martes, 23 de agosto de 2011

Tradición del género picaresco.


           En primer lugar, al hablar de tradición literaria y más aún genérica, se hace alusión a un conjunto de textos, es decir, el bien denominado corpus, que se gesta en un marco contextual de referencia en una época determinada para receptores específicos, lo cual no resta que en posteriores décadas o siglos, estas obras sean releídas o reinterpretadas. Es así, que en esta ocasión nos remitiremos al género narrativo, en su calidad de novela, en la centuria correspondiente a la edad de oro español, específicamente en la bien ponderada picaresca, cuyos textos más característicos engloba La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, cuyo texto ha quedado en el anonimato autorial, pese al sin fin de especulaciones al respecto; el Guzmán de Alfarache, de Mateo Aleman; El Buscón llamado Don Pablos, de Francisco de Quevedo, entre otros.

            De acuerdo a lo anterior, para comprender cómo se fue forjando la tradición picaresca, es menester saber cuáles fueron los rasgos y aportes que caracterizaron a cada una de estas obras canónicas y cómo en base a este molde, se añadieron o quitaron elementos que delimitaron el género propiamente tal. Desde esta perspectiva, encontraremos puntos en común como de diferencia, donde señalaré, por ejemplo: “En las grandes novelas picarescas (concretamente, en Lazarillo de Tormes y en Guzmán de Alfarache), el mismo común denominador de la técnica narrativa consiste también en someter todos los ingredientes del relato a un punto de vista singular.”[1] Lo precedente consiste en hacer uso de un sólo punto de vista para narrarnos el relato, donde sólo conoceremos una visión parcial de los hechos, que coinciden con lo que el protagonista nos quiere contar, en primera persona singular. Es así que esta técnica se configura en la utilización del subgénero autobiografía, que en sí misma es una ficción literaria, que paradójicamente, busca otorgarle características de verosimilitud al relato: “En ambos casos nos las habemos con ficciones autobiográficas, uno de cuyos asuntos esenciales es justamente mostrar la conversión del protagonista en escritor, justificar la perspectiva del pícaro en tanto narrador (vale decir, novelizar el punto de vista).”[2]

            También Quevedo rendirá tributos al patrón autobiográfico, pero en esta ocasión no posee la misma justificación que en las obras que lo preludian, puesto que se podría hablar incluso de una mera imitatio del modelo, para caracterizar su excurso como constitutivo de la picaresca: “Para empezar, ¿por qué escribe Pablos? No tenemos la más ligera idea. Cierto, al frente de algunos manuscritos se halla una sucinta (carta dedicatoria): Habiendo sabido el deseo que Vuestra Merced tiene de entender los varios discursos de mi vida, por no dar lugar a que otro (como en ajenos casos) mienta, he querido enviarle esta relación, que no le será pequeño alivio para los ratos tristes…[…] No es raro, pues, que al probar fortuna en la picaresca se le escapara casi todo cuanto la especie tenía de novela, de construcción; que, reconocidos los rasgos esenciales, se los incorpora como fragmentos dispersos, sin adivinar –o, en cualquier caso, sin proponerse adaptar y recrear- su enlace profundo.”[3]

            Otro punto común en este género, que a su vez concuerda con su estructura epistolar, es la convención literaria de la época. Pues nunca está demás recordarlo, desde épocas remotas hasta nuestros días, la preceptiva marca el patrón a seguir y vela por lo que es lícito escribir y qué no, además de ceñir los tipos de temáticas y obras canónicas, vale decir, literalmente, aquello que se ciñe a la regla o canon. Veamos lo que sucedía en aquellos tiempos: “La convención literaria todavía no se llevaba demasiado bien con los humildes (tan insólito debió sonar nuestro libro, que Lázaro hubo de improvisarse sociólogo y afirmar que poco o nada se debía a quienes (heredaron nobles estados); la prosa narrativa, en particular, no contaba con precedentes cercanos de una atención tan sostenida y exclusiva a un personaje de la ruin calidad de Lázaro González Pérez. ¿Qué hacer, entonces? Es inútil especular sobre las soluciones posibles, pero sí parece importante reconocer la del anónimo autor del Lazarillo. Existía desde siempre, en efecto, una forma literaria que se avenía de maravilla a conciliar la tradición retórica y la modesta historicidad que parecía de rigor en los balbuceos de la novela: la carta.”[4]

