domingo, 21 de mayo de 2023

Reflexión crítica en torno al poema "La higuera" de Juana de Ibarbourou.

Reflexión personal:

El poema La higuera de la escritora uruguaya, Juana de Ibarbouru nos permite reflexionar desde múltiples perspectivas, por ejemplo, desde la mirada del afecto y la empatía, desde la inclusión o inclusive, desde la diferencia: “En mi quinta hay cien árboles bellos, ciruelos redondos, limoneros rectos y naranjos de brotes lustrosos. En las primaveras, todos ellos se cubren de flores en torno a la higuera” (Ibarbourou, 1922). Si bien, a primera vista cada uno de los árboles pareciese resaltar su belleza en primavera, siendo únicamente la higuera quién no se viste de colores, es precisamente aquella diferencia como veremos más adelante, lo que crea su propia resistencia y fortaleza frente a la adversidad.

La personificación de la higuera como una planta sintiente que podría ser capaz de comprender las palabras de la hablante, nos lleva a pensar figuradamente en nuestros estudiantes en el marco de un contexto educativo, puesto que cada uno de ellos posee una autoimagen o autoconcepto personal, que las más de las veces se ve minado por prejuicios o miradas sesgadas de quiénes los rodean. A veces una palabra de amor, cariño o afecto puede salvar un árbol y, como tal, puede salvar también a un niño o a un adolescente, por ejemplo: “Por eso, cada vez que yo paso a su lado, digo, procurando hacer dulce y alegre mi acento: «Es la higuera el más bello de los árboles todos del huerto»” (Ibarbourou, 1922).

Al respecto, es la visión de la hablante, quién percibe a la higuera como fea, probablemente comparada con el canon estético de otros árboles, lo que lleva a que sienta piedad o compasión por ella “Porque es áspera y fea, porque todas sus ramas son grises, yo le tengo piedad a la higuera” (Ibarbourou, 1922). No obstante, la propia mirada compasiva de la hablante se olvida de una cualidad trascendental de la higuera, que es su resiliencia, es decir, la capacidad de sobreponerse en este contexto a climas adversos y resistir dichos embates dadas sus características. Lo anterior nos permite comprender que, porque alguien o algo sea diferente, no quiere decir que no pueda resaltar o, más aún esas propias cualidades que lo hacen diferente es lo que les permite, ya sea a un árbol como la higuera o a una persona, sobrevivir y lograr su pleno desarrollo. Dadas estas características un árbol como este no requeriría la compasión de otros, puesto que en sí mismo posee las condiciones para autovalerse: “Y la pobre parece tan triste con sus gajos torcidos que nunca de apretados capullos se viste...” (Ibarbourou, 1922). Es allí si lo llevamos al mundo de la educación donde radica nuestro rol primordial, vale decir, propiciar las condiciones para que cada individuo o educando, a través de sus propias herramientas logre su máximo potencial.

Para finalizar, considero pertinente terminar este comentario crítico con la siguiente idea respecto a la inclusión que nos invita a repensar como sociedad, así como nuestros sistemas educativos en cuanto a que somos nosotros como docentes quiénes debemos generar de antemano espacios preparados para la diversidad, donde cada estudiante que llegue a nuestras aulas con sus características y condiciones propias, logre florecer en un mundo que le permita brillar con luz propia: “ya no son los grupos admitidos quienes se tienen que adaptar a la escolarización y enseñanza disponible, sino que éstas se adaptan a sus necesidades para facilitar su plena participación y aprendizaje. Esta es la aspiración del movimiento de la inclusión” (Blanco, 2006, p. 5).

 

Bibliografía.

Blanco, G. (2006). Rosa La Equidad y la Inclusión Social: Uno de los Desafíos de la Educación y la Escuela Hoy REICE. Revista Iberoamericana sobre Calidad, Eficacia y Cambio en Educación, vol. 4 (3), pp. 1-15. Red Iberoamericana de Investigación Sobre Cambio y Eficacia Escolar Madrid, España.

 

Comentario a compañeros.

