar y pronto debemos buscar otras salidas. Vivir es un arte, una correspondencia de misivas a quiénes una vez estuvieron y ya no están, a aquellos cuyas distancias físicas nos separan imprevisiblemente, pero que más temprano que tarde nos volverán a acompañar.

Las experiencias van y vienen como las estaciones del año que se suceden una tras otra, dictaminando la sentencia de un nuevo año que llega y otro que se fue. La espera se vuelve esperanza de hacernos más sabios en el camino, de aprender que nada es al azar, que somos caminantes con destino y que lo que verdaderamente vale es cuánto amor y entrega hemos puesto en esas huellas en la arena del tiempo ido. Amar, el amor, ese espacio que separa la muerte del más puro sentimiento que es dar sin esperar correspondencia, de desear felicidad a aquellos que han compartido junto a nosotros. Las más de las veces desacuerdos, contrariedades nos separarán, pero sabemos que en lo profundo de nuestro sentir, nuestros amigos, pese a las diferencias de pensar, sentir y actuar jamás nos abandonaran.

 A veces una palabra basta para destruir una amistad de años construida con tal dedicación, así como se cultiva una flor. Sin embargo, las palabras, aquello que la lengua madre nos dejó a través de su belleza de sonidos y significados  también son capaces de construir y cimentar auténticos lazos de amor, que perduran en la fragilidad de este peregrinaje que llamamos existencia y son ellas las que protagonizan los actos más puros del corazón, de ese músculo que no pocas veces nos traiciona, nos acobarda, pero que también nos enamora.

Ad portas de mis 26 años creo más que todo que como lo he escrito antes que cada nuevo año que llega, es una invitación a enamorarse de la vida, a reencantarse de los detalles, de sus colores, aromas, sonidos, experiencias, paisajes y personas. Tal vez es el único viaje del que tenemos certeza que una vez iniciado tiene un final, pero por ello hagamos que cada minuto, cada respiro y sobretodo cada palabra dicha y pronunciada sea el mayor regalo que podamos dar y darnos cada día.


José Patricio Chamorro, 23 de julio 2017.

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