            Por otra parte, una característica crucial dentro de la tradición de la picaresca en tanto género, radica en su correspondencia y uso de elementos que le han sido legados. Respecto a ello, se atisba la larga data del subgénero epistolar, previamente mencionado, que incluso era usado en pueblos tan antiquísimos como Roma, Egipto, Grecia e igualmente, en grandes civilizaciones del extremo oriente, pues de ella derivaban diversos aditamentos y usos, de lo cual se desprende que se valían de ellas para referir noticias fundamentales, de una ciudad a otra, con fines políticos, económicos e inclusive relaciones amorosas. Aunque también cabe considerar que el número de individuos que se dedicaba a su escritura era generalmente la minoría, siendo por lo común, una labor de escribas: “La carta se ha prestado siempre a la confidencia y la confesión; a la altura de 1554, estaba, además, bien curtida en la autobiografía. Angelo Poliziano distinguía dos maneras de carta: una “gravis et severa”; la otra “otiosa”, salpimentada de bromas, con cantidad de proverbios, de estilo algo menos llano que el diálogo. Pues las dos maneras se habían fogueado en la materia autobiográfica.”[5] El Lazarillo de Tormes, por ejemplificar lo antedicho, entronca precisamente con esta última, vale decir, la “otiosa”, debiéndose aquello principalmente a su carácter risible e irónico y premisas didácticas que se pueden distinguir.

            En una línea similar, se precisará sobre el género epistolar y en el caso referido del Lazarillo, que éste se corresponde con un continuo de preliminares (lingüísticamente hablando), presentes en variados textos y tópicos: “La redacción del Lazarillo es ante todo un acto de obediencia. Obediencia que tiene numerosos antecedentes literarios. Por ejemplo, Diego de San Pedro dice haber compuesto la Cárcel de amor (más por necesidad de obedecer que con voluntad de escribir). Tenemos presente, además, por tratarse de una obra renacentista, compuesta en una época en que la confesión de tipo agustiniano o introspectivo era del todo concebible, la autobiografía de Santa Teresa, que fue escrita por mandato de su confesor.”[6]

            Incluida dentro del amplio espectro tradicional de los cuales se sirve la picaresca, encontramos la faceta jocosa, crítica y risible del género, lo que nos traslada a géneros precedentes situados en la antigüedad grecolatina, específicamente apuntando las saetas hacia la comedia, que tanta controversia y clamor causaba entre los espectadores y que Aristóteles en su poética trató como a la hermana menor, sin embargo, no por ello le cedió una menor relevancia. Un claro ejemplo de ello, acontece en el Lazarillo: “El lazarillo-iba siendo hora de decirlo- es un libro tremendamente divertido; y no escapa a esa ley de la coherencia jocosa (la verité facétiuse, escribe el maestro Bataillon), capaz de crear un universo autónomo, donde sólo cuenta el ingenio, la sorpresa, el engarce de los sucesos regocijantes, y donde se suspenden los imperativos éticos y las convenciones sociales. Cuando Lazarillo mata al ciego (o poco menos) nos reímos, en vez de indignarnos (como haríamos-hay que suponer-en la vida ordinaria).”[7]

            En consecuencia, a partir de lo ya mencionado, la picaresca se prefigura en base a una obra y sus rasgos, identificando a su vez al sujeto designado como pícaro, cuyo caso particular es el de Guzmán, que reafirma a la novela que le antecede, el Lazarillo. (Esto confirma una vez más que todo género no se define por una obra en sí misma, sino por su complementación y compactación con otra de índole semejante, pero no idéntica). Desde otro ángulo, se aprecia que esta designación no necesariamente posee basamentos reales o cotidianos, sino que se constituye a raíz del personaje literario, cuyas facetas lo sintetizan, como se verá a continuación: “Hablamos (hoy) de la novela picaresca, porque al publicarse la primera parte de La vida de Guzmán de Alfarache, atalaya de la vida humana, las gentes, extrayendo un común denominador (entre los varios posibles) de las etapas del protagonista y compendiando el título en un mote, dieron en  llamarle pícaro. Pero es inútil caracterizar la novela picaresca por referencia exclusiva al tipo real del pícaro o al arquetipo de la picaresca cotidiana: otra cosa es intentarlo a partir del personaje, la criatura literaria del Pícaro.”[8]

