sábado, 10 de julio de 2010

Acordes de amor. (Caligrama en llave de sol).

                                                                         Un acorde


                                                             De                          juguetonas

                                                     Amor                                corcheas

                                                       en                                        y

                                                     llave                                traviesas

                                                       de                             redondas

                                                         sol                        como

                                                              nos              

                                                                    unió

                                                                           Interludios melosos

                                                                     CadeNcias amorosas

                                               En los crescendos del Tiempo

                                   y en los abismos del silencio      Extrañesas especiales

                            Como Almas inseparables                  aRpegios melódicos

                     Enigmáticamente semejantes                    sensibiLdades encontradas

                             Corazón de ámbar                                      ilUsiones armónicas

                                     de candores sonoros                               D

                                          batamos  el   compás  con    matices apasIonados

                                                                        S                                    O


                                                            O                   O                             S


                                                       I                    S                                I

                                                                 C                                    L


                                                                             N               E

martes, 11 de mayo de 2010

"Enajenación".

Amarga soledad que atrapas y oprimes el corazón

Sentimientos trágicos de una voz interior

Honda profundidad del ser y ser hondo de son profundo

Llamarada que abrasa el delirio de mi cuerpo

Candela fugaz que culmina en el hálito del tiempo

Aparta de mí tus pétreos hilos de plata



Sonidos estertóreos que agotan mi vida enajenada

Agonizante musicalidad que en mí habitas

Extínguete OH! Asfixiante tortuosa ponzoña

Agobiante pesadumbre de horas interminables

Por ti vierto lágrimas de un sopor inconmensurable



Desvanécete como palabras al viento

Líbrame de este martirio abyecto

Olvídame y recuérdame con lúgubres letanías

Rodéame, abrázame, aléjame, sepárame

Ruines sensaciones de un suspiro obnubilante





jueves, 18 de marzo de 2010

La Odisea de Penélope.


          

           Aquella mañana, la aurora, de rosados dedos, resplandecía refulgente ante el comienzo del que sería el más recordado y anhelado de los días que vendrían, para la joven Penélope. Era una mujer, cuya belleza sólo era equiparable a la hermosísima Diana y cuyos encantos, se asemejaban a la seductora y sensual Venus, sin embargo, se encontraba sumida en una tristeza, de la cual por más que luchase incansablemente contra ella, siempre culminaba abatida por la resignación y el desconsuelo.

            Penélope, llevaba una vida, que no pocos deseaban alcanzar. Su encanto y belleza natural, atraían de sobremanera a todos quienes la vieran por vez primera. Su piel nívea, sutilmente marmórea, sus brillantes ojos, tal cual la diosa Minerva, su cabello uncido en un matiz azabache y sus labios de un rojo carmesí, arrancaban más de un suspiro al contemplar su andar altivo, cuya vitalidad y jovialidad, habían provocado muchos desamores y corazones rotos, que prontamente cupido, se dignaba a remediar.

            No obstante, pese a tener una belleza sin igual y talentos que por doquier, harían feliz a quien los poseyese, Penélope, se hundía en el hálito de congoja y desánimo, que en el último tiempo la embargaban, sin darle tregua. En aquel entonces, se había entregado en cuerpo y alma a su profesión, donde la monotonía de la rutina y el agobiante trabajo, le permitían huir de sus emociones más recónditas, aquéllas que ni ella misma conocía.

 Sus amigos y conocidos cercanos, la admiraban por su audacia e inteligencia, las cuales, la habían hecho triunfar en su empresa, donde se había convertido en una exitosa empresaria, cuyos méritos, nadie podía negar. No obstante, nadie conocía su sufrimiento, porque era ávida y aguda en el arte del disimulo, donde jamás su semblante dio muestras de aflicción, mas por el contrario, todos la creían feliz y dichosa con la vida que llevaba. Pero esa mañana, se encontraba sola en su apartamento, ubicado en pleno centro de aquella ciudad tumultuosa y agitada en la cual vivía, único espacio, donde podía ser quien era, frágil y delicada como una gota de lluvia en la inmensidad del mar.

Tras reponerse de los primeros rayos de sol, dio rienda suelta a sus emociones, se dejó conducir por éstas, sin saber el rumbo que tomarían, hasta que se vio envuelta en un manto de lágrimas y sollozos, que clamaban por amor. Ella sabía, que existía en alguna parte del mundo, alguien que la comprendiese y que estuviese dispuesto amarla de verdad, tenía la certeza, de que más allá de aquel ilusorio y materialista amor, que le ofrecían sus pretendientes, los cuales, sólo se dignaban a alhajarla con accesorios y joyas finamente ornamentados, pervivía alguien capaz de compenetrarse con su alma y sentimientos, capaz de sortear el velo que simbolizaba su belleza, desentrañando su sentir, hasta percibir su esencia. Al igual que todas las mañanas, languidecía en nostálgicos suspiros de amor. 

Pero aquel amanecer, sería diferente, no estaba dispuesta a seguir padeciendo los amagos que la constreñían día a día, necesitaba un cambio y estaba dispuesta, a cuanto fuese necesario para lograrlo. Se encaminó a paso ligero y abrió las cortinas de encaje de su dormitorio, mas no contentándose con ello, se asomó al balcón, cuya balaustrada dejaba entrever un panorama desolador, sólo se percibían edificios y donde mirase, se encontraba con más y más, de aquellos colores grises que rodeaban esa ciudad céntrica, que entremezclados con los estridentes sonidos de un álgido día, dejaban mucho que desear. Ya lo había decidido, desde aquel momento, todo sería distinto.

Al cruzar la ciudad, con un ímpetu propio, del mismísimo Aquiles, llegó a su oficina y sin pensárselo dos veces, llamó a dos de sus secretarias de mayor confianza y les encomendó hiciesen reservaciones en una embarcación particular, sin tiempo definido, pero que la llevase lejos de aquellos muros que la habían aprisionado durante los últimos años. Así fue, que sin asimilarlo aún, se encontró en una estancia agradable, que guiada por un capitán y sus ayudantes, la llevaría a recorrer las diáfanas aguas del atlántico.

Los primeros días, no hicieron más que deslumbrarle ante cada nuevo prodigio natural que observaba, no sólo la brisa marina y el sutil céfiro que se arremolinaba a su alrededor, le eran gratos, sino que cuanto nuevo animal, de la abundante fauna marina que apreciaba, la revitalizaba aún más. De este modo, transcurrieron los días, hasta que al décimo y tras creer haber visto las más alucinantes maravillas del mundo, la embarcación arribó por aquel día, en la ribera de un poblado, que hasta aquel entonces le era desconocido.