1.- Concuerdo plenamente con la propuesta de María Jesús, puesto que como sabemos, para generar una inclusión real en los diversos grupos sociales que constituyen nuestra sociedad, debemos actuar desde distintos frentes y, claramente la educación es uno de los ejes centrales, que sustenta las bases para la construcción de una sociedad más equitativa, libre y respetuosa de las diferencias. Sin duda alguna, un cambio profundo en el sistema educativo requiere de esfuerzos mancomunados, múltiples iniciativas y un refuerzo constante en posibilitar espacios de inclusión. Es por ello que acciones concretas como implementar cupos prioritarios en carreras masculinizadas o feminizadas, respectivamente; proponer recursos y materiales didácticos, entre ellos, lecturas escritas no solo por hombres, sino que también por mujeres, así como incentivar la participación activa y equilibrada en clases de ambos géneros, así como el empleo de un habla inclusiva, irá forjando un nuevo terreno en la construcción de la identidad y los valores de nuestra sociedad.

2.- Sin lugar a dudas, construir comunidades donde diversos valores, entre ellos la empatía y el respeto sean una realidad habitual es una de las metas primordiales de todo sistema educativo que desea convertirse en una comunidad inclusiva, cuya labor debe desarrollarse a diario integrada en las actividades de aula, en el trato entre docentes y estudiantes, padres, apoderados y asistentes de la educación, es decir, cada una de las personas que conforma una institución educativa debe trabajar y ser parte del proceso transformador de crear espacios inclusivos, atentos a la diversidad que promuevan valores que permita a cada uno de nuestros estudiantes alcanzar su pleno desarrollo y potencial más allá de las condiciones personales que les ha tocado vivir, pero teniendo en consideración estas, potenciando otras.

domingo, 14 de mayo de 2023

Calidad e inclusión: El desafío de una cultura universitaria integral.

 

Sin duda alguna cada vez se ha hecho más patente en los centros educativos y universidades, diversificar las herramientas, metodologías y estrategias de enseñanza por parte de los docentes y generar así espacios que atiendan aulas cuyas realidades diversas requieren de una actualización continúa. Sin embargo, el tema va más allá de lo metodológico, sino que requiere la presencia de una cultura social e interna en los centros educativos que apele al reconocimiento fundamental de una serie de valores, tales como el respeto, equidad, empatía y trabajo en equipo. En otras palabras, una educación de calidad que atienda a la diversidad debiese ser íntegra por antonomasia, consolidándose en un modelo valórico, crítico y reflexivo sobre sus propias prácticas organizativas y actuantes dando respuestas concretas a las necesidades de sus estudiantes que conlleva una particular manera de repensar y comprender el sistema educativo formal: “la inclusión es pues, ante todo, una cuestión de valores, aunque deban concretarse sus implicaciones en la práctica. En definitiva, la inclusión supone una manera particular de entender y pensar la educación” (Durán & Giné, 2011, p. 155).

En la misma línea no podemos soslayar que la educación es un derecho universal y, por lo tanto, todas las personas independiente de sus condiciones físicas, psicológicas, económicas y/o sociales deben tener igualdad de oportunidades y un innegable acceso a una educación de calidad, pese a que en la práctica aún quedan resabios de un sistema obtuso que continúa discriminando y poniendo barreras o limitantes, pero es allí donde con mayor razón la legislación en dichas materias cobra vital importancia, asegurando una trayectoria educativa sistemática y permanente:

(…) se asegurará un sistema de educación inclusivo a todos los niveles y la enseñanza a lo largo de la vida. Así pues, la educación inclusiva se basa en la concepción de los derechos humanos por la que todos los ciudadanos tienen derecho a participar en todos los contextos y situaciones (Durán & Giné, 2011, p. 155).

No obstante, es necesario ir aún más allá, puesto que como se ha señalado, la inclusión no abarca solo atender y dar respuesta favorable a estudiantes con funcionalidades físicas y psicológicas diversas, sino que, a todo el alumnado sin discriminación de ningún tipo, incluyendo aspectos raciales, sociales o de género, por ejemplo. Un aula inclusiva debe ser abierta y flexible a los cambios, comprometida con el desarrollo progresivo y transformador de la calidad de vida de sus estudiantes: “La presencia, la participación y el éxito de todo el alumnado expuesto a cualquier riesgo de exclusión, y no sólo de aquellos con discapacidad o con necesidades especiales (…) la inclusión está comprometida con que los alumnos consigan resultados valiosos” (Durán & Giné, 2011, p. 155).

