martes, 23 de agosto de 2011

Producción, difusión y recepción de la literatura española de los Siglos de Oro.


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Al hablar de aquellos tres principales aspectos que involucran la literatura generada en los siglos de oro españoles, hay que considerar que éstos adquirían una cohesión tal que se tornaba dificultoso dividirlos, pues uno involucraba al otro y viceversa, en una especie de relación simbiótica o de interdependencia, donde en momentos se vislumbra la tradición de antaño, vale decir, lo que respecta al período medieval y, en otras circunstancias se desprenden características nuevas, como por ejemplo, la incipiente forma de lectura individual, además de la mezcla que prevalecía de acuerdo a la difusión y multiplicidad de medios y recursos a su haber que se desplegaban para ello, lo que iré desglosando a su debido tiempo. Baste un caso ejemplificador: “El nuevo modo contrastante, de vivir los textos literarios: la lectura silenciosa, individual y solitaria, que en el siglo de oro convivió con la oral-auditiva y que acabaría imponiéndose.”[1]         

En cuanto a su difusión, cabe considerar que ésta era diversa e incluso difícil de testimoniar, debido a su contexto eminentemente oral, que sin embargo, estaba desembocando en un acrecentamiento del ejemplar de libros disponibles para su realización: “libros de todos los tipos concebibles, ya en prosa, ya en verso, comúnmente se leían en voz alta, a veces por el autor mismo, a veces por miembros de una familia, que se turnaban, a veces por un lector profesional.”[2] Esta faceta de la propalación de la literatura de aquella época, como he mencionado con anterioridad, no se puede desligar de los otros dos factores a considerar (producción y recepción), es así que esta última abarcaba múltiples estratos: “Desde el principesco y sofisticado hasta el rústico y analfabeta.”[3]

Por otro lado, los materiales que aportaban datos interesantes en la conformación de textualidades, pero sobre todo, oralidades, eran de la más diversa índole: “[…] Cuentos, refranes, canciones, romances, rimas infantiles, conjuros. A diferencia de lo que ocurrió en la Edad Media, ahora muchas de esas manifestaciones penetraron en la cultura aristocrática y urbana, integrándose a la poesía, la narrativa, el teatro: cuentos folclóricos incorporados a los nuevos relatos, romances viejos utilizados en obras teatrales y germen de un nuevo romancero, cancioncillas que alimentaron de varias maneras a la poesía cantada.”[4] También, a su vez, premisas como la siguiente: “escribo como hablo”, del humanismo renacentista, vienen a marcar una impronta distintiva en la influencia de la escritura áurea: “Es el lenguaje hablado que adopta un escritor como Mateo Alemán, estableciendo una desenfadada situación comunicativa que supone gestos y entonaciones de la voz.”[5]

Una dualidad característica de este período, al igual que su recurrencia en la Edad Media en lo referente a la recepción, se gesta en un rango terminológico. Me refiero a las precisiones que diferencian a un oidor de un lector, que convivían sin miramientos en esta época, habiendo una infinidad de escritores que trazaban sus obras para ambos receptores, ejemplo de ello es el prólogo del Buscón, de Quevedo: “Qué deseoso te considero, lector o oidor-que los ciegos no pueden leer-de registrar lo gracioso de Don Pablos, príncipe de la vida buscona.”[6]

Retornemos nuevamente a los receptores, que como habíamos señalado, abarcaban diversas estratificaciones. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿El público en su generalidad gustaba de una misma literatura (ya sea en su manifestación oral o escrita)? Claramente no, como ha sucedido in extenso en la historia de la literatura, pues nos encontraremos con disímiles tópicos y caracteres para el interés de cada cual: “En su libro sobre Lectura y lectores en la España del siglo XVI y XVII, Maxime Chevalier concluyó que el público de la literatura de entretenimiento era reducido, dado el alto grado de analfabetismo, el costo de los libros y el desinterés de buena parte de la población alfabetizada y con recursos.”[7] Más exactamente, ¿quiénes leían entonces? La respuesta es una tendencia típica para estos siglos: “En la España de los Austrias, dice, sólo leían los hidalgos y caballeros cultos y algunos criados suyos, los miembros del clero dotados de curiosidad intelectual y los hombres de letras (Chevalier, 1976, 29 y ss.)”[8]  No obstante, los planteamientos de Chevalier, han sido enormemente cuestionados, dando paso a una seguidilla de dudas sobre la certeza de ellos o si habría que mirar con mayor detención a ese grupo ideal y aparentemente uniforme de lectores, que quizás poco o nada tiene de homogéneo, sino que sería más bien heterogéneo.

