viernes, 17 de febrero de 2012

Cuestionario de Proust sobre su personalidad/ anexo de mi personalidad.







Este cuestionario me lo envió una amiga que al igual que yo se dedica a la escritura permanentemente, ella como conoce mi fascinación y adoración por y hacia las letras me lo envió, por si me animaba a responderlo y efectivamente, así lo haré, contestaré una a una las consiguientes preguntas en lo posible desde el alma de mi personalidad; por lo demás citaré lo que señaló mi amiga al respecto: “Este es un cuestionario que encontré en un libro que alguna vez leí (Beso a ciegas de Alain de Bottom) y me llamó mucho la atención por las preguntas que hacía y porque estaba contestado por Marcel Proust. Lo busqué en internet para saber si de verdad existía y si eran reales estas respuestas de Proust, y sí. Resulta que es un cuestionario para descrifrar la personalidad de quien lo contesta, lleva el nombre del escritor porque él fue el primero en contestarlo (dice en la web). Encontré varios con las mismas preguntas pero redactadas diferentes o con preguntas menos, así que copiaré el que tengo en el libro que dije. Y le agregaré mis propias respuestas!! (y las de Proust también)”.

Pd: Mis respuestas, las anotaré en cursiva, añadiéndolas a las de Proust y de Monserrat.

El rasgo principal de mi personalidad:

Proust: La necesidad de que me quieran; para decirlo con mayor exactitud, más la necesidad de que me mimen que la de que admiren.

Monse: Creo que pensar mucho las cosas y soñar demasiado. Por eso me llegó mucho un cortometraje donde un ángel le dice a un hombre que acaba de morir y puede resucitar: -Deja de pensar, ¡Esto es la vida!

José Patricio: (Rasgos) La soledad, el análisis, la introspección –lo que me ha servido para escribir y leer con mayor tiempo- sin embargo, cuando me reúno con mis amigos es generalmente para conversar en mayor profundidad. Por otro lado, detesto y detestaré siempre la monotonía.

Las virtudes que busco en un hombre:

Proust: El encanto femenino.

Monse: Inteligencia y buen humor, pero sobretodo buen humor. No podría vivir con alguien que no me hiciera reír.

José Patricio: Paciencia, sabiduría, tiempo, entendimiento, análisis y que ame la lectura y las conversaciones profundas.

La virtud que prefiero en una mujer:

Proust: Las cualidades de un hombre, además de sinceridad en la amistad.

Monse: Que sean luchadoras y puedan ver más allá de sus narices.

José Patricio: Concuerdo con Proust; las cualidades de un hombre, agregándole la sensualidad venusiana y el mirar apasionado.

Lo que más aprecio en mis amigos:

Proust: Su ternura para conmigo, si son lo bastante agraciados para que yo considere valiosa esa ternura.

Monse: La lealtad, la confianza, el amor y el optimismo.

José Patricio: Su paciencia para comprender mis continúas teorías, su disposición y tiempo, pero sobretodo la dedicación y entrega de parte de sus vidas, para compartirlas conmigo.

Mi mayor defecto:

Proust: No saber, no ser capaz de desear con fuerza.

Monse: No perder, vivir en el ayer, no dormir.

José Patricio: Querer saberlo todo, pensar continuamente en abstracto y teorías, a veces olvidando el sentir con el corazón.

Mi ocupación preferida:

Proust: Amar.

Monse: Concuerdo con él, hay que enamorarse cada vez que se puede.

José Patricio: Leer, escribir, estudiar y debatir ideas, pero se sintetiza en “pensar”.


Mi ideal de felicidad:

Proust: Temo que no sea lo bastante elevado. No me atrevo a expresarlo y tengo miedo de destrozarlo si lo expreso.

Monse: Me imagino pasto, pajaritos cantando, los amigos, la familia, el amor. Todos para mí.

José Patricio: Creo que la felicidad es un estado transitorio-ilusorio, efímero y absoluto, que al expresarlo en palabras como dice Proust lo degradamos y deformamos, pues la empiria es distinta a la abstracción.

Cuál sería mi mayor desgracia:

Proust: No haber conocido a mi madre o a mi abuela.

Monse: Morir sin haber cumplido mis sueños.

José Patricio: No pensar, no sentir, no vivir.

Quién me gustaría ser:

Proust: Yo mismo, tal como las personas que admiro quisieran que fuese.

Monse: Una versión mejorada de mí.

José Patricio: Yo mismo. Soy feliz con la vida que he escogido y  más aún, con la libertad que he tenido, espero vivir más años para prolongar aquel disfrutar y conocer que nunca terminará.

El país en el que me gustaría vivir:

Proust: Un lugar en el que haya ciertas cosas que deseo, y donde los sentimientos y la ternura siempre se compartieran.

Monse: Estoy bien acá. Me gustaría conocer muchos lugares y quedarme mucho tiempo en ellos, pero nunca dejaría de "vivir" en mi país. Si cortara las raíces, creo que me marchitaría.

José Patricio: Donde se me respete por quién soy, por cómo soy y por lo que hago.


Mi color preferido:

Proust: La belleza no reside en los colores, sino en la armonía que existe entre ellos.

Monse: Que buena respuesta la de Proust! A mí me gusta el magenta.