            Pero ¿qué se entendía comúnmente por pícaro en la realidad de la época? Es una pregunta de difícil resolución, no obstante, este personajillo transversal al género, constituyó una extensa tradición, cuyos retazos incluso vislumbraremos sobremanera posteriormente en el realismo decimonónico. Sin embargo citaré una aproximación a su definición: “Para empezar, la voz pícaro (de misteriosa etimología) parece haberse popularizado en el último tercio del siglo XVI para designar a un sujeto –generalmente, niño o mozo- vil y de baja suerte, que anda mal vestido y en semblante de hombre de poco honor.”[9] En la misma línea se encuentra la obra de Mateo Alemán que hizo que esta voz y personaje cobraran vida en la consciencia colectiva de la sociedad de su tiempo: “Así, el contenido de la voz, encarnada en Guzmán de Alfarache y orientada a lo adjetivo antes que a lo sustantivo, ya con la primera parte de la Atalaya se hacía más amplio que lo había sido: identificaba a un individuo en el curso de una vida, picaresca y no picaresca. Por una cierta traición a Mateo Alemán –conviene insistir-, pícaro, en boca de los lectores, fue tanto Guzmán como el Guzmán.”[10]

            Así como en el Guzmán, los receptores de la época veían en el protagonista del Lazarillo, a un pícaro de tomo y lomo, lo que concuerda con otra descripción sobre la noción de esta tipología de personaje: “Lázaro, en efecto, aparece en ella como un niño harapiento, quizá no holgazán, pero en cualquier caso sin oficio ni beneficio, perfectamente disponible: nada lo inclina a una determinada ocupación, ningún status social ha de mantener, ninguna negra honra le impide vivir de la mendicidad. Los toledanos no vacilan en catalogarlo. Para ellos, Lázaro es un bellaco; un tunante, pues, y no de cualquier especie: Nebrija, en 1492, identificaba ya al bellaco con el esportillero (palancarius), y cien años después Francisco del Rosal recordaba que bellacos solían llamar a los ganapanes.”[11]

            Cabe señalar además, que la picaresca tampoco queda exenta de los influjos del teatro, ya que como han señalado ciertos estudiosos, motivos y personajes relativos a este género los encontramos en un variopinto tipo de formas dramáticas: “[…] coincidencia de la novela picaresca con el teatro prelopista y el entremés del Siglo de Oro a propósito de innumerables tipos y motivos. En el entremés, por caso, pululan los capigorrones hambrientos, estudiantes bromistas, venteros que dan gato por liebre, habladores irrestañables, hidalgos muertos de hambre e hinchados de vanidad, médicos matasanos, poetas chanflones, damas busconas y otras variedades de bobos, hampones y maleantes. Son sin duda, las mismas gentecillas que pueblan la novela picaresca… Con una sola ausencia: la del pícaro.”[12]       

            Estrictamente vinculado a la tradición previa y sus caracteres, es lo que se tiende a denominar como “guardar el decoro”, es decir, que al construir una nueva perspectiva de los caracteres y tipos de personajes que utiliza, que ésta aún sea fidedigna y que sea alterada en la más ínfima medida posible: “[…] Para el padre del lazarillo, era, ante todo, ser fiel a una cierta imagen folklórica del mozo de ciego; después, renovar esta imagen sin alterar la relación fundamental entre ambos personajes. El ciego sagaz y cruel le llegaba al autor unido al mozo ingenuo y pícaro. El clérigo avaro, carácter de una pieza, está en análoga relación con Lázaro, cuya historia enriquece sin cambiar su tonalidad.”[13] “El color local de las costumbres tiene verdad global manifiesta sobre todo en el personaje del escudero. Se reduce, en los pormenores, a cinco o seis alusiones: bonetes toledanos, intrigas de las toledanas de costumbres fáciles, cabezas de carnero comidas el sábado, confituras de Valencia, lechugas murcianas, espadas de Cuellar.”[14]