Se sentía muy alegre e irradiaba, al contemplarla, una paz conciliadora; en sintonía con aquel estado anímico, se dirigió a la plaza de aquel cálido y acogedor pueblo, que si de ella dependiese, hubiese permanecido en aquel lugar, durante el resto de su existencia. Una vez allí, se entregó al mágico encanto de los sueños, cual Morfeo se lo había deparado. Estaba plácidamente entregada a la dulzura que la envolvía, cuando una sutil sinfonía la cubrió con un aura de tranquilidad y templanza, que hicieron de su despertar, un feliz suceso. Mas llamó su atención el sitio del cual provenía aquella melodiosa música, cuando apercibió sólo a unos metros de ella, a un joven adonis, en todo semejante a un Dios.

Pues el nombre que hubo de ponerle su padre, era Ulises, cuya existencia había estado marcada por un peregrinar continuo, de pueblo en pueblo, deleitando al son de la cítara, a quienes quisiesen oír sus cantos y poemas. Así el joven Ulises, errabundo, sin patria definida, cantaba cual Aedo, cuya voz era codiciada por cuanto mortal lo había escuchado. Mas su vida y he ahí la explicación de su continuo ir y venir, estaba sentenciada por Apolo, quien lo perseguía continuamente, consumido por la envidia que su voz le causaba.

De este modo, quedó Penélope embelesada con la figura de aquel majestuoso hombre, cuya voz, había hecho mella en lo más profundo de su alma y al percatarse Ulises, que la bella mujer a la cual había dedicado su canto, había despertado, asió prudentemente su mano y la llevó sutilmente a su corazón. Aquella tarde, se desató la pasión de un gran amor, que uniría por los siglos venideros y traspasaría las fronteras del tiempo, a la pareja que su vida, en una odisea convirtió.

miércoles, 10 de marzo de 2010

La esencia de un libro.



Un libro, es un laberinto de ensueño, de magia y reencuentro
Es un encuentro con nuestro espíritu, con todo lo vivido
Es una compenetración con el entorno y con nosotros mismos
Es un canto al alma, un respiro ante esta vida enajenada.


Espejo sabio y fiel retrato de vida, cólmanos de esperanzas
Sumérgenos en tus sutiles páginas, envueltas en efluvios de alcanfor
Esencia de vida, que nos brindas siempre una mano amiga
Cúbrenos con tu manto de emociones y sabiduría
Rodeadnos de efusiones ancestrales, ¡OH! Savia natural y rocío de almíbar.


Cómo olvidar las sensaciones y vivencias que hemos compartido,
Esencias puras, francas, gozosas y bienaventuradas
Amor de mis amores, serás mi amante en las efímeras horas del mañana.






miércoles, 3 de marzo de 2010

Un llamado a la Humanización social.



Los accidentes en la vida suceden cuando uno menos se lo espera. Son hechos impredecibles, que en tan sólo segundos pueden cambiar tu vida, sin embargo, pese a sus consecuencias muchas veces desastrosas, generan a su vez otras que suscitan el lado positivo de la sociedad, es en momentos de incertidumbre como éste donde la humanidad se une para afrontar los embates naturales, donde se suceden sentimientos fraternales y de ayuda mutua, puesto que el ser humano como ser social posee una cualidad inherente, que es su sentido gregario; el cual surge en circunstancias inesperadas y traumáticas, como la que vivenciamos durante estos últimos días.

No obstante, no sólo sentimientos bondadosos se despiertan en nuestros corazones, ya que la histeria, la sugestión y el pánico colectivo, ocasiona hechos realmente censurables. No pocos son los que se aprovechan de la desgracia de quienes lo rodean y caen en bajezas inhumanas, delinquiendo y cometiendo estragos en la ciudadanía. Estos hechos vandálicos que en su justa medida irán siendo penalizados, dan cuenta de lo insensata e imprudente que pueden ser las personas en tales circunstancias, denotando de este modo una instancia aún peor, que va más allá del accidente natural, es fiel reflejo de un accidente social, el cual no mira estatus, rango etario y menos aún considera las desgracias vividas.

Por otra parte, una de las consecuencias a priori de un desastre de tal magnitud y naturaleza, es la conmoción, pues nadie puede quedar impávido al observar cómo los anhelos y esperanzas de un futuro más próspero, se hacen añicos en tan sólo unos instantes. Analizar y comprobar “cara a cara” las consecuencias del terremoto vivido, causa gran pesar, ver cómo familias buscan desesperadas a sus seres queridos, atisbar sus casas literalmente devastadas y que aun una reconstrucción les llevaría meses, es realmente indescriptible. El escenario de nuestras ciudades post terremoto, si bien ha tenido ámbitos positivos y negativos, no deja indiferente a nadie al recorrer las diversas calles de la ciudad, que tan sólo el día anterior refulgía en todo el esplendor de una ciudad céntrica.

Desde otra perspectiva es preciso considerar y destacar la labor de los medios informativos, ya que éstos se han mantenido constantes en la entrega de información y ayuda, para aquéllos que han padecido de sobremanera los estragos. En la misma línea, una frase anunciada en uno de ellos me llamó particularmente la atención, que en su cita textual, denominaron “vals de la muerte”, respecto a ella es menester señalar que nuestro país continuamente a lo largo de su historia republicana, ha venido luchando contra la naturaleza, reponiéndose una y otra vez de este vals continuo, de este ir y venir, que nos depara siempre un futuro incierto, pero del cual hemos salido fortalecidos. Es por ello que esta afrenta que nos ha tocado vivir en el año del bicentenario, no será la excepción.

Por lo anterior, ésta es una invitación a la reflexión, que en un primer momento es difícil de llevar a cabo, pero que una vez las actividades y el estilo de vida habitual retorne a la normalidad, será un trabajo necesario, ya que no podemos quedarnos de brazos cruzados y hacer como si nada, por el contrario, debemos reponernos de las adversidades, no sólo en el ámbito material, sino que sobre todo, deberá coexistir una disposición diferente, una mirada distinta de la vida, donde el materialismo que tanto ha caracterizado a las sociedades postmodernas se desarraigue de una vez por todas de nuestra mentalidad y que el pilar fundamental sea una mayor humanización y preocupación por el otro, aquel otro que siempre estuvo ahí, pero que nos era desconocido, puesto que un velo egocéntrico e individualista nos separaba. Ésta es la visión que debe cambiar y de manera sustancial.