José Patricio: La belleza es efímera, los colores se corresponden con nuestra limitada captación y percepción de ellos, no obstante, me quedo con el escarlata y azul-marino-profundo.

La flor que más me gusta:

Proust: La flor del propio yo. Aparte de ésa, todas las demás.

Monse: Los pensamientos.

José Patricio: La rosa azul, por su magnificencia y pureza, por ser simplemente ella.


Mi ave preferida:

Proust: El gorrión.

Monse: El chincol ¿Hai visto a mi tío Agustín?

José Patricio: El halcón, por su volar libre y anhelante, por su búsqueda ideal.
Mis autores preferidos:

Proust: Hoy, Anatole France y Pierre Loti.

Monse: Mario Benedetti.

José Patricio: Hoy, Aristóteles, Huidobro, Rubén Darío.


Mis poetas preferidos:

Proust: Baudelaire y Alfred de Vigny.

Monse: Jorge Teillier.

José Patricio: Rubén Dario, Rimbaud,

Mis héroes preferidos de ficción:

Proust: Hamlet.

Monse: El principito.

José Patricio: Ivain –ideal del caballero medieval.-

Mis heroínas preferidas de ficción:

Proust: Bérénice [pero antes había tachado Fedra]

Monse: Alicia, Medea, Miss Marple y Midori.

José Patricio: Medea, Virginia Wolf.


Mis nombres preferidos:

Proust: Sólo los prefiero de uno en uno.

Monse: Alba, Alicia, Ámbar, Gustavo, Guillermo.

José Patricio: Los de etimología simbólica; Darío, Ángel y nombres de flores.


Cómo me gustaría morir:

Proust: Siendo mejor... y bien amado.

Monse: Rápido y sin dolor. La verdad es que no sé, pero me gustaría que no fuera en un sueño.

José Patricio: Habiendo sido feliz –por lo ilusorio que sea- habiendo amado y conocido lo que más a lo que mi vida alcance y aspire.

Mi estado actual anímico:

Proust: Aburrido de pensar en mí mismo para dar respuestas a todas estas preguntas.

Monse: Tengo sueño, son las 4.19. Iré a dormir.

José Patricio: Pensativo, reflexivo y predispuesto a seguir escribiendo y leyendo.

jueves, 16 de febrero de 2012

Programática simbolista y descubrimiento de un nuevo paradigma de representación del sujeto en los poemas de “el arte del sugerimiento” de Vicente Huidobro.




En primer lugar, previo al análisis particular de la obra de Huidobro, específicamente la vinculada al arte del sugerimiento, haré referencia a sus obras en líneas generales, dando un panorama diacrónico sobre ésta, para así desembocar finalmente en el análisis de sus poemas, donde me valdré como es usual, de marcas textuales que me permitan su interpretación. Es así que hay que mencionar que Huidobro posee una amplia poética, que es a su vez su faceta más connotada, sin embargo, como señala René de Costa, generalmente se le tiende a conocer por Altazor y por ser el padre y precursor del Creacionismo en Chile. No obstante, como sabemos, ésta es sólo una parte del polifacetismo Huidobriano: “[…] su poesía posterior, social y conversacional, es poco conocida. Igualmente ignorada es la subversiva faceta dadá de los años veinte en París.”[1] Inclusive se podría establecer una línea periódica de los distintos procesos por los que pasó y vivió, así se oteará a continuación: “1)sus inicios en Chile bajo la influencia del modernismo; 2) su asimilación del cubismo en París en 1917 y la elaboración del Creacionismo; 3) el período de experimentación dadá y la práctica de una escritura surrealizante y anti-surrealista; 4) lo que podría considerarse el ciclo de Altazor y Temblor de cielo; 5) seguido de una década de compromiso político con la poesía al servicio de la revolución; y, finalmente, 6) una última etapa de renovación que le va acercando a una poesía conversacional, signo de nuestra época actual.”[2]

         Si bien la obra huidobriana, lo define en cuestión, lo más preponderante de él y como han señalado los críticos, era su personalidad, la que influirá tanto en su escritura como en su vida, sobretodo por los cambios continuos, esa multiplicidad y multifacetismo que podremos ir comprobando: “[…] su convicción personal de estar siempre en lo cierto, y su capacidad, incluso su necesidad vital, de cambio, de renovación estética constante. Renovación y no transformación o metamorfosis ya que Huidobro no abandonó nunca –y nuestra época tampoco- la noción romántica del poeta como vate, como vidente, como un ser privilegiado e hipersensible cuya misión es, como él mismo afirmara al final de su vida: llenar el mundo de poesía.”[3] Entre otros rasgos y repercusiones de su parafernalia y extravagante personalidad, vamos encontrando viajes a Europa, ruptura con el conservadurismo de la clase social a la que se adscribía y pertenecía –la aristocracia chilena decimonónica- entre otros que procederé a citar: “[…] Desde el principio fue una figura controvertida, un verdadero carácter, según un temprano boceto biográfico: Este muchacho artista es un carácter. Cuando otros, a su edad, con su posición social y sus millones, se entregan a la esterilidad de una vida estragada de ocios y de blandos u oscuros libertinajes, él, demasiado poeta, y con algo de un Quijote moderno en el alma y en las pupilas, alza la pluma como una bandera de luminosos ideales, depone sus prejuicios de estirpe, y escribe sus libros que son como una rebelión para su cuna.”[4]