            Finalmente, para culminar con una visión cíclica de esta tradición, es preciso destacar que las temáticas que aborda la picaresca y específicamente el lazarillo, en tanto primera obra del género, eran puntos comunes en la época, debiéndose en gran medida a la edad media: “Los tipos y los temas del relato anónimo eran en buena parte tradicionales: el mozo de ciego, el travieso criado del escudero, el triángulo de marido, mujer y amante, los chascarrillos, las facecias, las tretas del buldero y otros muchos elementos de la obrita resultaban familiares en la literatura europea de la época.”[15] A su vez se pueden ir desglosando estos temas y, sobre todo, se pueden extrapolar una amplia gama de datos y materiales folclóricos de tradiciones subyacentes en el texto, por ejemplo, las referidas a la dicotomía mozo/ciego: “A lo largo del tratado I, el autor echa mano de materiales folklóricos. La rivalidad entre el ciego y su destrón está presente en la narrativa y en el teatro europeos de carácter popular, desde la Edad Media. Esa pareja ha dejado alguna huella en la literatura castellana anterior al lazarillo, como síntoma de su popularidad. […] Este primer amo –no olvidemos: en posición de Toppgewicht, es decir, de figura o cosa principal en una serie folklórica de tres elementos- asume rasgos tópicos del carácter del ciego: sutileza y mezquindad. […] Tal es el hombre con quien Lázaro sale del hogar para servirlo y adestrarlo.”[16]

            El planteamiento anterior, posee aún características que es pertinente anexar, por un lado, el esquema de los tres elementos, predefinido y, por otro, los antiquísimos y populares refranes que abarca nuestro anónimo texto: “Cuando guían los ciegos, ¡guay de los que van detrás! […]El autor del Lazarillo contaba, sin lugar a dudas, con un conocimiento del refrán por parte de sus lectores, para que la proclamación del magisterio del ciego que hace el protagonista fuera entendida con plenitud, y para que fuera comprendido uno de los significados del libro, en cuanto cumplimiento implacable del epifonema […] Se ha puesto a servir, conforme a la ley de tres, al esquema folklórico de los tres elementos encabezados por un Toppgewicht, con el amo más importante. Y la importancia de este amo consiste en que es ciego, en que sus enseñanzas lanzarán el alma del niño al extravío, más allá del marco de los tres amos, mucho más allá, para el resto de su vida.”[17] Continuando la trayectoria de la argumentación, dentro de la nítida presencia tradicional, se aprecia un cuerpo intercalado de situaciones, que al contrario de lo que sucedía otrora, éste adquiere un cariz conexo, no así desperdigado e incoherente donde ejemplificadamente, las tretas del ciego y mozo en tanto fundamentos folklóricos, aún perviven en ciertas ciudades españolas. En suma, el esquema dual entre mozo/ciego y las peripecias que conlleva presenta igualmente una raigambre en el bien llamado folk: “se ajusta, temática y estructuralmente, al esquema folklórico del tipo burlador burlado.”[18]

           



Evolución y cambios de la picaresca a partir de los siglos de oro españoles.

            Primero que todo, estableciendo un sumario de lo antes visto, cabe referir que se ha precisado en los innúmeros elementos que abarca este género, tales como: modos a la usanza de antaño respecto a géneros literarios particulares, tanto en narrativa, como en drama, al igual que los tipos de personajes y espacios que en ellos aparecía y, por qué no mentarlo, las costumbres típicas de la época en relación a la voz designada como folk. No obstante, de aquello emerge la postrera interrogante: ¿acaso la picaresca en su totalidad corresponde al colorido tradicional? Efectivamente no es así, pues no sólo en este caso nos encontramos frente a una amalgama y heterogeneidad de legados e innovaciones, sino que este proceso ha sido denominador común en la historia de la literatura. A continuación procederé a incorporar cuáles son las novedades y en qué sentido éstas enriquecen la nueva y, aparentemente antitética, tradición novelesca.

            Hacia el siglo XIX podía ser eminentemente usual otear en las obras literarias a personajes de baja ralea, sin embargo, por un extenso período de décadas e incluso siglos, esto no sucedió así. Remontémonos aproximadamente hacia inicios del siglo XVI, donde frente a nuestros ojos nació una anónima obra bien conocida como La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades. Justamente es ésta la obra primordial que viene a realizar una vuelta de tuerca o más explícitamente, un giro de 180º respecto a los personajes y visiones de mundo a considerar. Al contrario de lo que acontecía en el período medieval, los prototipos de caracteres ya no serán las clases más elevadas o de abolengo social, sino que se centrarán en aquellas más populares, poniendo especial énfasis en lo que se tiende a denominar vox populi: “Lázaro de Tormes no es hijo del rey Perión de Gaula y de la reina Helisena, como Amadís, sino del molinero Tomé González y de la lavandera Antonia Pérez. […] La cumbre de toda buena fortuna es para él la boda con la barragana de un clérigo y un nombramiento de pregonero. Y entre el arranque y el desenlace no hay hazañas estupendas, escenarios deslumbrantes, altos ejemplos.”[19]