Finalmente más allá de la reflexión propiamente tal, es un llamado a la solidaridad y el respeto, del que tanto se ha carecido estos últimos días, es una interpelación a la humanización social, que una vez más tras una crisis, surge altiva para hacernos un llamado de atención y que no olvidemos que nuestro pasar terrenal, es efímero, que no sólo depende de nosotros, pero que hacerlo más apacible y dichoso, sólo será producto de nuestras propias acciones y vivencias personales que enriquezcan nuestro espíritu y nos engrandezcan como seres humanos.

lunes, 8 de febrero de 2010

El regalo

Aquella tarde, como de costumbre el padre regresaba de su jornada de trabajo, quizás no fuese lo que él hubiese deseado y en mucho distaba de sus predicciones de antaño, pero se conformaba. Tal vez no se convirtió en el destacado médico que descubriría la cura del cáncer y los males que atañen a la sociedad; ni mucho menos, en el hombre idealista que cambiaría el mundo o en el exitoso abogado que defendería los derechos de los más desposeídos, pero al menos lo confortaba poder laborar como obrero de construcción y poder llevar el pan a su casa y más aún, contemplar la sonrisa cándida de sus hijos a la espera de su llegada.


            Su mujer lo esperaba con la cena dispuesta, era una mujer muy esmerada, que desvivía por su marido e hijos, juntos compartían gratamente en familia y no les bastaba nada para ser felices. Sus hijos eran su orgullo y depositaban todas sus esperanzas en ellos, para ambos la mejor convicción y su mayor legado era la educación que les podían otorgar. Tras levantarse del comedor, el padre se dirigió a la sala de estar y encendió el televisor en el noticiario habitual, pero lo apagó enseguida; nada nuevo, más muertes, violencia y delitos. Al fin y al cabo prefería evitarles tanto pesar a sus hijos, no quería que develasen el sin sentido ingrato de la vida, aún eran niños y sus sueños sí podrían cambiar el mundo.


            En efecto, su hijo menor se encontraba a su lado, estaba absorto dibujando, en lo que a simple vista parecían meros garabatos, sin embargo, cuando todos en la casa se habían ido a dormir, el padre tomó el cuaderno de dibujos y quedó contemplándolo. Tras breves segundos sonrió.


  Esa noche fue la más placentera de todas, se entregó sobrecogido al maravilloso mundo de los sueños. En primera instancia sólo se apreciaba una nebulosa, no se lograba ver nada más allá que la abundante niebla que cubría todo en derredor, obstruyendo la visión, pero a medida que avanzaba, ésta comenzaba a despejarse. Así pudo observar algunos matices, los primeros vestigios de los árboles, la implacable luminosidad de la aurora, que destelló paulatinamente en radiantes rayos de sol, que descubrieron un campo atiborrado de caminos, rodeados por una naturaleza fantástica e inusual, pero lo que más llamó su atención fue el reflejo sutil de una silueta a la orilla de un lago. Al principio confiado en que era una ilusión proyectada por su imaginación, simplemente la dejó pasar, no obstante, cuando continuaba su caminar, ésta se apareció nuevamente frente a sus ojos, ahora estaba sólo a unos pasos de ella, y ya no podría eludirla.


Se armó de valor y decidió enfrentarla cara a cara, se acercó a pasos furtivos, hasta que ya había adquirido la confianza necesaria y apresuró su caminar, cuando estaba sólo a dos pasos de ella, ésta se volteó y le sonrió. Anonadado ante tal mohín que le habían hecho, no le quedó más que responder del mismo modo, no tardó mucho en percatarse en que era la figura de un niño y entre más lo observaba se daba cuenta que tenían cierto parecido, sin lugar a dudas, era su hijo. Cuando se percató de ello, quiso abrazarlo, pero el niño había desaparecido y frente a él sólo se encontraba el lago. El calor era sofocante y no resistió la tentativa de bañarse a la orilla de tan cristalinas aguas y cuando se disponía a hacerlo,  saltó hacia él una imagen peculiar, era el reflejo del niño que había visto hace un rato atrás, pero era imposible que estuviese bajo el agua de esa forma y en una reacción instintiva estiró su mano, pero ya era tarde cuando se dio cuenta que era su reflejo.


            Los primeros rayos de sol atravesaban los pliegos de las cortinas y daban en su rostro, a su lado se encontraba dormida su mujer y en el dormitorio contiguo, sus dos hijos. El día comenzaba como de costumbre, el desayuno ya había sido servido y luego llevaría sus hijos al colegio, acompañado por su esposa, que al igual que él, iba camino al trabajo. Sin embargo, no pudo olvidar el sueño de aquel día, sus esperanzas se restituyeron y le renovaron sus ansias por el trabajo y ver la sonrisa de sus hijos a su llegada. Cuando éstos a la hora acostumbrada, lo vieron entrar por la puerta, corrieron a su encuentro y él los asió sobre sus hombros. Tras el cesar de la euforia que provocaba su regreso, les dio un regalo, éstos muy felices por la novedad, se lo agradecieron y, no bien se los entregó los abrieron, sus  rostros se iluminaron angelicalmente cuando los tuvieron en sus manos. Ese día continuarían dibujando a su antojo.

domingo, 31 de enero de 2010

El viaje


Ella prefería la vida natural, añoraba los verdes prados y su encanto mágico, el susurrar del viento, que como céfiro la envolvía en sus suaves brazos. Sin embargo, por largos años, quizás los más tristes y amargos de su vida, había sido privada de toda maravilla y prodigio divino.

            Cecilia moraba en los suburbios de una ciudad céntrica, que poco o nada tenía de llamativo, más bien sus enigmáticos muros de antaño y vastas calles, se le tornaban monótonos y aborrecedores, estaba hastiada de todo cuanto sus radiantes ojos observaban, incluso éstos habían adquirido una tonalidad opaca, que como los camaleones, se acompasaban al ambiente. Así no sólo sus prístinas opalinas estaban perdiendo su matiz tornasolado, sino que todo su cuerpo sufría metamorfosis continuas. Al principio eran sólo sus ojos, pero al cabo de unos meses su rostro sonrosado y perfumado como el azahar, se tornaba de un color acre y agrio, palideciendo ante la falta de los rayos de sol que tanto anhelaba.

            Sus padres recurrieron ante cuanto artilugio encontraban, no obstante, ninguno surtió efecto, la llevaron con los médicos más destacados de la ciudad, incluso éstos con su sapiencia, no encontraban razón lógica y causa aparente para tales síntomas; más aún, con el tiempo, ella comenzaba a empeorar. Primero sus brazos, luego sus piernas y finalmente su cuerpo empezaba a decaer, languideciendo en son del clima, puesto que en aquella ciudad, no se conocía otra estación, más que aquella desoladora y atormentante denominada invierno.