             Otra de sus propuestas estéticas emparentadas con su visión Creacionista, es cuando comienza a dar a luz Non serviam, frase latina que implica que él dominará a la naturaleza, es decir, que ya no será su servidor, poniendo en el tapete la discusión sobre la mimesis/imitatio platónico-aristotélica, que por tantos años embargó los estudios literarios: “Hemos aceptado, sin mayor reflexión, el hecho de que no puede haber otras realidades que las que nos rodean, y no hemos pensado que nosotros también podemos crear realidades en un mundo nuestro, en un mundo que espera su flora y su fauna propias. Flora y fauna que sólo el poeta puede crear, por ese don especial que le dio la misma madre Naturaleza a él y únicamente a él. Non serviam. No he de ser tu esclavo, madre Natura; seré tu amo…”[5] Habla también, posteriormente por qué fue designado como Creacionista y describe la conferencia del Ateneo (1916) donde señaló: “Fue allí donde se me bautizó como creacionista por haber dicho en mi conferencia que la primera condición del poeta es crear; la segunda, crear; y la tercera, crear.”[6]
           
            Por otro lado, retornando a la línea simbolista, aquí habrán diversos autores –los principales exponentes del simbolismo- que influirán en la poesía de Huidobro hacia los inicios de la segunda década del siglo XX, análogamente al desarrollo de una poesía visual, que viene a ser el caso de los caligramas: “El inicio del cultivo de la poesía visual con los caligramas de 1913 pone en ese contexto una nota original. La apertura creciente hacia un lenguaje poético de modalidades desviatorias inspiradas en la poesía de Rimbaud, Baudelarie y Mallarmé y de los hispanoamericanos Julio Herrera y Reissig y Leopoldo Lugones, se muestra en imágenes determinadas de poemas de 1913, de las que el poeta hará registros manifiestos o autocitas exactas o con leves modificaciones en la construcción del texto continuo de su obra poética y de su teoría creacionista y rescatará en múltiples ocasiones.”[7] Por otra parte, con el pasar del tiempo llegará a desarrollar una poética del sugerir, un “Arte del sugerimiento”, que viene a ser todo un cambio de paradigma, así se lo presupone, el que poseerá sus propios lineamientos y técnicas, que innovarán en lo que se venía haciendo en poesía hasta aquel entonces: “A partir de El espejo de agua (1915-1916), Huidobro desarrolla un nuevo tipo de poema: el poema sugerente. En sus ensayos de pasando y pasando (1914) había hablado, conforme al pensamiento de Mallarmé, del “Arte del sugerimiento”. Se trataba en el caso de practicar la elipsis, la omisión de partes de la oración, para mover al lector a llenar los vacíos de la indeterminación. A eso se refería el poeta cuando hablaba en la primera propuesta:

Que el verso sea como una llave
Que abra mil puertas
Una hoja cae; algo pasa volando
Cuanto miran los ojos creado sea
Y el alma del oyente quede temblando.”

            El crítico Cedomil Goic, en otro de sus artículos profundiza aún más en este tipo de arte huidobriano, sobretodo aludiendo a las características sintácticas del arte del sugerir, entre las que se encuentran las consabidas anteriormente y otras que agrega: “[…] que se inspira en Mallarmé, cuando en aras de la oscuridad expresiva y del misterio reduce la integridad sintáctica del discurso omitiendo algunos elementos y permitiendo que ciertos adjetivos o verbos indeterminados dejen abierta en el lector la sugestión de más de un sentido o de connotaciones reverberantes y novedosas […]”.[8] Baste agregar que el léxico en general tenderá a lo ambiguo, a lo polisemántico, permitiéndonos cada vez que lo leamos, tener una perspectiva renovada sobre él, así de igual modo variará entre un lector y otro –piénsese en la teoría de la recepción.- Pero vayamos a lo que se dice textualmente Huidobro en su Arte del sugerimiento, en un primer momento lo define y habla de la estética que se va generando: “El arte del sugerimiento, como la palabra lo dice, consiste en sugerir. No plasmar las ideas brutalmente, gordamente, sino esbozarlas y dejar el placer de la reconstrucción al intelecto del lector.”[9] Cabe nuevamente considerar la trascendencia del lector en tanto receptor de la obra literario-poética, pues conforme a su sensibilidad y bagaje cultural-libresco, por ejemplo, podrá hacer nuevos nexos que le permitan comprender un determinado procedimiento y sugerir: “Por eso la percepción de esa poesía lejana, vaga, que podríamos llamar de horizonte, la percepción de esa poesía que se resbala, que se esfuma, que pasa, está en razón directa con la sensibilidad del lector.”[10]

            A su vez, si bien hay un cambio de paradigma, sigue vinculado en parte con la línea programática del simbolismo, más que todo, por ejemplo, en correlación con lo dicho por Mallarmé, a través del empleo de un vocabulario que tiende a las divagaciones, ensueños y lo nebuloso: “Pienso que sólo es necesaria una alusión. La contemplación de los objetos, la imagen que surge de los ensueños suscitados por ellos, son el canto. Nombrar un objeto es suprimir las tres cuartas partes del goce del poema, que consiste en adivinarlo poco a poco. El perfecto uso de ese misterio constituye el símbolo: evocar poco a poco un objeto para patentizar un estado de alma, por el contrario, escoger un objeto para deducir de él un estado de alma por una serie de adivinaciones… Si un ser de una inteligencia mediana y de una cultura literaria insuficiente abre por casualidad un libro así escrito, y pretende gozar con su lectura no consigue su objeto.”[11]