Como se ha apuntado, la integralidad necesita de un sistema educativo capaz de anticiparse y estar preparado para la diversidad, no solo ajustarse a ello, sino que el sistema completo debe contribuir a desarrollar el máximo potencial valórico y académico en cada estudiante a fin de suscitar un espacio educativo promotor de nuevos y significativos aprendizajes. En suma, una comunidad que lidere el cambio:

La educación inclusiva está íntimamente asociada al desarrollo integral de todos los niños y niñas (…) No son tan importantes las condiciones y características de los alumnos cuanto la capacidad del centro educativo de acoger, valorar y responder a las diversas necesidades que plantea el alumnado (Durán & Giné, 2011, p. 156).

Con todo, a claras luces para reflejar los cambios y renovar la mirada en la educación, un papel clave lo desempeñan los docentes, quiénes no solo deben capacitarse individualmente, sino que ser capaces de aportar con sus propias herramientas personales, habilidades y conocimientos a la construcción de aprendizajes colaborativos en sus comunidades desde una perspectiva constructivista del conocimiento: “la formación deberá ir orientada a la creación de un profesional que reflexiona sobre su práctica, en el seno de una organización educativa; que colabora activamente para mejorar su competencia y la del centro; y que actúa como un intelectual crítico” (Durán & Giné, 2011, p. 157).

Otro aspecto relevante es la necesidad de potenciar el desarrollo de las habilidades blandas o soft skills, que contribuyen a la conformación de comunidades educativas donde todos sus integrantes, desde docentes a estudiantes se involucran en propiciar una mejora en la construcción de sus relaciones intra e interpersonales, saludables y beneficiosas para la comunidad y la sociedad, que reconozca la multiplicidad de estilos de aprendizaje, personalidades, habilidades y talentos de cada uno de sus miembros, pero ante todo centrado en el estudiantado: “el desarrollo del alumnado debe basarse en aportaciones como las inteligencias múltiples, especialmente la interpersonal e intrapersonal, así como el sentimiento de competencia, construido sobre la autoestima” (Durán & Giné, 2011, p. 158).

Un proceso inclusivo real necesita generar el pie de entrada en igualdad de condiciones para todos y todas; por esta razón se vuelve crucial una enseñanza adaptativa, que como el nombre lo dice, se adapte a las necesidades de quiénes conforman la comunidad estudiantil, propendiendo a ayudas graduales y actividades variadas según el grado de apoyo y autonomía de cada estudiante: “la gestión inclusiva del aula requiere la definición de objetivos básicos para todos, con distinto nivel de consecución, y la diversificación de actividades y grados de ayudas” (Durán & Giné, 2011, p. 158).

Otro punto relevante que no podemos omitir es la pertinencia de los actuales enfoques inclusivos en relación con el modo de abordar el trabajo de los estudiantes con necesidades educativas especiales en aula, puesto que, a diferencia de épocas precedentes la educación de dichos estudiantes no debe aislarse del contexto real de aprendizaje, sino que precisamente el aprendizaje significativo y los avances individuales se producen en co-construcción con otros estudiantes, ya que precisamente es en aquella diversidad donde podemos valorar aún más la visión de una educación inclusiva que prepara a sus educandos para la vida: 

(…) toda vez que a menudo los alumnos se hallaban compartiendo buena parte de su tiempo con sus compañeros en las aulas ordinarias. En consecuencia, sus funciones se han venido articulando alrededor de tres grandes ejes: la institución; el aula; y el propio alumno (…) las políticas y la cultura del centro tienen un impacto directo en la organización del aula y en el progreso del alumno, por lo que resulta de vital importancia poder intervenir en su definición y, en su caso, revisión; asimismo, parte de la dedicación del profesor de apoyo tiene como objetivo el aula como contexto próximo de desarrollo, en el que se crean las experiencias y oportunidades, colaborando y potenciando la labor del profesor tutor; finalmente, sus funciones se dirigen al propio alumno con dificultades en su desarrollo, prestando el apoyo necesario (Durán & Giné, 2011, p. 162).