            Los días transcurrían y no había indicios de mejora, por el contrario, ésta empeoraba aún más, como si con tal estado de abatimiento no bastara, su último rescoldo de vida se desvanecía con cada minuto que pasaba, hasta que su cabellera negra como el azabache, cedió ante los suplicios de la enfermedad, decayendo lentamente, hasta perder toda luminosidad y conformar una sincronía con la blancura profunda y penetrante de la nieve invernal. Sus padres se lamentaban por tanto infortunio, no lograban entender por qué su hija estaba padeciendo tales males, se lo atribuyeron a un mal de ojo, que una anciana del pueblo más cercano les había anunciado, ésta la sometió a un sahumerio, pero tampoco tuvo el efecto esperado, sólo consiguió entristecer aún más a su madre, quien sin encontrar de dónde sacar más fuerzas para ayudar a su hija, quiso cumplir con su último deseo, ya que Cecilia había llegado hasta la agonía, en ella nada parecía pertenecer a este mundo, sino a uno más lejano.

            Así fue como decidió emprender un viaje junto a ella, éste sólo aspiraba a cumplir con los deseos más íntimos de su estertórea hija, quien deseaba entrañablemente contemplar la naturaleza en todo su esplendor, recorrer a campo traviesa senderos rodeados por magnífica floresta. Tal cual en sus sueños, así se dejó guiar por su madre, ella la condujo por caminos inusitados, donde aves de áureos plumajes sobrevolaban a su alrededor, anduvo parsimoniosamente por sendas atiborradas de abetos, laureles, gardenias, rosas, magnolias y todo cuanto pudiese imaginar, escuchó el tintineante sonido proveniente del arroyo y quedó embelesada con el manantial de vida que de éste manaba.

            Se sucedieron efímeras horas y cuando su madre se supeditaba a la resignación, dándolo todo por perdido, Cecilia sonrió. Fue una sonrisa fugaz, pero bastó para que su semblante adquiriera levemente el sonrosado habitual, al percatarse de ello, su madre a medida que la observaba, recuperaba las esperanzas; su esfuerzo no estaba siendo en vano. Así transcurrieron los días, parecía que Cecilia captaba el néctar de vida que prodigaban los árboles, ya que los cambios comenzaron a manifestarse en todo su cuerpo, su cabellera recuperó levemente el brillo, sus brazos y piernas, correspondieron a la brisa del valle, con sutiles movimientos, hasta que al cabo de una semana, Cecilia estaba revitalizada.

            Mas su caso no aconteció en vano, nadie se explicaba tan sorprendente recuperación, primero se enteraron los amigos más cercanos de la familia, luego los médicos y finalmente ya estaba en boca de todos, así fue que conocí a Cecilia y cuando la vi por vez primera, supe que había padecido de melancolía.


Pd: Dedicado a Cecilia y los gratos momentos que hemos compartido, por ser una persona muy comprensiva, sagaz lectora y por el sólo hecho de ser mi amiga.

lunes, 25 de enero de 2010

Soñando más allá de la realidad





Hay momentos simples de la vida que parecen extinguirse serpenteando el abismo de los recuerdos, hay momentos gratos e inolvidables que perduran indemnes en los recovecos enmarañados de la memoria, hay personas que jamás olvidaremos y que interpelan a gritos que evoquemos su historia.

 Querámoslo o no, cada persona que se cruza en nuestro camino nos otorga una parte de su ser, una esencia que no se desvanece, que perdura y deja una huella en la hondonada de este extenso camino que es la vida, una senda repleta de vivencias tristes, agrestes, felices, efímeras, ebúrneas, que ululan nuestros nombres al son del canto y la lira en busca de una respuesta a las encrucijadas del destino, a las mil y una vueltas de la vida.

Mas no son recuerdos estáticos, son almas trashumantes que recorren cada senda de la vida, atravesando sus misterios y enigmas, en busca de su propia felicidad, del sentido o sin sentido que les ha tocado vivir, más aún con el pasar de los años, sus sueños, sus anhelos e ideales, palidecen y se difuminan por la fuerza del tiempo, las convenciones sociales y todos quienes querían hacer de este mundo un lugar mejor, sólo configuran un eslabón más de este mundo carente de magia y ensueño, quedan atrapados en sus encrucijadas, sin saber más nada que su vida se ha convertido en una monótona rutina.

Sin embargo, aún guardo esperanzas, al fin y al cabo es lo último que se pierde, quizás peque de ingenuo, pero aún sigo creyendo con ahínco y firmeza en que personas con ideales sí pueden cambiar el mundo, tal vez no de manera sustancial, pero sí podemos aportar con nuestro grano de arena y lograr que éste sea un mundo de mayores oportunidades, con sueños, con más alegrías que pesares, con más vitalidad y menos achaques, un mundo en que cada uno pueda valerse de sus propios sentimientos y que su corazón sea libre para buscar su propia verdad, un lugar donde prime el amor e igualdad.

viernes, 11 de diciembre de 2009

¿Dónde están los recuerdos?




¿Dónde están los re-cuerdos?,
¿Dónde ha quedado la esencia de mi existencia?
Quiero volver a sentir, quiero volver a amar
No quiero olvidar mi pasado, quiero encontrar mi verdadero yo
Sin olvidar la inocencia de aquel niño que su u-topía vivió
Quiero re-encontrar mi alegría, pretendo ser libre
Y alcanzar el ideal de
 ARMONÍA
No quiero vivir en la amargura,
sólo aventurarme en esta vida, que es tan sólo una.


Nostalgia, cruel y des-piadada como tú no hay ninguna
Eres capaz de invadirnos y clavar con afilado brío nuestro corazón con tu espada
No dejaré que domines mi existir, relegada estarás como un animal abyecto
No dejaré me sumerjas en estados de sopor e in-fortunio alguno
Nostalgia, te aborrezco

¿Cómo vivir sin decaer en tu manto de penumbras?
Nostalgia, tú que entristeces el alma con la aflicción de tu tormento
                        No te olvides de este profeta sediento de recuerdos y anhelos.                       
                                                                                             


lunes, 12 de octubre de 2009

Flor de otoño (Extracto)


Martes 25 de abril

Hoy me ha sucedido un hecho muy especial, tanto así que sólo evocarlo me hace sentir aquellas fragancias aterciopeladas de una chica que a su vez era todo un misterio. No lo digo sin fundamento, puesto que bastaba sólo contemplar su andar grácil y apacible para saber que era una chica poco común, quizás incluso un ángel caído del cielo y por qué no decirlo, una diosa en su esplendor eterno.



