martes, 23 de agosto de 2011

Concepción del héroe épico en el cantar de Mio Cid.


Primero que todo, previo a referir las características particulares que presenta el héroe del Cid, se torna menester aludir a aquellos rasgos comunes a la épica no sólo española, sino que europea en general. Es así que continuando la línea del planteamiento anterior, como ha enunciado Manuel Alvar: “Veremos que en la base, como motor de todos los acontecimientos que se suceden, hay una fechoría […] Siempre el inicio será el mismo y, por lo general, el desarrollo también suele seguir unas pautas determinadas ya sean de paso de peligrosas pruebas o, sobre todo, encarnizadas luchas por restituir el orden primitivo y recuperar el honor dañado.”[1]Lo anterior refiere rasgos característicos de la épica en torno a la estructura que la rige, es así que en el caso particular del poema de Mio Cid, nos vemos enfrentados ante el destierro ignominioso e injusto de éste, causado debido a la animadversión y envidia que hacia él dirigían por su gallardía, fama, pero sobre todo, por la estrecha relación que lo vinculaba al Rey, que pese a ello no dudó en desterrarlo. No obstante, el Cid Rodrigo Díaz de Vivar a través del poema intentará resarcir su honor, obteniendo triunfos y riquezas para el castellano rey Alfonso, lo que como motivo épico recurrente en este tipo de cantares, logrará su cometido, saliendo victorioso.

Por otra parte, si bien encontramos semejanzas entre las características del héroe del Cid con aquellos pertenecientes a otras gestas épicas, ya sea por ejemplo en la búsqueda del honor, también encontramos variadas diferencias que serán enumeradas y perfiladas a continuación, para ser posteriormente desarrolladas in extenso en la argumentación: 1º: Las hazañas del Cid son factibles y realizables. 2º: Rebeldía con fines positivos. 3º: Procura un castigo ejemplar a sus enemigos. 4º: Su lucha no es por fe, sino por subsistencia. 5º: Ejemplaridad heroica, aparejada a su sensibilidad humana.

En un primer término encontramos una contraposición frente a las numerosas hazañas irrealizables, prácticamente fantásticas que tiende a presentarnos la poesía épica, que en el cantar de Mio Cid, se nos revela un tanto más realista a este haber, situación que procederé a destacar a través de marcas textuales; en una de las batallas contra los moros, cuando éstos tenían cercado al Cid y a sus mesnaderos, cuyo número total de guerreros cristianos abarcaba unos trescientos: “Todos hieren en la fila donde está Pedro Bermúdez, trescientas lanzas son, todas con sus pendones: Cada una mató a un moro de un solo golpe y, al hacer una nueva carga, otros tantos fueron muertos.”[2] Aquí se apercibe un claro ejemplo del carácter predominantemente realista de este cantar, ya que cada cristiano vence a un moro y no a cientos de ellos como suele ocurrir en otras gestas, desvelándose de este modo una mayor paridad, cuya hazaña heroica no se ve aminorada por esta diferencia, sino que al contrario, gracias a la contribución de determinados elementos consignados, tal como el valor de los guerreros, la descripción de sus posiciones ofensivas, que si además se le añade la arenga del Cid a sus vasallos, hace que este episodio resalte aún más: “Embrazan los escudos a la altura del corazón; las lanzas enristran con los pendones arrollados, inclinan las caras hasta el arzón de la silla y atacan con valentía. El que en buena hora nació los anima: ¡Por amor de Dios, atacadles, caballeros! ¡Yo soy Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador!”.[3]

En un segundo punto se ha señalado el carácter rebelde del Cid, no obstante, es necesario referir cuáles son las motivaciones que lo conducen a quebrantar de cierto modo el código caballeresco, yendo más allá de las órdenes que le encomienda su señor, en este caso, el Rey Alfonso VI de Castilla. De hecho, debido al mal entendido de esta rebeldía, que sumado a la saña que le tenían al Cid algunos guerreros, determinaron que éste fuese desterrado. Motivo que marcará hondamente la primera parte del poema. Cabe destacar que en su exilio, el Cid se impuso tres objetivos: El fin de ganar lo suficiente para sí mismo y sus hombres, en segundo lugar la restitución de su familia, honra y felicidad, teniendo así por tercera finalidad recobrar además la gracia del Rey.