En síntesis, el aprendizaje y acompañamiento de docentes tutores o psicopedagogos, tal como se lleva a cabo en los centros educativos escolares; debiese del mismo modo instaurarse esta cultura de apoyo en la educación superior. Por consiguiente, la invitación es a considerar las dinámicas internas de la institución, su sello y línea de formación académica, que conlleven y contribuyan a desarrollar las máximas potencialidades del alumno, ajustando así los reglamentos internos de las universidades y sus políticas, apuntando a una educación integral que se construya en la diversidad. Es en este sentido que las actividades de aprendizaje e instancias de evaluación no deben diferir del contexto de sus demás compañeros, ellos deben ser copartícipes, que, si bien requieren de un mayor apoyo, no deben quedar excluidos de dichos procesos con un andamiaje mayor si es menester.

La importancia de trabajar con evidencias y generar un clima propiciatorio de buenas prácticas en los centros educativos y universidades es lo que nos lleva nuevamente a la repercusión positiva que posee el trabajo en equipo y el aprendizaje en red, donde todos los docentes y  aquellos profesionales de apoyo a los procesos educativos puedan generar un banco de recursos, cuyos instrumentos evaluativos, estrategias de aprendizaje o metodologías puedan servir de sustento y experiencia como herramientas para otros docentes:

Cada vez parece más necesario que las prácticas que se adopten en el ámbito de las dificultades de aprendizaje y de conducta se basen en evidencias; es más, en algunos países se incluye este requerimiento en la normativa (…) la importancia, por un lado, de explorar en la investigación disponible las posibles alternativas que se revelan con mayores probabilidades de éxito ante un problema determinado y, por otro, la necesidad de documentar las buenas prácticas con objeto de que otros profesionales puedan beneficiarse de los hallazgos, del camino seguido, de las dificultades y éxitos, alimentando así el necesario debate (Durán & Giné, 2011, p. 163).

Para concluir, el ensayo es solo la antesala a nuevas y futuras interrogantes para la inclusión en las universidades, donde se propone sobre todo trabajar colaborativamente intra e interinstitucionalmente, proveyendo de espacios de transversalidad educativa de apoyo entre docentes, psicopedagogos, psicólogos u otros profesionales según sea el caso para atender la diversidad de los estudiantes en aula y aproximarnos al ideal de impartir una educación de calidad que beneficie a todos y todas para alcanzar su óptimo desarrollo intelectual, emocional y social.  Es un desafío en el que se ha avanzado, pero aún quedan muchas aristas de las cuales hacerse cargo, pero antes bien, debemos mirar con optimismo y proactividad los cambios que se han implementado en las últimas décadas.

Bibliografía.

Durán, D., & Giné, C. (2011) La formación del profesorado para la educación enclusiva: Un proceso de desarrollo profesional y de mejora de los centros para atender la diversidad. Revista Latinoamericana de Educación Inclusiva, 153 – 170.

domingo, 7 de mayo de 2023

Transdisciplinariedad en la formación educativa, profesional y laboral en materia de inclusión.

 Señor director:

Es una realidad que en la actualidad existe un avance en materia de acceso a la educación superior, principalmente debido a la gratuidad y, también a causa de una mayor preocupación por generar espacios para la inclusión, sin embargo, aún estamos lejos de la meta de lograr realmente un sistema universitario inclusivo tanto en lo socioeconómico como en aquellos sectores de la población con necesidades educativas especiales. Con lo anterior, en cuanto al primer factor, hago hincapié en la brecha aún existente entre aquellos estudiantes que ingresan a universidades del Consejo de rectores en relación con aquellos estudiantes que ingresan a estudiar una carrera en los Institutos profesionales o Centros de formación técnica. Tal como señaló Patricia Noda en una carta publicada en Vertebral Chile:

El resultado en cifras: aproximadamente el 65% de los estudiantes hasta el quinto decil tienen gratuidad en las universidades acreditadas versus el 37% en los institutos profesionales (IP) y centros de formación técnica (CFT) acreditados. De los 87 IP y CFT que existen actualmente, solo 12 califican para la gratuidad (Noda, 2017).