Han pasado tres años desde que la conocí, jamás olvidaré el nombre de aquella flor que inundó mi vida de esperanza, pero que el destino implacable se encargó de apartar, son innumerables los sentimientos que viví en su búsqueda, se tornan perennes los recuerdos del instante que la vislumbré. Fue en una época como ésta donde percibí los vestigios del amor, una felicidad inocente me embargó en aquel período, el que a su vez estuvo marcado por la ruptura, la que inevitablemente me llevó a la nostalgia; una desavenencia de la vida, que se produciría después de una incesante búsqueda, que me deparó a los infaustos brazos de la muerte.


Fue el frío atardecer de otoño el que condujo mi vida por sendas inusitadas. Fue aquel veinticinco de abril cuando escribí en mi diario de mano los sentimientos que provocó aquella inesperada mujer que apareció en mi vida y que cambió mi sentir, mi forma de pensar y más aún, mi modo de amar. Antes de conocerla nunca había experimentado tales sensaciones, no sabía que era capaz de entregar todo mi existir por alguien que sólo había visto una vez, pero que caló hasta la profundidad de mi alma con su mirada. Bastó contemplar sus ojos para saber que ella era el complemento perfecto para un corazón que se había preparado durante toda su vida para amar, un corazón desahuciado y condenado a amar irremediablemente hasta el último soplo intermitente de vida y que había sido acompañado por siempre de unos sentimientos tórridos, que eran capaces de arrasar y traspasar las barreras del mundo y la vida si era necesario, por el solo hecho de sentirse correspondido, aquél fue un amor que tuvo su encuentro en los reveses del destino y su quiebre en el hálito de un abismo. Fue una felicidad incorpórea, que sólo duró lo que la inocencia de un púber al despertar a la adolescencia, había creído en aquel entonces que el amor todo lo podía, que triunfaría ante cualquier obstáculo, pero nunca entreví la fatídica muerte y cómo ésta puede arrebatarte aun lo que más quieres.


Observo cada palabra escrita a la sazón de ese momento inmemorial, se me aglutinan una vez más en mi mente todas las sensaciones vivenciadas en un tiempo que me parece fuese el de ayer, se vaticinan pasajes de mi vida, se me presentan tan vívidos como se me han manifestado siempre desde que la conocí, siento cómo eran mis paseos de antaño, presiento la configuración de mis pasos, mi adosado andar que se dejaba conducir por la costumbre, advierto las calles continúas a la plaza de armas, en lo que era mi típica rutina de otoño, una estación muy triste, que su permanencia es capaz de amargar a cualquiera. Quizás para ciertas personas sea una estación ordinaria, que transcurre igual que los monótonos días de su vida, pero para mí no lo es, en efecto, el otoño es una época desoladora, donde la naturaleza tortuosa padece los estragos que el viento ocasiona, es un tiempo repleto de congoja donde los gorjeos de las aves se tornan consternados, donde el último pétalo de rosa se deshoja y con ella la esperanza del amor se esfuma.


Antes de aquel extraordinario encuentro que cambió mi vida, no creía en el amor, pese a ello me habían embargado durante cada milésima de mi existencia, profundos sentimientos que me motivaban a querer conocer aquello que ansiaba con mucha avidez, pero que aún no se había dado la ocasión de experimentarlo, por eso sentía que aquella mujer, representaba a todo el género femenino, era única, pero a la vez lo era todo. Ella venía a llenar la oquedad de mi corazón, incluso más, acrecentaba toda mi experiencia, que en concordancia con la de ella, constituía una unión indisoluble. Sin embargo, la vida te enseña a comprender que todo lo idílico posee un final y que el tiempo es efímero tal ocaso de estrella fugaz en la inmensidad del firmamento. Además, siempre había pensado que el amor, era una mera ilusión que sólo alcanzaban aquellos hombres y mujeres cándidos que no viven más que añorando su príncipe azul o la poetisa de sus sueños. Más aún aquella tarde de otoño no me motivaba nada fuera de mi rutina, que no consistía más que en mi transitar errante por las calles del centro de mi ciudad, situación que en cierto modo me reconfortaba, ya que aquella persistente soledad que me abruma, encontraba en el clímax de las tiendas comerciales, en el apogeo del patio de comidas, en el automatismo de las personas subiendo y descendiendo escaleras, un sentimiento hedonista quizás, sí creo que incluso podríamos denominar placer a aquel sentimiento provocado por el hecho de no sentirse solo ante personas que consumen encarnecidamente, pero que permanecen allí, en la compañía de tu soledad.


Estaba en plenas cavilaciones cuando atisbé en un recóndito banco del centro comercial, a una muchacha que me deslumbró. Su pelo de un negro azabache, ondulaba furtivamente sobre sus mejillas de un blanco traslúcido, quedé atónito; literalmente boquiabierto. Quedé absorto, mientras contemplaba cómo ella discaba vertiginosamente los dígitos de su celular, luego tras breves instantes se levantó presurosamente del sitio en que se encontraba y se dirigió en dirección a donde yo permanecía anonadado. Sin embargo, siguió su etéreo caminar en dirección a la salida. En un intento de reponerme alcancé a vislumbrar sus ojos, no obstante, aquella primera impresión de su danza celestial no se asemejaba en nada a la tristeza que emanaba de sus opalinas y los suspiros de un sollozo, cuya lágrima cayó al suelo como una gota en la hondonada del mar.


Al despertar de aquel ensueño en que permanecí un instante que me pareció toda una eternidad, me percaté que en el sitio en que se encontraba aquella espléndida mujer, había una especie de tarjeta. Me acerqué lo más raudamente posible que mi condición física me permitía, hasta que logré asir el borde y la puse en mis manos. Era una tarjeta que anunciaba el nombre de Gardenia Miraflores; ¡qué nombre más poético para una damisela como ella! Es increíble pensar cómo una flor de semejante talante podía andar por esos lugares, sin duda alguna, ella era mi flor de otoño y su fragancia hacía palpitar hasta la extenuación de los latidos mi corazón, que ahora sólo la rememoraba a ella.


Pero aquella tarjeta no sólo contenía el nombre arrebatador de mi flor de otoño, también aparecía un número telefónico y la notificación de lo que me pareció ser el nombre de una empresa, versaba “Gardenia y asociados”. Quería llamarla, decirle cuán hermosa era, cuán especial había sido para mí en aquella tarde solitaria de mi rutina, ansiaba dar el siguiente paso para un posible rencuentro, pero vacilé. Y no fue hasta el día siguiente, que me aventuré en una visita a su empresa. Fui tan cobarde, que ni si quiera me atreví a llamarla. ¡Qué mísero de mi parte! aún hoy me arrepiento por no haberlo hecho, quizás todo hubiese sido distinto.