El primero de estos fines está relacionado con la lucha por subsistencia, que referiré posteriormente, así que por ello me centraré en los otros dos elementos, encontrando en el caso de la restauración de la honra familiar la subsiguiente cita: “¡Plega a Dios e a Sancta María que aún con mis manos case estas mis fijas, o que dé ventura e algunos días vida e vós, mugier ondeada, de mí seades servida!”.(vv. 282-284). Situación que versa sobre el plano emocional en el cual se nos manifiesta el héroe, que a su vez se conjuga con otros rasgos que lo caracterizan, como es su prudencia. Por otro lado aludiré al tercer punto, cuya siguiente marca textual reafirma la condición de lealtad del Cid y por ello empleé el epíteto de positiva, ya que el héroe del cantar hace todo lo posible para agradar a su Rey y que finalmente éste lo exculpe: “Entonces aguijan sus caballos y les aflojan las riendas. A la salida de Vivar se les cruzaron cornejas por la izquierda, que al entrar en Burgos volaban por su derecha. El Cid movió los hombros y sacudió la cabeza: ¡Enhorabuena, Alvar Fáñez, porque nos vamos desterrados! Con muchos honores volveremos a Castilla.”[4] En esta cita se aprecia con nitidez las intenciones positivas que tiene el Cid desde un comienzo, resultado que se ve ratificado por el presagio de las aves, consiguiendo a través de este viaje como desterrado y, por sus hazañas heroicas, validar su nobleza como vasallo, cuya valía tanto lo caracteriza.

También a su vez en el cantar se puede encontrar otro pasaje en el cual se percibe el grado de lealtad del Cid hacia su señor, que está en íntima relación con lo señalado precedentemente: “¡Cuántas tiendas valiosas y cuántos postes labrados ganaron el Cid y sus mesnaderos! Así, la del rey de Marruecos, que es la principal de todas, está sostenida por dos postes labrados de oro; el famoso Cid Campeador, al verla, mandó que la dejasen armada y ningún cristiano la quitase de donde estaba: Tal tienda como ésta, que han traído de Marruecos, quiero enviársela a Alfonso de Castilla para que crea las noticias de que el Cid ha conseguido riquezas.”[5]Esta situación se concibe tras el triunfo contra las huestes del Rey moro de Marruecos, quien envió a su ejército de cincuenta mil combatientes para expulsar a Rodrigo Díaz de Vivar y sus mesnaderos de aquellos territorios, después de saber que el Cid había conquistado Valencia, razón por la cual no se podía quedar de brazos cruzados.

El tercer elemento que conforma al héroe de este cantar es la ejemplaridad con la que imparte castigo a sus enemigos, lo que queda absolutamente explicitado cuando éste pese a la deleznable falta que cometieron los infantes de Carrión contra sus hijas, en vez de hacer justicia por sus propias manos, decide realizar procedimientos judiciales: “Tú Minaya Alvar Fáñez, el mejor de mis soldados, tú vendrás conmigo […] y completamente hasta cien personas de entre las que yo traigo. Para demandar mis derechos y exponer mis quejas.”[6]En torno a éstos Rodrigo Díaz de Vivar tenía todas las de ganar, así que como punto culmine, a éste se le restituye la honra y aquellos bienes que les había cedido a los infantes, además que estos últimos tendrán que batirse a duelo como se acordó en la corte.

En cuarto lugar como se ha mencionado, la lucha del Cid no es una guerra de religión, sino por subsistencia, lo que se expresa en numerosas citas que procederé a anexar: “bien lo vedes que yo non trayo avere huebos me serié pora toda mi compaña.”(vv. 82-83). En el mismo sentido Alan Deyermond refiere: “Y concibe las batallas contra los moros como medio de ganar tal fin (v. 673).”[7]Por último incluiré la siguiente cita en traducción moderna, que deja entrever aún mejor este rasgo: “La aventura me llega de la otra parte del mar: Combatiré, pues no puedo perder la ocasión; mis hijas y mi mujer me verán combatir para que sepan cómo se vive en tierras ajenas y verán, cumplidamente cómo se gana el pan.”[8] Por lo preliminar se puede concluir que la situación en la cual se encontraba nuestro héroe, sin posibilidad alguna de adquirir viandas debido a su condición de desterrado, que sumado a la apremiante necesidad de alimentar y pagar a sus mesnaderos y, sobre todo, procurarle lo mejor a su familia, protegiendo sus tierras, es que tenía que batallar.

 Finalmente el último punto refiere las cualidades que hacen de Mio Cid, un héroe modélico, baste con ello numerarlas, entre ellas tenemos: La gallardía guerrera y la prudencia, ambos valores que suelen ir por separado y que pocos héroes logran aunar. Su carácter emotivo, cuyo plano se nos revela como padre y esposo, además de ser justo con sus vasallos y moderado con sus enemigos.

La fama y el honor en el cantar de Mio Cid.

En primera instancia hay que referir que el cantar está constituido por variadas temáticas, que a su vez delimitan y establecen la estructura del poema, pero que subyacen a la del honor y fama, que cobran especial relevancia y que son el pie de inicio para que se produzcan las demás, que señalaré a medida que se vinculen con el motivo principal. En efecto, como explica Deyermond: “Si miramos la verdadera estructura, sin embargo, en vez de la aparente, percibimos que es claramente bipartita, gracias al tema fundamental. […] la primera mitad del poema trata de los esfuerzos del Cid para recobrar su honra política, y la segunda, de la afrenta a su honra familiar y de su vindicación.”[9] En suma, la recuperación de la honra, tras la pérdida de ésta, se convierte en un motivo trascendental que se reitera de múltiples maneras, manifestando altos y bajos en el relato.