Lo anterior, fundamentalmente, ya que dentro del marco de exigencias que existen para la gratuidad es contar con, al menos una acreditación de 4 años o más, lo que ha dejado excluido a la gran mayoría de los IP y CFT. No obstante, no es la única problemática al respecto que presenta el sistema educativo superior, pues si bien cada vez más nos encontramos con una preocupación en considerar igualdad de oportunidades de acceso para personas con discapacidad o diversas condiciones que dificulten sus aprendizajes, muchos profesores universitarios que no cuentan con formación docente aún mantienen un modelo de clases expositivas o que homogenizan la enseñanza, no centrando así los aprendizajes en el marco de la diversidad de las aulas de los estudiantes del siglo XXI.

Sin ir más lejos, urge de igual modo una actualización curricular de especialistas en dichas materias, ya sean profesionales de Psicopedagogía, Psicología, Educación especial o Pedagogías en general, que contribuyan a dotar de reflexión crítica y de herramientas al sistema educativo en su transversalidad, trabajando mancomunadamente de manera interdisciplinaria, es decir, desde la educación prescolar, escolar y universitaria con apoyo continúo a los docentes universitarios especialistas en su área, pero, sobre todo, en apoyo de nuestros estudiantes que más allá de la existencia o no de dificultades del aprendizaje, requieren metodologías de enseñanza-aprendizaje actualizadas que aboguen por la diversidad:

Linton (1998) en su libro Afirmando la discapacidad. Conocimiento e identidad [Claiming disability. Knowledge and identity] propone un análisis de la discapacidad desde la docencia universitaria de la disciplina, como psicóloga clínica de formación, y como persona con discapacidad. Su posición es una mezcla del modelo social junto a un planteamiento racional algo abierto a lo interdisciplinar con la pretensión de impulsar un currículo apropiado universitario de estudios sobre discapacidad (Verdugo, 2003, p. 6).

Finalmente, para concluir cabe señalar la importancia de abordar estas materias de manera transdisciplinaria, considerando su complejidad y variadas aristas. Es por ello que se requiere ahondar en la formación de los profesionales antes descritos, que se inserten en distintos campos de estudio y que desde el ámbito laboral contribuyan a la comprensión, visibilización y concientización de estas realidades, sino el futuro en la educación no será del todo auspicioso, tal como señala Verdugo, tomando las palabras de Linton: “las universidades no serán capaces de satisfacer esa necesidad urgente de comprender la discapacidad en sus causas, efectos, representaciones y ramificaciones si la ‘discapacidad’ permanece confinada a los ‘campos aplicados’ tales como el trabajo social o la rehabilitación” (Verdugo, 2003, p. 6).

lunes, 1 de mayo de 2023

“Cuento la comunidad”: Un mundo de etiquetas y segregación social.

 

Desde mi lectura e interpretación del cuento surgen varios detalles que llamaron mi atención, pero sobre todo aquellos que tienen que ver con los prejuicios y estereotipos o las tan mentadas “etiquetas sociales”. Lo anterior se observa, por ejemplo, cuando en el cuento las personas externas a la casa de los niños los apuntan y encasillan: “La gente se fijó en nosotros, nos señalaron y dijeron: Los cinco acaban de salir de esa casa”. Tal como se aprecia, como sociedad continuamente buscamos poner un orden a las cosas para que cobre sentido y normalizamos todo bajo nuestros propios parámetros, refiriéndonos las más de las veces a aquello que es diferente como raro o “anormal”.

Resulta interesante también analizar cómo la situación se da desde los excluidos (el grupo de los 5 niños en la casa), frente a un posible nuevo integrante, es decir, el número 6 y cómo ellos también lo excluyen, puesto que se percibían ahora a ellos 5 como un grupo unitario, pese a sus diferencias internas: “Si bien es cierto que nosotros cinco tampoco nos conocíamos con anterioridad y, si se quiere, tampoco ahora, lo que es posible y tolerado entre cinco, no es posible ni tolerado en relación con un sexto”.