            Una vez se ha explicado las temáticas que aborda el arte del sugerimiento y sus características esenciales, veremos cómo se aplican en su poética, es decir, su funcionamiento en los poemas continuadores del Espejo de agua: El primer poema a analizar es Arte poética; en él iremos viendo cada vez más esbozos del creacionismo, donde el poeta deberá inventar mundos nuevos, a la manera de un pequeño Dios:

“[…] Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra;
El adjetivo, cuando no da vida, mata.

[…] Por qué cantáis la rosa, ¡oh poetas!
Hacedla florecer en el poema;
Sólo para nosotros
Viven todas las cosas bajo el sol.
El poeta es un pequeño Dios.”[12]

            El consiguiente poema a analizar es “El espejo de agua”, se apreciarán figuras como la del cisne, que era central en la poética de Darío, encontraremos una superposición de la horizontalidad y la verticalidad, pero ante todo en lo que respecta al sujeto, habrá una metáfora sobre ésta, una dejerarquización. Cabe destacar que es un poema nocturno-onírico, al contrario del Arte poética, que era un poema diurno. Pues en este poema aparecerán imágenes oníricas, que nos remiten a los postulados freudianos y lacanianos. Dentro de las técnicas del arte del sugerimiento, por lo demás, aparecerá la eliminación de los conectores, nexos y a nivel inconsciente-freudiano, se aprecian concepciones como la pulsión thanática y pulsión libidinal:

“Mi espejo corriente por las noches,
Se hace arroyo y se aleja de mi cuarto.”[13] (Imagen de la nocturnidad).

“Mi espejo, más profundo que el orbe
Donde todos los cisnes se ahogaron.”[14] (Imagen Dariana.)

“[…] Sobre sus olas, bajo cielos sonámbulos,
Mis ensueños se alejan como barcos.”[15] (Imagen onírica-simbólica-freudiana.)

“De pie en la popa siempre me veréis cantando.
Una rosa secreta se hincha en mi pecho
Y un ruiseñor ebrio aletea en mi dedo.”[16] (Imagen modernista-Dariana).

            Otro poema a interpretar, vinculado con el arte del sugerimiento es “El hombre triste”; Aquí en la relación al sujeto se contemplarán dos pulsiones o deseos de éste. Habrá una nítida manifestación del dolor en: llorar, despertar.

“Lloran voces sobre mi corazón…
No más pensar en nada.
Despierta el recuerdo y el dolor,
Tened cuidado con las puertas mal cerradas.

[…] En la alcoba,
Detrás de la ventana donde el jardín se muere,
Las hojas lloran.”[17]

            Al mismo tiempo, en este poema aparecen rasgos de la poesía adjetival, es decir, del contorno, una secuencia del ocultamiento y la expresión y la presencia de la figura de la madre agonizante (Habla de “la madre” (universal-genérica) y no de “su madre” (personal-particular), que ella le achacó). También pervive una oposición entre el Todo/Nada y Decir/callar o Expresar/ocultar.

“[…] La madre que murió sin decir nada
Trabaja en mi garganta.

Tu figura se ilumina al fuego
Y algo quiere salir.
El chorro de agua en el jardín.”[18]


[1] Vicente Huidobro, Poesía y poética. René de Costa, Alianza Editorial Madrid. Prólogo. Pp. 7.
[2] Íbidem. Pp. 8.
[3] Íbidem. Pp. 9.
[4] Íbidem. Pp. 9-10.
[5] Íbidem. Pp. 11.
[6] Íbidem.
[7] La poesía de Vicente Huidobro, Cedomil Goic. Pp. 2.
[8] Espacialismo y dimensión visual en la poesía de Huidobro. Universidad Católica. Cedomil Goic.
[9] El arte del sugerimiento. Vicente Huidobro.
[10] Íbidem.
[11] Íbidem.
[12] Vicente Huidobro, Poesía y poética. René de Costa, Alianza Editorial Madrid. De el espejo de agua. Pp. 47.
[13] Íbidem.
[14] Íbidem.
[15] Íbidem. Pp. 48.
[16] Íbidem.
[17] Íbidem.
[18] Íbidem. Pp. 49.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Proceso de sustitución de la divinidad y proyecciones del sujeto profético en la poesía de Gabriela Mistral.