La noche anterior a mi incursión por los territorios de Gardenia, sobrellevé una intensa agonía de espasmos y pensamientos febriles. Aquella noctámbula noche, me sumí en un estado insomne, del cual no me repuse hasta la manifestación boreal del alba que con sus centelleantes rayos de sol ocasionó en mi ser un letargo profundo, que me sumergió en un sopor sempiterno.


Cuando al fin logré dormitar, tras la intensidad inverosímil de la que tal vez fue la más fascinante y delirante noche de mi vida, se me presentaron una serie de imágenes y situaciones que en un primer momento no tenían gran sentido. Iba por el centro de la ciudad, tal cual mi costumbre, pero algo peculiar estaba sucediendo, todo lo que me rodeaba parecía estar en sombras, era un ambiente tétrico y lúgubre, un mundo que permanecía en una penumbra absoluta. Por tal motivo, las personas que se presentaban en mi sueño, aparecían como sombras negras, de las cuales incluso yo adquiría una sutil monocromática plateada. En un intento de escabullirme de aquel lugar y de aquellos seres silenciosos, enigmáticos y aterradores, me dirigí en búsqueda de un sitio más ameno, no sabía qué era lo que precisamente buscaba, pero un ímpetu profundo, que emanaba de lo más hondo de mis entrañas, me hacía continuar.


Corrí lejos, avanzaba a pasos agigantados a un objetivo que me llamaba con una voz melodiosa, semejante al canto de las sirenas que conduce a los hombres aventureros a territorios inexplorados. Era un susurro agónico, desesperado, pero a la vez enternecedor; quien lo producía parecía necesitarme tanto como yo. A medida que me acercaba más, el sonido estertóreo que había escuchado desde un principio, se tornaba esperanzador y a intervalos armónicos que acrecentaban su intensidad. Seguía en mi acelerado andar, sin detenerme hasta que mis ojos se cautivaron en la belleza sublime de un paraje inhóspito, reverdecido por una naturaleza fantástica.


Se percibía una vegetación arbórea disímil, entre las que alcancé a destacar el penetrante aroma del boldo, la pureza blanquecina de la patagua, el nacimiento de los robles que se extendían a campo traviesa y deleitaban con su floresta. Me sorprendió el fulgor de la adesmia inquieta, la majestuosidad del canelo, que me trasladó a épocas ancestrales, cuya procedencia me infundió paz y tranquilidad. Encontré en aquel árbol un vínculo y comprensión de mi interioridad que parecía albergar una cadencia acompasada a mis sentimientos, aquel primor natural me remontaba a mis orígenes, me invitaba a refugiarme en sus raíces, cobijarme bajo sus cálidos ramajes, a beber e inundarme del néctar de la vida que me prodigaba su savia, ansiaba quedarme en la unión íntima con aquel lugar paradisíaco, de cuya espesura brotaban aves de tonalidades alucinantes, azul agua marina, rojo carmesí, verde esmeralda, amarillo crepúsculo, que alcanzaban matices tornasolados que se confundían con el diáfano fluir del arroyo que rodeaba serpenteando el vasto terreno en que me encontraba.


Me sentía reconfortado, sentimientos de regocijo y júbilo abrasaban mi corazón, que adquirió una dicha inefable al escuchar nuevamente la voz de la musa inspiradora y conductora de aquel maravilloso lugar. Pero al contrario de los sollozos y el trémulo llamado que me había encaminado hasta aquel esplendoroso bosque, esta vez, se percibían alborozadas risas joviales, que no hacían más que embellecer la lozana plenitud de una doncella, que pese a que sólo la había visto una vez, parecía como si la hubiese conocido desde siempre. Sin embargo, me pareció sumergirme en un estado que se me presentaba vivido anteriormente, estaba absorto y sin movilidad alguna, la deseaba, anhelaba poder comer de aquel fruto prohibido y probar aquellos labios de un rojo escarlata que me seducían de un modo apetecible.


Cuando logré alzar la voz para llamarla, ella se volteó y me miró triste, luego de aquel gesto que me perturbó, se fue en su caminar ligero, de andar grácil y sereno. Corrí tras ella, anduve hasta el límite de mis fuerzas, hasta caer como niño desamparado, de bruces al suelo. Pero algo captó mi atención, era una flor que refulgía en su magnificencia, me acerqué hasta que pude observarla con mayor detalle, no había duda, era una Gardenia, aquella flor de tan admirable albor, que desde sus inicios emergía con una blancura cristalina, que con el tiempo adquiría un matiz níveo que rebosaba hermosura y pretensiones de amor. Permanecí contemplando cada uno de sus rasgos, hasta que un ruido ensordecedor, provocó que todo cuanto me rodeaba, quedara envuelto en una neblina, para luego brillar con suma intensidad.


El estridente sonido que emitía la alarma del reloj de mi velador, indicaba las doce en punto, fue un intenso despertar, aún estaba entregado en cuerpo y alma a la belleza de aquel último sueño, hubiese preferido volver a sumergirme en aquel mundo que poseía un encanto único, pero todavía invadían mi mente las imágenes de una Gardenia, flor de magnífica tersura que me había cautivado. Luego tras breves instantes y en un intento de incorporarme a la realidad, me levanté de mi lecho, aún con modorra, pero con una perspectiva de la vida distinta, comenzaba a creer en las ilusiones que a veces nos presenta la vida, una ilusión que tenía por nombre amor, al cual mi corazón se entregaría hasta consumar las llamas incandescentes de la pasión, desatada por aquella espléndida mujer que tenía por nombre Gardenia, mi flor de otoño que me acompañaría por siempre hasta el final de la eternidad.










lunes, 5 de octubre de 2009

La Posmodernidad, un contraste con lo Moderno Y afín al Progreso Social.

En primer lugar, antes de adentrarnos en una visión crítica de la Posmodernidad, es preciso señalar que ésta se concibe en contraposición a lo que se conoce como época Moderna. Entendiéndose esta última como el gran proyecto humano cuyos orígenes históricos se remontan al siglo XVIII —el Siglo de las Luces—. Se caracteriza como una gran revolución ideológica en contra de los poderes teocráticos, que sustituye las creencias religiosas como método para explicar el mundo por el análisis y la razón. Se acompaña de un optimismo y una fe ilimitados en que el progreso científico e industrial traería abundancia de bienestar para las sociedades humanas. Se inician en esa época los grandes movimientos ideológicos de la M. cuyo común denominador era la construcción de Modelos sociales, políticos y económicos que hicieran posible la confluencia de lo bueno, lo bello y lo justo.[1]


En torno a lo señalado con prelación, cabe destacar que fue un período marcado por fuertes revoluciones, las que se sustentan fundamentalmente en bases ideológicas, destacando así los ideales ilustrados[2]. Conforme a éste es menester enfatizar que como todo movimiento intelectual histórico, tuvo sus repercusiones en los más diversos ámbitos del saber humano, siendo su principal manifestación la creación de L'Encyclopédie ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers[3], la que pese a las críticas llevó a cabo su cometido, el que tenía por finalidad proveer a los lectores un compendio del conocimiento existente, abarcando de este modo una vasta heterogeneidad de aspectos y áreas, propugnando así las bases de una sociedad más racional y humana, capaz de juzgar a través del intelecto y el conocimiento la realidad existente.