            Hay que recordar que el Lazarillo es una obra más relativa al renacimiento que a la edad media, lo que si bien es un tema manido por las controversias que ello naturalmente conlleva, pues ya se ha precisado en sus características referentes a la tradición y al cambio, se tomará por convención, por el siglo al que corresponde. Es así que sin dejo a críticas se permite emplear ciertas citas que apoyan esta tesis: “La tópica al uso persiste en caracterizar el Renacimiento como edad complacida en lo individual. Rara vez (valga la muestra) se desentraña suficientemente ese rasgo de época, pero no por ello parece menos cierto. El Renacimiento es, sin duda, el período del libre examen y la religión personal, de la reducción ad hominem de las relaciones sociales y económicas (incomparablemente más vinculadas, en la Edad Media, a la familia y el grupo), del retrato y el nacimiento del registro civil.”[20]

En términos estrictos, la novela anónima comparte determinados rasgos con esta concepción o visión de mundo, pues justamente el relato no va de un personaje a otro, sino que conocemos y desentrañamos la vida de uno solo; Lazarillo, quien se transformará en Lázaro. Lo enunciado con prelación no quita a claras luces la presencia de otros personajes, sin embargo, no nos adentramos en su psicologismo si se quiere, en oposición a lo que sí sucede con el personaje principal de la obra, pues para testimoniarlo, baste rememorar cuando éste adquiere consciencia sobre el transcurrir del tiempo, lo que demuestra fehacientemente que sí podemos conocer su interioridad, ya que se nos da cuenta de sus apreciaciones respecto a éste.

            Se ha hablado de interioridad y psicologismo e inclusive de individualidad, no obstante, no se ha reseñado mucho hasta el momento sobre singularidad, cuya característica es esencial para comprender y vislumbrar la imagen que se nos proyecta de los protagonistas de la picaresca, que ulteriormente harán acto representativo en el realismo decimonónico, bien llamado psicológico: “El artista medieval llega a la realidad a través de la tradición. La tradición le proporciona los esquemas fundamentales –los tipos iconográficos, digamos- para representar un asunto y relega a los detalles la observación directa, personal (no escapa a la regla la literatura coetánea, donde el realismo suele concentrarse en el pormenor en la misma medida en que desampara el núcleo argumental). El Renacimiento –contrasta Edwin Panofsky- afirma la bona sperienza como raíz de la tarea artística; el hallazgo del centro de perspectiva, en particular, consolida una nueva situación, en que la obra de arte deja de ser el resultado de la mera obediencia a un código tradicional y se entiende como un segmento del universo según lo observa- o, por lo menos, según podría observarlo- una persona determinada, desde un determinado punto de vista, en un momento determinado.”[21]

            Estrechamente ligado al realismo en tanto adjetivo y no aún como género, se encuentra la explicación del por qué se recurrió al uso de la autobiografía (aunque ficticia), para justificar la obra. Sin embargo, no queda claro, sino que desemboca en meras especulaciones, si fue uno o lo otro lo que dio origen a su sucesor: “Quizá fue el deseo de realismo el que lo movió a adoptar la autobiografía: quizás fue el gusto por la autobiografía (al par que toda una visión del mundo) el que lo llevó de la mano al realismo. No hay medio de averiguarlo. A posteriori, en cualquier caso, uno y otra se implicaban, y la coherencia se imponía nuevamente: la novela debía ser fiel por entero a la ilusión autobiográfica, el mundo sólo tenía cabida en sus páginas a través de los sentidos de Lázaro y Lazarillo.”[22]

