martes, 10 de enero de 2012

La imagen del provinciano a través de “El provinciano renegado”, Jotabeche.


          

            Antes que todo, cabe referir que José Joaquín Vallejo (Jotabeche), se destacará y cobrará preeminencia en base a la creación de sus artículos de costumbres, los que tendrán como motivo central, la caracterización de tipos humanos y sociales, que representan ciertos modos y estilos de comportamiento de la sociedad epocal, es decir, se situarán en el contexto de mediados del siglo XIX chileno, cuya vida radicaba en la mezcla entre lo provinciano/rural-capitalino/urbano, dicotomía que se denota patente en sus artículos, que en tanto tales, poseen una índole de carácter periodístico, cuyas características centrales, entre otras encontramos: “El estilo agresivo, ácido, de los artículos publicados en La Guerra o la Tiranía, se convirtió en el acerado y generoso de los artículos de costumbres que comenzaron a ver la luz en El Mercurio de Valparaíso, en los primeros meses de 1842.”[1] A su vez, no podemos dejar pasar la noción de inter-textualidad e influencia en la escritura jotabechiana, donde se toma como claro referente, la figura de Larra, precursor de los artículos de costumbres, donde Vallejo sobre aquél señala: “rara vez me duermo, sin leer algunas de sus preciosas producciones.”[2] Lo anterior derivará en una visión pesimista sobre la sociedad y el tiempo en el que le tocó vivir.
           
            En primera instancia, ¿cuál es la representación que nos hace Jotabeche sobre el provinciano? La respuesta ante aquella interrogante, está al inicio del artículo: “El provinciano que se va a vivir a la capital, renunciando su provincia, la provincia de sus padres, en la cual nació y le criaron; he ahí lo que, sino digo, he querido decir en mi epígrafe: ése es el tema de lo que por ahora salga.”[3] Efectivamente, según lo planteado, abordará una especie de migración campo-ciudad, a través de la figura de un provinciano, con sus características y costumbres particulares y cómo se adapta o desadapta a estas nuevas normas sociales, per se, diametralmente distintas.

            De inmediato nos encontramos ante los juicios del narrador sobre el comportamiento “inusual” de aquel provinciano que nos describirá, citaré lo que refiere al respecto: “El hijo de provincia que es dueño de un caudal viejo y tradicional, de capitales acumulados, poco a poco, por él o sus antecesores, rara vez o nunca abandona el país de su cuna.”[4] Vale decir, apunta a un cierto folklorismo y tradicionalidad propia de la concepción de mundo rural. Por otro lado, también enuncia que la clase media tampoco tendrá provincianos renegados, pues hay un cierto grado de contento con el status social en el que se vive, que no implicará una migración para optar por mejores condiciones de vida –central en el viaje y migración en estos casos.-

            Luego apunta el caso de los proletarios –en tanto clase obrera- cuyas migraciones dice textualmente, se producen principalmente por los siguientes motivos: “No emigran a la capital, sino por el hambre, o por haber cometido algún delito en su provincia.”[5] Se desprende de lo hasta aquí expuesto, que aquel “reniego” es un cierto distanciamiento y deslinde de su tierra, familia y raíces, donde además subraya que otro de los fines de aquellas emigraciones son el afán de búsqueda de riquezas y prosperidad, que entroncará la mayoría de éstos: “Son bien conocidas y harto justificadas las causas que les obligan a este reniego. La primera hacer su gusto; la segunda comprar hacienda, casa, chacra y quinta; la tercera rodar coche; la cuarta exhibirse; la quinta poner a cubierto sus capitales de los ataques del gobernador […]”.[6]

            Sin embargo, la vida del provinciano renegado tiene más de una vicisitud, por consiguiente, para alcanzar la prosperidad, tendrá que vivir ciertas peripecias, que Jotabeche describe con suma pulcritud: “El que repentinamente se hace rico, no es sino después de haber probado, por muchos tiempos, la desgracia de ser pobre. […] En sus muchas épocas de escasez, el rico improvisado necesitó que uno le habilitara en sus empresas, que otro le amparase con su crédito, que éste le consiguiese esperas, que el otro le prestase su dinero.”[7] Ante cuya descripción culmina con una reflexión que no deja de ser cierta: “El rico improvisado, cuando llega a serlo, se encuentra como nos encontramos todos los pobres, cargado de esa inmensa deuda de gratitud, aparte de la de dinero, que es tan difícil cancelar con la plata.”[8]

            Dejará, desde otro ángulo, una incógnita abierta, que procede a responder: “¿Qué le pasa al provinciano rico al encontrarse en sus nuevos hogares? Los primeros que les visitan son los médicos.”[9] Y esto, ¿por qué?, pues precisamente a que generalmente reciben por compensación una serie de achaques y alteraciones en sus temperamentos –teoría hipocrática- cuyas dolencias describirá de un modo variopinto: “[…] para convertir el cuerpo del renegado en la mansión predilecta de todos los constipados, indigestiones, cólicos y reumatismos endémicos y epidémicos, conocidos y desconocidos bajo el cielo de Santiago.”[10] ¿Cómo es la morada del provinciano santiaguino? Ante todo lóbrega y silenciosa dice Jotabeche, hasta llega a señalar que se asemeja a un sepulcro. Continúa dando cuenta de las metamorfosis que sufren los integrantes de la familia que se ha trasladado, lo que provoca un sentimiento de compasión ante el cuadro mostrado: “Si la emigración ha sido con la familia y todo, los niños luego se aclimatan en los colegios; pero el resto de los individuos de ella se agostan y marchitan, como esos arbustos tropicales recién trasplantados a donde reinan las nevascas de los polos.”[11] Menciona, por otra parte, una imagen del usurero renegado, siempre triunfante a través de la estafa.

            Finalmente lo que sin duda adquiere mayor relevancia es esta reflexión realizada hacia el final, donde se da cuenta del olvido y verdadero reniego por parte de los provincianos, a sus orígenes: “Al lado de esta recomendación tienen el defecto de ser muy ingratos para con su provincia, de la que si se acuerdan alguna vez, es con la misma vergüenza que les causa la memoria de haber sido pobres.”[12]


[1] Artículos de costumbres, José Joaquín Vallejo, Santiago, Zig-zag, prólogo. Pp. 5.
[2] Íbidem.
[3] Íbidem. El provinciano renegado. Pp. 139.
[4] Íbidem.
[5] Íbidem. Pp. 140.
[6] Íbidem.
[7] Íbidem.
[8] Íbidem.
[9] Íbidem. Pp. 141.
[10] Íbidem.
[11] Íbidem. Pp. 142.
[12] Íbidem. Pp. 143.

lunes, 9 de enero de 2012

Aplicación de la Teoría de los temperamentos en la novela Casa Grande.