            La primera vez que se manifiesta un perjuicio ante la honra del Cid, es al inicio del cantar, cuando éste es desterrado por el Rey Alfonso, razones que fueron referidas previamente, destacando que ésta conforma parte de su honra política, puesto que caracteriza la imagen que tiene el pueblo sobre él, tanto como vasallo y señor, por ello en vista de la ideología de la época, aquellas habladurías que mancharon su honra, lo perjudicaban enormemente. No obstante, a través de sus hazañas, logró salir airoso, como es el caso de la conquista de Valencia, que lo posiciona como señor: “El Cid, acompañado por ellas, se dirigió al Alcázar y allí las subió a lo más alto. Los ojos hermosos de las mujeres miran por doquier y contemplan cómo se extiende el caserío de Valencia; en el lado opuesto alcanzan a ver el mar; admirar la huerta, frondosa y abundante, y cuantas cosas que producen gozo. Alzan las manos para dar gracias a Dios por la riqueza y generosidad de esta ganancia.”[10]Aquí se distingue cómo el Cid tras haber sido desposeído de todas sus pertenencias, partiendo sin bien material alguno de su exilio, salvo por la proeza de Antolinez, logra adquirir renombre en tierra extranjera y obtener aun más poder tanto económico como político que el de antaño.

            Frente a este resarcimiento de la honra política, encontramos como subtema un honor familiar, que al ser expulsado Mio Cid, su familia, incluyendo esposa e hijas, eran muy agraviadas en torno a su reputación, pero con ello Rui Díaz también mejora la posición de sus hijas, para que éstas logren contraer nupcias satisfactorias, que como veremos con la afrenta de Corpes, éstas tendrán un efecto contrario. En la siguiente cita, se percibe lo vital que resulta para el Cid que su familia adquiera nuevos honores: “Tú, doña Jimena mi mujer querida y honrada, y vosotras, mis hijas, alma y corazón mío, acompañadme a la ciudad de Valencia, a esa heredad que he ganado para vosotras”.[11]

            En este sentido aquel subtema que era el honor familiar, en la segunda parte del cantar se transforma en el motivo esencial de la trama, en torno al cual giran la sucesión de acontecimientos. Cabe referir entonces la cruel afrenta ocurrida en el robledo de Corpes, por los infantes de Carrión a las hijas del Cid y cómo ésta daña profundamente a Rodrigo Díaz de Vivar en su honor personal, familiar y social, que a través del juicio logra ser reparada, culminando en la apoteosis final. “Se habían ido todos y quedaron ellos cuatro solos; tanto mal tenían tramado los infantes de Carrión: Creedlo doña Elvira y doña Sol, en estos ásperos matorrales habéis de ser escarnecidas. Nosotros nos marcharemos hoy mismo y aquí quedaréis abandonadas, sin que tengáis parte en las tierras de Carrión. Estos mensajes irán al Cid: nos vengamos ahora de la afrenta del león.”[12] Aquí se pueden determinar como causas de este escarnio la bajeza en la cual quedaron los infantes tras el hecho del león, por ello como lo manifiestan ellos explícitamente, ésta no sería más que una forma de vengarse del Cid, pero además está el hecho que consideraban sus nupcias como un acto denigrante conforme a su estatus social, que era superior al de ellas.

            A continuación referiré en detalle a través de la siguiente marca textual, cómo fue este ultraje: “Allí les quitan los mantos y las pieles hasta dejarlas sólo con camisa y túnica. Los malos traidores tienen calzadas las espuelas y agarran las cinchas fuertes y duras. Cuando tal cosa vieron las damas, fue doña Sol quien rompió a hablar: ¡Por Dios os lo pedimos, don Diego y don Fernando! Tenéis sendas espadas bien templadas y tajadoras –dicen Colada a la una y a la otra Tizón-, cortadnos con ellas las cabezas para convertirnos en mártires. […] tanto las golpearon, que las mujeres perdieron el sentido; tienen ensangrentadas las camisas y las túnicas de seda. Los infantes se cansan de azotarlas tras haber probado cada uno quién era capaz de asestar mayores golpes. Doña Elvira y doña Sol no pueden decir ni una sola palabra y las dejaron por muertas en el robledal de Corpes.”[13]