En lo concerniente a los influjos que este movimiento tuvo, es posible encontrar su expresión estética en el Neoclasicismo, cuya denominación deriva del retorno a los clásicos, considerando a los escritores griegos y latinos como modelos a imitar; ése es el origen de la palabra Neoclasicismo; movimiento que privilegió la razón frente a los sentimientos. Presentando un marcado carácter crítico, didáctico y moralizador, cuya influencia alcanzó los modelos económicos, políticos y sociales imperantes. De la misma forma su representación musical se manifestó a través del Barroco, caracterizada por una gran riqueza instrumental, contrastes melódicos y rítmicos, siendo su máximo exponente Antonio Vivaldi (Sacerdote italiano, gran violinista y compositor de óperas). Conforme a lo anterior se atisban los conatos de la Iglesia Católica en su pretensión de captar adeptos al cristianismo por intermedio del deleite que la música causa en los sentidos, no obstante, los ideales ilustrados lograron una trascendencia que no tan sólo marcaría un hito en este siglo, sino que dejaría una huella indeleble en los tiempos venideros, ocasionando de esta manera dos revoluciones que estamparían con brasas fulgurantes la historia de la humanidad.


Las revoluciones a las que hago alusión son la Independencia de los estados Unidos y la Revolución Francesa, esta postrema mediada por ideas de líderes intelectuales, tales como Montesquieu, Rousseau y Voltaire. Todos ellos prominentes filósofos Ilustrados que pretendían esclarecer los dogmas de la Iglesia, el mundo y los sucesos acaecidos en él, a la luz de la razón. Esta revolución estuvo fundada a raíz de los graves problemas que se estaban viviendo en esta nación, cuya hegemonía absolutista estaba en decadencia por innumerables deudas económicas, por el dinero que demandaba mantener los privilegios y sobre todo por el estilo Dionisiaco de vida que llevaban.


En consecuencia a esta insurrección, se sintetizará y efectuará tangiblemente la ideología Ilustrada, a través de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, proclamada por la Asamblea, cuyas consignas “Igualdad, libertad y fraternidad”, constituirán los cimientos para la conformación de la sociedad Contemporánea.


Haciendo referencia a otro de los procesos acaecidos, que están intrínsecamente relacionados con el pensamiento posmoderno, se distinguen los rasgos de secularización, los que a lo largo del sigo XVIII estuvieron desmesuradamente latentes y que en conjugación con la Revolución Francesa alcanzaron su clímax. Situación que concatenará en las próximas décadas no tan sólo un creciente laicismo, siendo éste uno de los mayores cismas de la iglesia Católica, sino que se manifestará una progresiva ruptura con agentes políticos y sociales que regulan la vida pública.


Realizando un epítome, la Edad Moderna cuyo auge fue el siglo de las Luces. Fue una etapa de la humanidad que atravesó múltiples procesos y de índole disímil, comprendiendo niveles ideológicos, culturales, políticos y económicos. Sin embargo, el contexto social fue el mayor de sus causantes, ya que a partir de éste se configuran los otros factores. Vislumbrando así una Francia que se encontraba al borde de la banca rota, por culpa de un sistema tributario anticuado, agravado además en su aplicación por unos abusos inveterados, una práctica jurídica arbitraria por culpa de los privilegios de clase, una sucesión de gobiernos débiles e ineficaces, una corte derrochadora y una administración corrompida hasta sus cimientos[4].


Retomando el tema que nos compete, “La posmodernidad” o también entendida como época Contemporánea, va a forjarse en base a lo anteriormente señalado, vale decir, como se ha planteado desde el principio de este ensayo, se concebirá en antítesis a los preceptos Modernos. No obstante, lograr una posible definición de esta época, no es el fin último al que se quiere llegar, puesto que ante todo está marcada por un amplio pluralismo, siendo éste uno de sus rasgos más determinantes, ya que denota desde un primer momento una gran diversidad, tanto ideológica, política, cultural y más aun si se perciben las formas de expresión. Siendo este último punto, de suma importancia, ya que “el progreso”, trajo consigo la libertad de expresión.


Una de las consignas más claras de la Modernidad era la libertad, ésta tras innumerables revoluciones, guerras, conflictos ideológicos, hizo deparar una sociedad donde manifestar las opiniones fuera parte del día a día, en fin escuchar la palabra “libertad de expresión”, es algo que ya nos parece “normal”, incluso ha llegado a ser tan común, que hasta se ha vuelto trivial. Pero se nos olvida cuánto costó obtenerla, creemos que es un derecho innato, que nos ha pertenecido desde siempre, pero esto no es más que un comportamiento irracional y propio de seres desmemoriados, que pese a que la ilustración nos cedió un impulso impetuoso, cuyo afán didáctico se ha masificado, hemos caído en decadencia y más aun, esto se ha vuelto peor que antes, ya que más vale ser una persona sin conocimientos, que un ilustrado que no quiere ver la realidad que existe en derredor.


Hago un llamado a que utilicemos aquello por lo que tanto han luchado nuestros predecesores, hagamos uso de nuestra libertad y expresemos aquello que nos causa inconformismo, manifestemos nuestras opiniones, seamos críticos, enjuiciemos nuestros propios actos y que así seamos capaces de fraguar una sociedad cada vez mejor, cuyo fin progresista, no tan sólo se convierta en un fin, sino que lleguemos a concretarlo.


Es así que no puedo dejar en el tapete un tema tan trascendental como el que se vive en Asia, puesto que hablar de libre expresión en Occidente, no es lo mismo que en Oriente. Y esto queda de manifiesto tan sólo al contemplar en nuestro diario vivir, gracias a los mass media (medios masivos de comunicación), realidades que viven distintas culturas, estilos de vida muy diferentes al que acostumbramos, ya que por ejemplo, algo tan típico como a lo que acostumbran los jóvenes, que es el chat, allá no se puede utilizar, ya que persiste una prohibición continúa a usar estos medios, incluso si uno quiere tener su propia página web, ya sea un blog o de cualquier índole, simplemente no podrá, ya que se les han impuesto trabas y penalizaciones por el sólo hecho de querer dar a conocer su opinión.