         En primer lugar, antes de adentrarnos al análisis y aplicación de la Teoría de los temperamentos, debemos comprender qué se entiende por éstos y, sobre todo, sus orígenes, los que si bien calan profundamente en la tradición literaria naturalista, éstos tienen una larga data, proveniente de la visión griega y manifestada por Hipócrates, perteneciente a la escuela médica-lógica, es decir, racional, de hecho procederé a citar textualmente un extracto de esta teoría: “Este último, después de decidir sobre las circunstancias de la edad del paciente, de la zona, de las enfermedades, buscaba mediante el raciocinio el remedio de su ciencia; e investigaba, poniendo en juego la razón, cuál era la causa de las enfermedades [el remedio era buscado por el razonamiento]. Los empíricos no seguían más que la experiencia, mientras que los lógicos sumaban el raciocinio a la experiencia.”[1]

          Un tema directamente imbricado con lo antes dicho es el desarrollo específico de esta teoría, lo que adjuntaré de manera detallada y que tomaré como punto de partida para mi análisis: “Sobre los cuatro humores del cuerpo:1. La salud es la integridad del cuerpo y el equilibrio de la naturaleza a partir de lo cálido y lo húmedo, que es la sangre. De ahí que se diga sanitas (salud), como si se dijera sanguinis status (estado de la sangre). Todas las enfermedades tienen su origen en los cuatro humores[2], a saber: en la sangre, la bilis, la melancolía y la flema. [Por ellos se rigen los sanos; por ellos padecen los enfermos, pues cuando han aumentado más de lo que es natural producen las enfermedades]. Del mismo modo que son cuatro los elementos, cuatro son también los humores, y cada humor se corresponde con un elemento: la sangre representa el aire; la bilis, el fuego; la melancolía, la tierra; la flema, el agua. Cuatro son, por lo tanto, los humores —como cuatro son los elementos— que conservan sano nuestro cuerpo. 4. La sangre[3]  tomó su nombre de una etimología griega, porque el hombre, gracias a ella, se alimenta, se sustenta y vive. Los griegos llamaron cholera[4] (derrame biliar) a lo que duraba el espacio de un día; de ahí que «cólera» equivalga a fellicula, esto es, «derrame de bilis». A la bilis los griegos la llaman cholé. 5. La melancolía recibe su nombre del sedi­mento negro de la sangre mezclada con abundancia de bilis. Los griegos a lo negro lo llaman mélan, y a la bilis le dicen cholé. 6. En latín, a la sangre se la denomina así porque es suave[5]; de ahí que los hombres en los que domina la sangre sean dulces y amables. 7. La flema la llamaron así por ser fría. Al frío los griegos le dan el nombre de phlegmoné.”


            Es así que la aplicación de la teoría de los temperamentos es parte fundamental en lo que será considerado como el método experimental, cuyo nombre deriva de la realización de experimentos, en este caso aplicado a los tipos humanos, para comprobar a la usanza científica, ya sea estableciendo hipótesis o formulando teorías, a partir de las que se comprobará finalmente cuál es el resultado de la convivencia, por ejemplo, de un melancólico/a con un sanguíneo/a. De este modo, un caso paradigmático de la obra, será la relación amorosa que comienza a gestarse entre Angel Heredia y Gabriela Sandoval, siendo el primero de ellos, a raíz de la información que nos va entregando el narrador, un personaje del tipo melancólico, pues baste citar algunos rasgos tópicos de la descripción que se hace sobre él. Cabe destacar a su vez que lo que interesa respecto a los humores, es la descripción psicóloga o etopéyica, que será la que nos permitirá distinguirlos, sin embargo, la física o prosopográfica nos puede sugerir también ciertos rasgos identificatorios: “Notábase algo lento y como calculado en su andar, a la manera de los animales felinos, en tanto que su pupila, a ratos dejaba caer fulgores fosforescentes, produciendo en el ánimo extraña impresión de fuerza mezclada con languidez, de energía aterciopelada, de audacia tímida, de algo encubierto y velado […] Era una fisonomía perturbadora y enigmática, en la cual, a ratos, dominaba sello melancólico de profunda tristeza, que atraía, y a ratos mueca irónica de crueldad premeditada, de frialdad agresiva, que alejaba.”[6]

            Por otro lado, en la forma de Gabriela Sandoval, tendía a primar un carácter y espíritu místico, cuya relación estaba estrechamente ligada al elemento aire –concepción aristotélica- que se condice con el tipo más sanguíneo de todos, justamente donde prima más ésta, cuyo carácter es eminentemente amable y delicado, pero a su vez elevado: “Era, el suyo, al parecer, espíritu místico, de aquellos seres aislados, superiores y solitarios que nacen y viven para el amor divino; naturalezas hechas para la contemplación y ensueño en que el ser parece como suprimido y desvanecido hasta confundirse en el Amado, como Santa Teresa.”[7] De esta manera, con el pasar del tiempo, se acentuarán aún más sus características y tipo sanguíneo inherente: “Había salido del colegio, tenía ya diecinueve cumplidos, y cuando se presentaba en los primeros bailes, murmullos de admiración acogían su espléndida y opulenta belleza rubia, su esbelto y espigado cuerpo, su mirar suavísimo, y aquella su encantadora expresión de bondad y de grave prudencia impresa en su boca de labios un tanto gruesos y entreabiertos.”[8] Finalmente, se torna necesario resaltar que sus privilegios y talentos exteriores se corresponderán con su predisposición interior, lo que se aprecia en la siguiente marca textual: “Gabriela, junto con el sentimiento instintivo de superioridad social, templado por su bondad y su modestia ingénitas, había recibido educación refinada, hablaba francés como parisiense, era música, y tenía hábitos de lujo de princesa, que todo lo pide, sin averiguar nunca precios. Todo eso contribuía, desde el primer momento, a sus éxitos mundanos.”[9]


[1] Cf. Celio Aurelio, Di morbis acutis, prooem. (Daremberg, 479); Galeno, Definitiones medicae (Künh,  19,387).
[2] Íbidem.
[3] Sin duda, Isidoro ve en dsan o dsen = vivere  la etimología de sanguis.
[4] Cf. Celio Aureliano, De morbis acutis 3,19.
[5] Cf. Etim. 11,1,122. Isidoro emplea un juego de palabras: sanguis - suavis.
[6] Casa Grande, Luis Orrego Luco, Santiago, Nascimento, 1973. Pp. 11-13.
[7] Íbidem. Pp. 13.
[8] Íbidem. Pp. 13-14.
[9] Íbidem. Pp. 14.

sábado, 7 de enero de 2012

Real es la idea humana, pensé y reí.