En la cita antepuesta se aprecia el carácter aún más infame de los infantes de Carrión, quienes en primera instancia no sólo atacan a unas mujeres indefensas, sino que a las mismísimas hijas del Cid y lo que es peor todavía, procuran darle una muerte deshonrosa, la que paradójicamente logrará salvarlas, ya que si hubiesen sido decapitadas, inexorablemente hubiesen perecido. Por otro lado, aparece un subtema aparejado a la forma en la que deseaban morir doña Elvira y doña Sol, que es morir como mártires, lo que posee claramente un matiz religioso, que es menester analizar. Tal noción ya era perfilada por Deyermond: “El empleo de la palabra mártires no es fortuito: varios detalles de la escena recuerdan las narrativas de vírgenes martirizadas que son tan frecuentes en la liturgia de la edad media.”[14]En efecto, el contenido religioso que caracteriza hondamente a la edad media, se revela esclarecedor en varios pasajes del texto, por ejemplo: “cercar quiere a Valencia por a cristianos la dar.” (v. 1191). Además si bien el tópico de la guerra santa no se aprecia directamente, sino que más bien relegado a un segundo plano, no está del todo ausente en el cantar, sino que queda subordinada a las causas de subsistencia: “De Castiella la gentil exidos somos acá, si con moros non lidiáremos, no nos darán el pan. Bien somos nos seiscientos, algunos hay de más: en el nombre del Criador, que non pase por ál: vayámoslos ferir en aquel día de cras.”. (vv. 672-676).

        Luego de analizar desde disímiles perspectivas lo fundamental que resulta el honor y la fama en el cantar, se puede concluir a través de un modo inductivo, como ya ha referido Bowra, que: “La poesía épica es el género literario dedicado a ensalzar en verso la actividad de unos seres superiores –dioses, héroes- cuya única meta es recuperar el honor con las más nobles acciones y arriesgados esfuerzos”. En un mismo sentido se infiere que no existiría poesía épica sin la correspondiente cuota de honor necesaria, que funciona a su vez como motor de la trama de la obra y del género en sí.

        Por otro lado, encontramos en la figura del héroe la convergencia de valores de una sociedad o precisamente los ideales de ésta, que como ya hemos visto, el honor y la fama son los principales y cómo éstos se conciben, nos permiten entrever y caracterizar un período histórico, particularidades geográficas, jerárquicas, políticas, entre muchas otras. En una misma línea se deduce que estos valores no sólo tienen una trascendencia intrínseca en la conformación de la obra, sino que permiten extraer rasgos de comprensión que versan sobre los aspectos extrínsecos de ésta, ya sea por ejemplo, su contexto de producción.

        Finalmente anexaré una cita de A. Várvaro, que clarificará por qué el héroe se mantiene en una postura definida, sin mostrar el menor atisbo de duda cuando se trata de la honra y fama personal: “Las pasiones y los sentimientos de los personajes están siempre al máximo límite posible en las tensiones y por eso no toleran ningún tipo de elasticidad: el valeroso y el leal deberá serlo siempre y en modo sobrehumano. […] Paralelamente, sobre el plano físico, héroes y antihéroes son capaces de acciones absolutamente extraordinarias, dotados como están de una fuerza hiperbólica.”[15] Lo anterior se explica porque el héroe como ya he mencionado con prelación, es un individuo ejemplar, quien cohesiona y sintetiza los valores de la sociedad en la cual es concebido, si bien tal vez en determinados puntos como la fuerza sobrehumana, se aleje de la realidad, no por ello carece del todo de un matiz realista, cuyas características enaltecen sus hazañas, conquistas y, sobre todo, genera ansias de recuperar aquellos tiempos, que como suele suceder, antaño eran mejor que hogaño.

Noción de las relaciones de poder en el poema de Mio Cid.

        Como se ha mencionado en el tópico anterior, la estructura del cantar está en íntima relación con las temáticas fundamentales que la perfilan, por ello entre éstas encontramos la relación vasallo-señor, que se forja desde cuatro perspectivas distintas: Cid - Rey Alfonso, Cid - vasallos, Cid - Nobleza cristiana y Cid – Moros, las cuales marcan patentemente la primera parte del relato, que como se refirió, es una estructura bipartita, por consiguiente, este tema está directamente ligado con la honra política del Cid, nociones que analizaré minuciosamente a continuación.