En primer lugar, cabe referir que la poesía mistraliana estará enmarcada por variados simbolismos, los que tendrán en sí dejes filosóficos, surgiendo como propuesta estética y punto de partida para las sucesivas poéticas chilenas. Por otro lado, se irá apreciando tanto desde una matriz inconsciente como consciente aquellos simbolismos, demostrándose a lo largo de este trabajo su sustitución y las implicancias de ella, inclusive basándose en determinados postulados freudianos que nos irán aclarando el panorama interpretativo de su obra. Desde esta perspectiva, me valdré ante todo del texto de Patricio Marchant, el que explicitando el contenido simbólico-inconsciente, nos plantea la siguiente sustitución, que viene a ser la piedra angular de su ensayo: “Lo único que resulta posible (es decir, más bien, necesario) es postular la presencia, la acción –sin poder explicar su surgimiento- de una Forma Inconsciente Generante que determina un contenido latente, estructurado en forma articulada y un muy diferente contenido manifiesto de esa poesía; una forma lógica que llama ser recibida y que predetermina lógicamente lugares precisos de poetizar. Ahora bien, el trabajo sobre la Forma Inconsciente Generante debe partir por el estudio del árbol-Cristo mistraliano, objeto muy resumido de esta ponencia […]”.[1]

            En cuanto al símbolo que nos muestra, es decir, la figura del árbol-cristo, veremos cómo esta metáfora le irá dando vida y significación a la poesía de Mistral, la que a su vez posee una vinculación directa con la presencia/ausencia de la madre, que iremos dilucidando a posteriori.  Por lo menos nos prefigura tres nominaciones a la metáfora señalada, que el crítico Scarpa apuntó: “[…] En Desolación, se llamó Árbol muerto. En dos de esas versiones primeras el poema se llamaba Árbol-Cristo, en una, y Un árbol-Cristo, en la otra.”[2] Aquí claramente nos encontramos frente a una correspondencia figurativa, donde ambos elementos se superponen, desembocando en un bi-símbolo, inseparable y bi-semántico, que analógicamente como procedimiento gestáltico, el todo será más que la mera suma de las partes. Sin embargo, Marchant enuncia que no podemos comprender aquella noción sin entender a su vez qué significa Cristo y qué es el árbol, en sus palabras: “Pero, como es evidente, negar una relación intrínseca entre el árbol y Cristo supone, al menos, saber dos cosas, qué sea el árbol, qué representa el árbol en la estructura de la psique y saber de qué modo, como qué, Cristo afecta el alma del creyente o del hombre que pertenece a la tradición cristiana.”[3] Sin lugar a dudas establecer estos vínculos, se logra a través de una interpretación de la mente, específicamente en el sub-consciente, espacio donde las imágenes-poético-simbólicas cobran significancia, que si vamos ahondando aún más, probablemente ni aun Gabriela M. conocía la relevancia de su imaginería poética.

            Pero Marchant no busca respuestas metafísicas ni ontológicas, sino más bien refiere lo siguiente: “Preguntémonos por la poesía, a partir de la poesía de Gabriela Mistral, no qué sea un árbol, no qué sea Cristo –estas preguntas, formuladas en términos de lo que algo sea, de lo que algo es, adelantan su respuesta, una respuesta metafísicamente determinada por la esencia –sino preguntémonos cómo insiste en su poesía el árbol, cómo insiste Cristo. Insistir: es decir, mantenerse algo firme en, aferrarse a.”[4]

            Como ya se ha mentado, al pertenecer aquellas imágenes al ámbito del subconsciente, es válido emplear como herramienta interpretativa el psicoanálisis freudiano, no obstante, éste será impreciso para este caso, tal como se percibirá a continuación: “[…] Intentemos ir a las raíces del árbol. ¿Qué nos puede decir, por ejemplo, el psicoanálisis sobre lo que el árbol representa, sobre el árbol como símbolo? El árbol para Freud es símbolo fálico y como, ciertamente, el árbol que insiste en la poesía de Gabriela Mistral no es un símbolo fálico, resulta evidente que el psicoanálisis sensu stricto freudiano no nos presta ninguna ayuda en este punto.”[5]  Pero yendo más allá de Freud, pervive una imagen simbólica de “agarrarse”, “enraizarse”, lo que básicamente relaciona el árbol con la madre natura, por ejemplo, o inclusive una “madre universal”, lo que viene aparejado posteriormente a un desagarrarse, todo lo cual es el instinto de apego y filiación madre/hijo, fundamental en la etapa de la infancia, pues una afectación en ésta, puede desencadenar un complejo edípico.

            Por otra parte, no existe una noción unívoca de “madre”, al contrario, pareciese ser un término en sí polisemántico, bajo el prisma del psicoanálisis: “[…] En la serie de las formas de madre que el psicoanálisis distingue  (las tres formas distinguidas por Freud: la madre-productora, la madre-amante y la madre-muerte que recoge al hijo muerto; la noción de madre de Groddeck, como madre incestuosa –su interpretación de Siegfried-, distinta de la madre como virgen y de la madre como amante que recoge el sexo del hombre después del acto de amor –su interpretación de la Pietá-, aquello que Hermann entiende por madre es el sentido primario, más elemental, arcaico por consiguiente,  y que permanece, produciendo sus efectos específicos, en todas las otras nociones de madre.”[6] Retomando el sentido del árbol en la poesía de Mistral, símbolo de mayor preeminencia, pero generalmente opaco semánticamente, al menos en su interpretación, pues como se sabe es igualmente polisemántico –como la mayoría de los símbolos diacrónica y sincrónicamente hablando, en términos semióticos sausurreanos- es entendido por Marchant como: “Si como símbolo fálico tal vez no aparece nunca sino implícitamente (en Éxtasis de Desolación), sí aparece varias veces como madre productora, otras veces, como se le puede llamar al árbol de Altazor, como árbol-jeune fille en fleur, otras veces como árbol-Jesús, árbol de Navidad, o como árbol-Erasmo, árbol de la cultura (en Hijo Arbol) o como árbol de sentido, árbol-maestra (en La Maestra Rural), otras veces como leño que arde como símbolo del hijo, pero sobre todo y fundamentalmente en Desolación y en los poemas escritos en Magallanes que permanecían inéditos, como árbol-madre-arcaica objeto del instinto inhibido del “agarrarse a”, soporte, complemento, Unidad Dual con el Hijo.”[7]