Encadenantes realidades, ausencia de ideales
Humanidad despensada y frívola
Decadente realidad, ausencia de ideal
Humano despensado y frío
Decae la realidad, se ausenta la idea
Deshumano pensado y frío
Cae lo real, se ausenta la idea
Soy humano y pienso y río
Lo real se ausenta
La idea es humana, piensa y ríe
Real es la idea humana, pensé y reí.

jueves, 5 de enero de 2012

Acercamientos y diferencias de Don Catrín de la Fachenda con la novela picaresca.


    Al referirnos al género picaresco, nos remontamos ineludiblemente al período clásico español, donde alcanzará su auge, es así que es preciso añadir algunas de las características nucleares de ésta, para apreciar cómo se enmarcará el Catrín de la Fachenda respecto a ella, es así que nos encontramos con la figura del pícaro, siendo éste un personaje que transcurre y vive por una serie de peripecias, donde su suerte se ve trocada una y otra vez, que si pensamos en el Lazarillo de Tormes, por ejemplo, éste tendrá una gama de amos, comenzando por su “iniciador”, el ciego, el que lo conducirá por los inusitados caminos de la vida. Por otro lado, un rasgo fundamental de la picaresca, es la ficción autobiográfica, la que inherentemente es narrada en primera persona y, por tanto, con un grado elevado de subjetividad, que será definitorio en el Catrín, pues él nos dirá y referirá un concepto sobre él, unas facetas que para nada son las reales, sino que como sabemos, todo corresponde a una ironía alegórica –por así decirlo- en torno a su vida.

            Por otra parte, entendiendo al Catrín, en tanto pícaro, éste cada vez pasará por situaciones peores, sin embargo, si bien éste es el modelo convencional de la picaresca, lo que a nosotros podría parecernos peor, en realidad para él será la felicidad máxima, pues su vida oscila de forma pendular, no obstante, en vez de transformarse su vida en desdicha, como lo es cuando, pasa de una rencilla o pendencia a la muerte de sus padres, lo que pese a su reacción, es indiscutible que va de mal en peor, realmente lo que tendremos es una reacción opuesta a la esperada, que puede ser considera con tono irónico: “Si el primer año de esos dos fue bueno, el segundo fue inmejorable, porque a sus principios se le puso a mi padre en la cabeza la majadería de morirse, y se salió con ella; mi madre no tuvo valor para quedarse sola, y dentro de un mes le fue a acompañar al camposanto.”[1] No podemos olvidar, que la ironía justamente marcaba la pauta en la picaresca y como ya se ha referido, ésta nos acompañará hasta el final en la presente obra –muertes que contraen dicha y diversión, qué más irónico que aquello.-

            Tampoco se puede soslayar que profusamente se va mencionando el término pícaro en la obra, para referirse al Catrín y sus picardías, que se corresponde con la percepción que tienen los demás sobre él, contraria a la que posee él mismo: “No tuve más arbitrio para excusarme sino decirle que me parecía muy bien su deseo, y desde luego lo cumpliera si no hubiera yo tomado tanto aguardiente, pues mi hermana vivía conmigo y una tía muy escrupulosa, si me olía me echaría tan gran regaño que me haría incomodar demasiado, y al mismo tiempo juzgaría  que el nuevo amigo tenía la culpa y era un pícaro que se andaba embriagando, por las calles, enseñando a borracho a su sobrino […]”.[2]

            Finalmente su suerte llegará hasta tal extremo, que quedará literalmente, sin nada, sin mover un dedo por cambiar su estado, ya que según su propia percepción, como era un Catrín, el hecho de que hiciese algo, era indigno de su linaje –puras patrañas-: “En éstas y las otras, como era fuerza comer por mis arbitrios así que no hallaba dónde me hicieran favor, me quedé en cueros en dos por tres; y conozco que si yo mismo hubiera hecho mis diligencias de empeñar y vender mis cosillas, algo más hubiera aprovechado; pero esto no podía ser. ¿Cómo un Don Catrín de la Fachenda había de empañar ni vender nada suyo y por su propia mano? Semejante conducta habrá ajado mi honor, y malquistádome en todo mi linaje.” [3]

            El Catrín entonces es un pícaro y ¿cuál será la conclusión a la que llegaremos en cuanto a esta condición? A lo que dicen textualmente e injuriando a nuestro protagonista, lo que radica en ser cierto, no obstante, él intentará desmentirlo: “Pero después de todo el catrín es una paradoja indefinible, porque es caballero sin honor, rico sin renta, pobre sin hambre, enamorado sin dama, valiente sin enemigo, sabio sin libros, cristiano sin religión y tuno a toda prueba.”[4] Su muerte ignominiosa finalmente será el símbolo de su vida licenciosa y libertina, cuya muerte será la de un ruin pícaro.


[1] Don Catrín de La Fachenda. Pp. 3, cap. V.
[2] Íbidem. Pp. 50.
[3] Íbidem. Pp. 55.
[4] Íbidem. PP. 66.

miércoles, 4 de enero de 2012

Ironía y didactismo en la obra Don Catrín de la Fachenda.