        Desde un principio y como ha distinguido Deyermond, se nos revela la relación entre el Cid y su señor el castellano Rey Alfonso, para lo cual me apoyaré en una de sus citas, desprendiendo así determinadas características de ésta: “El cantar empieza con una formulación bastante atrevida por los ciudadanos de Burgos: ¡Dios qué buen vassallo, si oviesse buen señor! (v.20). […] sea cual fuere el sentido que aceptemos, queda patente que para los burgaleses Alfonso no es buen señor.”[16]En esta marca textual se aprecia por una parte la valoración positiva que poseían los burgaleses hacia el Cid, lo que en sus inicios Alfonso también concebía de ese modo, no obstante, bastó una baladí intervención con saña hecha por otros de sus súbditos, para que desterrara al Cid, que en segundo término señalan los burgaleses y es que el Cid ha sido un vasallo ejemplar, pero que el Rey se comportó injustamente con él, por ello lo tachan de “mal señor”. También Jules Horrent, manifiesta su posición frente a la relación entre el Cid y su señor, pero desde otro punto de vista: “Aunque su conducta para con su rey es siempre una, no es el hombre de una sola idea o de un escaso conjunto de sentimientos. Vasallo infatigablemente fiel de un rey ingrato, es también un cabeza de familia […]”.[17] Aquí se nos itera la visión de fidelidad que debe guiar la vida del vasallo, pero que además en el héroe del cantar se conjuga con los valores de la tradición familiar, desvelándonos la polivalencia del Cid.

        A medida que transcurre el relato atisbamos a un Ruí Díaz de Vivar que adquiere un honor y fama continuos, que a través de diversas conquistas territoriales y proezas va mejorando su posición social y política, en esta línea Jules Horrent, ha referido lo subsiguiente: “Si el Cid defiende una causa, es la suya: lucha para compeler al rey a fuerza de gloria, potencia y fidelidad personal a que le otorgue un justo y merecido perdón, para mejorar su posición social, logrando para él y los suyos el más alto nivel posible.”[18] Si bien el Cid lucha por una causa personal, mantiene siempre el vínculo de fidelidad a su rey, que dentro de la cosmovisión medieval es esencial, ya que conforma uno de los deberes del vasallo para con su señor, lo que conllevará finalmente a que el rey reconozca en él su valía y se produzca la reconciliación.

        El siguiente párrafo que incorporaré da cuenta del poder e influencia que ejerce el rey Alfonso de Castilla y cómo la gente que habita en sus territorios, al igual que el Cid, deben mostrarse sumisas a sus mandatos: “A gusto le aposentarían, pero nadie se atreve por la gran saña que le mostraba el rey Alfonso. Al anochecer, entró en Burgos una carta suya, venía con prevenciones muy severas y selladas cuidadosamente: nadie debía dar cobijo al Cid, y, quien se lo diese, se atuviera a las consecuencias: sus bienes serían confiscados, le arrancarían los ojos y perdería cuerpo y alma. Gran pesar tenían las gentes cristianas, pero se ocultan del Cid, a quien no se atreven a decir nada.”[19] En este extracto se apercibe no sólo la hegemonía político-social ejercida por Alfonso, sino que también lo mucho que estimaban a Rodrigo Díaz los burgaleses, que pese a cuanto anhelasen subsidiar a Mio Cid, por temor a las represalias del Rey, se abstienen.

        La segunda relación de poder según se ha planteado, es aquella entre el Cid y sus mesnaderos o vasallos, que se aprecia nítidamente en el siguiente extracto: “¡Qué bien pagó a sus vassallos mismos! A cavalleros e a peones fechos los ha rricos, en todos los sos non fallariedes un mesquino; qui a buen señor sirve siempre vive en delicio.”(vv. 847-850).
Para comprender mejor esta cita, es preciso agregar los fundamentos de Deyermond, que complementaré críticamente: “No es casual que el buen vasallo sea al mismo tiempo buen señor: los hombres y las mujeres medievales veían la sociedad y el universo entero como cadenas jerárquicas establecidas por Dios, y quien respetaba el orden divino en un sentido lo respetaría en otro. Y a la inversa: el mal señor sería probablemente mal vasallo.”[20] En este fragmento en particular, se otea al Cid como un señor justo, que da a cada cual lo que le corresponde y si es posible más aún, incluso se destaca su valor heroico indirectamente, ya que es un “buen señor” por sus aptitudes bélicas y preparación, como en su lealtad para con sus vasallos y Rey.

        En el siguiente extracto nuevamente se nos revela el carácter del Cid en su paridad para repartir las viandas: “Martín Antolinez, el burgalés complido, a mio Cid e a los sós abástales de pan e de vino; non lo compra, ca él se lo habié consigo; de todo conducho bien los hobo bastidos. Pagós mio Cid el Campeador complido e todos los que van a so cervicio”. (vv. 65-69 b). En este pasaje fueron abastecidos de alimentos por Martín Antolinez, quien a través de su ingenio los ayudará reiterativamente, siendo un gran y leal vasallo, que como se ha mencionado el Cid no cesa de pensar en sus mesnaderos y de prodigarles lo mejor por su servicio. Lo anterior se complementa con los versos siguientes, donde Ruí Díaz, gustaría de ofrecerle el doble si pudiese a M. Antolinez: “Fabló mio Cid, el que en buena cinxo espada: ¡Martín Antolinez, sodes ardida lanca! Si yo vivo, doblar vos he la soldada.”(vv. 78-80).