Situaciones como éstas en un mundo “progresista”, término que tanto está en boga, son inaceptables, no podemos decir que estamos avanzando, que hemos progresado, cuando en realidad se nos ultraja de este modo. Todos tenemos derecho a la libertad, ésta ha sido un derecho que nos hemos granjeado a través de la historia, mucha sangre fue derramada para conseguirla y no podemos permitir que ésta nos sea coartada por quienes nos gobiernan.


Otras de las problemáticas vigentes es el tema de la desigualdad, cuyo fundamento también se ubica en las consignas modernistas. La lucha por la igualdad es una realidad que tiene precedentes desde tiempos remotos y, por consiguiente, el ser humano ha tenido que enfrentarse a ellas continuamente. Es por ello que si pretendemos caracterizar esta época, no podemos “hacer vista gorda” a tales escenarios. De tal modo que si hablamos de desigualdad, ésta debe analizarse desde raíz y la raíz de toda sociedad se encuentra en la familia, siendo ésta el núcleo fundamental de la sociedad y precisamente, es desde el seno del hogar donde observamos las primeras muestras de desigualdad. Un ejemplo de ello, es el caso de las nanas, donde muchas veces deben ejercer de madres sustitutas y, en efecto, las mismas dueñas de casa consideran que cumplen un rol fundamental en la crianza de sus hijos, no obstante, persisten prácticas a las que estamos tan habituados, que las hacemos de modo casi inconsciente, es así que a la hora de la merienda a las nanas no se les permite sentarse con los patrones, siendo que es vista como una integrante más, pero es en situaciones como éstas donde se percibe jerarquización social, lo que no deja de ser importante en nuestra conformación como sociedad a la hora de hablar de desigualdad, ya que es el hogar nuestro primer educador y es aquí donde se irán construyendo nuestras concepciones sociales y sistema de valores.


Si bien, nociones de disparidad encontramos desde nuestras familias, éstas se hacen aun más visibles en el instante de compartir un mismo sistema social, es decir, al vivir en comunidad. En primera instancia, porque vivir en comunidad, hace alusión a un nivel social más elevado, el que querámoslo o no trae consigo una distinción, traduciéndose en labores, que pese al arduo trabajo son menospreciadas, mal pagadas y discriminadas consciente o inconscientemente, lo que nos crea una forma de percibir tales trabajos con displicencia y clasificarlos desde un primer momento como de menor categoría, viéndose de esta manera quienes los desarrollan, perjudicados salarial y socialmente.


Pero esto es tan sólo una parte de la realidad, ya que toda relación interpersonal implica un compromiso con el otro, pero el problema surge cuando ese otro es distinto a mí, relación que muy a menudo adquiere un carácter peyorativo. Ejemplo de ello es, cuando una empresa requiere personal calificado para desempeñar una determinada labor, pero resulta que cuando se trata de contratar a alguien, no sólo se fijan en sus capacidades, sino que hacen de inmediato una distinción si esta persona proviene de un país distinto o de una etnia diferente y si éste, en el caso de nuestro país es peruano o boliviano, la discriminación es aún peor.


Una vez más recalco que si queremos progresar, hechos como éstos no se pueden dar, no podemos hablar, por ejemplo, que Chile es un país es vías de progreso si aún coexisten semejantes situaciones. Es tiempo de detenernos aunque sea un momento a replantearnos lo que queremos para el futuro, un futuro que debe ser más ameno, libre e igualitario.


Lamentablemente contextos como aquellos no sólo se avizoran como país, sino que a nivel mundial esto se masifica del tal modo que los casos de genocidio se han acrecentado en el último período. Para nadie es un misterio leer en el periódico o ver en el noticiero ataques contra inmigrantes y tampoco lo son las constantes manifestaciones de pueblos originarios, que sólo buscan hacer valer sus derechos y que se les trate con igualdad. Y es por esto, que es preciso destacar otras de las características propias de la posmodernidad, que en conjunto con las dos consignas anteriores, conforma la triada emancipadora. Me refiero a la fraternidad, valor que en la sociedad actual ha quedado relegado a un segundo plano, lo que posee múltiples explicaciones, pero sólo me ceñiré a las más destacadas.


Entre el cúmulo de teorías que lo explican, está aquélla que plantea el marcado relativismo de nuestro tiempo, que otea la verdad, los valores y al ser humano y, por tanto, sus relaciones de fraternidad como un ente fragmentario, que no concibe a la humanidad como un todo, sino como seres distintos, lo que inconmensurables veces se convierte en desuniones, rupturas de lazos, desapego y retorno al primitivismo discriminatorio. A las personas posmodernas les cuesta concebir el lado positivo del “ser diferente”, sólo ven lo negativo, de lo que se infiere la tendencia pesimista de la actual sociedad. Les es casi imposible entender la grandeza y la riqueza de la diversidad, el pertenecer a culturas distintas, el creer en una doctrina diferente, el tener una heterogeneidad de posturas frente a determinados temas.


Poseer pensamientos divergentes nos ayuda a crecer como personas, como individuos y en comunidad, nos permite comprender el mundo desde otra perspectiva. Aquí está la base del cambio, si queremos progresar como sociedad, primero debemos hacerlo nosotros mismos, modificar nuestra arraigada mentalidad individualista y de misantropía, para lograr un mundo donde la discriminación sea cosa del pasado, la libertad un bien preciado y la igualdad un bien social.



[1] http://www.itvillahermosa.edu.mx/programas/modelo/glosario.htm


[2] Ilustración: El ideal de la Ilustración fue la naturaleza a través de la razón. En realidad no es más que el espíritu del Renacimiento llevado hasta sus últimas consecuencias, en manifiesta oposición con lo sobrenatural y lo tradicional. El Ilustrado llegaba al amor al prójimo partiendo de la razón y no de la Revelación.

http://thales.cica.es/rd/Recursos/rd99/ed99-0314-01/ilustra.htm


[3]Fue una obra de muchos autores, bajo la guía de Diderot y D Alembert. Este último se retiró de la redacción en 1758. La Enciclopedia está compuesta por treinta y cinco volúmenes, publicados entre 1751 y 1780”.

Historia de las ideas Contemporáneas, (Mariano Fazio, 2001 -2005) extracto, página 84.


[4] De la Ilustración a la Restauración, (L. J. Rogier) extracto, capítulo 2: Secularización y Cisma, página 155.

Mi arte poética

Arte poética (José Chamorro)

Escribo desde el alma que aniquila la razón y no de sin razones del corazón deseadas. Escribo porque nací poeta en una generación ...