            Antes que todo, es menester señalar que la obra Don Catrín de la Fachenda, de Fernández de Lizardi, se enmarca en el contexto de la ilustración y es desarrollada a través del género literario novelesco, es así que nos encontraremos con ciertos rasgos tópicos de ésta, donde justamente primará el carácter didáctico-moralizante propio de la ilustración y su afán enciclopedista, donde se perseguía iluminar y educar al vulgo y una manera de llevarlo a cabo, eran precisamente los libros. Por otro lado, en lo que respecta a la Ironía, no hay que olvidar que en tanto figura perteneciente a la retórica y, por ende, vinculada a su concepción clásica, ésta es un juego lingüístico-semántico, donde se alteran los referentes, cuya finalidad es provocar humor y ese aspecto risible, que ya abordaba Aristóteles en su poética. De este modo, una primera aproximación a la obra de Lizardi e intento a su vez de desentrañamiento la podemos encontrar en la siguiente cita de María Eugenia Mudrovic: “(…) La más ardua de las batallas fue sin duda querer cambiar el destino de ese sector medio empobrecido al que pertenecía y al que creyó moral y socialmente asfixiado bajo el peso de los excesos, el derroche y el ocio.”

            Sin embargo, para ahondar y comprender de mejor manera incluso la intencionalidad del uso de la ironía y el didactismo, es que me abocaré al análisis de los dos primeros capítulos de la obra, permitiéndonos el primero de ellos captar la esencia de la ironía en Don Catrín; remitámonos entonces al título de este capítulo: “Vida y hechos del famoso Don Catrín de la Fachenda”[1]; es así que ya desde el título se nos presenta una especie de ironía alegórica, en tanto, ésta será abarcadora de toda la novela. Pues Catrín en la mayoría de las circunstancias –si es que no en todas- hace alusión a sus méritos y bondades, donde –según su propia opinión- era el más conocido y reputado de los Catrines, que como veremos y ello se entenderá de mejor modo posteriormente a través de su faceta de pícaro, era en realidad todo lo contrario, situación que será confirmada en cada una de sus peripecias y ardides.

            Por otro lado, el primer párrafo también resulta revelador y será el inicio de una extensa enumeración de cualidades que las más de las veces, resultan ser meras fachadas, quizá he ahí la cercanía con “Fachenda”: “sería yo el hombre más indolente y me haría acreedor a las execraciones del universo, si privara a mis compañeros y amigos de este precioso librito, en cuya composición me he alambicado los sesos, apurando mis no vulgares talentos, mi vasta erudición y mi estilo sublime y sentencioso.”[2] Claramente, lo que aquí expone, se contrapone al tópico de la Falsa modestia, puesto que no aminora sus talentos, sino que de manera contraria, los exhibe con deleite, cuya finalidad es destacar más aún sus cualidades, que como se ha dicho es una especie de falseamiento en el que nos hará caer, lo que se percibe, por ejemplo, de manera explícita en: “mis no vulgares talentos”, “mi vasta erudición” y “mi estilo sublime y sentencioso”.

            A su vez, en tanto interpretación, podríamos dilucidar que aquella búsqueda de honores se debe justa y precisamente a su carencia de ellos, por tanto, pretenderá demostrarlos una y otra vez, lo que se aprecia, en la consiguiente cita: “Sí, amigos catrines y compañeros míos: esta obra famosa correrá… Dije mal, volará en las alas de su fama por todas partes de la tierra habitada y aun de la inhabitada; se imprimirá en los idiomas español, inglés, francés, alemán, italiano, arábigo, tártaro […].”[3] Si pensamos también en la connotación de la personificación de la “fama”, ésta es casi una diosa griega, que nuevamente nos remite a ese ideal ilustrado-neoclásico, que tiene por características, el conocimiento de los textos de la antigüedad clásica grecorromana.

            También se va perfilando el carácter de parodia que se irá desarrollando en la obra, donde hay una burla hacia la estética épica, ya que él señalará al igual como se establecía en ésta, que el contenido de su relato, será el más encomiable, que como hemos visto, es sólo aparente: “¿Y cómo no ha de ser así, cuando el objeto que me propongo es de los más interesantes, y los medios de los más sólidos y eficaces?”[4] Continuando con la misma cita, incluso hay un efecto moralizante el que se trasluce al referir su vida en tanto modelo “digno” de imitar, sin embargo, claramente esto se enmarca dentro de la ironía, ya que finalmente descubriremos que sus actos se simbolizan más bien en un personaje ruin, antes que en uno dignificable: “El objeto es aumentar el número de los catrines; y el medio, proponerles mi vida por modelo…”[5]

            En la medida que vamos incursionando y recorriendo la obra, nos salta cada vez más a la vista su “verdadero” modo de ser el que se opone sobremanera a lo que dice, por consiguiente, no debemos considerar literalmente sus palabras, sino como un mero alarde que ofusca su desvirtuosismo: “He aquí en dos palabras todo lo que el lector deseará saber acerca de los designios que he tenido para escribir mi vida; pero ¿qué vida? la de un caballero ilustre por su cuna, sapientísimo por sus letras, opulento por sus riquezas, ejemplar por su conducta, y héroe por todos sus cuatro costados.”[6]  Finalmente la ironía más notoria la percibimos hacia el final de este primer capítulo, donde incluso se auto-designa como el “héroe” de su siglo, lo que dista en demasía de ser así: “Pero como cada siglo suele producir un héroe, me tocó a mí ser el prodigio del siglo XVIII en que nací, como digo, de padres tan ilustres como de César, tan buenos y condescendientes como yo los hubiera apetecido aun antes de existir, y tan cabales catrines que en nada desmerezco su linaje.”[7]

            De todo lo hasta aquí reseñado, podemos concluir que con su retórica intentará embelesarnos hasta el final, no obstante, si desde un inicio vamos desentrañando sus patrañas y picardías, no nos logrará embaucar con sus palabras, que por lo demás, siempre estarán recubiertas por la rúbrica de la ironía, incluso su linaje y genealogía son sobrevalorados.