        La tercera relación de poder se produce entre el Cid y la nobleza cristiana, que como se ha visto, en primer término encontramos una gran estimación por parte de los burgaleses hacia el Cid, quienes pese a que quisieron ayudarlo, no pudieron por las razones ya explicitadas, pero además se observa este mismo rasgo en muchos de sus vasallos, quienes en determinados casos pertenecen a la clase nobiliaria, que se consolida cuando son designados caballeros, por otra parte hay una circunstancia paradigmática, que es la arenga de Minaya, quien aduce la cantidad de guerreros que son, lo que revela en conformidad la honra del Cid y su prestigio: “Primero fabló Minaya, un caballero de prestar: De Castiella la gentil exidos somos acá, si con moros non lidiáremos, no nos darán del pan. Bien somos nos seiscientos, algunos hay de más; en el nombre del Criador, que non passe por ál: vayámoslos ferir en aquel día de cras.”(vv. 671-676). Pero no sólo esta situación se aprecia en este extracto, sino que tras la afrenta de Corpes, Mío Cid se dirige a la corte toledana acompañado por varios de sus amigos pertenecientes a la nobleza cristiana, lo cual se consolida con el apoyo  del rey Alfonso y las nupcias que contraerán hacia el final sus hijas.

        Como relación culmine encontramos al Cid y los moros, lo que al contrario de lo que se podría pensar, no es del todo antitética, ya que si bien debe pugnar junto a sus vasallos cristianos contra innumerables huestes moras, estas causas como se ha mencionado, más allá de subyacer a una guerra de religión, son provocadas por un afán de subsistencia y protección de las heredades que ha adquirido. No obstante, en lo que respecta a la nobleza mora, el Cid mantenía una relación bastante favorable, lo que se comprueba a través de ciertos pasajes, que es menester citar: “¡Óyeme, tú, Félez Muñoz, mi sobrino!, iréis por Molina y allí pasaréis una noche; saludad a mi amigo el moro Abengalvón: dile que reciba a mis yernos lo mejor que pueda; que con ellos envío a mis hijas a tierras de Carrión, que las sirva en todo cuanto necesiten y que por mi amistad, las acompañe hasta Medinaceli. Le daré gran premio por cuanto haga en su ayuda.”[21] Aquí queda reflejado el grado de cercanía e incluso vínculos de amistad que compartía el Cid con los moros, el que llegaba hasta tal punto, que era capaz de confiarle el bienestar de sus hijas.

        Finalmente la relación anterior, se reafirma con la retribución que les prodigó Abengalvón a las hijas del Cid e incluso a los infantes: “El moro dio sus presentes a las hijas del Cid y sendos excelentes caballos a los infantes de Carrión; todo esto lo hizo por su amistad con Rodrigo.”[22]Incluso cuando fue informado que los infantes querían darle muerte, debido a sus riquezas y posesiones, pretendía escarmentarlos, sin embargo, por las hijas de Ruí Díaz no lo hizo, que en ese sentido marca todavía más el grado de lealtad hacia él: “Si no fuera por mío Cid el de Vivar, os daría un escarmiento sonado por todo el mundo y, luego, devolvería sus hijas al fiel Campeador y vosotros jamás entrarías en Carrión.”[23]

Composición y transmisión en el cantar de Mio Cid.

        En un primer momento, para adentrarse en la problemática sobre la gestación del cantar de Mio Cid es necesario remontarnos a los orígenes del género épico en la literatura castellana, es decir, a la epopeya, razón por la cual incluiré una cita pertinente, que vislumbra su génesis: “Ésta surge como una manifestación del nuevo carácter castellano frente a la hegemonía leonesa, con los rasgos de un afianzamiento de personalidad. En la lengua ruda de los orígenes se fragua ya esta poesía llena de fuerza y de sincera concisión. Es pues, la consecuencia del hecho castellano, la compañera de una lengua que marca sus diferencias entre la homogénea unidad de lo que se llamará después leonés o aragonés, dialectos, al fin, del nuevo idioma.”[24] Tal cual se ha enunciado, el surgimiento del género épico viene a consolidar los inicios de una nueva lengua, que es el castellano, pero que a su vez testimonia sobre las características de aquel pueblo que la vio emerger y cómo este género es capaz de enraizar y cohesionar a las generaciones postreras, que verán en ella un marcado carácter histórico, característica ampliamente controversial, que junto a los rasgos de ésta aparecerán en disímiles teorías, entre ellas la distinciones y particularidades propias castellanas que procederé a referir.