Lo anterior no hace, sino revelar de cómo en nuestra sociedad vivimos rodeados de etiquetas, tanto las que nos imponen otros grupos sociales, como las que imponemos nosotros mismos y que, consciente o inconscientemente producimos segregación al no aceptar, incluir nuevas diferencias. Ante todo, parece una realidad paradojal, dado que todos como condición sine qua non, somos diferentes por naturaleza humana. Efectivamente, la presencia del negacionismo, la crítica, los insultos, la invisibilización, así como la minusvaloración del otro, potenciado por el grupo es una realidad social, pero que también se refleja a diario en las aulas, a través del bullying, generando aulas donde la marginación es una constante, donde se marcan las diferencias y no se incluye a aquel que no encaja dentro del grupo de amigos/as o que no se adapta a las normas impuestas por el grupo, como se observa en el cuento la comunidad: “¿Cómo se le podría enseñar todo al sexto? Largas explicaciones significarían ya casi un a acogida tácita en el grupo. Así, preferimos no aclarar nada y no le acogemos. Si quiere abrir el pico, lo echarnos a codazos, pero si insistimos en echarlo, regresa”.

En la misma línea, lo que plantea Anabel Moriña Díez en el artículo Vulnerables al silencio. Historias escolares de jóvenes con discapacidad; es sin lugar a duda parte del mismo engranaje de un sistema educativo perverso, no por las conductas que intenta imponer o cambiar, sino porque hasta el día de hoy aún continúa perpetuando la segregación, el bullying o la discriminación con aquellos que son tachados de diferentes por poseer una condición funcional física o mental diversa:

Como muestra la narración siguiente, al igual que ha ocurrido en las historias de otros jóvenes de esta investigación, en los centros en los que estuvieron escolarizados tuvo lugar un proceso de etiquetaje, de estigmatización. Estos procesos se hacían transparentes a través de diversas conductas (ya fuera por dónde estaban sentados en las aulas, por las salidas al aula de apoyo, porque se les denominaba recurriendo a etiquetas y clichés, etc.) que hacían que se identificaran las diferencias como un atributo de unos pocos (Moriña, 2010, p. 677).

Comentarios y respuestas a compañeros en el foro:

1.- Concuerdo con Paz respecto a que el modelo social que se ha posicionado hasta nuestros días debe continuar, sin embargo, hay que ir más allá y no caer en lo ideológico del modelo, pues el principal foco efectivamente son las personas con sus diversas funcionalidades, que deben ser capaces de vivir con autonomía, si bien no necesariamente física, sí como sujetos de derechos sociales con ideas propias, autonomía moral, ética o en sus vidas. Lo central a mi modo de entender este paradigma es cómo no solo integramos, sino que dejamos de excluir, porque es como sociedad donde aún nos ponemos vendas ante los ojos. No podemos invisibilizar o hacer que otros se hagan cargo; nosotros también somos parte constitutiva de la sociedad y, por lo tanto, lo que hagamos en lo cotidiano o desde la docencia universitaria en este caso puede sentar precedentes para disminuir esas brechas educativas.

No son pocos los estudiantes que a diario llegan a nuestras aulas con algún tipo de condición física o mental, no obstante, las más de las veces son los que más se empeñan en sacar adelante sus estudios y querer nivelarse, pero más que todo está en cómo entregamos herramientas para que alcancen un óptimo desarrollo sin poner aún más limitaciones.

2.- Me parece pertinente la reflexión, ya que lamentablemente en nuestra sociedad a fuerza de ley de uno u otro modo se busca llevar a la práctica una realidad necesaria como lo es la inclusión. Sin embargo, como han planteado los textos teóricos esto no implica que como sociedad realmente realicemos una introspección o análisis que salvaguarde los valores como el respecto a la diversidad, sino más bien lo que hace es que sin concientizar, solamente se transforma en mera imposición. Por este motivo soy un convencido que desde la vereda de la educación hay mucho que podemos aportar en crear consciencia, debates, pensamiento crítico llevado a la acción desde lo cotidiano. Hablar, defender la diversidad en los más variados ámbitos y replantearnos el ser y hacer de la universidad en particular, así como de la educación en general.

Mi arte poética

Arte poética (José Chamorro)

Escribo desde el alma que aniquila la razón y no de sin razones del corazón deseadas. Escribo porque nací poeta en una generación ...