            Hasta ahora se ha ido esbozando la imagen del Cristo Mistraliano, cohesionándolo con otros objetos poéticos, sin embargo, es necesario precisar el significado que cobra en su poesía a la luz de algunos poemas de su obra, que nos servirán de referencia. No obstante, previo a mi análisis personal, emplearé lo dicho por Patricio Marchant: “[…] Nos referimos aquí sólo a dos poemas de Desolación: El Dios triste y la Cruz de Bistolfi. Detengámonos en lo que estos poemas nos dicen sobre la existencia o, mejor dicho, la presencia o ausencia de los dioses, de Dios. En esta poesía la ausencia o la presencia de un Dios se demuestra –bastante heideggerianamente, pero antes de Heidegger, por supuesto- por la capacidad de un Dios de determinar un modo de existencia humano.”[8]  En efecto, dirijamos nuestra mirada a aquellos poemas, el primero de ellos: La cruz de Bistolfi nos presenta un sentir y existir de Cristo, pues no sólo él se encuentra ahí sin más, sino que la sujeto lo presiente, está junto a él y hasta cierto punto, también nosotros estamos a su lado, él nos determina, ya que yacemos inseparables sobre él:

“Cruz que ninguno mira y que todos sentimos,
La invisible y la cierta como una ancha montaña:
Dormimos sobre ti y sobre ti vivimos;
Tus dos brazos nos mecen y tu sombra nos baña.”[9]

            El consiguiente poema es el Dios Triste, perteneciente de igual modo a Desolación, aquí la existencia de Dios se genera en la oposición presencia/ausencia, pues se encuentra ahí, ya que se puede captar, sentir, aunque no se ve, lo que nos conlleva a una ausencia física de él. Por tanto habría una consonancia entre presencia/espíritu y ausencia/corporeidad, por ello Mistral aludirá más bien a estados psicológico-espirituales sobre él, más que a caracterizaciones físicas, así se ve en el poema. Cabe considerar que cuando hace referencia a rasgos físicos, éstos están en relación con la naturaleza y que aquello que halla no es en sí mismo Cristo, sino que es la naturaleza como sustitución de Cristo, mostrándonos una imagen aparencial-ilusoria de él:

“Mirando la alameda, de otoño lacerada,
La alameda profunda de vejez amarilla,
Como cuando camino por la hierba segada
Busco el rostro de Dios y palpo su mejilla.”[10]

            En la siguiente estrofa apercibiremos más bien estados psicológicos, sentimientos tanto de la sujeto como sus apreciaciones sobre lo que siente Cristo, sus pesares y sufrimientos, lo que se condice nuevamente con la naturaleza, inalienablemente:

“Y en esta tarde lenta como una hebra de llanto
Por la alameda de oro y de rojez yo siento
Un Dios de otoño, un Dios sin ardor y sin canto
¡Y lo conozco triste, lleno de desaliento!”.[11]

            La estrofa subsiguiente, mantiene aquel estado de desolación, en un tono cada vez más sufriente, donde la estación otoñal, representará lo alicaído y triste, al unísono, la personificación de Cristo estará dada por un ser doliente, al que le caen lágrimas y de mirada mustia:

“Se oye en su corazón un rumor de alameda
De otoño: el desgajarse de la suma tristeza;
Su mirada hacia mí como lágrima rueda
Y esa mirada mustia me inclina la cabeza.”[12]

            Por otra parte, adelantándonos a lo que desarrollaré con posterioridad, que es la visión de la sujeto como profeta, ésta al menos en el poema del Dios triste, es una intercesora, aquella que realiza plegarias, sintiéndose representante del mundo, pues –según ella- de aquí no han surgido, lo que es menester para reivindicar su imagen y absolver su herida, efectivamente ella busca su comprensión, la plegaria, por lo tanto, no será un ruego, sino que una compenetración y alivio hacia el sufrimiento de Cristo:

“Y ensayo otra plegaria para este Dios doliente,
Plegaria que del polvo del mundo no ha subido:
Padre; nada te pido, pues te miro a la frente
Y eres inmenso, ¡inmenso!, pero te hallas herido.”[13]