        Pero previo a señalar las particulares de cada teoría, es preciso contemplar cuáles fueron sus precedentes y cómo fueron evolucionando estos estudios; así nos remontamos hacia el siglo XIX, período romántico influenciado por la literatura alemana, donde se planteaba que los cantares de gesta, concebidos como poemas extensos, devenían de cantares más breves, denominados cantilenas. “El término cantilena, tomado del latín clásico, en que significaba genéricamente canto, se empleó para designar las primitivas poesías, por lo menos desde 1835.”[25]Por otra parte, posteriormente será Gastón París quien reorganizará estas ideas, aunque aplicándoles una rigurosidad científica. Sin embargo, pese al continuo de teorías, Bédier en Francia y Menéndez Pidal en España, partirán del estudio y análisis objetivo del poema de una forma tan exhaustiva como no se había hecho hasta ese entonces.

        Por ello cabe distinguir a grandes rasgos, ya que luego me centraré en ellos, los ingentes aportes de Pidal: “En 1896, ya demostró que las gestas se refundieron en época más tardía de lo que creía Milá y Fontanals, y que estas gestas posteriores originaron los romances que el gran investigador catalán no había logrado explicar. Advertida la importancia de la teoría de Menéndez Pidal, eminentes especialistas como el citado Gastón París, aceptaron para España la teoría de la posterioridad de los romances y su derivación de las gestas.”[26] Por otro lado aparecen tres teorías que versan sobre los orígenes, las cuales se atribuyen, ya sea a una gestación germánica, franca o árabe: En España, Menéndez Pidal había argumentado en aras de la teoría de origen germánico: “Teniendo en cuenta las referencias a los cantos de los godos, se indica la posibilidad de que éstos trajesen a España sus formas de poesía épica, que por ser esencialmente histórico heroica pudo conservarse entre ellos aun después de convertirlos al cristianismo.”[27] Vale decir, hubo un imponente influjo gótico hasta la décima centuria, que luego desembocaría en una independencia épica, no obstante, se perciben varios ejemplos de aquel sincretismo, a ello se deben las innumeras coincidencias con ritos o costumbres germánicos, entre ellos los consejos del rey o señor a sus vasallos, antes de llevar a cabo su cometido y el desafío entre los mejores guerreros para decidir el futuro de los pueblos, que provienen de un clara vertiente gótica.

        En torno a la teoría de origen francés, fue Gastón París quien la arguyó, aludiendo lo siguiente: “Según él, la gesta española tiene un valor considerable, aunque dependa de la francesa. […] la española derivando de la francesa llega a un sentido y fuerza completamente propios de nuestra raza. Gastón París que coincidió con Hinojosa y Bello – adujo razones de prioridad de civilización, y de métrica.”[28] En una misma línea, la teoría del influjo árabe, formulada por Julián Ribera en base a tanteos especulativos, relacionaba la tradición del Islam con la cristiandad, que se produjo en la Europa románica, gestándose de ese modo una epopeya andaluza. “Habría existido una epopeya andaluza de la que nos quedan restos en los historiadores árabes, alguno tan interesante como el de Benalcutía, y ésta épica árabe hispana habría influido en Europa como la lírica musulmana y su metafísica, teología y leyenda.”[29] Esta teoría vendría a explicar elementos tales como los nombres y alusiones árabes de la epopeya francesa y en el caso de la obra Mío Cid de la épica castellana, atisbamos que incluso su designación de “Cid” deviene del árabe “Sidi”, cuyo significado es señor. Sin embargo, aún no adquiere una absoluta rigurosidad científica, que ha sido justamente lo que no la ha validado.

        Si bien ya se han mencionado las tres teorías correspondientes a sus orígenes, cabe reseñar las teorías concernientes a su composición, las que también conforman una triada, por un parte está Joseph Bédier, quien en su texto “Ley legendes épiques”, nos revela planteamientos de carácter individualista en la creación, en segundo término trasluce el gran maestro connotado Menéndez Pidal con su teoría neotradicionalista, que a su vez se relaciona con el último componente de este orden tripartito, que es la teoría de Paul Zumthor de marcado carácter oralista.

        En la primera de estas teorías, es decir, la doctrina Individualista, Bédier planteaba una dependencia de la épica francesa que como se ha visto está ligada a los orígenes de ambos pueblos, donde la poesía castellana le debe gran parte de su legado, lo que ha sido criticado en más de un punto. Entre ellos la apasionada creencia en que hubiese sido obra sólo de un autor que la compuso de una sola vez y acabada, por ello y entre otros factores se le atribuye haber sido compuesta por el trabajo de clérigos y, por ende, de autores cultos, que además atestigua y reniega la tradición oral, ya que se centra preponderantemente en los textos escritos, considerando que éstos son los primeros vestigios. Ante ello los tradicionalistas criticaban esta teoría del siguiente modo: “Un poeta del siglo XII no produce su obra como otro del siglo XX, sino que cada pueblo y cada siglo tienen fundamentos y caracteres vitales diferentes de los demás, siendo deber primario del historiador penetrar en esas diferencias. Porque atenerse –sólo- a unos datos inmediatos es querer ignorar la realidad, ni la Chanson de Roland ni el cantar de Mio Cid nacieron en su forma definitiva, según el texto de Turoldo o la copia de Pedro Abad.”[30]