            Por otro lado, hacia el 2º capítulo y también en el 3º -pese a que por razones de espacio, no podrá ser desarrollado-, se irá desenmarañando el carácter didáctico del presente libro, el que, por ejemplo, se ve manifestado a través de la figura del tío cura, quien en sí representa un carácter en tanto personaje, de corte discursiva-moralizante: “Sus discursos eran concertados, y las palabras con que los profería eran dulces y a veces ásperas, como lo fueron siempre para mí; su traje siempre fue trazado por la modestia y humildad propia del carácter que tenía.”[8]

            Un claro ejemplo del talante moralizante, como bien decía, se capta en las palabras del tío cura, he aquí uno de sus discursos, donde reflexiona y reprende a Catrín, por no querer continuar con sus estudios: “Por cierto que has leído mucho y bueno para creerte un sabio consumado; pero sábete para tu confusión, que no pasas de un necio presumido que aumentarás con tus pedanterías el número de los sabios aparentes o eruditos a la violeta. ¿Qué es de que las ciencias son inútiles? ¿Qué me puedes decir acerca de esto que yo no sepa? Dirásme sí, que las ciencias son muy difíciles de adquirirse, aun después de un estudio dilatado; porque toda la vida del hombre, aunque pase de cien años, no basta a comprender un solo ramo de las ciencias en toda su extensión.”[9]

            La cita sobre Rousseau, no permite entrever el carácter ilustrado del clérigo, que se condice con sus sermones, descollando continuamente el tema de la moral y la virtud: “¿Qué más dirías si supieras que a mediados del siglo pasado el filósofo de Ginebra, el gran Juan Santiago Rousseau, escribió un discurso probando en él que las ciencias se oponían a la practica de las virtudes, y engendraban en sus profesores una inclinación hacia los vicios, cuyo discurso premió la Academia de Dijón en Francia?”.[10] Otra cita que se condice con la precedente es la vinculada con Cicerón, que también se corresponde con el canon neoclásico-ilustrado, que refiere el tío: “Últimamente: el necio se llamará dichoso mientras sea rico; el sabio lo será realmente en medio de la desgracia si junta la ilustración y la virtud. Por esto dijo sabiamente Cicerón que todos los placeres de la vida ni son propios de todos los tiempos, ni de todas las edades y lugares; pero las letras son el alimento de la juventud, y la alegría de la vejez; ellas nos suministran brillantez en la prosperidad, y sirven de recurso y consuelo en la adversidad.”[11] Finalmente, en lo que concierne a esta arenga, estará en pro de rectificar la conducta de Catrín.


[1] Don Catrín de La Fachenda. Pp. 3, cap. 1.
[2] ´Íbidem.
[3]  Íbidem.
[4]  Íbidem.
[5] Íbidem.
[6] Íbidem.
[7] Íbidem.
[8] Íbidem. Pp. 12.
[9] Íbidem. Pp. 13.
[10] Íbidem. Pp. 14.
[11] Íbidem. Pp.

Simón Rodríguez y su contraposición al concepto de Ciudad Letrada a través de su texto: “Luces y virtudes sociales.”



            Desde un principio al leer a Simón Rodríguez, nos vamos percatando que hay una clara oposición a lo planteado por Rama, puesto que no piensa en un modo de educación sólo para las elites ilustradas que educarán a la masa bárbara, sino que está pensando en una educación general, una instrucción pública/popular, una especie de democratización de la cultura, a su vez habla sobre los medios para que aquella educación popular sea transmitida. De la misma guisa, establece una crítica a los gobiernos, ya que es partidario de que sólo un gobierno ilustrado, será capaz de generalizar la instrucción, cita a su vez a Rousseau –pensador y filósofo ilustrado- quien temía por la generalización de ésta, pues veía la difusión de conocimientos como armas, sin embargo, Rodríguez, piensa lo contrario, que hará a los hombres “virtuosos”, he ahí el título de su texto. A continuación citaré un extracto de su escrito, donde se explicita su pensamiento: “Sólo con la esperanza de conseguir que se piense en la Educación del pueblo, se puede abogar por la Instrucción General… y se debe abogar por ella; porque ha llegado el tiempo de enseñar las gentes a vivir, para que hagan bien lo que han de hacer mal, sin que se pueda remediar. Antes, se dejaban gobernar, porque creían que su única misión, en este mundo, era obedecer: ahora no lo creen, y no se les puede impedir que pretendan, ni (… lo que es peor…) que ayuden a pretender.”[1]

            Desde otra perspectiva, refiere el cambio social que se estaba produciendo, donde los que se mantendrán en el poder, ya no son los que tienen, sino los que saben más, lo que apunta y señala textualmente: “En todo estado de adelantamiento, hay unas gentes más adelantadas que otras: hoy no son pudientes los que TIENEN, sino los que SABEN más: éstos deben ocuparse de enseñar, o en proteger la enseñanza, para poder disponer de masas animadas, no de autómatas como antes.”[2] Cabe destacar que no sólo anhela una instrucción popular, sino que incluso nacional, que alcance para todo, sin distinción alguna, donde la figura del maestro y el discípulo cobran especial relevancia: “La instrucción debe ser nacional- no estar a la elección de los discípulos, ni a la de sus padres –no darse en desorden, de priesa, ni en abreviatura. Los maestros, no han de enseñar por apuesta, ni prometer maravillas… porque no son jugadores de manos –los discípulos no se han de distinguir por lo que pagan, ni por lo que sus padres valen- en fin, nada ha de haber en la enseñanza, que tenga visos de farsa: las funciones de un maestro y las de un charlatán, son tan opuestas, que no pueden compararse sin repugnancia.”[3]


[1] Las razones de la educación pública: IV Luces y virtudes sociales, Simón Rodríguez, Santiago, 2011. Introducción, pp. 51.
[2] Íbidem. Pp. 52.
[3] Íbidem Pp. 53.

El concepto de ciudad letrada en Ángel Rama.


En primer lugar, antes de adentrarnos a la noción de “Ciudad letrada”, debemos entender el contexto de producción y cómo se enmarca esta visión en tanto aporte a la configuración del ideario latinoamericano y como señala Hugo Achugar en el prólogo al ensayo de Rama, “La ciudad letrada asume esa perspectiva y, más aún, propone la lectura de nuestra América en tanto construcción histórica de su cultura. Y ése es otro modo de celebración: el del examen sin concesiones que muestra lo tortuoso y lo delirante, lo onírico y lo pesadillesco de nuestro pasado. Reflexión sobre la inteligencia urbana, sobre sus devaneos con el poder y sus oscilaciones sociales e ideológicas. La ciudad letrada es un ensayo. Un ensayo, es decir, un discurrir de una consciencia que indaga en el pasado para entender su presente, hasta que historia y búsqueda personal se funden.”[1] Lo que se plantea en la cita precedente es comprender y posicionarnos como sujetos latinoamericanos, conscientes de nuestra propia historia en tanto colectivo-social y, a su vez, como manifestación individual, pues se trata ante todo de definir las características del “ser latinoamericano”, nuestra identidad y a partir de ella, reconocer nuestros aportes y singularidades frente a la cultura universal. Sin embargo, su foco no es el ámbito rural, sino que la ciudad concreta-simbólica y articulada-ordenada por el poder de los signos, que están otorgados a través de la letra, tema nuclear y fundamental que abordará in extenso, a lo largo de todo su trabajo.