Centrémonos en la convergencia de los medios expresivos, tanto orales como escritos, puesto que ahí se encuentra la clave, para determinar, pese a lo efímero y evanescente de la oralidad, cuánto de ella primaba y había, ya que bastaba un texto en un hogar para que éste fuese a su vez escuchado por una multitud: “Cada ejemplar de un impreso o manuscrito era virtual foco de irradiación, del cual podían emanar incontables recepciones, ya por su lectura oral, ya porque servía de base a la memorización o a la repetición libre.”[9] Otros de los emisores idóneos eran los ciegos, quienes pese a su carencia de visión, desarrollaban una gran capacidad nemotécnica y oral/auditiva, rememórese a los aedos en tiempos de Homero y, en la Edad Media, a los trovadores y rapsodas: “-grandes propagadores de romances, coplas y relaciones entre las clases populares- eran los ciegos, que tenían quienes les leyeran o semileyeran los textos que iban atesorando en su prodigiosa memoria.”[10]

En lo concerniente a la producción de los textos denominados “oralizados”, encontramos desde el Celestinesco: “[…] Esta presente obra ha seýdo instrumento de lid o contienda a sus lectores. Lectores que, según nos aclara en seguida, son las personas que se juntaron a oýr esta comedia.”[11]Y, en la misma línea, el género pastoril, debido a su mayor brevedad, también se prestaba para una oralización compartida.

Una nítida evocación sobre la labor de aquellos aedos, trovadores, rapsodas y bardos, nos la encontramos en lo que Parry mencionaba como teoría de la dicción formularia, donde distinciones particulares de las que incorporaré subsiguientemente, eran relativas a ésta: “tomaba en la memoria […] la sustancia de las aventuras y los nombres de las ciudades, reinos, caballeros y princesas que en dichos libros se contenían […], y después, cuando lo recitaba, alargaba y acortaba en las razones cuanto quería.”[12] Variando un tanto el punto de vista del tema, ya hemos considerado un cúmulo de aristas en las que convergen la producción, difusión y recepción de la literatura áurea, sin embargo, en qué lugares se llevaba a cabo esta empresa de magnitudes cada vez mayores, no ha quedado del todo claro, por ello lo enunciaré a continuación: “Frente a la chimenea doméstica, en los mesones, durante las largas caminatas se leían novelas cortas, o bien se contaban de memoria, sin el libro a la vista: Se recontaban más o menos libremente.”[13]

Todo cuanto se ha aludido corresponde primordialmente al caso de la narrativa y sus múltiples textualidades y oralidades, pero cabría proponer qué acontece con un género, que en primera instancia es oralidad pura y musicalizada, pero que también es interpretada, piénsese en la noción de musiké en la Grecia antigua, con aquella introductio, me refiero a lo que bien se conoce como lírica: “En los ambientes aristocráticos primero y luego en sectores cada vez más amplios de la población española, se recitaban y cantaban poesías de todo tipo: lírica de cancionero, villancicos y romances folclóricos y semipopulares, poesía italianizante.”[14] Aunque yendo más allá de los tipos de poesía, a posteriori, me concentraré en los lugares donde éstas eran difundidas: “A la recitación pública de poemas que se hacía en justas poéticas y reuniones de academias hay que añadir las presentaciones en calles y plazas.”[15]

Finalmente, la última manifestación genérica, es la correspondiente al teatro y ésta, posee tanto puntos en común, como determinadas discrepancias en lo concerniente a los dos macro géneros previamente mencionados: “Sin duda, la lectura y recitación de toda clase de obras en las calles y plazas seguía teniendo- lo mismo que los sermones- mucho en común con el espectáculo teatral, como lo había tenido en la Edad Media.”[16]


[1] Frenk: “Lectores y oidores en los siglos de oro”, 1982; Pp. 1.
[2] Íbidem.
[3] Íbidem.
[4] Íbidem. Pp. 2.
[5] Íbidem.
[6] Íbidem. Pp. 5.
[7] Íbidem. Pp. 7.
[8] Íbidem.
[9] Íbidem. Pp. 10.
[10] Íbidem. Pp. 11.
[11] Íbidem. Pp. 11-12.
[12] Íbidem. Pp. 14.
[13] Íbidem. Pp. 17.
[14] Íbidem. Pp. 21.
[15] Íbidem. Pp. 22-23.
[16] Íbidem. Pp. 24.

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