        Si bien ya se han manifestado varios de los rasgos de la teoría neotradicionalista propugnada por el filólogo español Menéndez Pidal, ya sea enlazándola con los orígenes de la épica o rebatiendo a los individualistas, basta aún un cúmulo de detalles, que anexaré a continuación. En primer término sobrevino un acontecimiento fundamental en los estudios medievalistas y la épica francesa, el descubrimiento de la nota emilianense por Dámaso Alonso, cuya data se sitúa hacia 1065-1075 aproximadamente. En la épica española quizás no sucedió algo semejante, pero sí un proceso análogo que se vio plasmado a través de las crónicas, que permitían la reconstrucción de los cantares o rastrear la existencia de determinadas leyendas épicas. No obstante, la teoría neotradicionalista es una fructificación de aquellas conjeturas tradicionalistas, que como se ha descrito ya mencionaban Milá y Fontanals, que ellos definían de la subsiguiente guisa: “Se trata de una poesía que ha llegado a nuestros tiempos a través de numerosas generaciones, amorosamente conservada y aun enriquecidas por clases populares, ingenuas y por lo común iletradas.”[31]

        Considerando entonces aquellos procedimientos se puede entender el enfoque que dirigió ulteriormente la teoría neotradicionalista de Menéndez Pidal, que él sintetiza así: “Poesía que se rehace en cada repetición, que se refunde en cada una de sus variantes, las cuales viven y se propagan en ondas de carácter colectivo, a través de un grupo humano y sobre un territorio determinado, es la poesía propiamente tradicional, bien distinta de la otra meramente popular. La esencia de lo tradicional está, pues, más allá en la mera recepción o aceptación de una poesía por el pueblo.”[32]


[1] Alvar, Carlos y Alvar, Manuel, eds., Épica medieval española. Madrid, Cátedra, 1991. pp. 9.
[2] Ídem. Texto del cantar, esp. Moderno. “Los del Cid acometen para socorrer a Pedro Vermúdez.”Pp. 323.
[3] Ídem.
[4] Ídem. “Agüeros en el camino de Burgos”. Pp. 311.
[5] Ídem. Pp. 334.
[6] Ídem. Pp. 344.
[7] Deyermond, Alan, eds., El cantar de Mio Cid y la Épica medieval española. Sirmio, 1987. pp. 24.
[8] Alvar, Carlos y Alvar, Manuel, eds., Épica medieval española. Madrid, Cátedra, 1991. pp. 328.
[9] Deyermond, Alan, eds., El cantar de Mio Cid y la Épica medieval española. Sirmio, 1987. pp. 30.
[10] Alvar, Carlos y Alvar, Manuel, eds., Épica medieval española. Madrid, Cátedra, 1991. pp. 326.
[11] Ídem. Pp. 325-326.
[12] Ídem. Pp. 339.
[13] Ídem. Pp. 339-340.
[14] Deyermond, Alan, eds., El cantar de Mio Cid y la Épica medieval española. Sirmio, 1987. Pp. 44.
[15] Alvar, Carlos y Alvar, Manuel, eds., Épica medieval española. Madrid, Cátedra, 1991. pp. 12-13.
[16] Deyermond, Alan, eds., El cantar de Mio Cid y la Épica medieval española. Sirmio, 1987. Pp. 28.
[17] Horrent, Jules: Historia y poesía en torno al “Cantar del Cid, Ariel, Barcelona, 1973. Pp. 352.
[18] Ídem. Pp. 356.
[19] Alvar, Carlos y Alvar, Manuel, eds., Épica medieval española. Madrid, Cátedra, 1991. pp. 312.
[20] Deyermond, Alan, eds., El cantar de Mio Cid y la Épica medieval española. Sirmio, 1987. Pp. 28.
[21] Alvar, Carlos y Alvar, Manuel, eds., Épica medieval española. Madrid, Cátedra, 1991. Pp. 336.
[22] Ídem.
[23] Ídem. Pp. 337.
[24] Juan Rodríguez, Historia de España. New York, Oxford university, 1939. Pp.  81.
[25] Ídem. Pp. 84.
[26] Ídem. Pp. 85.
[27] Ídem. Pp. 87-88.
[28] Ídem. Pp. 88.
[29] Ídem. Pp. 88-89.
[30] Alvar, Manuel, ed., Cantares de gestas medievales [Roncesvalles, Siete infantes de Lara, Cerco de Zamora, Rodrigo y el rey Fernando, La campana de Huesca]. Porrúa, México, 1969 (Sepan Cuantos, 122). Pp. XI.
[31] Ídem. Pp. XIII.
[32] Ídem. Pp. XIV-XV.

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