            Por otra parte, otra cita que es preciso consignar es la siguiente y que está interrelacionada con lo hasta aquí expuesto: “Pues no se trata de una historia urbanística social a lo Manuel Castells, ya que Rama parte de la ciudad-signo, para leer la cultura toda integrando para ello una semiología social que le permita comprender las marchas y contramarchas de la letra y sus ejecutores […]”.[2]  Aquella “semiología social” a la que se refiere el crítico, nos remite de inmediato a lo que planteaba Ferdinand de Saussure, vale decir, dilucidar la sociedad en tanto manifestación de un signo, cuyo significante sería la ciudad-concreta –ya mentada- y, por otro lado, cuyo significado serían sus relaciones de poder, jerarquías e ideologías que se desprenden a partir de la distribución y constitución de ésta.

            Sin más, no podemos soslayar el concepto de “ciudad ordenada” que está subsumido en el de “ciudad letrada”, pues la primera impone un orden, una estructura. Al fin de cuentas establece lo que entendemos comúnmente por “civilización”: “Las regirá una razón ordenadora que se revela en un orden social jerárquico transpuesto a un orden distributivo geométrico. No es la sociedad, sino su forma organizada, la que es transpuesta; y no a la ciudad, sino a su forma distributiva […]”.[3] La ciudad letrada alude –como hemos visto- al orden de los signos, que en la ciudad ordenada se apercibe como el paso de lo que fue una concepción de una sociedad metropolitana y peninsular, con sus jerarquías correspondientes a la trasplantación de una distribución distinta en América, prescrita por los planos urbanísticos y su estructura de damero, por ejemplo, que concebirá con un nuevo orden la noción de “ciudad”, que complementa lo apuntado por Rama. No obstante, si bien observamos el caso de planificación en cuadrículas de la ciudad, cabe destacar que ésta también posee sus connotaciones simbólicas: “De lo anterior se deduce que mucho más importante que la forma damero, que ha motivado amplia discusión, es el principio rector que tras ella funciona y asegura un régimen de trasmisiones: de lo alto a lo bajo, de España a América, de la cabeza del poder – a través de la estructura social que él impone- a la conformación física de la ciudad, para que la distribución del espacio urbano asegure y conserve la forma social.”[4]

            Además se aprecia -en lo propuesto por Rama-, el concepto de “orden”, el que adquiere un valor transversal, que se irá expresando de múltiples maneras: “[…] activamente desarrollada por las tres mayores estructuras institucionalizadas (la Iglesia, el Ejército, la Administración) y de obligado manejo en cualquiera de los sistemas clasificatorios (historia natural, arquitectura, geometría).”[5]

            Finalmente la gran oposición que nos ofrecerá el ensayo de Rama, será el de la dicotomía oralidad-escritura, centrándose ante todo en esta última, pues los dueños de la letra y, por consiguiente, de la escritura, serán los iluminados e ilustrados que deberán dirigir la sociedad epocal: “Esta palabra escrita viviría en América Latina como la única valedera, en oposición a la palabra hablada que pertenecía al reino de lo inseguro y lo precario. Más aún pudo pensarse que el habla procedía de la escritura en una percepción antisaussuriana.”[6]  Retomando lo central de la discusión, Rama señala textualmente que él entiende por “ciudad letrada” lo siguiente: “[…] porque su acción se cumplió en el prioritario orden de los signos y porque su implícita calidad sacerdotal, contribuyó a dotarlos de un aspecto sagrado, liberándolos de cualquier servidumbre con las circunstancias.”[7]

            En última instancia, hay que considerar quiénes eran los que conformaban esta ciudad letrada, es decir, aquéllos redentores que velarían por el perfecto orden y organización de ésta, los que como se ha dicho, poseían el “poder”: “Una pléyade de religiosos, administradores, educadores, profesionales, escritores y múltiples servidores intelectuales, todos esos que manejaban la pluma, estaban estrechamente asociados a las funciones del poder y componían lo que Georg Friederichi ha visto como un país modelo de funcionariado y de burocracia.”[8] A su vez, es interesante adscribir que dentro de las cualidades comunes que se le atribuían a este grupo, estaba ese afán poético-escriturario, que los caracterizaría, ese “hablar bien”, que tanto nos ha impuesto el canon de la retórica: “Más aún, debe anotarse que la función poética (o, al menos, versificadora) fue patrimonio común de todos los letrados, dado que el rasgo definitorio de todos ellos fue el ejercicio de la letra, dentro del cual cabía tanto una escritura de compra-venta como una oda religiosa o patriótica.”[9]

            De este modo, como último punto a acotar, resalta a la vista el carácter institucionalizado que tuvieron, cumpliendo determinados roles en la sociedad, por los cuales eran identificados: “Más significativo y cargado de consecuencias que el elevado número de integrantes de la ciudad letrada, que los recursos de que dispusieron, que la preeminencia pública que alcanzaron y que las funciones sociales que cumplieron, fue la capacidad que demostraron para institucionalizarse a partir de sus funciones específicas (dueños de la letra) procurando volverse un poder autónomo, dentro de las instituciones del poder a que pertenecieron: Audiencias, Capítulos, Seminarios, Colegios, Universidades.”[10]


[1] La ciudad letrada, Ángel Rama, Montevideo, Arca, 1998. Prólogo, pp. 10.
[2] Íbidem.
[3] Íbidem. La ciudad ordenada, pp. 19.
[4] Íbidem. Pp. 21.
[5] Íbidem. Pp. 19.
[6] Íbidem. Pp. 22.
[7] Íbidem. La ciudad letrada. Pp. 32.
[8] Íbidem.
[9] Íbidem. Pp. 35.
[10] Íbidem. 

martes, 3 de enero de 2012

Declaraciones de amor.




Mi vida me arrebatas, coges, aniquilas
Tu ser me llama, me anhela, me necesita
Mi alma yace cautiva en los deseos de tu mirada
Tus pensamientos me corresponden, me piensan, me aman
Mi cuerpo tiembla ante tu andar sensual y prohibido
Mis ojos te observan y descubren tu indiferencia
Tu boca clama una señal de correspondencia
Tu sonrisa silenciosa esboza una pasión sibilina
Tus labios bosquejan la fogosidad que deseamos
Mi corazón palpita hasta la extenuación de sus latidos
Mi esencia te pertenece con certeza y sutileza
Mi amor cada instante se vuelve pasión y viveza.