            A continuación reseño lo que Marchant ha explicitado sobre la imagen del Dios triste, figura que desentrañará, así se complementará lo hasta aquí expuesto: “[…] El segundo Dios que se nombra es el Dios triste, el Dios Padre de los cristianos; Dios inmenso por la inmensa cantidad de hombres que se determinen por él, existente ahora, pero ahora implícitamente también, siempre, Dios ontológicamente triste, débil, herido, sin aliento y, defecto capital, Dios sin canto, es decir, Dios que no es origen del canto. Tercero, finalmente, en La Cruz de Bistolfi, el nombre de Dios oculto, la Cruz. Cruz que para sentirla no necesitamos saber que la sentimos, que es cierta, como ancha montaña, cuyos brazos nos mecen y su sombra nos baña. Cruz que es nuestro único amor real […]”.[14] Pero el ensayo de Marchant y más aún lo que él señala, lo sintetiza en el siguiente párrafo, reduciendo su pensamiento en una equivalencia entre Dios y madre arcaica: “Ahora bien, si la Cruz es madre y si la Cruz es un árbol y todo árbol, que es madre, es Cruz; si Cristo está en la Cruz, si la Cruz es Cristo (una Cruz desnuda de Cristo, como la Cruz de Bistolfi, es Cristo), entonces, siendo Cruz, siendo árbol, Cristo es madre.”[15] En líneas generales y correlacionadas con la cita precedente, se observan ciertas pretensiones que podemos inferir de la poesía de la Mistral, la que apunta en sí a una sustitución en términos de Marchant de un falogocentrismo, constitutivo de la tradición occidental, acuñado por Derrida, a la divinidad vista como madre.

“Cristo opera en el estrato más profundo del inconsciente no como figura masculina, como Dios-hombre o como un hombre-Dios sino que opera, está inscrito, produce efectos-de-madre opera como madre.”[16] Esto nos lleva al mito de una edad de oro-matriarcal-originaria, una suerte de paraíso perdido dentro de la historia de la humanidad, donde la mujer era la cabeza de la familia, contraponiéndonse al falocentrismo posterior, sobretodo en Occidente: “[…] La acción redentora se consumirá sólo cuando una voz diga y una voz enseñe la verdad –la verdad del reino de las madres que fue destruido y que debe ser restaurado. La poetisa y la maestra serán las figuras femeninas, las verdaderas madres encargadas de terminar la acción que Cristo en la Cruz, permaneciendo en la Cruz no puede terminar.”[17]

            La próxima línea a seguir, es la del análisis de su poemario, centrándome primeramente en uno de los poemas de Lagar, donde iré descifrando a la sujeto como profeta y el proceso de sustitución de la divinidad, a través de marcas textuales –esto, abarcando toda o gran parte de su poética-; el primer poema que escogí es “Volcán Osorno”, aquí si bien no hay un proceso de sustitución de Cristo, encontramos al menos una comparación, donde se compara la imagen de la muerte con la de Cristo, cuya equivalencia está dada en los pasajes bíblicos, donde Dios al haber resucitado, vence a la muerte, por tanto ese “matar”, es con mayor razón un “vencer”, un triunfar por sobre ella:

“Volcán Osorno, pregón de piedra,
Peán que oímos y no oímos,
Quema la vieja desventura.
¡Mata a la muerte como Cristo!”.[18]

            Por otra parte, el consiguiente extracto de su poética que analizaré es Desolación, del cual ya se han aprehendido al menos dos de esta serie de poemas; La Cruz de Bistolfi y El Dios triste. Por ello me centraré en los demás poemas, que no dejan de ser igual de relevantes, el primero será “Nocturno”; este poema es altamente simbólico y alusivo, pues hay continúas referencias a momentum bíblicos y de sustitución, no divina, sino de la sujeto como profeta, que siente los padeceres de Cristo:

“Padre Nuestro que estás en los cielos,
¡Por qué te has olvidado de mí!
Te acordaste del fruto en febrero,
Al llagarse su pulpa rubí.
¡Llevo abierto también mi costado,
Y no quieres mirar hacia mí!”.[19]

            La postrera estrofa, de igual manera es una repetición de pasajes de la Biblia, de carácter y conocimiento popular, lo que nos invita en tanto receptores de su obra, a captar la esencia de aquella sustitución de la divinidad por la de la sujeta-profeta:

“Me vendió el que besó mi mejilla;
Me negó por la túnica ruin.
Yo en mis versos el rostro con sangre,
Como Tú sobre el paño, le di,
Y en mi noche del Huerto, me han sido
Juan cobarde y el Angel hostil.”[20]

            El próximo poema, también perteneciente a Desolación, se denomina “El ruego”, en el que la sujeto se transforma en una pedigüeña, que no hace más que solicitarle por medio de plegarias a Cristo que cumpla los designios de ella, a su vez ella también es una profeta, ya que es nuevamente la intermediaria, ya que por medio de su palabra, logrará vincular el poder divino y su omnipotencia con los problemas mundano-terrenales, específicamente los relacionados con el amor hacia su amado:

“Señor, tú sabes cómo, con encendido brío,
Por los seres extraños mi palabra te invoca.
Vengo ahora a pedirte por uno que era mío,
Mi vaso de frescura, el panal de mi boca.”[21]

            Por otro lado, tendremos no sólo invocaciones en tanto ruegos hacia la divinidad, sino que también habrán ciertas interpelaciones hacia ella, por los martirios pasados y así la sustitución se invierte, vale decir, ya no será divinidad-sujeto profética, sino que la sujeto-profética será sustituida en su sentir por la divinidad, como se aprecia en la siguiente cita:

“Y amor (bien sabes de eso) es amargo ejercicio;
Un mantener los párpados de lágrimas mojados,
Un refrescar de besos las trenzas del cilicio
Conservando, bajo ellas, los ojos extasiados.