            Otra particularidad que no puede ser soslayada está inextricablemente unida a la perspectiva de la época, pues me refiero al ascenso social o, al menos, pretensiones de éste en una sociedad donde emergentemente se estaban posicionando nuevos grupos humanos, tales como los burgueses, lo que dista en demasía de la situación real de la época en cuanto a los sujetos de baja extracción económica, factor indisociable en ese período del aspecto social: “A lo largo de la Edad Media, en efecto, había ido consolidándose una doctrina muy distinta: la sociedad es un trasunto del orden cósmico y del reino de Dios. Las clases sociales, pues, son tan inmutables e inamovibles como las órbitas de los planetas y la graduación de los coros angélicos: pretender cambiar de estamento, ascender en la escala jerárquica, supone rebelarse contra la ley natural y la providencia divina, marchar –como repite don Juan Manuel- en línea recta a la condenación, pues los estados son de tantas maneras, que lo que pertenece a un estado es muy dañoso al otro.”[23]

            Nítidamente, pese a lo cuestionable que es la ascensión de Lázaro a nivel social, la cosmovisión de su autor, sin lugar a dudas se circunscribía sobre todo a la que formulaba el renacimiento en general y el humanismo en particular: “Una importante facción del humanismo, por el contrario, afirmaba calurosamente (son palabras de Pero Mexía) que en cualquiera parte que nazca el hombre tiene licencia para procurar de ser muy grande y muy conocido, con tanto que sea su camino por las virtudes. La herencia y la Fortuna, según el nuevo planteamiento, nada pueden contra la virtud y el esfuerzo propio.”[24] Sin embargo, sin presunción de zanjar la discusión sobre su ascensión social, debido a que hay mucho que discutir al respecto, me limitaré en este caso a usar una cita que valida en forma de premisa lo que el receptor de aquel tiempo tuvo que haber pensado sobre el fructuoso o infructuoso progreso del Lazarillo: “La virtud eleva a los hombres –argumentaría un humanista de nuevo cuño-, Lázaro no ha usado de ella debidamente, ergo no se ha elevado.”[25]

            Finalizando, a raíz de uno de los planteamientos precedentes, cuya disquisición se centraba en sí, por ejemplo, una obra como el Lazarillo era renacentista o medieval, en cuanto a ello, había puesto atención en que por convención ésta era renacentista, sin embargo, recuérdese lo ecléctica que eran estas posturas en el contexto de la época, así que apuntaré una vez más a este punto que es crucial, donde queda patente que sin sus rasgos novedosos, la obra no habría cobrado una relevancia tal como la que alcanzó: “Naturalmente que se ha formulado la pregunta de si el Lazarillo es Edad media o Renacimiento. Y aunque no es preciso exagerar la cultura clásica que su autor deja transparentar, es difícil no encontrar un aire nuevo en la sencillez ágil del relato y de los diálogos. El error consistiría en creer que el Lazarillo adopta tal tono y toma como materia la prosa de la vida diaria, para llevar la contraria a las novelas de caballería, reacción que revelaría las nuevas tendencias del Renacimiento, en lucha contra una tradición medieval.”[26]


[1] Francisco Rico., La novela picaresca y el punto de vista. Editorial Seix Barral, 1976. pp. 10.
[2] Íbidem. Pp. 10.
[3] Íbidem. Pp. 121-122.
[4] Íbidem. Pp. 16-17.
[5] Íbidem. Pp. 19.
[6] F. Rico: “Historia y crítica de la literatura española”, 1980. Pp. 357-358.
[7] Francisco Rico., La novela picaresca y el punto de vista. Editorial Seix Barral, 1976. pp. 52.
[8] Íbidem. Pp. 100.
[9] Íbidem. Pp. 101.
[10] Íbidem. Pp. 106.
[11] Íbidem. Pp. 108-109.
[12] Íbidem. Pp. 106-107.
[13] F. Rico: “Historia y crítica de la literatura española”, 1980. Pp. 354.
[14] Íbidem. Pp. 356.
[15] Francisco Rico., La novela picaresca y el punto de vista. Editorial Seix Barral, 1976. pp. 113.
[16] F. Rico: “Historia y crítica de la literatura española”, 1980. Pp. 363.
[17] Íbidem. Pp. 364.
[18] Íbidem. PP. 365.
[19] Francisco Rico., La novela picaresca y el punto de vista. Editorial Seix Barral, 1976. pp. 15.
[20] Íbidem. Pp. 18.
[21] Íbidem. Pp. 35-36.
[22] Íbidem. Pp. 37-38.
[23] Íbidem. Pp. 46-47.
[24] Íbidem. Pp. 47.
[25] Íbidem. Pp. 49.
[26] F. Rico: “Historia y crítica de la literatura española”, 1980. Pp. 353.

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