Pd: Este poema fue escrito hace dos años atrás, sin embargo, ahora lo subo con algunos cambios y juegos de palabras incorporados, manteniendo a veces su tinte –para bien o para mal- un tanto barroco con dejes románticos, iniciante generalmente para los poetas de todas las generaciones.




viernes, 30 de diciembre de 2011

La academia.



            
Era un día cotidiano en Santiago de Chile, la gente se levantaba para ir a sus trabajos, daban las 6, 7 y 8 de la madrugada, las personas corrían de un lado hacia otro casi desorbitadas, subían y bajaban escaleras en el metro, se empujaban unas a otras y quedaban finalmente sumergidas en un cansancio general, apretujadas en apenas un metro cuadrado, topándose en ese cubículo con motor que es el metro. Así transcurrían las horas, monótonas rutinas muchas veces, asaltos a la orden del día, continuos gritos, accidentes, explotaciones laborales, sociales y así seguían cada vez más y no paraban, era un circulo vicioso que se prolongaba las 24 horas del día, por los 365 días del año. Sin embargo, la academia, la universidad, eran otra cosa, ahí la vida fluía distendidamente, las horas pasaban más lentas, habían espacios para las conversaciones, estudios y discusiones profundas, se hablaba de política, de cambios sociales, se gestaban ideas innovadoras en torno al conocimiento, se establecían nuevas relaciones, compañerismo, amoríos que se iniciaban en los pastos, en las salas de clases, en los pasillos, el amor invadía todo el campus.

            Se entraba de madrugada y se salía muchas veces en las vísperas de la noche, muchos éramos los que tomábamos esos intensos cafés de máquina para acompañar nuestro estudio, algunos preferían el mate, que hasta cierto punto en nuestra cultura se había incorporado desde nuestros abuelos, claramente, vinculado siempre a la tradición trasandina. Por otro lado, algunos preferían salirse por la tangente de la línea académica y optaban por jugar fútbol, tacataca, incursionar en el canto y la guitarra, otros en cambio, preferían la poesía y buscaban instancias en las cuales poder mostrar su arte y compartirlo, donde se fraguaban los más diversos estilos, decadentismo, romanticismo, postmodernismo, en fin, había poesía y literatura para todos los gustos.

            La vida en la academia siempre me hacía pensar en sus orígenes, en la tumultuosa y batahólica polis ateniense, donde la filosofía tuvo su auge y pasaron las más brillantes mentes de aquellos tiempos, no obstante, era idealizar demasiado, pues si bien se producían discusiones de alto nivel, los tiempos habían cambiado, había que repensar la realidad de nuestro país, entender ese agitado siglo XXI aquí en el fin del mundo. Incluso a veces sentía que se vivían dos mundos paralelos, el de la cultura centrada y guardada en esas extensas bibliotecas, en esas interminables horas de estudio, pero que al salir a la calle, sólo unas cuadras más allá de la academia, te enfrentabas al consumismo, al hedonismo, al absurdo, al decadentismo. Pero dentro de todo, aún guardaba esperanzas de que aquello pudiese cambiar, que la realidad social que se vivía en nuestro tiempo, la pobreza, las desigualdades económicas, la injusticia político-social, la discriminación hacia nuestras propias raíces, acabara de una vez para siempre, pero al parecer aquello seguiría siendo una utopía. Por eso cuando salí aquella tarde de la academia, rumbo a tomar la micro, al ver a esas personas en el paradero, un día antes del año nuevo, pensé –el Apocalipsis no llegará mañana, en el 2012, ni a lo largo de éste, sino que lo estamos viviendo.-

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Síntesis trabajo literatura general I (Clásica-antigua), sobre estudios griegos. (PRE-grado.)




En líneas generales, cabe destacar que se referirá la trascendencia de la polis, surgida como institución democrática en el período clásico de la Grecia antigua, siglo V a.c, donde instituciones sociales como el oikos, quedarán subordinadas a ésta, comportándose ambas de un modo complementario. Por otro lado, en el discurso fúnebre de Pericles dirigido al pueblo ateniense, se perciben las características definitorias de esta polis, cuyo carácter o régimen es democrático, generándose tanto en el ámbito público como privado, un régimen isonómico, es decir, de igualdad ante la ley y, sobretodo, que no depende del poder (kratos), de unos pocos, sino de la mayoría, del pueblo (demos.)

También es menester considerar que el compromiso alcanzado con la polis es sumamente relevante, ya que, por ejemplo, en el período micénico se consideraba a los reyes y héroes, como acreedores de una bella muerte, mientras que ahora, todo aquél que defienda en batalla a su polis, podrá alcanzar la areté guerrera, y obtener renombre y fama imperecedera, vale decir, su propia bella muerte. Por otra parte, Pericles refiere las características de superioridad que hacen de esta polis un ejemplo a seguir, tales como, la libertad de los ciudadanos, el continúo intercambio comercial con otras polis, el ser autosuficiente y las diversas actividades de esparcimiento que en ésta se desarrollan: juegos y sitios que provocan deleite, donde las tragedias adquirirán un gran valor.

En efecto, las tragedias serán un género representativo en este período, puesto que darán cuenta de las problemáticas surgidas con la institución de la polis democrática y sus contraposiciones entre leyes divinas y leyes humanas, situaciones que provocarán en los espectadores críticas a la sociedad y los cambios introducidos, elemento esencial para un mundo donde el debate contradictorio, la argumentación, la persuasión y el arte retórico centrado en la palabra, poseen un valor fundamental para alcanzar la areté política, palabra vinculada con el surgimiento de estas ciudades estado.

Desde otra perspectiva, esta manifestación, artístico-representativa, estará marcada por el acaparamiento y reunión de amplias multitudes de gente, incluso generando concursos trágicos atenienses, donde autores tan connotados como Esquilo, Sófocles y Eurípides participaron más de una vez, cuyas obras y reconocimientos se conservan aún en nuestros días.