El hierro que taladra tiene un gusto frío,
Cuando abre, cual gavillas, las carnes amorosas.
Y la cruz (Tú te acuerdas ¡oh Rey de los judíos!)
Se lleva con blandura, como un gajo de rosas.”[22]

            “Paisajes de la Patagonia”, es otro poema perteneciente a Desolación, aquí también habrán reminiscencias de la sujeto-profeta, pero más que todo habrá un paralelismo entre el paisaje y los estados anímicos de la hablante-sujeto, que de igual modo dará a conocer una visión sobre la madre –rememórese lo adscrito sobre la madre arcaica- simbolizada no sólo literalmente, pues la madre es la noche que la cubre por un lado, “La tierra”, también representa la imagen de la madre, pero de cierto modo infructuosa, es decir, un desapego hacia ella y desde ella. Finalmente “La mar” desde antaño es símbolo de la madre pródiga, de aquella que nos da la vida y subsistencia, perteneciente a diversas tradiciones y a una suerte de inconsciente-arcaico-colectivo:

“La bruma espesa, eterna, para que olvide dónde
Me ha arrojado la mar en su ola de salmuera.
La tierra a la que vine no tiene primavera:
Tiene su noche larga que cual madre me esconde.”[23]

            Aquellas reminiscencias de las que hablaba sobre la sujeto-profeta, se aprecian patentemente en la siguiente cita, donde ella es la escogida, la que “ha venido a la tierra” y que sólo han ido más allá que ella los muertos, sin embargo, ella ha visto atisbos de la divinidad y más aún cuando habla sobre la venida de barcos desde otras tierras, es para referir que están en la tierra de los hombres, mientras que los suyos están en la tierra de los muertos, en comunión con Dios:

“¿A quién podrá llamar la que hasta aquí ha venido
Si más lejos que ella sólo fueron los muertos?
¡Tan sólo ellos contemplan un mar callado y yerto
Crecer entre sus brazos y los brazos queridos!

Los barcos cuyas velas blanquean en el puerto
Vienen de tierras donde no están los que son míos;
Sus hombres de ojos claros no conocen mis ríos
Y traen frutos pálidos, sin la luz de mis huertos.”[24]

            La última estrofa del poema es sin duda alguna la más gloriosa y fundamental para comprender la noción de la sujeto-profeta, donde la imagen de la nieve será representante de la divinidad, a guisa de Espíritu Santo, que la cubrirá y la desbordará en éxtasis, lo que es claramente una representación simbólico-mística, que confirma y reafirma a la sujeto como profeta, pues aquel estado es el que a los poetas místicos áureos españoles, por ejemplo, los adjudicó como tales:

“[…] La nieve es el semblante que asoma a mis cristales:
¡Siempre será su albura bajando de los cielos!

Siempre ella, silenciosa, como la gran mirada
De Dios sobre mí; siempre su azahar sobre mi casa;
Siempre, como el Destino que ni mengua ni pasa,
Descenderá a cubrirme, terrible y extasiada.”[25]


[1] El árbol como madre arcaica en la poesía de Gabriela Mistral (1982), Patricio Marchant. Pp. 111.
[2] Íbidem. Pp. 112.
[3] Íbidem. Pp. 113.
[4] Íbidem. Pp. 114.
[5] Íbidem.
[6] Íbidem. Pp.115.
[7] Íbidem. Pp. 118-119.
[8] Íbidem. Pp. 121.
[9] Poesía completas, Gabriela Mistral. De Desolación; La Cruz de Bistolfi.
[10] Íbidem. De Desolación; El Dios triste.
[11] Íbidem.
[12] Íbidem.
[13] Íbidem.
[14] El árbol como madre arcaica en la poesía de Gabriela Mistral (1982), Patricio Marchant. Pp. 121.
[15] Íbidem. Pp. 122.
[16] Íbidem.
[17] Íbidem. Pp. 123.
[18] Poesía completas, Gabriela Mistral. De Lagar; Volcán Osorno. Pp. 492.
[19] Íbidem. De Desolación; Nocturno. Pp. 80.
[20] Íbidem.
[21] Íbidem. De Desolación; El ruego. Pp. 99.
[22] Íbidem. Pp. 100.
[23] Íbidem. De Desolación; Paisajes de la Patagonia. Pp. 123.
[24] Íbidem. Pp. 123-124.
[25] Íbidem.

domingo, 12 de febrero de 2012

Una lágrima por mí derramarás.




Quiero beber de tus besos y piel
Hartarme con tus caricias y sensaciones
Vivir el placer prohibido
Ser uno solo hoy hasta la eternidad
Estás lejos, extraño tu voz, tu amor
Tus pensamientos me corresponden
Aunque tus ojos miren a otro
Y tus manos rocen los pechos de otro
Tus labios jamás me olvidarán
Los párpados de tus ojos aún me recordarán
Los besos que me has robado
Los guiños que me has dado
Fuimos felices y si tan sólo vuelves
Me liberarás de la prisión en que me has dejado
Humillado y rendido, esclavo de nuestra pasión
Amante en las frías tardes del ayer
Olvidado, polvo en las horas del mañana
Tan sólo un vago pensamiento
Una lágrima por mí derramarás
Pero cuando lo hagas, tu mente conmigo estará.

Mi arte poética

Arte poética (José Chamorro)

Escribo desde el alma que aniquila la razón y no de sin razones del corazón deseadas. Escribo porque nací poeta en una generación ...