Respecto a lo señalado por Pericles en su discurso, anuncia que aquellos que dieron su vida, cuyo valor es incalculable, por la polis, no sólo obtienen fama y gloria, sino que enaltecen su patria, su genos y oikos, donde sus hijos recibirán un sustento de por vida, pagado por su ciudad. En este compromiso con la polis, cobra gran énfasis el valor heroico y el que las próximas generaciones imiten estos actos de honor (até), y valentía. Destacando de este modo, la gallardía que surge en el momento de la guerra, ante la cual no deben temer y que por ello no se basan tanto en tácticas como en otras polis, sino que es el vigor del instante de la guerra, el que les permite triunfar.

Por lo anterior han dominado extensos territorios y subyugado a muchos pueblos y cuando éstos vencen a una de sus tropas, se jactan diciendo que vencieron a toda atenas, mientras que si pierden por una flota ínfima, aluden a que perdieron por el gran número que eran. En este punto, Pericles resalta que la educación para la guerra, no es menor que en otras polis, pese a que se dedican al cultivo de otros ámbitos como la belleza y la adquisición de sabiduría (philosophia), además de no excluir a los extranjeros, sino que los reciben de mejor modo que en cualquier otra ciudad.

Pericles finaliza señalando que cualidades como éstas hacen especial a la polis ateniense y que el compromiso que mantenemos con ella debe darse en distintos planos:

Político: Participación ciudadana, que implica estar informados sobre el acontecer público, sin descuidar el oikos propio.

Social: La superioridad social no interfiere en la ascensión al poder político, puesto que se valen más de los méritos personales que de su condición socioeconómica, ya que ni aun la pobreza es un obstáculo para hacerse partícipe como ciudadano. Pero sí lo es la ociosidad, por no superar su condición.

Tradición: A este valor hace referencia el comienzo del discurso, resaltando que el legado de la tierra, riquezas y patrimonio, se los deben a una sucesión continúa de delegados del genos, que sin su intervención no lo hubiesen logrado.

Religioso: Actividades como los ritos fúnebres, hecatombes y libaciones en honor a los dioses, establecen nuevos vínculos entre los ciudadanos y rememoran las hazañas de los guerreros caídos.

Por otra parte, el crítico Vernant señala que si bien la tragedia surge en un período determinado, clásico, es más preciso hablar de antecedentes de ésta. Por un lado nos encontramos frente a una representación sobre Solón y, por otro, con la relación con los ritos anteriores, donde se empleaban máscaras, pero con un fin ritual, en contraposición al fin estético que adquieren en las tragedias. También se le ha atribuido una relación directa con las dionisiacas, es decir, fiestas en honor a Dionisos, donde se cantaba en ditirambos. (Tesis no referida por Vernant, pero de carácter complementario).

Vernant hace alusión a 3 características fundamentales en el surgimiento de la tragedia:

1.- Género trágico: tragedia con sus características particulares.

2.- Representación trágica: Elementos visuales y cantados, que se aperciben al momento de ejecutarla.

3.- Hombre trágico: Visión más interna del individuo que indaga sobre los conflictos de éste.

Otros elementos característicos son: Conflicto trágico: Universo de la obra, donde se generan valores ambiguos ante el personaje trágico, el que a su vez se convierte en un héroe trágico: Se vincula con el carácter mítico y, por ello de la tradición de antaño y épocas predecesoras, donde habían acontecido situaciones dramáticas, ampliamente difundidas en el pueblo griego. Por ello serán conflictos que acontecen en su gran mayoría en oikos determinados.

Cabe referir también la dicotomía Coro/personaje trágico:

Coro: *Cantaba, utilizaba odas corales.
*Colectividad, valores cívicos.
*No empleaban máscaras en un principio.

Personaje trágico: *Empleaba versos principalmente, relacionados fundamentalmente a la prosa.
*Individualidad.
*Utilización de máscaras, para distinguir su faceta de héroe.

            Finalmente en cuanto a los planteamientos de Vernant, éste señala que la tragedia tuvo su auge a lo largo de un siglo y que empezó a decaer, a medida que se empezaron a crear nuevas tragedias de índole ficticia, que ya no estaban en relación directa con la tradición. Continuando con la argumentación me centraré en el análisis de la Orestíada, donde percibimos situaciones y recursos como los siguientes:

Rhesis: Discursos extensos de los personajes donde verbalizan sus posturas.

Esticomitía: Alternancia de diálogos entre personajes.

Por otra parte, esta tragedia se caracteriza por la sucesión continúa de muertes y sacrificios en el interior de un oikos, el de Atreo, donde se nos presenta como motivo central la noción de un sacrificio corrupto, representado por el asesinato que cometió Atreo, hacia sus sobrinos, la muerte de su hija Ifigenia, cometida por Agamenón, donde se le presentaban dos posibilidades: Conflicto trágico, como dice Vernant; cuyas opciones eran velar por el bien común de la colectividad (polis) o por su familia (hija) oikos, cuyas decisiones acarrearían inevitablemente consecuencias nefastas.

Otra figura conflictiva es Clitemestra, quien por un lado comete transgresiones de género, al emplear con agudeza la palabra, al utilizarla de un modo persuasivo, connotación negativa, puesto que es engañosa y el hecho de no respetar el lecho nupcial, es decir, el adulterio. Y, finalmente asesinando a su propio philoi, es decir, a su marido Agamenón. Justificándose en que éste había sacrificado a su hija, traía a una esclava, quien fue su compañera de lecho y que el mismo pueblo anhelaba su muerte, ya que en la guerra murieron muchos jóvenes en la flor de la vida.

Lo anterior, vale decir, la muerte de Agamenón, ocasionará que este oikos culmine casi en la ruina, donde los únicos philos capaz de salvarlos, eran Electra y Orestes, este último estaba expatriado. Pero cuando le estaban rindiendo las honras fúnebres a Agamenón, las que por lo demás eran corruptas; se presentó demostrando a través del ritual de la embáteusis, que implica cortarse uno de sus rizos y depositarlo en honor al muerto que estaba dispuesto a vengarlo, luchando contra los ektrós (enemigos). En ese mismo instante se presenta ante su hermana y se produce la agnición o reconocimiento, que después de varias demostraciones, Electra se convence de que era su hermano y juntos planean la venganza, mediante artilugios y engaños, acabando finalmente Oreste con los tyranos Egisto y Clitemestra, quien por el acto cometido, ya no podía ser su philos.

Mi arte poética

Arte poética (José Chamorro)

Escribo desde el alma que aniquila la razón y no de sin razones del corazón deseadas. Escribo porque nací poeta en una generación ...